Los sueños que no caben en las urnas
Por Iñaki Alrui*
Un buen amigo siempre me aconsejó no dar consejos de lo que se tiene que hacer, sino simplemente hacerlo. Tal vez por la temática de el podcast de Terrícolas y Derechos en el que me han pedido un comentario, me arranco a dar consejos desde un humilde análisis del cual no sé si ya pedir perdón o acusarme directamente de decir lo que no hago… Con permiso:
La crisis de sentido de la izquierda, juventud y desencanto
La distancia entre la política institucional y amplios sectores de la sociedad, en especial la juventud, se ha convertido en uno de los principales desafíos de las democracias contemporáneas, asistimos a un momento en el que parece, o nos hacen creer que el capitalismo y las políticas de derechas, incluyendo los neofascismos, son la única alternativa posible. Lejos de la idea de apatía o despolitización, distintas experiencias sociales cargadas de actualidad muestran una realidad más compleja: el problema no es la falta de interés, sino el agotamiento de los canales tradicionales de representación.
En este escenario, la izquierda atraviesa una crisis que excede los resultados electorales (una mala medida para valorar nuestras fuerzas). Vivimos una derrota cultural, incapaces de construir un relato que vuelva a generar esperanza colectiva, las fuerzas progresistas parecen atrapadas en la nostalgia, repitiendo fórmulas discursivas que ya no interpelan a las nuevas generaciones, recordando lo que se hizo en el pasado, estancada en el recuerdo de las conquistas sociales, sin generar expectativas de futuro.

Mientras tanto, al contrario de lo que nos dicen, y hasta decimos, gran parte de la juventud participa activamente en movilizaciones, huelgas, campañas de boicot o acciones comunitarias que desbordan los marcos clásicos de partidos o discursos correctos. No hay indiferencia política: hay una búsqueda de nuevas formas de implicación. Y por cierto, solo hay que mirar las edades de las personas procesadas en las decenas de luchas sociales y políticas que están en el banquillo de la justicia.
El desencanto no surge de la nada. La corrupción, los comportamientos oportunistas de la dirigencia, progresismos timoratos, el conformismo intelectual y político, o la sobreinformación atravesada por noticias falsas alimentan una percepción generalizada de un espectáculo totalmente vacío y fácil de rellenar con desapego y caminos histéricos. A ello se suma la conciencia de cómo el poder económico controla al poder político más que nunca. “La sociedad del espectáculo” de Guy Debord es más actual que nunca. Todo parece suceder en una escena ajena, sin posibilidad real de incidencia.
Persistir en el reproche a la juventud solo profundiza la distancia, y suma distancias generacionales en el ya laberíntico pozo en el que se encuentra la izquierda, acostumbrada a repetir “los jovenes no se movilizan” simplemente porque no acuden a su actos, a esos actos de izquierda cargados de nostalgia, sin esperanzas, centrados exclusivamente en la denuncia y no en la construcción de futuro, reforzando la aniquilación de las utopías. Una izquierda sin rumbo, atrapada en la nostalgia, en la falta de ideas y proyectos.

A este panorama se suma el ascenso de la extrema derecha, que incluye una amplificación mediática que supera la realidad, y que encuentra terreno fértil en el deterioro de las condiciones de vida, la frustración social y la falta de respuestas transformadoras. Ya no hacen falta los golpes militares clásicos: el control de los grandes medios, las redes digitales y ciertos aparatos judiciales se convierten en herramientas clave para moldear imaginarios colectivos y disciplinar los tibios intentos de proyectos progresistas. Y no olvidemos que la derecha fascistoide siempre ha existido, y siempre se la ha hecho frente y arrinconado.
Frente a este contexto el diagnóstico es incómodo: la izquierda recibe tantos y tan mordaces ataques del enemigo que, sumida en la tarea constante de defensa, no se permite hacer una autocrítica que sería esencial para adaptarse al presente, y grandes sectores son incapaces de aceptar críticas internas. Hemos perdido la capacidad de crecer asumiendo el pensamiento crítico, de corregir errores para seguir adelante. Otros diagnósticos serían aferrarse a discursos obsoletos, a jergas excluyentes o a un doctrinarismo estéril que impide construir alternativas viables en un mundo atravesado por una revolución tecnológica, por cambios culturales y geopolíticos profundos. Lo que valía para el siglo XX, ha quedado obsoleto.

