Relato corto: Colapsos de onda conyugal en Valencia 2025

Relato corto: Colapsos de onda conyugal en Valencia 2025

Por Joan Martí

Lo mío fue poesía; lo tuyo, zoología genital

“Las partículas no tienen propiedades por sí solas,
salvo cuando interaccionan o se fusionan.
Y en 2025, en Valencia, todos los matrimonios
eran colisiones de hadrones con aspiraciones sentimentales.”
— (Carlo Rovelli, mal citado por Ana mientras se abrochaba el sujetador)

Mi realidad colapsó a media tarde del jueves, ya digo. Antes, sobre las 3, había ido a uno de los módulos del Palau de les Arts i les Ciències, sede del seminario paralelo “Sexo, Mentiras y Superposición Cuántica: Nuevas Perspectivas sobre el Entrelazamiento Afectivo”.
Allí fui con Julio. Mi Julio. Lo acerqué en el coche. Subimos al hall un momento y nos dieron las credenciales de ponentes. Lo dejé allí y nos despedimos hasta la noche para cenar en casa. Sobre las 11, cuando yo viniera de Castellón. El intervenía esa tarde, pero yo no daba mi charla hasta el día siguiente en otra de las ponencias. Había decidido aprovechar la tarde para ir a ver a mi madre. Después de dejarlo en el Palau, pasé un momento por el Corte Inglés para coger los zapatos que le había prometido a mi progenitora. Eran especiales para pies delicados. Me iba a verla a Castellón, según lo previsto, para llevarle los zapatos y abrazarla por su cumple, y también para matar la tarde. Ya pasado Sagunto, me vino una pulsión de duda obsesiva TOC. Tenía que comprobar si lo llevaba todo y palpé el bolso en el asiento del copiloto. Esta vez mi neurosis estaba en lo cierto: Efectivamente, en el bolso no estaba el móvil que le había comprado el día anterior, también para su cumple. Tenía que volver a casa a cogerlo. Le hacía mucha ilusión.

Subir rápida dejando el coche en la cera y coger la caja del móvil, ese era el plan previsto.
Entrar rápida, oír ruido y gemidos, entreabrir la puerta del pasillo y ver la escena fue todo uno… ¡Dios Santo! Aquello no era el resultado previsto. El azar cuántico, en su infinita crueldad, me hizo llegar justo a tiempo para el número acrobático.
En mi cama. Allí estaba mi Julio, con sus infames calcetines blancos y con Pilar. Lo de sus calcetines blancos era de esperar; lo de Pilar encima de él no.
El universo —que ya me venía fallando sistemáticamente desde 2021— decidió darme ese día el empujón final hacia el nihilismo amoroso. Y todo por una mala interpretación de la física cuántica.

Porque si Carlo Rovelli tiene razón —y yo, que llevo tres postdoctorados en Bolonia y una licenciatura en Granada, sé que la tiene— entonces nada existe por sí solo. Solo las relaciones con las cosas hacen real la realidad.
Y a mí, esa realidad me hizo muy real ver a Pilar gimoteando en modo cowboy sobre el pecho peludo de Julio. De mi Julio. Sus manos apoyadas sobre él, como si estuviera haciendo sentadillas, haciendo equilibrios en cuclillas sexuales mientras cabalgaba como una amazona desquiciada. Háganse la composición de imagen… ¡Un maldito cerdo inmoral y una roba hombres en plena faena!
—¡Ana! —gritó el adúltero, mientras intentaba envolverse en la sábana como si tuviera frío en pleno colapso de onda.
—¡Ana! —gritó Pilar, con esa voz con la que gritan las adúlteras pilladas en el gallinero.

Por supuesto, yo no grité. Por una parte, porque una mujer que cita a Leibniz en las discusiones de pareja no grita. Se disocia de la realidad o se deprime, o las dos cosas a la vez. Pero no grita. Por otra, porque me había quedado en estado de shock. No podía ser. No era posible. Allí, en mi casa. Y en mi cama…
Lo más irritante no fue la visión misma de Julio acoplado con Pilar o, mejor dicho, de Pilar acoplada sobre Julio. (Aunque sí que lo fue, especialmente vistos desde el ángulo del baño donde fui a coger unas tijeras de arreglar cutículas para liquidarlos allí mismo) Lo peor fue su defensa.
—¡Esto no es lo que parece! —dijo.
—¿Entonces qué es? Dime tú qué es lo que parece. Dame una pista. ¿Una ponencia práctica? ¿Un colapso espontáneo de tus pantalones en caída libre?

Él me miró con ojos de neutrino mal calibrado. Y yo recordé que, según Rovelli, una propiedad —pongamos, la erección de Julio— no existe de forma absoluta. Solo existe en la interacción… con una zorra, —pensé para mí, recurriendo al chiste fácil. Es decir, según Julio, seguramente su comportamiento con Pilar no sería “infiel”, sino “relacional”. Una aparición de estado nuevo independiente, al interaccionar dos cuerpos. Que estaban interaccionando, era algo innegable. Lo que yo me preguntaba era, además del porqué de mis cuernos, el por qué en mi casa. Y puestos a preguntar, me preguntaba por qué aquel pedazo de cabrón estaba allí cuando debía estar preparando su ponencia que daba para cerrar la sesión de aquella tarde. Muchas dudas y pocas certezas. La única, la visión impactante de los dos en plena faena de empujarse mutuamente en la cama. En mi cama.

Me fui al salón-comedor corrida en mi orgullo. Ignoro si Pilar estaba corrida en el suyo al haberla pillado in fraganti. No tuve interés en averiguarlo. Me senté intentado recuperar la calma mientras aquellos dos se vestían.

Yo, claro que había tenido mis cosas. Un acercamiento teórico con Vicente, por ejemplo. Hacía de eso unos meses. Pero lo mío no fue traición. Fue, digamos… una investigación aplicada. Básicamente prospectiva, diría yo. Un experimento de transferencia emocional mediado por vino ecológico y una terraza de Ruzafa con vistas al fracaso matrimonial. Y duró poco. Fue visto y no visto.

Vicente y yo no consumamos. Quiero decir que no llegamos a follar bien. Sólo íbamos a cenar cuando Julio estaba de viaje en sus conferencias. Mi amante platónico sublimaba su escasa sexualidad recitando a Pessoa en plan cansino. Vivimos una simulación de colapso ontológico, de cuerpos en resonancia. Básicamente espiritual.

Sólo una noche nos metimos en la cama, en la misma cama, quiero decir. Mi cuerpo vibraba con Pessoa en los labios. El suyo también vibraba, aunque algo melancólico. Me refiero a su “eso”, al alter ego de los tíos. Hasta que de súbito dejó de vibrar, que fue muy pronto y muy poco oportuno. Un gatillazo fulminante. Apenas fueron unos minutos. Y ahí acabó la historia. Por eso digo que no ‘follamos’. Muy diferente a Julio; él se estaba poniendo como el Quico y había convertido mi edredón de Ikea en una instalación de arte conceptual con humedad.

Naturalmente me auto perdoné tras esta corta reflexión en el sofá y me dirigí de nuevo a la habitación. Pero el individuo aún estaba tapado con la sábana, con su ridículo pie encalcetinado de blanco al aire. Al verme, siguió con las excusas y cuando se le terminaron comenzó con las disculpas:
—Yo no quería hacerte daño —dijo
—Ah, ¿y qué querías? ¿Demostrar el principio de indeterminación con tus calzoncillos?
Pilar aprovechó el debate para salir de entre las sábanas desnuda, con el culete al aire, para intentar esconderse en el baño discretamente. Pero la puerta se le cerró con el sujetador enganchado en el picaporte que daba de lado de la habitación y, tras tirar y tirar, tuvo que renunciar a él al romperse y quedarse como un colgajo navideño de color fucsia en el picaporte. Todo muy patético. Y lo más patético era yo: la cornuda. Balbuceando insultos horribles contra aquel sinvergüenza.

Me fui sin decir más, no sin antes tirarle a la cabeza unas llaves y su llavero que había encima del aparador. Cogí mi bolso, mis apuntes y el badge del congreso, en el que tenía que dar la ponencia al día siguiente: “Ana Fuster, ponente invitada: Realidades relacionales y conflictos domésticos”.
La ironía del universo, al parecer, no tiene spin definido. Pero sabe elegir sus momentos. Desde ese día, dejé de buscar “la verdad”. Porque la verdad de cualquier realidad no existe. Solo hay observaciones, incompatibles con versiones anteriores de la misma en el tiempo. Salvo que hablemos de universos paralelos, que ahí ya me callo. Pero en el nuestro, en este que estamos, aquello había sucedido. Acababa de vivirlo. Aún tenía en la cabeza la imagen de los dos gimiendo y exhalando “Uff”, “Dios” y otras interjecciones de esfuerzo, como si fueran luchadores de Sumo.

