Relato corto: Sueños en la sombra

Relato corto: Sueños en la sombra

Por Gilmar Simões*

Crucé el umbral del calabozo, tan solemne como conmovido. Sí, lo crucé con un aplomo tan digno como el de una película, mientras el sargento interrumpía mi cuenta regresiva… Tres, dos, uno. En fin, contar hacia delante habría sido un error enorme. Y su aparición evitó que añadiera el cero al dramatismo a mi salida. Además, no me aportaría nada, pues dijo que había que esperar cuatro días para mi liberación. El sargento parecía irreal, como un bloque de músculo rígido. Luego añadió: «Hagamos las cosas bien. Y a ver con quién andamos y si terminamos los estudios. Seis meses no son nada».

Si ese discurso tuviera sentido, mi cuerpo sería la causa donde descansa toda su sandez. Como ocurre con toda perspectiva proyectada, está distorsionada y se difuminará en la percepción según la mirada de otro punto de vista, el mío. Al final, uno a veces necesita una tregua en la vida para respirar y soñar. En ese país mi imaginación se alimentaba a base de especular sobre el futuro y eso era el único espejo en que mirar.

No fue hasta cuatro días después cuando avancé paulatinamente por el pasillo sombrío, con una mochila con mis únicos bienes: el certificado de ex recluta, un cepillo de dientes, una muda raída, un par de libros y los cuadernos escritos en la estancia carcelaria. Era la mañana del trece de mayo, viernes; cumplía veintiuno. Delante del edificio no me esperaba nadie. Sí. Nadie —¡nadie! —, solo me acompañaba mi sombra, que se proyectaba tímidamente bajo el soportal. ¡Qué familia, qué amistades tenía yo! Desde luego, el día en que entré en la cárcel no vino nadie a visitarme. Ni siquiera mi abuelo, que tanto me quería. No recibí ninguna carta ni ninguna palabra de apoyo. Así que tampoco me esperaban cohetes de despedida.

Miré mi reloj automático, marcaba las siete y cinco minutos —el electrónico de la plaza, siete y dos— cuando puse los pies en la calle. Miraba el antiguo cañón sobre las dos ruedas llenas de cagada de las palomas, apuntando su orín y moho a la ciudad. Me detuve un rato y miré hacia atrás; no vi el edificio barroco convertido en centro penitenciario y medio en ruinas, quizá resultado de algún temblor, sino el retrovisor del tiempo de la madrugada en el que me metieron en el furgón.

Ahora tenía un pie fuera, pero el otro seguía dentro. Los recuerdos de la cárcel me atormentaban a cada paso que daba. Pero, a la vez, me sentía libre de la fe ciega, del discurso homogéneo y autoritario, blindado y promovido como normal. ¿Acaso yo había nacido demasiado tarde para entender esos preceptos obsoletos o era yo demasiado joven para aprender de los «nuevos» cambios impuestos?

De hecho, nunca los comprendí, ni los designios de esa encrucijada que sirvieron para atacar mi cuerpo lacio. Yo, sujeto judicializado por el ordenamiento jurídico militar, salí de allí más falto de creencia que un nihilista. A mí me invadió la calma tensa cuando divisé a los pocos caminantes y al escaso tráfico. Seguro de que no entraba en un lugar ni un filón pacífico, barrunté el peligro de alud de la multitud silenciosa. ¿Era inminente o se avecinaba? Lo que fuera, me daría de cara a un muro, el desorden y la lógica de la ley. Por un error de cálculo o azar, el derrumbe me soterraría no solo a mí, sino a todos mis sueños. Aunque, como dice Nabokov, «el sueño es la más imbécil de las fraternidades humanas, la que más derechos reclama y la que exige rituales más ordinarios», para mí es también el límite de nuestras obsesiones y el filtro de nuestros pensamientos más cotidianos.