En esta orilla del río no necesitamos tantos manifiestos, que solo leen los que los escriben, ni declaraciones grandilocuentes o lenguajes académicos cargados de citas de Marx, Proudhon, Gramsci o el “Che”. Necesitamos una escucha activa, diálogos horizontales y una prácticas que recuperen el vínculo, el afecto y el reconocimiento mutuo en el campo de la acción política. Se trata de buscar caminos conjuntos, cada cual hasta donde considere, habrá gentes dispuestas a andar kilómetros, otras solo metros, pero lo importante es que seamos capaces de recorrer juntos y juntas el recorrido que podamos compartir. Se trata de crear comunidad, frentes de acción con objetivos comunes, concretos, bien definidos. Necesitamos formularnos nuevas preguntas donde las antiguas ya no son suficientes para proponer revoluciones y re-evoluciones en este mundo. La multiplicidad no debilita: enriquece.
No se trata de que se unifiquen las fuerzas de izquierda (la frase frecuente e hipócrita de “unidad”), eso sería renunciar a la idiosincrasia y la historia de los movimientos disidentes y revolucionarios, a su ser ideológico. Es bueno y necesario que haya tendencias, cismas, discusiones, lo importante es poder trabajar conjuntamente en objetivos compartidos, desde diferentes siglas o espacios intersectoriales, compartir luchas, unificar movilizaciones.

Todo ello no implica renunciar a principios, es asumir la pluralidad que enriquece y hacer desde el abanico de las ideas y de objetivos frentes de lucha más creativos, que generen ilusión, y concretarlo en calendarios compartidos, volver a conectar con una sociedad fragmentada, ser capaces de narrar el mundo que queremos. Pongamos calendarios o agenda común con los objetivos prioritarios en nuestra mochila, para que ademas de atender al día día y responder a todas las zancadillas que lanza el sistema, tengamos de manera constante nuestras metas que no dejamos de lado.
La historia demuestra que la juventud ha sido motor de innovación y cambio, lo sigue siendo. Incorporar la mirada de las personas jóvenes es imprescindible para entender qué está ocurriendo con su relación con la política. La pregunta, entonces, no es si las y los jóvenes se interesan por la política, sino si nuestra política está dispuesta a transformarse lo suficiente para escuchar y hacer una suma conjunta de objetivos, además de la necesidad de entender sus necesidades concretas e incluirlas en ese recorrido conjunto que queremos hacer. Mantenerse inmóviles en sagrados principios es perder de antemano. Y hagamos por priorizar lo colectivo frente a los hiperliderazgos, necesitamos humildad y honradez en el trabajo politico.
Hay sueños que no caben en las urnas, son mucho más grandes que el mediocre sistema democrático del que partimos, nos necesitamos todas para construir un proyecto colectivo más allá de los tiempos inmediatos ¿Volveremos a defender la Revolución?
Nota de redacción: Este texto forma parte del podcast “De Terrícolas y Derechos”, que en su entrega de febrero aborda la diversidad de posturas juveniles bajo el título “Jóvenes a todo trapo”.
* Miembro de la Asamblea de Redacción de LQSomos.
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Muy interesante artículo. Pienso que tal vez le ha faltado incluir que sobran en el lenguaje de las izquierdas las reivindicaciones identitarias como los nacionalismos, LGTBI, etc. y los ataques recurrentes a la religión/ religiones (básicamente la católica) tan propios de la izquierda progre, que dividen a los jóvenes y a los trabajadores.