Aquella visita del Papa León XIV y los éxitos del cristianismo
Por Manuel Blanco Chivite*
El presidente de la multinacional vaticana ofreció varios espectáculos multitudinarios a costa de los dineros públicos y exhibió el poder y la riqueza de la Santa Sede
Sin duda, uno de los acontecimientos, uno de los espectáculos, una de las performances más importantes habidas en España durante 2026 ha sido, el pasado junio, la visita tumultuosa de Su Santidad el Papa León XIV, cabeza máxima de la Iglesia Católica Apostólica y Romana y contacto directo de la tal institución con Dios.
No creo exagerar si afirmo que la gira papal constituyó una de las mayores operaciones de seguridad y despliegue de elementos visibles y no visibles para el control y manejo del entramado urbano de las ciudades visitadas por el jefe espiritual y material de la Iglesia. Un alarde policial de información y medios que supongo se estudiarán de inmediato en las academias de policía y servicios de inteligencia.

Pero de todo esto ya se habló y no poco en su momento. Mi aportación al tema, si así pudiera llamársele, se la debo a un cristiano auténtico, mi vecino del 2º D, no diré su nombre por simple y cortés discreción.
• Yo soy cristiano – me dijo en un encuentro que tuvimos en un bar cercano a nuestra casa. – Estoy entusiasmado y deseoso de comprobar en directo el cristianismo del Papa.
• Pues nada, adelante, esta es tu oportunidad, le contesté.
Días después, cuando ya el venerable visitante estaba de nuevo en su dominio estatal, el Vaticano, volví a encontrarme en el mismo bar con Segundo De (llamémosle así para entendernos). Estaba abatido e irritado al mismo tiempo. Nada más verme en la barra con mi primera cerveza en la mano, se acercó y me dijo sin mediar siquiera unas buenas tardes:
• Horrible, ese tipo no tiene nada de cristiano; será católico, no lo niego, universal como cualquier empresa multinacional, o cualquier fondo buitre global, pero no es realmente cristiano. Cristo fue otra cosa. Para empezar, Jesús entró en Jerusalén sobre la grupa de un humildísimo borrico, no en un Mercedes matrícula SCVI, placa única de los vehículos que utiliza el Papa, Status Civitatis Vaticanae (Estado de la Ciudad del Vaticano) valorado en 188.000 euros, sin contar con el papamóvil eléctrico también Mercedes, de 400.000 que se dejó en el garaje.
Jesús viajaba por sus medios -seguía Segundo De imparable-, incluso caminando, no como esta Santidad que utiliza aviones del Ministerio Español del Aire y del Espacio; y a Jesús nadie le pagaba los viajes, ni las comidas, ni las habitaciones de lujo, ni tenía criados. Ni el viaje papal ni sus discursos demagógicos, previsibles e hipócritas tienen nada que ver con el cristianismo auténtico. Habla contra la guerra, pero no denuncia a quienes las fomentan y se benefician de ellas, no señala nombres de políticos, de militares, de empresarios, que se enriquecen con tanta muerte, no dice nada del genocidio de palestinos ni pronuncia el nombre de quienes los asesinan, se compadece históricamente de las condiciones de los emigrantes pero no señala con el dedo así, claramente, en vez bien alta, a quienes siembran la pobreza en el mundo… Indignante, amigo mío, indignante. ¡Viva Cristo, abajo el Vaticano!
Ese último grito se oyó en todo el bar. Iba por la cuarta jarra de cerveza y sonreí al camarero mosqueado e hice un gesto de disculpa a dos o tres parroquianos que habían vuelto la cabeza hacia Segundo. El exabrupto no llegó a más.
• Querido vecino – le contesté, muy amable, muy comprensivo- entiendo su enojo y he de decirle que, como ateo substancial (no adquirido) tampoco a mí me ha convencido ninguna circunstancia de la visita de Su Santidad ni, desde luego, ni una sola de sus palabras que, puedo afirmar, ya me las sabía antes de oírlas.
Segundo me escuchó con atención y su primera reacción fue de asentimiento.
• Evidente, se congratuló, cualquiera, sea de la condición que fuere, a menos que sea un fanático o un político interesado, opinaría lo mismo que usted.