Ya me imaginaba en una terraza tomando una taza de chocolate con una magdalena, lejos de la irrealidad vivida allí dentro, cuando de pronto oí el restallar de las botas de los soldados que corrían para el entrenamiento matinal en el parque de enfrente del cuartel. Luego los ladridos perrunos del sargento me trajeron de vuelta a la realidad, mientras lejos retumbaban los bramidos de una multitud enfurecida. No anunciaban la primavera, exactamente, sino el estallido de una batalla cercana. En ese mundo que dejaba atrás, la apariencia, muchas veces, amenazaba convertirse en realidad tan cruda como sutil: la frontera entre cárcel y calle. No pensaba que los protocolos afuera serían diferentes de los estrictos adentro. No obstante, me devanaba los sesos, lo que me deparaba el futuro, cómo y qué haría en mi peregrinaje por los caminos, errores, giros, misterios, encrucijadas e incertidumbres. Incluso así, casi flotaba en el aire; perdí la noción del tiempo como un entusiasta de los efectos de la ingravidez. Pero pronto hubo de quemar las naves y regresar a la gravedad terrestre; y, cuando giré despacio el cuello y miré por última vez la cruz del emblema patrio incrustado en aquella remodelada portada, di masaje a los ojos, como si así alejara las vistas de los excesos castrenses. Al abrir los ojos me encontraba en pleno centro de una plaza, la estatua de un héroe apuntaba al cielo con su afilado dedo autoritario.

Lo habitual en ese país, tan imaginario como desconocido, porque inventado y sin control, porque sin futuro, era deshacerse de ti a medida que te punes. Luego, como castigo, te lanzan a la calle como si lanzasen un tronco verde a la hoguera.

Que me transforme en ceniza o en tizón no es mi dilema. Quizá no sea tampoco para tirarme bajo el primer coche. Y así, a banderas desplegadas, me veía camino de la extinción, como un zorro solitario. Especímenes extraños, singulares.

Cargado de tristeza, rabia y solo, caminé mirando al suelo mientras escuchaba los chirridos de los frenos de los coches que pasaban. Me desvié por una calle transversal. Mientras vagaba por el lecho de lo imprevisible y escuchaba el estallido de rabia del caos, ganaba volumen la idea de deshacerse de los agravios contenidos. Quería evitar el remolino destructor y doblé la esquina; un eslogan en una tienda me llamó la atención: «Negocio es amortización, no vencimiento». Avancé por la perpendicular y en otra tienda vi otro eslogan: «Vender lotería con un millón en premios, no con millones de errores». Unos señores paseaban con carteles en los que ponía: «Compro oro, compro oro». En dos años había cambiado mucho.

Salí a la avenida principal. Ahí había un grupo de jóvenes exaltados, ciegos de ira, que rompían todo a patadas, con barras de hierro o adoquines, todo lo que encontraban por delante. Rompían persianas metálicas y escaparates, derrumbaban puertas a patadas o con palos o maderos. Hacían añicos a todo el mobiliario urbano. Los seguí; avanzaba casi por ósmosis entre el estrépito de las piedras contra los cristales, ramas de árboles recién rotas y contenedores quemados. Luego, una parte de la barahúnda se dispersó por calles laterales y diagonales. Se multiplicaban los alaridos de triunfo con cada cristal que saltaba por los aires; o sobre las cabezas, como las zapatillas, ropas, los aparatos de telefonía, los de música, los portátiles, los televisores, etcétera.