Comprobado: Yo, Ana Fuster, soy solo real en relación a los otros. A Vicente, cuando me leía poemas entre gemidos lánguidos de hombre entrado en años y deficitario de amor materno, y ahora a Julio, cuando ha dejado de existir para mí, como es el caso. Y a mí misma… cuando me miro al espejo, me río, y no reconozco a la tía que se ríe: ¿De qué te ríes, idiota?

Me río porque si la física cuántica no puede explicar por qué mi pareja y su amante usaban mi aceite corporal para lo que claramente no era fricción cuántica… Entonces todo es válido y yo tampoco tengo la culpa. Entonces podría llamar a Vicente y que viniera esta noche y resarcirme… Igual lo hago. Y esta vez pienso m

edirle el spin en condiciones.

En fin, con pose de dignidad herida, me despido de mi príncipe encalcetinado de blanco. Lo mando a la mierda y le digo que esta noche, y en lo sucesivo, se vaya a dormir a casa de su santa madre o de esa mujer, o donde dios lo ampare.

Capítulo -2– JULIO

Todo tiene spin, cariño. Hasta tu cosa.
La física cuántica debería enseñarse en las bodas…
…Y si no es amor, al menos es física.

La física cuántica debería enseñarse en las bodas. No por romanticismo —Dios me libre— sino para preparar a los cónyuges ante el desastre inevitable que es el matrimonio visto como sistema físico cerrado. La fidelidad es una superposición inestable que colapsa en cuanto entra en escena una variable atractiva con sujetador de encaje. Y Pilar tenía el conjunto completo. Incluidos los calcetines de rombos. Yo nunca supe resistirme a la geometría textil. Y sí, Ana me pilló en la cama. En su cama, que decía ella. La nuestra, por notaría y por cuotas hipotecarias compartidas, si hablamos con propiedad.
Pero esa tarde, al abrir la puerta, hizo lo que ningún científico debería hacer jamás: colapsar una función de onda sin permiso ético del comité de investigación.
A ver. Yo no soy el villano. Ella llevaba semanas rara. Decía frases como “No eres tú, soy la observación indirecta de tu patrón energético”. Yo sospechaba que había otro aparato de medida. Y lo confirmé cuando, el martes anterior, encontré en su bolso un poema impreso en una A4 doblada. Eran versos de Pessoa y una dedicatoria: “A Ana, cuyo cuerpo disuelve la frontera entre literatura y lubricante”. Firma: V.
Le hice una foto con el móvil sin que se diera cuenta. Y deduje quien era V. Sin duda era Vicente. El poeta, que le llamábamos en el campus. Ese imbécil que daba clases en la Politécnica a los de 4º. Un tipo raro, medio pirado. No podía ser otro. Así que, tras pasar un tiempo endemoniado con la foto del poema y la firma del tal V., simplemente respondí al desequilibrio del sistema. Una adaptación natural del principio de simetría. Ana se había enredado con un sujeto de poesía viscosa; yo me abracé a Pilar, que, además de teórica es técnica de laboratorio y maneja los tubos con una destreza que ya quisieran en el CERN. Además, lo nuestro fue… espontáneo. Un salto cuántico emocional, digámoslo así.

Estábamos discutiendo sobre el entrelazamiento de partículas —literal, en el taller 2C del congreso— y de pronto sus labios estaban a 2 nanómetros de los míos. Y luego sus piernas y sobos sobre el pantalón, y palpaciones, como cuando de niños jugábamos a los médicos. Eso fue todo. No hubo más. Y había sucedido unos meses antes. Ahora era la primera vez…

Y justo en la primera vez, todo colapsó…
—¿Julio? —me dijo Ana al entrar. Lo dijo fría, así a primer bote, con esa voz calmada de “te acabo de pillar, pero lo procesaré como si fuera una anomalía estadística que merece ser desmentida en un paper”. Después vino el diluvio de insultos.
Yo me incorporé un poco, como los enfermos cuando tiene puesto el gotero en la cama reclinable (tenía mi cosa aún en estado de cuasi partícula) y traté de explicarme con rigor académico:
—Ana… esto no es lo que parece… Para mí era una manifestación térmica de campo excitado. Pilar y yo estábamos en un proceso de transferencia de información. No hay culpa. Solo física. —Le expliqué—. No funcionó.
Pilar, más sensata, se escondió. Yo, confiado en mis posibilidades, traté de razonar con una mujer que había regresado de Lisboa dos días antes, tras conferenciar su tesis sobre “la termodinámica del resentimiento femenino” en un congreso feministas. Ítem más, y que me la estaba pegando con un imbécil que presumía de poeta y le recitaba a Pessoa. O sea, regresada de Portugal y liada con el emulador del vate portugués Pessoa en su delegación de España… El de los heterónimos de identidades literarias completas: ¿Quién era Vicente? ¿El poeta amador? ¿Y yo, quién era entonces? ¿El poeta cornudo?
—Tú también lo hiciste —le dije. También me has sido infiel.
— ¿Ah, sí? ¿Y eso, lo sabes por tu bola de cristal o por tus proyecciones de macho insaciable?
Entonces lo dije lo peor. Lo más sincero:
—Vicente no es poesía. Es redundancia semántica con pelo en el pecho. Y lo sé porque vi su nota de amor en tu bolso…
Ella me lanzó el manojo de llaves que había en el aparador. Literalmente con intención de matarme, aunque no me dio.
—¡Maldito cabronazo! ¿Desde cuándo te dedicas a registrarme el bolso?
No contesté a esa pregunta retórica. En el laboratorio he medido sistemas complejos en condiciones de presión extrema. He modelado colisiones de partículas inestables a 0,0001 kelvin. Pero nunca —nunca— había sentido una mirada como la de Ana ese día. Esa mirada no observaba: condenaba. Pero insisto: lo mío no fue traición. Fue reacción a la interacción causal.

Una partícula no puede evitar reaccionar al campo electromagnético de otra si está suficientemente cargada. Y Pilar estaba muy cargada de sexo, como siempre. Y yo tenía la carga opuesta, también de sexo, como siempre, además del mal rollo del tal Vicente, el poeta furtivo. ¿Resultado? Chispazo.
Además, como dijo Rovelli (o alguien con el pelo blanco ensortijado y gafas en una charla TED en inglés con acento italiano), la realidad no existe por sí misma. Solo en la relación con el entorno. Ana cree que le fui infiel porque me observó en ese momento. Pero para mí, en mi universo, no había ocurrido nada pecaminoso hasta que ella entró en la habitación. Hasta ese instante, yo era inocente. Libre. Inobservable.
Y eso, si no es amor, al menos es física.

Capítulo -3– PILAR

El universo me habló y sonaba como Julio gimiendo.

 

A mí me da igual Rovelli, soy más
de Kaiku y la teoría de las Cuerdas
…Pero ¡Qué bien se aplica Julio!

A mí Rovelli no me dice nada. Sé que es un hombre importante, pero no es mi tipo. Lo menciono en los congresos porque es el número uno en la Teoría del Tiempo, y queda moderno, como el tofu o decir “yo también fui víctima de Tinder”. Pero lo cierto es que la física relacional me parece una excusa académica para justificar la deslealtad con vocabulario de TED Talk, y eso a veces viene bien.

Y, dicho esto, aclaro: Sí, me acosté con Julio. Y sí, fue en su cama matrimonial. Y no, no lo lamento. Porque en la escala de las relaciones cuánticas, yo soy una fluctuación térmica en lo micro, que en lo macro pasa a ser unas buenas tetas, entre 95 y 100. Una aparición fugaz. Una interferencia divina. Un colapso con labios pintados. Mi trabajo me ha costado llegar a verlo así. He vivido amores y, lo que peor, desamores que me han marcado. He comprobado que la segunda ley de la termodinámica también funciona en los afectos y se conjura la mar de bien con la flecha del tiempo. He tenido relaciones con un montón de idiotas y rápidamente he aprendido a identificarlos. Julio lo era. Y poco más hay que añadir. Servía para un rato deteniendo un poco la flecha del tiempo. Un poco sólo, y así sucedió.