• Pero – le repliqué, – ya sabe, siempre hay un pero.
Segundo me miró a la expectativa ¿Un pero?
• Así es. Y añadí: ocurre que tampoco estoy para nada de acuerdo con usted.
• Hombre, no me fastidie -me replicó a su vez- A su entender qué coño debería haber hecho nuestro visitante.
Me decidí, de una vez, a explicárselo. Mire, Segundo, en paseo triunfal, en un desfile de autoridades institucionales, monarquía al completo, gobiernos, militares estrellados e imprescindibles, Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, servicios de inteligencia, reordenación a su servicio de la circulación urbana, drones, helicópteros, cámaras grabadoras, encuadramiento de multitudes perfectamente disciplinadas… Con todo eso y bastante más, León XIV, creo y lo creo muy modestamente, que debería haber hablado de los éxitos de la Iglesia Católica a lo largo de los siglos en cuanto seguidora, precisamente, de Cristo…
• Vale, vale, vale –me interrumpió Segundo- me está usted asombrando y escandalizando, y se dice ateo, pero bueno, ¿me toma usted el pelo?
Pedí la cuarta cerveza, le miré serio, incluso severo.
• Nada de eso, ¿cómo se le ocurre? Los éxitos católicos tienen su raíz en el mismo Evangelio, en las mismas palabras de Cristo.
• Pero, ¿de qué me está usted hablando? – siguió empeñado. – Como cristiano debería…
• Pare el carro, – levanté una mano en son de paz- estimado vecino, como cristiano debería usted escucharme y después responderme con lo que le venga bien.
Se calló, lo pensó y asintió.
• Bueno está, venga, diga usted.
Poder y guerra
Le apuntaré y será tan solo un apunte, los éxitos que León XIV debería a mí entender haber expuesto en gira tan espectacular como la que ha realizado. Veamos, la Iglesia Católica ha cosechado innumerables éxitos en cuanto a formar parte, codo a codo con los poderes reales de muchos estados y se ha beneficiado inmensamente de ese poder en todos los sentidos. Todo lo cual se ha basado y se sigue basando en el propio Cristo como lo recoge el Evangelio de San Mateo. Jesucristo, con una moneda de un denario en la mano y señalando la efigie de César en una de sus caras instó a sus oyentes a pagar tributo al Estado imperial; les dijo: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Dad pues los tributos con vuestro trabajo, pues ni el César ni Dios trabajan. Estableció así con claridad el enlace Dios/César; es decir, Dios/Estado o Dios/poder terrenal y cómo han de mantenerse ambos, con el denario del tributo, del tr. Esta unidad, y creo que Su Santidad debería haberlo destacado, tuvo uno de sus más estendosos éxitos en España. La Iglesia Católica ganó la guerra y ya se sabe que quien ganó la guerra, ganó tributos, propiedades y beneficios.
El Obispo de Salamanca, Enrique Pla y Deniel el 30 de septiembre de 1936 dijo:
«Reviste sí la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada…por la religión y por la patria y la civilización».
El Cesar del siglo XX, hoy en España es el monarca de turno y también hay que tributarle. Antes, lo fue Franco quien dejó claro que solo era «responsable ante Dios y ante la historia», afirmación tomada al pie de la letra por los representantes de Dios en la Tierra que lo pasearon bajo palio.
Recojo, sólo por ambientar los hechos, un par de anécdotas que destacan el éxito eclesial/estatal:
El día 27 de octubre de 1943 tuvo lugar, en el palacio del Pardo, la ceremonia de juramento de fidelidad al Estado de don Enrique Delgado Gómez, como obispo de Almería, junto con los de Cádiz, Lérida, Palencia, Vitoria, Astorga y Guadix recientemente consagrados. Recibió el juramento el ministro de Justicia en representación del Jefe de Estado. Después, todos fueron invitados a comer por el Caudillo.
Otra. El 8 de marzo de 1954, el Papa Pío XII decidió (previa consulta con su señor Jesucristo, como es de rigor) conceder a Francisco Franco, que seguía matando, torturando y encarcelando a los enemigos de su España y lo seguiría, nada menos que el Gran Collar de la Orden Suprema de Cristo. Las mayúsculas corresponden al texto honorífico original.