No pensaba ajustar cuentas con nadie, menos con un ser poderoso y omnipresente; no era mi quehacer. Pero era evidente que el encarcelamiento desató en mí una rabia hasta ahora desconocida, y, si la exponía sin control… No sé si estaba a punto de caer en una nueva redada, resbalar en un territorio que ardía en llamas o envolverme en una espiral rápida y circular de violencia desvirtuada, cuyo significado y cariz esa conjura institucional luego me haría pagar otra vez con la prisión sin derecho a apelación. Todo era posible, quizá igual que lo era seguir sin rumbo. Era inescrutable el riesgo que sufriría mi libertad. De repente sobre mi cabeza voló un adoquín y rompió el escaparate del gran almacén que tenía delante. Los fragmentos de los cristales aún flotaban cuando una fuerza extraordinaria me succionó hacia el interior. Pasé de la sección de moda y aparatos electrónicos y adentré por una llena de pertrechos de caza y pesca. Y, ya que estaba, cogí una pistola semiautomática (debería coger también una caja de cartuchos, por si acaso, pensé, aunque lo que importa es el instrumento). Será de juguete, quizá por la asequibilidad, pensé para mis adentros. Sin embargo, lo más increíble fue cuando la sostuve: pesaba como un arma real. Aunque no era experto en armas, su forma ergonómica facilitaba el agarre y resultaba cómoda. Pero el tumulto dificultaba asegurar su autenticidad. Si era de fuego, de aire comprimido o de fogueo, tampoco importaba.

Mientras recordaba las armas de juguetes que hice de joven, un tipo en chándal lleno de collares y anillos de oro me insinuó que me comportaba como un niño que acaba de recibir un juguete. Él cogió un par de pistolas, entonces le dije: «Y tú, ¿qué?, ¿a hacer el agosto?» Se reía mientras cogía cartuchos y más cartuchos; yo, sin desestimarlos, me llevé una navaja tipo Suiza, cizalla, alicate, prismáticos, linterna, guantes y por supuesto una caja de cartuchos. Metí la pistola y una libreta en los bolsillos anchos de mis pantalones verdes oliva y lo demás en una mochila junto a mis pertenencias y salí a toda prisa. Aunque era un alivio inmediato, no me sentía lejos de la revuelta.

Al final, me escapé del alboroto. Deambulé, deambulé, hasta encontrarme en un barrio bien de casas y jardines. Deambulaba con cautela y paciencia por el barrio de la Reina, preciado por ladrones y mendigos, a la par que la clase media en ascensión. En muchas casas había un ojo de centinela: «no estamos aquí, pero te vigilamos». Como animal paciente y lento, averiguaba las posibilidades: sobrevivir. Miraba el cielo otoñal y las hojas amarillas de las jacarandas empezaban a caerse despacio de sus ramas. Apenas caían por su propio peso, si no fuera por la súbita brisa del noreste. Las hojas caían como tenues sombras amarilleadas, difuminadas por la corrección del tiempo lumínico del pobre alumbrado público. No obstante, mientras el viento agitaba las ramas de los árboles, aunque deficiente, la luminosidad me perseguía y a la vez las sombras ocultaban mi cuerpo «recluta».

Mi mente divagaba tanto que ni siquiera me di cuenta de que había entrado en una callejuela privada con acceso controlado a la avenida principal. Al fondo, se veían pasar coches a toda velocidad. La callejuela estaba protegida por cercas electrificadas con alambre concertina, alarmas y focos sensibles e inteligentes. En cada esquina había badenes y reductores de velocidad que dificultaban más que ralentizaban la huida apresurada. Pero, sin lugar a dudas, era una de las mejores estrategias, además de contar con los mejores cómplices, para evitar a los malhechores. Sin contar con los perros rabiosos, los vigilantes encerrados en casillas o paseando armados con porras y linternas, aunque en su letargo protegían menos que los túmulos en el asfalto. Traté de seguir con tranquilidad postiza, pero a la vuelta de la esquina me interpeló un vigilante con su bigote frondoso de herradura. Al acercarme, la onda expansiva del alcohol me sacudió mientras él llevaba la mano a la pistolera. Me pidió que me identificara. Dudé si hacerlo o no, pues era ilegal y más siendo un transeúnte. Luego, a medida que se me desinflaba mi propósito mortífero, recobraría la claridad y el dictamen se esfumaría con idéntica rapidez, pensé.