Lo conocía de la facultad. Habíamos coincidido en el laboratorio y había chispa y hubo algún manoseo alguna vez, pero él estaba casado y el miedo guarda la viña. Me lo encontré el segundo día del congreso en el Palau de les Arts i les Ciències, justo después de la ponencia “Decoherencia emocional: por qué tus ex no desaparecen, aunque los bloquees”. Nos cruzamos en el hall. Él llevaba un dossier mal impreso y una mirada de perro recién humanizado. Yo llevaba un sujetador nuevo y la firme convicción de que las ideas no valen nada si no hacen vibrar a alguien.

—¿Eres tú quien va a dar la charla sobre entrelazamiento térmico esta mañana a las 12? —me preguntó.
—Sí. Y tanto. ¿No lees los carteles del tablón de la UPV? Y tú, ¿acaso eres el tipo que necesita un entrelazamiento?

Soltó una carcajada y así empezó la cosa. Una conversación sobre partículas, espín y deseo. Luego vino el vino. Luego vino él. Y luego vinimos los dos. Entre copa y copa él me dijo que su mujer —Ana, creo que se llamaba, aunque yo la llamaba “la sinapsis inhibida”— ya no lo miraba igual.

Yo le dije que eso era normal, que el amor monógamo es una anomalía estadística sostenida por chantaje afectivo y el alquiler compartido. Estábamos en un rincón discreto del módulo. Él se rió y me metió la lengua en la boca como quien prueba una teoría en laboratorio y le gusta el sabor del ácido cítrico.
Aquel día tampoco hubo más, pero quedamos para el siguiente, el segundo día del Congreso. En el hall sobre las 4. Nos llamaríamos por el móvil para coordinar donde nos veíamos. El intervendría a las 6,30 con su ponencia, por lo que tendríamos 2 horas y pico algo para hacer cosas placenteras. Así que el día siguiente a las 4 nos vimos y un taxi nos llevó a su casa. Hubo inicio de siesta. Hubo crema corporal con aloe vera. Hubo preservativo, porque no quiero tomar riesgos. Todo iba muy rápido. Aquel tío era imparable. Como un electrón saltando de una órbita a otra. Estábamos alcanzando una temperatura próxima a la de la superficie solar.

Apenas llevábamos una hora y pico, y había feeling…
Pero… allí estaba Ana, su esposa, llegando de improviso…
Entró como si fuera el colapso de la realidad misma. Ni un golpe en la puerta. Solo su presencia, furiosa como un búfalo malherido. Julio ni se levantó, no le dio tiempo. Apenas se incorporó enrollado en la sábana. Yo me tapé las vergüenzas de arriba con el edredón de Zara Home. Ella se quedó quieta, mirándonos a los dos y a nuestras miserias, como una partícula con trauma. Pobre mujer.
Lo peor fue el silencio. Apenas ese microsegundo eterno en que todo el universo decide si explotar o seguir girando con sus astros y sus cosas. Luego vinieron los gritos. Le dijo varias perrerías. Normal. Yo le hubiera dicho el doble.

—¡Eres un cerdo! —le dijo, entre otras cosas.
—¡Y tú no eres mejor! —contestó él, intentando ponerse los calzoncillos al revés sin destaparse de la sábana para ocultar sus vergüenzas. No hubo manera. Entonces me di cuenta que se había acostado con los calcetines. Con unos calcetines blancos de tenista. Dios mío, aquello era ridículo, además de un poco asqueroso. ¿Qué hacía yo allí con un Casanova en calcetines? —me pregunté. Pero su mujer también preguntó:
—¿Y tú quién coño eres? —me preguntó a mí. —¿La querida del imbécil este?
—Una anomalía cuántica —respondí a bote pronto. Mi mecanismo de autodefensa, pura vulnerabilidad, me produce a veces ese humor tonto cuando alguien me pilla desnuda.

Y entonces ocurrió la gran revelación.
Descubrí que no estábamos en la misma historia. Ni ella, ni Julio, ni yo. Cada uno vivía en una interpretación distinta del universo. Ella se sentía la esposa traicionada. Él la víctima de una relación fallida. Yo…, yo solo me sentía observadora, y por los pelos, casi la víctima de un coitus interruptus. Sólo por mala suerte, estaba en el plano de aquella realidad que ni me iba ni me venía.

Pero lo diré claro: Yo no robé ningún amor ni nada parecido. No “seduje” a Julio. Aquel vanidoso se seducía solo. Solo fui testigo de su colapso. Y ya estaba colapsado cuando me lo encontré. De hecho, me embotaba la cabeza con la historia manida del mal rollo con su mujer. Yo solo le ofrecí contexto y creo que un par de orgasmos aquella tarde, aunque de eso no te puedes fiar, porque los hombres también fingen. Y quizás, un poco de ternura en aquella hora y media. Lo que me molestó no fueron los gritos, sino la hipocresía. Ella también se había acostado con otro. Lo supe por un mensaje en el móvil de Julio que vi en pantalla cuando lo dejó en la mesita. Le pregunté qué era aquel protector de pantalla tan raro y me habló de quien era ese tal Vicente que firmaba el mensaje. Era con quien se la estaba pegando su esposa. Pobre hombre. Me dio pena.

Después del escándalo, me fui de su casa a toda prisa. Allí no podía pasarme nada bueno. De hecho, el sujetador se me rompió al quedarse atascado en el picaporte de la puerta del baño. Volví a mi apartamento en Patraix sin sujetador, cené sushi de supermercado y me puse a ver El origen de Christopher Nolan. Peliculón. Me dormí en el segundo sueño dentro del sueño. Y pensé: el amor no existe. Las relaciones son solo datos mal interpretados. Y la culpa es un error de lectura en la función de onda. Sea como sea, ¡Qué bien lo hace Julio! Y no diré más…

Capítulo -4 -VICENTE

Yo solo era un observador externo con erección discreta.
No suelo escribir prólogos a mis actos sexuales,
pero una noche, dos partículas pudieron ocupar
el mismo espacio sin destrucción mutua.

No suelo escribir prólogos a mis actos sexuales, como digo, aunque bien lo merecerían, porque algunos son de resultado previsto incierto. Pero si lo hiciera, el de aquella tarde comenzaría así: “Y en la Valencia cuántica del 2025, mientras los neutrinos se aparean sin culpa en laboratorios subterráneos, Vicente Galán se dejó medir el alma por una mujer casada con nombre de huracán epistemológico: Ana.”

Unos meses antes, a principios de año, fui a una convención del antiguo local de la Caja de Ahorros del Parterre —un antro vetusto pero imponente— como quien va a un funeral laico: sin expectativas, pero con esperanza de que sirvieran vino. Yo no tenía intención de hacer nada, salvo escuchar a los otros conferenciantes y dar la mía cuando me llegara el turno.

Mi ponencia era modesta: “Entre la onda y la partícula: la libido como dualidad performativa”.
Poca cosa. Dos PowerPoints y un preservativo en el bolsillo de la americana que pensaba exhibir en la charla no recuerdo bien en qué momento.
Y entonces apareció ella. Ana. Cuerpo de mujer, palabra de seminario. Aquella tarde disertaba sobre Rovelli y la realidad relacional como si estuviera hablando de su exmarido: con desprecio, fascinación y una pizca de lástima.

Al principio, únicamente escuchaba su charla con desgana. Me parecía un torro insufrible. Pero cuando soltó aquella frase —“No existe el yo sin el tú que lo mide”— me dieron ganas de pedirle que me midiera el yo a lo largo, a lo ancho y en condiciones de laboratorio. Con guantes y bata, si era necesario. Me encontraba muy deprimido. Después, cuando se vació aquello de ponentes y público, nos encontramos en una de las terrazas de los baretos de la calle que da al Corte Inglés. Allí estábamos, a tomar una caña entre colegas obsesionados con el bosón de Higgs y la disfunción eréctil. Al pobre bosson le achacan casi todos los males. Se dice que anda escaso de masa, pero la pobre partícula hace lo que puede. A veces me identifico con él, yo en las relaciones con las mujeres tengo los mismos problemas. También hago lo que puedo, con resultado escaso.

Ella pidió una cerveza. Yo, una mirada. —Vicente, ¿verdad? Eres el que ha intervenido después que yo. ¿Verdad?
—Sí. El mismo, Y tú eres Ana. Aunque sospecho que también podrías ser la evidencia experimental de que aún existe el deseo sin culpa.
Se rió, no sé si por la horterada. Risa bonita, aunque demasiado enigmática para mí.

