¿Felipe VI contra la Constitución?

¿Felipe VI contra la Constitución?

Por Juan Antonio Aguilera Mochón*

Al hacer una profunda reverencia a alguien,
siempre se vuelve la espalda a algún otro.
Ferdinand Galiani (1728-1787), diplomático y economista italiano.

La aconfesionalidad estatal herida en el besamanos real

Felipe VI, suele inclinar la cabeza, la espalda e incluso todo el tronco cuando saluda como rey a un clérigo de alto rango de la Iglesia católica (de obispo para arriba). La inclinación máxima la reserva por lo general para cardenales o para el papa, sobre todo cuando la distancia lo permite, como cuando es él quien se acerca. Pueden verlo en las imágenes de la visita del papa León XIV a España en junio de 2026 que publica la propia Casa Real en su web (enlaces en el Anexo).

En el reciente besamanos del 12 de octubre en el Palacio Real, con motivo de la Fiesta Nacional, pudimos comprobar una vez más la diferencia entre el saludo a esos clérigos y el que dedica al resto de invitados, tengan el rango que tengan. El rey inclina claramente la cabeza ante el nuncio apostólico, Piero Pioppo; ante el arzobispo castrense, Juan Antonio Aznárez, y ante dos obispos de la Conferencia Episcopal. El contraste salta a la vista si se compara con el saludo, erguido, a quienes los preceden y suceden en la fila, y también con el que dispensa a los embajadores de otros países, pese a que el nuncio es asimismo un embajador: el de la Santa Sede (que sea decano del cuerpo diplomático por razones de tradición histórica no justifica una reverencia).

También se aprecia una inclinación similar ante al menos dos clérigos ortodoxos, quizá porque iban justo detrás de dos obispos católicos y una diferencia de trato tan palmaria entre representantes religiosos habría resultado violenta.

En cambio, a un simple sacerdote católico con clériman, que pasó solo y no parecía formar parte de ninguna representación episcopal, lo saluda sin reverencia. No se distingue en el besamanos a ningún representante de otras confesiones (islámica, judía, protestante…) con indumentaria religiosa.
Merece la pena comprobar lo que digo en las fotos adjuntas y, aún mejor, en las grabaciones completas del besamanos que se detallan en el Anexo.

De esta forma, Felipe VI muestra, como ya hacía su padre, una especial deferencia hacia la jerarquía de la Iglesia católica (y ocasionalmente, por extensión, hacia otros clérigos), que escenifica la tradicional y rancia alianza entre el trono y el altar. Con ello vulnera gravemente la aconfesionalidad del Estado («Ninguna confesión tendrá carácter estatal», art. 16.3 de la Constitución), igual que cuando acude a misas, hace la ofrenda al apóstol Santiago o se santigua ante un Cristo o una Virgen; además, refrenda su catolicismo institucional siendo hermano mayor o de honor de decenas de cofradías.

Su confesionalismo monárquico –no la devoción que tenga o deje de tener a título privado, que es cosa suya– es algo especialmente deplorable y denunciable por simbolizar la permanencia del nacionalcatolicismo franquista (acreditada por el mantenimiento de los Acuerdos concordatarios con la Santa Sede y de grandes prerrogativas de todo tipo para la Iglesia), y por el cargo que ostenta: según el artículo 56.1 de la Constitución, el rey es el jefe del Estado y «símbolo de su unidad y permanencia».

Como símbolo de la unidad, se supone que Felipe VI es el rey de todos los españoles. Sin embargo, con sus comportamientos confesionales, parece más bien el rey de los católicos, que según el último barómetro del CIS (septiembre de 2026) son el 54,4 % de la población. Y, a juzgar por sus alardes devotos, el soberano de los católicos practicantes: un exiguo 15,9 %, menos incluso que los ateos declarados (17,1 %).

Hay que denunciar además que, al simbolizar al Estado, cuando el rey hace ese tipo de inclinaciones, que expresan sumisión ante representantes de otro Estado (la Santa Sede, o Vaticano), humilla al propio Estado español. En esta ocasión hemos visto cómo lo ha hecho ante el embajador de ese Estado vaticano de una manera que jamás emplearía con los diplomáticos del resto de naciones del mundo: ¿no sería un escándalo que se inclinara ante el embajador de Marruecos, Israel o EEUU? Por cierto, qué lejos está del «patriotismo» que se le supone, siendo además quien ostenta el mando supremo de las Fuerzas Armadas (artículo 62.h de la Constitución).

Cuando los jefes de Estado o de Gobierno de los países de nuestro entorno se acercan lejanamente a ese tipo de comportamientos, reciben lo suyo. El presidente francés Macron, que fue muy criticado por vulnerar la laicidad estatal al acudir a la misa de Francisco en Marsella en 2023, evitó el pasado septiembre las misas de León XIV en París y Lourdes; acabó yendo a la de Metz, y eso que le supuso duras reprimendas y el recuerdo cáustico de que «París bien vale una misa». Cuando en 2015 la primera ministra polaca, Ewa Kopacz, besó el anillo de Francisco, en la tan católica Polonia se le recordó que la jefe del gobierno de un Estado laico no debería besar el anillo del jefe de un Estado eclesiástico, y se señaló que Merkel y Obama se habían limitado a estrecharle la mano. Y en México, en 2002, el beso del presidente Vicente Fox al anillo de Juan Pablo II llevó al diario La Jornada a preguntar en portada: «¿Y el Estado laico?». Aquí, en cambio, el jefe del Estado se dobla ante el papa en ángulos inverosímiles, agacha la cabeza ante nuncios y obispos, y se gana que se le tilde de capillita o meapilas, pero nadie le pide cuentas.

Si se nos dice que lo símbolos no tienen tanta importancia, ¿qué sentido tiene que la principal función constitucional del monarca sea, precisamente, de carácter simbólico?

Entiendo que los actos pietistas de Felipe VI son de suma gravedad, por lo que exigen una queja o denuncia formal por parte de los representantes de la ciudadanía. Por suerte para el rey, su persona es inviolable, una característica poco compatible con la democracia (como nada democrática es, por cierto, la misma monarquía, pues viola radicalmente el principio de igualdad).

Sin embargo, ya que según los artículos 56.3 y 64 de la Constitución sus acciones oficiales han de estar refrendadas por el Gobierno, es a este a quien le toca responder de ellas, y en su caso evitarlas. ¿O acaso lo intenta y la Casa Real hace caso omiso? Los grupos parlamentarios pueden y deben exigirle explicaciones mediante preguntas o iniciativas en el Congreso y el Senado. Como decía Gonzalo Puente Ojea, el laicismo es un «principio indisociable de la democracia», y ya es hora de que lo asuman nuestros gobernantes y representantes.

Anexo
⇒ Los momentos del besamanos comentados en el texto se pueden ver en las grabaciones completas en Facebook (https://www.facebook.com/watch/live/?ref=watch_permalink&v=1090675006905352, Europa Press) o en YouTube (https://www.youtube.com/watch?v=Nghg8ptYVzI, La Vanguardia, con imágenes de EFE), según la siguiente tabla (la grabación de YouTube empieza más tarde, por eso sus tiempos son unos 27 minutos menores):

⇒ Fotografías de la Casa Real (visita de León XIV, junio de 2026)
⇒Fuentes de los ejemplos de otros países:
• Macron y las misas de León XIV
• Ewa Kopacz y el anillo del papa
• Fox y el anillo de Juan Pablo II
• Datos de religiosidad: CIS, barómetro de septiembre de 2026, recogidos aquí

* Grupo de Pensamiento Laico
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