Relato: La paz de no ser especial

Relato: La paz de no ser especial

Por Marina Alonso Tomás

Sobre el alivio de dejar de creer que seremos la excepción

No soy especial.

Menos mal.

Qué agotador tendría que ser vivir creyendo que una está hecha de una materia distinta, que las leyes que rigen a los demás no terminan de aplicarse sobre una misma. Qué peso tan enorme tener que ser una excepción constante.

Soy una más. Pequeña, muy pequeña. Y mi pequeñez me da una paz inmensa.

No significo nada más allá de mí y de la importancia relativa que tengo en las vidas donde ocupo un bonito lugar. Un lugar que, probablemente, también es pequeño. Y eso no le resta valor. Al contrario. Me parece mucho más hermoso pensar que existimos así: siendo importantes para unos pocos, durante un rato, de maneras que ni siquiera siempre llegamos a comprender.

No soy especial.

Y tampoco quiero serlo.

Vivo mucho más tranquila desde que asumí que no lo soy.

Porque cuando me pasa algo, no siento que sea una experiencia inédita en la historia de la humanidad. No pienso que mi dolor sea el primero, ni mi miedo el más complejo, ni mi amor el más intenso. No porque no los viva con toda su fuerza, sino porque entiendo que millones de personas han sentido exactamente esa misma intensidad antes que yo.

Eso me permite escuchar.

Dejarme aconsejar.

Aceptar que quizá quien tiene veinte años más también tiene veinte años más de respuestas.

No me aferro a la fantasía de que conmigo será distinto. No necesito creer que yo seré la excepción.

Si alguien me dice que mantener una relación con mi ex solo va a alargar una despedida inevitable, probablemente tenga razón. Aun así, quizá necesite comprobarlo por mí misma. Pero cuando lo haga, no pensaré que el mundo me ha castigado de forma única. Pensaré: claro. Era esto de lo que hablaban.

Si alguien me dice que con los años seguiré siendo sensible, pero dejaré de sentir que esa sensibilidad me desborda, también le creo. Porque ya me ha pasado un poco. No me he endurecido; simplemente he aprendido a sostenerme mejor. Sigo siendo la misma persona, pero ya no reacciono igual.

Si mi madre me dice que un día me gustará esa ropa que ahora me parece de señora, sonrío. Porque empiezo a descubrir que tenía razón. Que el gusto también madura. Que muchas veces criticamos el lugar al que, sin darnos cuenta, nos estamos acercando lentamente. Ella ya estaba viviendo el “después” de su juventud mientras yo vivía el “durante”. Ahora empiezo a entrar en ese mismo después. Y algún día, probablemente, alguien más joven me mirará igual que yo la miraba a ella.

Hay matices, claro.

Nadie vive exactamente la misma vida.

Pero existen patrones.

Y me parece reconfortante admitirlo.

Nos enamoramos creyendo que nadie ha querido así antes. Sufrimos convencidos de que nuestro duelo desafía cualquier consejo. Pensamos que nuestra crisis es distinta, que nuestro miedo tiene un mecanismo secreto, que nuestra historia no cabe en ninguna otra historia.

Y casi nunca es verdad.

No porque nuestras vidas sean menos valiosas, sino porque compartimos muchísimo más de lo que creemos.

Las personas llevamos siglos repitiendo las mismas preguntas con nombres diferentes.

Queremos que nos quieran.

Tenemos miedo de perder.

Nos arrepentimos tarde.

Idealizamos.

Nos equivocamos.

Volvemos a empezar.

Quizá cambien las aplicaciones, la música que escuchamos o las ciudades donde vivimos, pero el fondo permanece sorprendentemente igual.

Y saber eso me tranquiliza.

Me recuerda que no tengo que inventarlo todo desde cero.

Que puedo apoyarme en la experiencia de quienes ya caminaron antes.

Que puedo aceptar que, muchas veces, las respuestas sencillas son las correctas, aunque no sean las que más me apetezca escuchar.

Creo que una parte de crecer consiste precisamente en abandonar la necesidad de ser una excepción.

Entender que no somos el personaje principal del universo.

Que la vida no conspira especialmente contra nosotros, pero tampoco especialmente a nuestro favor.

Que somos una persona más intentando aprender a vivir.

Y, contra todo pronóstico, esa idea no me hace sentir insignificante.

Me hace sentir acompañada.

Porque si no soy especial en mi dolor, tampoco lo soy en mi esperanza.

Si otros sobrevivieron a lo que ahora me asusta, quizá yo también lo haga.

Si otros encontraron paz después de una pérdida, quizá yo también.

Si otros descubrieron que aquello que parecía el final solo era un cambio de capítulo, quizá algún día yo escriba exactamente la misma frase.

Qué descanso dejar de luchar por ser distinta.

Qué alivio descubrir que pertenezco.

Que soy una más.

Y que, precisamente por eso, nunca estoy tan sola como a veces creo.

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