Y así comenzó y continuó la cosa, entre metáforas infumables, llamadas de teléfono, emojis e insinuaciones capciosas. Y al cabo de unos meses me encontré desnudo en una habitación del NH de Valencia, recitando a Pessoa mientras le desabrochaba el sujetador con más intención que destreza. Lo nuestro no fue vulgar. Fue estética. Y, si acaso, debates desordenados sobre partículas subatómicas. Ella me decía que tenía frío y yo le hablaba del vacío cuántico e intentaba calentarla. Se estremecía. Aunque sospecho que más por mi lengua que por mi prosa.

Aquella noche, tan esperada, realmente no fue para tirar cohetes. Tal vez por eso, la mañana siguiente fue incómoda. Ana se vistió como quien cierra un experimento fallido. Dijo que tenía que “ver a Julio” con la misma voz con la que se dice “tengo que hacerme una colonoscopia”. Pensé que, de haber culpa, por lo poco que había pasado entre los dos la noche anterior, tenía que ser liviana,
—¿Te sientes culpable? —le pregunté. —No. Me siento colapsada. Y se fue. Sin beso. Sin spin. Esa fue nuestra primera vez.
Me tranquilizó que, en el Congreso, al día siguiente, nadie parecía haber notado notada nada, aunque tuve la impresión de que Pilar me miraba raro. No sabía entonces que Pilar tenía su propio teorema que demostrar con los hombres. Y que yo, con suerte, era solo una variable marginal en aquella congregación de científicos atormentados con ecuaciones obtusas.
Después hubo más citas, igualmente fallidas por mi respuesta insuficiente. Y también cenas y charlas hasta las tantas sin cama, cuando su marido viajaba a simposios. Le recitaba a Pessoa y le encantaba, o eso parecía.
Un día desapareció sin avisar ni dar ninguna explicación. Intenté hablar con ella, siempre teléfono apagado o fuera de cobertura, e incluso le mandé un mail que se quedó en “leído”, según mi mailtrack.
Por eso, cuando hablamos de culpa, que es el spin moral de la posmodernidad, quiero dejar algo claro: Que, si hay culpa, yo no la tengo. No fui infiel a nadie. Fui utilizado. Ella me colapsó. Yo ni siquiera tenía erección propia: era inducida. Un reflejo como propiedad emergente del sistema Ana-Vicente. Y tal vez una derivada del sistema Ana-Julio, que era el cabestro de su marido, según me había ido contando a lo largo de los meses anteriores.
El tal Julio, el marido ese al que nunca vi, —pero llegué a imaginar con nitidez como especie de teorema sin demostrar—, simplemente no formaba parte de nuestro universo relacional. Yo lo vivía así. Para mí, él no existía. Y si existía, era como el gato de Schrödinger: metido en una caja emocional, muerto, vivo, o en modo vibrador pasivo.
Por tanto, repito: Yo, Vicente Galán, no fui infiel a nadie. Ni amante. Ni culpable. A lo sumo conjugué mi apellido y con poco éxito. Fui el espejo donde Ana miró su propia inco/deco/herencia. Y como todo buen espejo cuántico, reflejé lo que había… sin intervenir.
El pecado no fue el acto en sí, que, ya digo, fue poco y mal. Fue no haberlo grabado como prueba de que, al menos por una noche, dos partículas podían ocupar el mismo espacio sin destrucción mutua.
Y si hablamos de pecados, me sobra con los míos y no estoy dispuesto a cargar con los de los otros.
Por eso, cuando el otro día me llamó, acusándome de la infidelidad de su marido como reacción a la suya conmigo, al haber descubierto una de mis notas con poemas de Pessoa, me quedé en estado de sock. Ni Pessoa ni yo nos merecemos esto. Sobre todo, Fernando, ya bajo tierra desde el siglo pasado.

Capítulo -5– COLAPSO FINAL

Ninguno estaba en la cama. Todos eran el gato
“Las cosas no existen por sí mismas. Solo existen en la
relación con otras cosas.” —Carlo Rovelli
(o cualquier cuñado con acceso a Wikipedia
y quizás también un poco el infiel)

El Palau de les Arts i les Ciències ha sobrevivido a otra convención de físicos con la libido desatada. La moqueta del módulo 3 sigue oliendo a desodorante masculino escaso y a traición académica, piques y celos entre los ponentes.

El congreso se ha cerrado con una mesa redonda de clausura titulada: “¿Por qué todo acaba en la cama?”.
El ponente se decide a cerrar su charla (Tiene que coger el avión hacia su ciudad de residencia)
—Sé qué el enunciado de mi exposición es una pregunta retórica, pero el caso es que nadie responde —suelta, recogiendo los papeles y dando por concluida su intervención. Imagino que les he aburrido, pero no hay mal que cien años dure.
Los asistentes aplauden como locos el humor del conferenciante.
El moderador abre el turno de palabra para el público, pero nadie habla…
—Eso se llama participar en el debate. —acota también él, siguiendo el humor del ponente.
Se abren las puertas del gran salón, que se llena del ruido de sillas al cerrarse, y la gente comienza a salir.

—-
Habían pasado un par de meses desde aquello y la vida seguía su ritmo.
Julio vivía solo, sin pareja, pero en casa de su madre. Ana vivía sola. Vicente continuaba escribiendo poemas furiosamente feos en cualquier servilleta de bar, devoto del café corto y de los poemas de Pessoa. Pilar continuaba subiendo sus vivencias a Instagram. La última una imagen con el pie de foto: “A veces la ciencia solo necesita un achuchón y una coartada”.

La vida pasaba rápida como una partícula; neutrino, fotón o taquión (si le diera por existir); qué más da. Siempre brevísima.
Los cuatro habían dejado de relacionarse y a veces se cruzaban en el campo mirando para otro lado para evitar saludarse. Había un kilo de agravios entre ellos. Inútil medir la culpa de cada uno. ¿Quién tenía razón? Vaya usted a saber.

La respuesta podía estar en el viento, como decía Dylan. Pero sabemos que eso depende del observador. Para Ana, la culpa era de Julio. Para Julio, el sistema estaba corrompido. Para Vicente, él solo era el espejo de lo negativo de los otros, en particular de los caprichos de la busca líos de Ana, que lo había dejado con un si te he visto no me acuerdo. Para Pilar, fue un accidente termodinámico con pene incluido.

Todos tenían razón, su razón. Ninguno había mentido. La función de onda del adulterio había colapsado distinta para cada uno de ellos. En el fondo, nadie estuvo en la cama como “sujeto completo”. Solo estuvieron —quien estuvo— como versión incompleta. Como partícula observada. Todos eran el gato. El maldito gato de Schrödinger. Ese gato vivo-muerto, excitado-desganado, infiel y enamorado. El símbolo perfecto de la pareja moderna. Un animal emocionalmente superpuesto, encerrado en una caja matrimonial con un veneno legal y una esperanza estadística.

Todos han vuelto a sus cosas y a sus manías. Ana aún cita a Rovelli cuando se le cae la Wi-Fi. Julio, sigue buscando el entrelazamiento perfecto en cuerpos que no sean el de Ana. Vicente, ahora dice hacer “poesía post-causal”. Pilar, sigue a lo suyo, con sus amoríos de siempre.

Sin embargo, pasado el verano y reanudada la actividad lectiva, sorpresivamente el asunto adquirió una dimensión insospechada.
Sin aviso ni comunicación oral previa, los cuatro recibieron el mismo día en su mail corporativo el siguiente:

EXPEDIENTE Nº 9/2025 – UNIVERSITAT POLITÈCNICA DE VALÈNCIA
Comunicación primera: (01/10/2025) Apertura del expediente.
Asunto: Incidencias durante el congreso “Sexo, Mentiras y Superposición Cuántica” celebrado en el Palau de les Arts.
Por orden del Sr. Rector Magnífico, D. Fulgencio Caravaca, se requiere a los profesores Dña. Ana Fuster, D. Julio Escrivá, Dña. Pilar Lozana y D. Vicente Galán, para que presenten un informe explicativo de los hechos acaecidos entre los días 11 y 14 de julio de 2025, que han venido motivando quejas formales de alumnos y profesores, incluida la recibida del eminente profesor Carlo Rovelli (Università di Bologna).
Se les recuerda que este expediente tiene carácter informativo, no sancionador, pero que su colaboración será tenida en cuenta para la salvaguarda del prestigio institucional, el mantenimiento de sus plazas y la decencia mínima exigible en los protocolos de interacción sexual entre personal docente.
— Secretaría General, UPV* VºBº Rector Fulgencio Caravaca Muñoz.