El acto solemne, o «ceremonia de imposición», como se le llamó, se celebró en la capilla del Palacio de Oriente.
Como testigos oficiales del acto, el ministro español de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo y el de ministro de Justicia (¡que sí, que había un ministro de Justicia!), Antonio Iturmendi. Impuso el Gran Collar el ya citado Enrique Pla y Deniel. A continuación, se celebró un solemne Tedeum.
• Es ocioso decirlo, amigo Segundo: todavía hoy nadie le ha quitado el tal Collar al tal Asesino.
Si hablamos de Césares y Estado, hablamos desde luego de violencia, de guerra y ahí también conviene recordar al buen San Mateo en su Evangelio. Al establecer «nuevas instrucciones a los apóstoles» Jesús les dijo: «No penséis que he venido a poner paz en la tierra, no vine a poner paz sino espada». Mas o menos como Trump o Netanyahu hoy en día o como nuestra bien mantenida con tributos OTAN (Organización Terrorista del Atlántico Norte, cristiana, desde luego).
En fin, un terreno, el de la espada en el que los éxitos eclesiásticos han sido y son muy notables, desde las Cruzadas, la persecución de herejes, paganos y brujas hasta G. Bush y Trump y su advocación permanente de «Dios bendiga a América» (un detalle de falta de cultura, por cierto, pues el país de los citados no es América sino los EEUU).
Y por darle un toque español, español, español, recordar la advocación de Franco el 25 de julio de 1971, en Compostela, al patrón de España, Santiago Apóstol que, muy en el espíritu citado del evangelio dijo: «La guerra se hace más fácil cuando se tiene por aliado a Dios».
Riqueza y pobreza
Pero sigamos y vamos a lo que algunos han llamado el Evangelio del dinero.
Hay dos referencias extensas al mismo ejemplo. Resumamos. San Mateo de nuevo, «Parábola de los talentos»
Un poderoso Señor (metáfora del propio Dios) emprende un viaje y a uno de sus siervos le da cinco talentos, a otros dos talentos y a un tercero un talento. A su vuelta, el Señor pide cuentas a sus siervos. Dice el Evangelio: «el que había recibido cinco talentos se fue y negoció con ellos y ganó otros cinco. Asimismo, el de los dos ganó otros dos». (Obsérvese que entre ambos habían doblado el capital facilitado por el amo) Y sigue San Mateo: «Pero el que había recibido uno se fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió del dinero de su amo». Al regresar el señor tomó cuentas a sus siervos. El primero dijo: «Señor tu me has dado cinco talentos, presento otros cinco; mira, pues, otros cinco que he ganado. Y su amo le dice: Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco; te constituiré sobre lo mucho…Llegó el de los dos talentos y dijo: Señor dos talentos me has dado; mira otros dos que he ganado… Díjole el amo…te continué sobre lo mucho… Se acercó también el que había recibido un solo talento y dijo: Señor, tuve cuenta que eres hombre duro…. Que quieres cosechar donde no sembraste y recoger donde no esparciste (obsérvese que está desenmascarando a cualquier patrón antiguo o moderno) y temiendo me fui y escondí tu talento en la tierra; aquí lo tienes. Respondió su amo: siervo malo y haragán… Debías pues haber entregado mi dinero a los banqueros (Ay, ya estamos con la banca, tan temprano) para que a mi vuelta recibiese lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez, porque al que tiene se le dará y abundará; pero a quien no tiene se le quitará, y a ese siervo mílti echadle a las tinieblas exteriores…»
En el Evangelio de San Lucas se incide sobre el tema en la «Parábola de las minas». En este caso es «un hombre noble» que parte de viaje y reparte diez minas entre diez de sus siervos. A su vuelta, los siervos rinden cuentas: cada siervo va presentando el resultado de sus esfuerzos: desde el que dice «Señor, tu mina ha producido diez minas» y fue recompensado con «el gobierno de diez ciudades» o el que recibió cinco minas y produjo otras cinco, y «recibe el gobierno de cinco ciudades». Y llega el que recibió una mina y dice: «Señor, ahí tienes tu mina, que tuve guardada en un pañuelo, pues tenía miedo de ti que eres hombre severo que quiere recoger lo que no pusiste y segar donde no sembraste». El castigo es el mismo que en San Mateo: «Os digo que a todo el que tiene, se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado».