Las divagaciones pululaban como deseos por mis pensamientos. ¿Acaso me consolaba aferrarme a esa superficialidad abrasadora, como participante en una odisea mortal, como en un arte de la fuga o en un alucinante rechazo imaginario? ¿Me faltaba fe en el poder de imposición de las armas? Las armas nunca proporcionan una solución objetiva, pensaba, mientras crecía la sensación de remordimiento por tener una. ¿es una ventaja tener un arma al alcance de la mano? ¿Cuándo es una ventaja tener un instrumento hecho para matar? ¿Qué se pierde y qué se gana? ¿Se agudiza el ingenio o solo se infla la fantasía y se debilita la memoria? Así especulaba con la «memoria, fantasía e ingenio», pero necesitaba poner cierto orden en mi mente para aclarar la «duda». Pero yo no tenía claro si mi conducta era una defensa o un atrevimiento. Mi alma era débil, quebradiza y no adiestrada. De todos modos, esto aquí no era ni el comienzo ni el fin del viaje.

Al vigilante lo vi nervioso y agitado, así que le hice el saludo marcial y le dije: —Buenas noches, agente. Se relajó; entonces le enseñé mi credencial. La olió y, tal vez por respecto o solidaridad al cuerpo que soñaba y no tenía, me dijo: —Siga su camino, soldado. Caminé, caminé y de repente, en la casa número 4, escuché el ruido de un coche. En ese instante salió del patio una mujer joven en el timón de un todoterreno a toda prisa. Miró a la izquierda para asegurarse de que tenía vía libre y aceleró. El motor rugió de forma extravagante y se puso en marcha de manera brusca con el ruido innecesario de las llantas en el asfalto. Recobré rápidamente mi propósito cuando vi una casa con el ojo vigilante en duermevela. Planificación mínima. Rentabilidad máxima. Era medianoche. El patio estaba oscuro, el garaje abierto y la luz roja de la alarma apagada me invitaban a entrar. lo que me invitaba a entrar. Me consolaba pensando que «quien no tienta no alcanza». Aproveché un instante que la luna se escondía detrás de una nube, me puse los malditos guantes y probé levantar el portón. Pesaba poco. ¡Vaya!, sin candado. Empujé el portón hacia un lado, se movió como un velero en aguas tranquilas. Me escondí en el jardín arbolado a la espera de alguna señal de vida humana detrás de la cortina blanca diáfana del salón iluminado por una luz tenue. El corazón palpitaba acelerado; incluso así procuraba no alterarme controlando la respiración. Media hora después, la mujer volvió a casa. Me inquietaba no saber qué hacer en esa nueva coyuntura: ¿aprovechar o salir corriendo? Mientras daba un largo y profundo suspiro, escuché el ruido de la cerradura. La mujer salía con traje de noche, tan rápido como vino, y se fue sin activar la alarma. La cizalla fue providencial. Entré en la casa por la puerta de atrás.

La cama del cuarto principal estaba hecha. Solamente una araña solitaria se movió como testigo. En el estudio vacié una mochila de libros y cuadernos mientras la llenaba con portátil, cámara fotográfica, reloj… De repente escuché vibrar un móvil en el cuarto del lado. Cuando entré en penumbra, un cuerpo acurrucado entre las sábanas respiraba con placidez; yo, por torpeza o temor, apreté una tecla desafortunada y los destellos iluminaron el cuarto:

¡Feliz cumpleaños, bonita! Volveré mañana, desayunaremos juntos. Llevo un disco inédito de Elena de Trolla. Besicos. Papito lindo.

* Gilmar Simões. Autor hispano-brasileño. Ha estudiado sociología. Ha publicado relatos y reseñas en Narrativas, Revista digital; Revista Almiar, Margen Cero; Letralia, Tierra de letras; LoQueSomos, República Popular de las Letras; La torre del ojo; Minotauro, antología de relatos breves, de Latin Heritage Foundation (Washington, EUA, 2011.

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