Tras las alegaciones y el diálogo con el Rector, que se entrevistó con los 4 en su despacho, uno por uno para averiguar lo sucedido, el rectorado tomó la decisión de dar por concluido y archivar el expediente, lo que supuso un Uff de alivio para los 4, que ya se veían con un pie en el Desempleo por su incontinencia en la zona de la entrepierna …

EXPEDIENTE Nº 9/2025 – UNIVERSITAT POLITÈCNICA DE VALÈNCIA
Comunicación segunda: (07/10/2025) Sobreseimiento y archivo.
Asunto: Incidencias durante el congreso “Sexo, Mentiras y Superposición Cuántica” celebrado en el Palau de les Arts i le Ciències.
Instruido este expediente y requeridos al efecto los profesores Dña. Ana Fuster, D. Julio Escrivá, Dña. Pilar Lozana y D. Vicente Galán, dejo constancia de la aportación de la información y descargo de todos ellos en manifestaciones que quedan unidas al expediente y aquí no se transcriben en mérito a la protección de datos regulada por la LOPD, teniéndose por evacuado el trámite por los referidos:
• D. Julio Escrivá: Departamento de Física Cuántica Experimental y Autojustificaciones Relacionales
• D. Vicente Galán: Instituto de Ética Heterónima y Literaturas Líquidas
• Dña. Pilar Lozana: Laboratorio de Termodinámica Aplicada y Cosificación Interdisciplinar
• Dña. Ana Fuster (Departamento de Teoría Relacional Aplicada)
Según las explicaciones dadas, de lo actuado se deduce la inexistencia de falta administrativa. Por lo que se resuelve el sobreseimiento y archivo de las actuaciones. Ello sin perjuicio de recomendar a los interesados extremar las conductas y notas de su probidad personal y académica en aras del buen nombre y prestigio de esa Universidad.
— *Secretaría General, UPV* VºBº Rector Fulgencio Caravaca Muñoz.

Capítulo -6 – CARLO ROVELLI

(Cuando descubrí que en València violaban mi teoría)
“Cuando uno intenta explicar el universo, debe asumir que alguien,
en algún lugar, lo usará para justificar su divorcio.”
— Carlo Rovelli (esta vez de verdad)

Mi nombre es Carlo Rovelli. Soy físico teórico. Director del grupo de gravedad cuántica en el Centre de Physique Théorique de Marsella. Profesor adjunto en Pittsburgh. Miembro del Instituto Universitario de Francia. He publicado más de doscientos artículos científicos y varios libros de divulgación. Uno de ellos, Helgoland, vendió medio millón de ejemplares y fue traducido a cuarenta idiomas. (La editorial aún me debe parte de los royalties, pero eso no viene al caso)

Me he dedicado a especular sobre las cosas más disparatadas; el todo y la nada, el origen y el fin del universo, campos, spines y otras cosas complejas, pero nunca imaginé que acabaría siendo implicado en un expediente universitario por escándalo sexual.
Recibí el correo que sigue un martes por la tarde, mientras intentaba calentar una pizza Peperone con trufa en el microondas del Departamento de Física Teórica de Aix-Marseille. El horno, como el universo, funciona mejor sin observadores obsesivos, pero ahí estaba yo observando los segundos en el led, impaciente para sacar la pizza. Ansiosos y picado por la curiosidad tras el aviso de notificación, abrí el mail en el móvil. Grave error. Casi me atraganto con el primer bocado.

Asunto: Quejas formales – mal uso de su teoría en la UPV de València
De: Secretaría de la Universidad Politécnica de València
Para: Prof. Carlo Rovelli
Apreciado Profesor Rovelli:
Nos dirigimos a usted en relación con una serie de incidentes acaecidos en el contexto del Congreso “Sexo, Mentiras y Superposición Cuántica”, celebrado el pasado julio en Valencia, a raíz de los cuales se ha instalado el rumor de que su teoría relacional, sirve de base justificativa para actos de carácter impropio entre miembros del profesorado. Ello ha creado problemas de relajación de costumbres, libertinaje, poligamia y poliandria ilegal entre los profesores, con la consiguiente situación de absentismo laboral, la cual amenaza con extenderse también al estamento estudiantil.
Adjuntamos expediente de la actuado hasta ahora para su conocimiento de los pormenores del asunto, significándole que vamos a proceder a instruir el correspondiente expediente informativo, de cuyos resultados le mantendremos al tanto. Rogamos su discreción.
Atentamente,
Secretaría General – UPV

Abrí el archivo PDF adjunto para ver el expediente con la misma cautela con la que uno abre una caja que podría contener plutonio.
Leí el informe completo. Luego lo volví a leer porque no podía creerlo, me serví un grappa —aunque eran las tres de la tarde— y lo leí por tercera vez.
Había de todo: adulterio, poemas de Pessoa mal utilizados, sujetadores rotos, gatillazos existenciales… Y, lo que más me dolió: citas de mi trabajo descontextualizadas. Todo para justificar lo que básicamente era una orgía de profesores universitarios.

Me tomé otro grappa. Me senté. Dejé la pizza a un lado y respiré hondo. En Francia, cuando un estudiante la caga y malinterpreta tu teoría, suele limitarse a suspender el examen. En España, al parecer, los profesores la cagan metiéndose literalmente en la cama equivocada. Mi bella teoría relacional, la que con tanto esfuerzo he modelado, testado, defendido… estaba siendo usada para explicar unos vulgares cuernos, líos de faldas y choques de pelvis con la misma alegría con la que se cita a Paulo Coelho en Instagram. Mayor ignominia y falta de respeto a mi trabajo imposible.
El pdf contaba que los cuatro profesores habían sido expedientados por mezclar mis ideas con sus enredos de alcoba. Uno de ellos —un tal Julio— defendía que “no era infiel, que solo estaba en otro universo paralelo”. Otro —un tal Vicente, al parecer poeta a tiempo parcial y eyaculador emocional— hablaba de Pessoa como si fuera parte del colisionador de hadrones. Había un poema, un preservativo y también, según parece, una mujer llamada Pilar que se auto describía como “una fluctuación térmica con tetas”. Los despropósitos intelectuales de aquellos individuos eran para nota. Y todos se amparaban en mi teoría.

Tuve que cerrar el portátil. Me dolía la cabeza. El café que me había preparado ya estaba frío. Es la termodinámica, pensé. Siempre pienso en las causas y efectos físicos en lo cotidiano de las cosas, hasta cuando me ato los cordones de las zapatillas. Lo aprendí de Feynman.
—¿Carlo? —me preguntó Florence, mi colega del despacho contiguo—. ¿Estás bien?
—No, Florence. Estoy en estado de entrelazamiento emocional a 700 km. con una pandilla de idiotas en la Comunitat Valenciana que me han usado y requeteusado para justificar sus actos de cama. Y ni siquiera me han citado bien.

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Decidí remitirles unas notas a aquellos colegas desgraciados y me puse a ello. Comenzaba con una pequeña teoría de la realidad relacional explicada para españoles con la bragueta abierta. Algo así como “Notas de que “Relacional” no significa relacional sexual. Apuntes para idiotas con plaza fija de profesor”

Veamos, amigos. Voy a explicarles esto una sola vez. Despacio. Con palabras sencillas. Como si estuviera hablando con niños de cinco años o con físicos depravados en celo.
Mi teoría relacional de la mecánica cuántica dice que las propiedades de las partículas elementales —como el espín, la posición o el momento— no existen de forma absoluta e independiente. Solo se manifiestan cuando una partícula interactúa con otra. La realidad no es un conjunto de objetos con propiedades fijas, sino una red de relaciones.
Por ejemplo: un electrón no tiene una posición definida hasta que interactúa con un detector. Antes de eso, existe en una superposición de estados. Al medir, colapsa en una realidad concreta para ese observador.
Eso significa que la realidad es relacional. Depende del sistema con el que se interactúa. Pero parece que ustedes no entienden lo que NO significa. Pues bien: no significa que puedas acostarte con la mujer de tu colega porque técnicamente no eres infiel hasta que te pillan, ni que tu “aparato” no tenga propiedades definidas hasta que interactúa con otra persona. No sé de dónde han sacado eso de que tus actos sexuales no existen si nadie los observa. La física cuántica no es una excusa de taimados viciosos para el poliamor mal gestionado. Porque tú, querido colega español con problemas matrimoniales, NO ERES UNA PARTÍCULA ELEMENTAL. Eres un mamífero de 70 kilos con hipoteca, colesterol alto y un doctorado que claramente no te enseñó a distinguir entre física cuántica y tus fantasías de justificación moral. La mecánica cuántica describe el comportamiento de sistemas microscópicos. Fotones. Electrones. Quarks. Cosas que no tienen conciencia ni órganos reproductores. ¿Acaso has visto alguna vez un electrón con conciencia y órgano reproductor? Apuesto a que no. Nadie lo ha visto. Sin embargo, tú tienes -o deberías tener- ambas cosas. Y una responsabilidad ética que no desaparece porque leas mal mi libro y me utilices a mi para justificar tus fechorías.