Todo esto llega a su cima, por decirlo así, la cima del poder económico frente y contra la pobreza en el Evangelio de san Juan.
La sagrada y permanente pobreza. Cuando Jesús acude invitado al hogar de Lázaro, recién resucitado fue recibido por María: «María – dice el evangelio de San Juan– tomando una libra de ungüento de nardo legítimo de gran valor, ungió los sus cabellos»
Judas Iscariote, el malísimo, que acompañaba a Jesús dijo «¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres?”.
Respondió Jesús: «Pobres siempre los tenéis, pero a mí no me tenéis siempre».
Así estableció el propio Jesús la permanencia por los siglos de los siglos de la pobreza y de la riqueza recompensada. Buena sea la limosna, bueno sea su alivio, pero ¿que la pobreza desaparezca? Vamos, estimado Judas, ¿es que te has vuelto comunista o algo parecido?
Así quedó establecido, para siempre en la doctrina cristiana, no solo católica, la incentivación de la riqueza y la permanencia de la pobreza, sin duda uno de los éxitos más resonantes de la Iglesia y también una prueba más del acendrado cristianismo de su máximo representante, lo cual, amigo Segundo, es bueno que León XIV lo hubiera recordado bien alto, ante las masas congregadas en las plazas de Madrid, Barcelona, Santiago, etc., y en las televisiones de todo el mundo. Pero, claro, como esto no iba a gustar ni a los poderosos de este mundo que son los que pagan la fiesta, prefirió adornar sus discursos con vaguedades y gazmoñerías que satisfacen a todo el mundo, menos a los que, como usted, toman el Evangelio en serio. Y yo, que soy ateo, me permito recordárselo.
Y seguimos
Tras tan larga perorata, callé unos instantes y contemplé a mi vecino, en su sexta o séptima cerveza, ¿o quizás sea la décima? Tenía el ceño fruncido y un aire como de quien ha empezado a levitar.
En fin, continué casi en un susurro, creo que ya es suficiente, Si acaso, citar, por salirnos de las palabras de Jesús, y recurrir a tres de los más importantes pensadores y teólogos de la tradición doctrinal católica respecto a las mujeres.
Veamos:
San Ambrosio: «La mujer solo es fuerte en el vicio y daña la valiosa alma del varón»
San Agustín: «La mujer es un ser inferior y no está hecha a imagen y semejanza de Dios. Corresponde a la justicia, así como al orden natural de la humanidad, que las mujeres sirvan a los hombres».
Santo Tomás de Aquino: «La mujer es un defecto de la naturaleza, una especie de hombrecillo defectuoso y mutilado, Si nacen mujeres se debe a un defecto del esperma o a los vientos húmedos del sur. Solo es necesaria para la reproducción»
Estas consideraciones, desde luego, fundamentaron durante siglos, el enorme éxito que la Iglesia tuvo entre los machos de la especie y entre millones de mujeres aconsejadas por sus devotos confesores. En fin, otro éxito que León XIV debería haber enarbolado con orgullo en nuestra patria. Debería haber dejado constancia, en un momento en que, precisamente, parece que la Iglesia Católica pierde adeptos, de estos grandiosos éxitos.
Segundo levantó al fin la mirada del mostrador del bar y la fijó en mis ojos. Entonces, pronunció estas meditadas palabras: Tiene usted razón, sí señor, los éxitos, los éxitos, eso es lo que un buen cristiano tiene que destacar, basta de lloriqueos, basta de ruegos y consejos, los éxitos están ahí, eso es lo que importa y hay que restregarlos por los morros al mundo entero, sin complejos, al ataque. Le agradezco sus palabras y ese tan necesario repaso evangélico, desde luego, las cervezas las pago yo.
Segundo es hoy mi mejor amigo en el barrio. Sigue en su cristianismo, pero mucho más animado y crítico con el propio Jesucristo y quien les habla en mi humilde ateísmo sustancial pensando en qué hubiera hecho con los cinco talentos. Seguro que a estas alturas tendría ya ganado el cielo.
* Publicado en «El Otro País de este Mundo«, Septiembre-Octubre 2026,nº 119
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