Analicemos ahora el caso con rigor científico. Ya que vosotros no lo hicisteis, queridos colegas, lo haré yo, según lo que he leído en el informe de la UPV sobre vuestras andanzas.

La señora Ana Fuster (Departamento de Teoría Relacional Aplicada), decidió que su aventura con Vicente “no era real hasta que Julio la descubriera”. Pero eso, querida amiga, es una perversión de mi teoría comparable a usar un acelerador de partículas para hacer palomitas. Querida Ana: tu relación extramatrimonial existía. Tenía propiedades. Tenía consecuencias. El hecho de que tu marido no lo supiera no lo convertía en un estado superpuesto. Lo convertía en un secreto. Que no es lo mismo. Un secreto es información oculta, no una propiedad cuántica indeterminada.

Nuestro colega Julio Escrivá (Física Cuántica Experimental, según su brillante Currículo que me indica el dossier del pdf), argumentó al Rector que su comportamiento con Pilar era “relacional, no infiel” y que solo estaba respondiendo al “campo electromagnético” de ella. Amigo Julio, Pilar no es un campo electromagnético. Es una persona como tú, aunque con más tetas, eso sí, pero también con agencia moral para tomar sus decisiones. Y tú no eres un electrón obligado a seguir líneas de campo. Eres un adulto con libre albedrío… Las interacciones humanas no son fuerzas fundamentales de la naturaleza. Son decisiones. Y las tuyas debiste mantenerlas bajo control en la entrepierna. Lo que no hiciste.

Vicente Galán (licenciado en física pero cursillista vocacional del Instituto de Ética Heterónima y Literaturas Líquidas). Te disculpas con que “solo eras un espejo” y que tu erección fue “inducida” por Ana, y por tanto no tenías responsabilidad propia… Por favor, Vicente, tu miembro no es un fenómeno cuántico. No existe en superposición de estados “erecto/flácido” hasta que alguien lo observa, como dices. Es más simple: es biología clásica con componentes hidráulicos. Y aunque fuera cuántico, tu decisión de meterte en la cama con una mujer casada no fue un acto físico involuntario. Fue una decisión tuya y consciente. Patética, según parece por el resultado, pero tuya a todos los efectos.

Pilar Lozana (Laboratorio de Termodinámica Aplicada y Cosificación Interdisciplinar). Dices que tú y Julio “os curvabais mutuamente” porque “el espacio-tiempo se curva cuando dos masas se atraen”. Amiga, eso es la relatividad general de Einstein. No mi teoría. Y además está mal aplicada en tu razonamiento. Parece mentira que lo hayas estudiado tan mal en la carrera. La curvatura del espacio-tiempo que produce tu cuerpo —por muy atractivo que sea— es aproximadamente de 10^-22 metros. Imperceptible. Por tanto, la gravedad no te obligó a “hacer “nada. Tus hormonas, quizás. Pero eso es biología, no física. Querida…

Al final, después de redactar todo eso, lo pensé mejor y me pareció fuera de lugar. Decidí que era mejor viajar a Valencia y tratar el asunto con aquellos profesores en persona.
Por eso me puse a escribir un mail al Rectorado. Me bebí un tercer grappa y le expuse mi idea.

Estimado Rector Caravaca:
He leído el expediente. Con horror y con vergüenza ajena. Y con una fascinación morbosa que normalmente reservo para los agujeros negros y la gravedad cuántica de campos.
Sus profesores han malinterpretado mi trabajo de una manera tan espectacular que merecerían un premio o una lobotomía. Posiblemente ambas cosas.
He releído varias veces el informe completo y continúa pareciéndome inaudito. Al parecer, uno de los profesores ha dicho que “las propiedades emergen en la interacción” para explicar su erección súbita durante una infidelidad. Otro afirma que el colapso de su matrimonio no es culpa suya, sino consecuencia de una función de onda amorosa mal observada.
He pensado en mi carrera. En los papers de mis artículos. En mis conferencias. En las noches de insomnio tratando de explicar el tiempo, la materia, la gravitación cuántica. No puede ser que todo eso ahora esté en peligro por las andanzas de estos obsesos sexuales descerebrados.
Como científico, tengo la obligación de corregir errores conceptuales. Como italiano, tengo el derecho a indignarme cuando se usa la física para justificar adulterios.
He tomado una decisión. Voy a ir Valencia. Y con su permiso quiero hablar con ellos y ajustarles las cuentas personalmente. Los sentaré a todos en una maldita cama. Y les explicaré —con palabras cortas como su entendimiento— que una cosa es el entrelazamiento cuántico y otra muy distinta el intercambio de fluidos sin consentimiento marital informado.
Le propongo organizar una conferencia pública en su universidad. Explicaré mi teoría correctamente y confrontaré a estos cuatro… colegas, dejándoles claro que Carlo Rovelli no es responsable de sus braguetas y ellos, en cambio, sí lo son de perjudicar a la Ciencia con sus aberrantes teorías-tontería.
Espero su confirmación.
Cordialmente (aunque con cierta irritación) Carlo Rovelli, 16/09/2025

A las 15:33 de ese mismo día, pulsé enviar. El Rector respondió en menos de dos horas. Aceptaba. Fecha propuesta: noviembre. Ya me confirmaría el día concreto. Lugar: Aula Magna de la Facultad de Física.
Perfecto.

Las semanas siguientes las dediqué a preparar la conferencia. Quería corregir la teoría de aquellos insensatos y darles un escarmiento público con rigor académico.
Diseñé una presentación. Título definitivo: “La realidad relacional y por qué NO justifica per se la relación sexual con tu vecino”. Incluía: Diagramas de Feynman explicando interacciones de partículas vs. interacciones de braguetas, ecuaciones de la gravedad cuántica de bucles con notas al margen: “Nada de esto justifica el adulterio”, fotos de una cama de Ikea con anotaciones científicas señalando que “esto no es un sistema cuántico, imbéciles”, una tabla comparativa: “Superposición cuántica VS. Mentir a tu pareja” y una diapositiva final que decía simplemente: “La física describe. Vosotros decidís. Elegid mejor”.

Llamé a mi colega en el CERN, Giuseppe, y le conté la historia. Se rió tanto que casi escupe el café.
—Carlo, solo a ti te pasa esto.
—No es culpa mía. Es culpa de la divulgación científica. Escribes un libro para el público general y lo siguiente que descubres es que un profesor de Valencia lo usa para justificar un trío…
—¿Fue un trío?
—No, peor. Para ellos fue una red relacional de infidelidades cuánticas, según dicen. Con poesía incluida de uno de ellos…
Giuseppe volvió a reír.
—¿Vas a ponerte duro con ellos?
—Voy a ponerme relacional. Que es peor.

Volé desde Marsella a Valencia un viernes de noviembre. Hacía frío. El Mediterráneo se veía gris desde la ventanilla del avión. Pensé en las partículas. En cómo interactúan. En cómo colapsan. Y en cómo cuatro personas inteligentes pueden llegar a ser tan estúpidas cuando se dejan llevar por la zona de las ingles. Y eso que estos son doctores licenciados en físicas.

En el aeropuerto me recibió un asistente del Rectorado. Nervioso y excitado me llevó en coche hasta la universidad, mientras me explicaba que el evento había generado mucha expectación.
—¿Cuánta gente espera?
—Doscientas personas. Quizás más. Hay lista de espera para entrar, hemos tenido que hacer pases.
Perfecto. Público. Cuantos más testigos mejor. —pensé para mí.
Llegamos al campus. Edificios grises. Estudiantes con mochilas. Carteles anunciando la conferencia: “Carlo Rovelli en Valencia: Física relacional y responsabilidad moral”. Me gustó el título. Tenía ese toque pasivo-agresivo que tanto aprecio en lo académico.
Me llevaron al Aula Magna dos horas antes. Quería ver el espacio. Ajustar la acústica. Y, sobre todo, comprobar que habían traído lo que pedí: una cama.
Y allí estaba. En medio del escenario. Una cama de matrimonio de Ikea. Modelo Malm. Color blanco. Edredón incluido.
El técnico de sonido me miró como si estuviera loco.
—¿Está seguro de que quiere una cama ahí?
—Completamente seguro.
—¿Es… parte de la demostración científica?
—Es parte de la humillación científica. Que no es lo mismo, pero es compatible.
Ensayé mi intervención. Me senté en la cama. Probé el micrófono. Imaginé a los cuatro profesores sentados alrededor, sudando, mientras yo diseccionaba sus argumentos como si fueran ranas en un laboratorio de biología. Iba a disfrutar esto.

Mientras esperaba en el backstage, pensé en algo que no había considerado antes: ¿por qué me importaba tanto todo aquello? No era solo el orgullo herido. No era solo que hubieran malinterpretado mi trabajo. Era algo más profundo. Durante cuarenta años he intentado explicar que la realidad no es lo que parece. Que el mundo es más extraño, más bello, más interconectado de lo que imaginamos. Que las partículas no son objetos aislados, sino nodos en una red de relaciones.

Y ahora estos cuatro tarugos… Estos cuatro toman esa idea —esa idea hermosa, profunda— y la convierten en una excusa barata para su puterío entre colegas. No era solo física mal entendida. Era poesía profanada; la poesía de mis ecuaciones. Tenía que salvar mi buen nombre. Nadie me iba a utilizar para encubrir sus fechorías sexuales. Quiero pasar a la historia como un gran científico; no como un proxeneta de baja estofa.
Escuché el murmullo del público llenando el auditorio. Miré mi reloj. Las 18:00. Hora del colapso.

Capítulo -7– CONFERENCIA DE LA CAMA

(El profesor pone orden)
“Como científico e italiano ardiente, quiero entender
cómo mi teoría justifica vuestros enredos sexuales.”

Parecía que todo había acabado con el archivo del expediente informativo, pero al cabo de unos días los cuatro habían recibido este email:
Afectísimos colegas:
En uso de la autorización que me ha concedido el Rector de la UPV en la que prestan su docencia, les invito y convoco formalmente a una conversación y exposición pública en el Aula Magna de la Facultad de Física.
Como científico y como buen italiano ardiente, quiero entender cómo mi teoría ha podido ser utilizada para justificar sus enredos sexuales. Desde el Rectorado les proporcionarán más datos del evento.
Atentamente,
Carlo Rovelli, 8 de octubre de 2025

Al recibir el correo, los cuatro se quedaron desconcertados. Ninguno conocía a Carlo personalmente, ni imaginaba de qué podría tratarse aquello. El motivo lo dedujo Vicente al cruzarse casualmente con Ana por el Campus. Después de saludarse con el beso de rigor, Vicente le comentó incidentalmente la citación del sabio.
Ambos llegaron a la conclusión de que se trataba de aquel asunto del escándalo del rollo de Julio y Pilar de hacía unos meses. Era un riesgo acudir, razonaron. Pero faltar al evento era un riesgo aún mayor: cualquiera que no asistiera quedaría a merced de los otros tres, listos para despellejarlo vivo si venía al caso.
Además, estaba el interés puramente científico del debate y el puntazo de relacionarse de tú a tú con el sabio eminente. Después de hablarlo telefónicamente, los cuatro decidieron acudir.

El Aula Magna de la Facultad de Física de la UPV tiene capacidad para doscientas personas. Esa tarde de noviembre había doscientas tres en el interior y muchas más en el exterior. La asistencia de Rovelli de por sí ya era suficiente para llenar el local. Sumado ello al morbo del asunto, hizo que centenares de alumnos se agruparan en las puertas sin poder entrar.

En el centro del escenario, bajo los focos, una cama de matrimonio de Ikea. Modelo Malm. Color blanco. Edredón incluido.
Carlo Rovelli estaba sentado en el borde del colchón, con las piernas cruzadas y una libreta en la mano. Llevaba gafas, pelo blanco perfectamente revuelto, jersey de cuello alto negro y esa expresión de científico que ha visto demasiado universo con sentido y muy poco en los humanos en la tierra.
A su alrededor, en sillas dispuestas en semicírculo, los cuatro: Ana, Julio, Vicente y Pilar. Parecían alumnos de primaria convocados por el director.
El público murmuraba. Alguien tosió. Una chica en la tercera fila sacó el móvil para grabar. Rovelli levantó la mano y el murmullo cesó de inmediato.
—Bien. Comencemos. Este objeto —señaló la cama— es el escenario de nuestro experimento. Los datos de partida son cuatro colegas —hoy aquí de observadores—, dos infidelidades documentadas y una teoría mal citada. Me han dicho que yo soy el culpable intelectual de todo esto. Y quisiera saber por qué.
Ana se removió en la silla. Llevaba el pelo recogido, gafas nuevas y una expresión de quien ha dormido mal durante los últimos meses.
—Usted dijo que las cosas no existen por sí solas. Solo aparecen en la relación de unas con otras. Yo apliqué eso mismo a mi matrimonio. Y colapsó.
—Querida colega, yo no le dije a nadie que aplicara mi teoría a su matrimonio. Dije que las partículas elementales no tienen propiedades intrínsecas hasta que interactúan. Por lo que yo sé y por su apariencia a simple vista, usted no es una partícula elemental. Es un mamífero, posiblemente con hipoteca y seguramente con problemas de comunicación marital que no tienen nada que ver con la mecánica cuántica.
Julio soltó una carcajada nerviosa que murió rápidamente bajo la mirada de Rovelli.
—Eso es exactamente lo que yo traté de explicarle, profesor. Pero ella llegó con las tijeras de las cutículas y…
—Usted, por lo que tengo entendido, no explicó nada. Estaba encima de la colega Pilar como un quark sobre un gluon. Y, por cierto, la gluona Pilar no le hacía ascos a la interacción sexual, en caso de que podamos llamarla así… Ustedes estaban en postura de trombare, que decimos en mi país. Una posición que no aparece en ninguno de mis libros, se lo aseguro.
Pilar levantó la mano tímidamente.
—Perdón, ¿puedo intervenir? Yo estaba debajo. En cierto modo, sometida a la fuerza gravitacional. Quiero que quede claro para el acta. Y para la memoria colectiva.
Rovelli se frotó las sienes con gesto cansado.
—Señora. Usted, por lo que he leído en el informe, no parece que estuviera sometida a nada excepto a sus propias inclinaciones e impulsos, que son considerables. Tal vez excesivas… Estaba participando activamente. Y la gravedad que ejercía Julio sobre usted es de aproximadamente… —sacó una calculadora del bolsillo y tecleó rápidamente— …diez elevado a menos veintitrés metros de curvatura espacio-temporal. O sea: Insignificante.

Vamos a ver. Seamos serios. Quiero que alguien me explique esto desde el principio. Con rigor. Sin metáforas sexuales, si es posible. Por favor. ¿Qué pasó?
Vicente carraspeó. Llevaba camisa arrugada y cara de quien ha escrito demasiados poemas sobre el vacío existencial y muy pocos sobre asumir responsabilidades.
—Yo conocí a Ana en un congreso a principios de año. Hablamos de su teoría. Cenamos. Hubo Pessoa. Hubo una noche. Hubo… un gatillazo. Luego ella desapareció porque volvió con su marido. Fin de la historia.
—No fue fin de la historia —interrumpió Julio—. Sería el fin de la tuya, pero fue el principio de la mía. Encontré un poema tuyo en el bolso de Ana. Con dedicatoria. “A Ana, cuyo cuerpo disuelve la frontera entre literatura y lubricante”. ¿Te parece normal escribir eso?
—Me parece poético.
—¿Poético? A mí me parece la falta de respeto al lenguaje de un desgraciado. Para mí, desde luego no era poético que te estuvieras acostando con mi mujer.
Rovelli alzó ambas manos pidiendo silencio.
—Señores, calma. Por este camino no vamos a ninguna parte. Y menos aún a un entendimiento de la física relacional. ¿Alguien puede explicarme cómo llegaron de mis ecuaciones sobre la gravedad cuántica a los poemas con lubricante?
Ana se levantó. Caminó hacia la cama. Se sentó en el borde, junto a Rovelli, como una alumna que pide clemencia.
—Usted dice que la realidad no es absoluta. Que depende del observador. Yo lo entendí así: mi infidelidad con Vicente no era real hasta que Julio la descubriera. Y la de Julio con Pilar tampoco. Cada uno vivía en su propio universo. Sin colapso. Sin culpa.
Rovelli la miró con una mezcla de pena y exasperación.
—Eso es una simplificación obscena de mi trabajo. De cuarenta años de investigación. Y ustedes son doctores en física, si no estoy mal informado.
—Pero es coherente con la interpretación de Copenhague de Bohr y…
—Es coherente como un sándwich de mierda, señora. Puede ponerle lechuga, tomate y hasta mayonesa, pero sigue siendo mierda. Déjeme explicarle algo fundamental que al parecer se les ha olvidado a todos: la interpretación relacional se aplica a sistemas cuánticos. Fotones. Electrones. Partículas que no tienen conciencia. Ustedes sí la tienen. O deberían.

El público contuvo la respiración. Un hombre gordo con gafas en la segunda fila comenzó a aplaudir entusiasmado. Rovelli lo fulminó con la mirada.
—Señor, modérese. Esto es un acto académico, no un partido de fútbol ni un programa de telebasura. Guarde la compostura.
Pilar se levantó también. Con decisión se acercó a la cama. Se sentó al otro lado, frente a Ana, completando un triángulo con Rovelli en el vértice.
—Mire, señor Rovelli. Yo no leí su libro completo. Vi el vídeo de TED tres veces. Cierto que estaba un poco bebida las tres veces, pero entendí esto: que si dos cuerpos se atraen, es porque el espacio-tiempo se curva. Julio y yo nos atraíamos. Nos curvamos. Tal vez yo un poco más porque hago yoga. ¿Dónde está el problema?
Rovelli cerró los ojos un momento, como reuniendo paciencia.
—El problema, querida colega, es múltiple. Primero: lo que usted describe es relatividad general de Einstein, no mi teoría. Segundo: la curvatura del espacio-tiempo que produce su cuerpo, por muy voluptuoso que sea, es completamente insignificante a efectos gravitacionales. Tercero: usted no es el espacio-tiempo. Es una física de profesión, técnica de laboratorio, con problemas evidentes de límites éticos y profesionales. En su cuerpo físico como objeto macroscópico hay fronteras obvias. A pesar de sus estiramientos con el Yoga, no hay espacio curvo que valga ni atracción de masas suficiente para justificar meterse en una cama ajena. El mismo Einstein se lo diría si viviera. Y probablemente añadiría algo en alemán muy poco amable para usted.
—Yo no tengo problemas de límites, profesor. Los tengo muy claros. El problema es que a veces me ofusco y los cruzo inconscientemente…
Pilar lo dijo con una sonrisa pícara que hizo reír a algunos en el público.
—Celebro su honestidad y su sentido del humor, señora, pero aquí no estamos para perder el tiempo. Estamos para aclarar un malentendido científico de proporciones cósmicas.
Julio se unió al grupo en la cama. Se sentó entre Pilar y Rovelli. La escena empezaba a parecer una sesión de terapia surrealista dirigida por un físico italiano cada vez más exasperado.
—Profesor, una pregunta. Si una partícula no tiene propiedades hasta que interactúa con otra, ¿eso significa que yo no era infiel hasta que Ana me pilló?
Rovelli lo miró fijamente durante tres segundos eternos.
—No.
—¿No? ¿No qué?
—No. Significa que usted confunde niveles de descripción física de manera criminal. Permítame explicarle algo que debería haber aprendido en primer año de carrera: existen diferentes escalas en la naturaleza. La mecánica cuántica describe lo microscópico. Sus testículos, por mucho que usted los aprecie, no son microscópicos en términos cuánticos. Son objetos macroscópicos regidos por física clásica, biología, química orgánica y, aparentemente, escasa moral en su caso. Cuando usted decidió meterse en esa cama, no estaba en superposición cuántica de “fiel/infiel”. Estaba tomando una decisión consciente de fornicar con una señora que no era su pareja. Y eso, querido colega, no es física. Es ética… o falta de ella. A gusto del consumidor.
Vicente fue el último en levantarse. Caminó despacio, como quien recita versos mentalmente o prepara una justificación filosófica. Se sentó en el borde opuesto de la cama, cerrando el círculo.
—Yo creo que el problema no es la física. Es el lenguaje. Usamos las palabras para describir cosas que no tienen nada que ver con partículas. Amor, traición, deseo… Son conceptos demasiado grandes para caber en una ecuación.
Rovelli lo miró con algo parecido al respeto.
—Eso es lo primero inteligente que escucho esta tarde, aunque contiene cierta simpleza conceptual. Con la misma argumentación podía haber dicho que el universo y sus adulterios caben en una sartén de tamaño mediano…
—Gracias, profesor.
—De nada. Pero sus poemas siguen siendo infumables, pruebe con los ripios de Gabriele D’Annunzio y deje ya a Pessoa. Seguramente será más asequible para usted.
Ana se rió. Era una risa tonta, pero honesta.
—Profesor, nosotros creímos que la física nos daba permiso para justificar nuestros actos con su brillante teoría.
—La física no da permisos. La física describe la realidad experimental. Ustedes son quienes decidieron amancebarse o no, Señora. Díganme en qué parte de mi teoría hablo yo de follar…
Pilar aplaudió entusiasta.
—Pues yo creo que eso deberían enseñarlo en primero de carrera como asignatura troncal: “La física describe. Tú decides follar” —dijo Pilar, haciendo el peor chiste del evento mientras Rovelli la miraba asombrado.
Julio miró a Ana.
—¿Y ahora qué? ¿Seguimos usando la teoría relacional como excusa?
—No. Ahora aceptamos que fuimos cuatro viciosos con doctorado.
Vicente asintió.
—Ustedes son cuatro idiotas que se leyeron mal el manual del universo, y entendieron mi teoría con el culo. —concluyó Rovelli.
—Señores, la sesión ha terminado.
Rovelli cerró su libreta y se levantó de la cama. Miró a los cuatro, luego al público y luego otra vez a los cuatro.
—Voy a decir esto una sola vez. Mi teoría no justifica sus infidelidades. Mi teoría explica cómo funciona la realidad a nivel cuántico. No cómo funcionan sus braguetas, braguitas y baguettes… Si quieren una teoría para lo suyo, lean a Freud o vean las películas de Tinto Brass.
Se giró hacia el público.
—Y ustedes, dejen de grabar. Esto era un experimento científico de debate, y no un circo o un casting de porno.
Mientras bajaba del escenario, alguien se puso a aplaudir y enseguida toda el aula le siguió, no sabían muy bien por qué. Quizás porque Rovelli tenía razón o quizás porque era descortés no aplaudir al sabio.
Comenzó a vaciarse el Aula.

Ya no quedaba nadie del público en la sala, pero los cuatro se quedaron en la cama. Solos. Con el edredón de Ikea entre ellos como una frontera blanda.
Ana miraba a Julio.
—¿Sabías que Rovelli iba a venir?
—No. Pensé que era una broma del beato Caravaca.
Pilar se estiró sobre el colchón.
—Pues la cama es cómoda. Mejor que la del NH.
Vicente también se tumbó.
—Pessoa habría escrito algo hermoso sobre esto.
—Pessoa está muerto —dijo Ana. —Y por lo pesado que te pones, creo que gracias a Dios.
—Todos lo estamos un poco —responde él.
Se quedaron así. Cuatro cuerpos en una cama en medio de un aula vacía. Ni vivos ni muertos. Ni culpables ni inocentes. En relación superpuesta de ideas, vivencias y propósitos…
Alguien apagó las luces. Y nadie se preocupó de encenderlas.
Pilar sintió unos dedos que progresaban por su entrepierna, —podrían ser los de Julio. Pero al tiempo le llegó un dulce susurro en el lenguaje de Petrarca… “Amore. Le tue parole mi accendono. Adesso voglio sentire il linguaggio muto della nostra pelle…”
Pilar cerró los ojos pensando “¡Jo! Otro Feynman, Bohr, Schrödinger… Debilidad de la carne.

El experimento sigue… y quién mejor para interpretar su teoría.
________________________________________

(Nota del autor: Carlo Rovelli nunca respondió a mi email pidiéndole permiso para esto. Asumo que su silencio es una superposición cuántica de “sí” y “vete a la mierda”)
(Ahora en serio. Sólo unos segundos, no preocuparse. Todos los personajes son inventados y sus situaciones, actos y enredos figurados. Nada que ver con la realidad, en la que seguro hay algún físico de conducta intachable, incluso tal vez varios. Y una confesión íntima: Me encanta la física divulgativa (a la real no me alcanzan las matemáticas), también los físicos que cada día descubren un trocito de la esencia de la vida y el cosmos, la UPV y, por supuesto, el genio Rovelli. ¡Dicho está! )

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