Dos siglos de rusofobia y rechazo a la paz (II)

Dos siglos de rusofobia y rechazo a la paz (II)

Por Jeffrey Sachs*

Mientras que se presume que otras potencias tienen intereses legítimos en materia de seguridad que deben equilibrarse y acomodarse, los intereses de Rusia se consideran ilegítimos. La rusofobia funciona menos como un sentimiento que como una distorsión sistémica, que socava repetidamente la propia seguridad de Europa.

⇒ Primera parte: Dos siglos de rusofobia y rechazo a la paz

Parte II
De Potsdam a la OTAN: la arquitectura de la exclusión

Los años inmediatamente posteriores a la guerra se caracterizaron por una rápida transición de la alianza a la confrontación. Incluso antes de que Alemania se rindiera, Churchill dio la sorprendente orden a los estrategas militares británicos de que consideraran un conflicto inmediato con la Unión Soviética.

La «Operación Impensable», redactada en 1945, preveía utilizar el poder angloamericano —e incluso unidades alemanas rearmadas— para imponer la voluntad occidental a Rusia en 1945 o poco después.

Aunque el plan se consideró militarmente poco realista y finalmente se archivó, su mera existencia revela lo profundamente arraigada que estaba la idea de que el poder ruso era ilegítimo y debía ser restringido por la fuerza si fuera necesario.

La diplomacia occidental con la Unión Soviética fracasó de manera similar. Europa debería haber reconocido que la Unión Soviética había soportado la mayor parte del peso de la derrota de Hitler —con 27 millones de víctimas— y que las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad con respecto al rearme alemán eran totalmente reales.

Europa debería haber interiorizado la lección de que una paz duradera requería la acomodación explícita de las principales preocupaciones de Rusia en materia de seguridad, sobre todo la prevención de una Alemania remilitarizada que pudiera volver a amenazar las llanuras orientales de Europa.

De izquierda a derecha, el primer ministro británico Winston Churchill, el presidente estadounidense Harry S. Truman y el líder soviético Josef Stalin durante la Conferencia de Potsdam, 1945

En términos diplomáticos formales, esa lección fue aceptada inicialmente. En Yalta y, de manera más decisiva, en Potsdam en el verano de 1945, los aliados victoriosos llegaron a un claro consenso sobre los principios básicos que regirían la Alemania de la posguerra: desmilitarización, desnazificación, democratización, descartelización y reparaciones.

Alemania debía ser tratada como una unidad económica única; sus fuerzas armadas debían ser desmanteladas; y su futura orientación política debía determinarse sin compromisos de rearme o alianzas.

Para la Unión Soviética, estos principios no eran abstractos, sino existenciales. En dos ocasiones en treinta años, Alemania había invadido Rusia, causando una devastación sin parangón en la historia europea.

Las pérdidas soviéticas en la Segunda Guerra Mundial dieron a Moscú una perspectiva de seguridad que no se puede entender sin reconocer ese trauma. La neutralidad y la desmilitarización permanente de Alemania no eran moneda de cambio, sino las condiciones mínimas para un orden posbélico estable desde el punto de vista soviético.

Winston Churchill, Harry Truman, Joseph Stalin

En la Conferencia de Potsdam, celebrada en julio de 1945, se reconocieron formalmente estas preocupaciones. Los Aliados acordaron que no se permitiría a Alemania reconstituir su poderío militar. El lenguaje de la conferencia fue explícito: se debía impedir que Alemania «volviera a amenazar jamás a sus vecinos o a la paz mundial».

La Unión Soviética aceptó la división temporal de Alemania en zonas de ocupación precisamente porque esta división se planteó como una necesidad administrativa, no como un acuerdo geopolítico permanente.

Sin embargo, casi de inmediato, las potencias occidentales comenzaron a reinterpretar —y luego a desmantelar silenciosamente— estos compromisos. El cambio se produjo porque las prioridades estratégicas de Estados Unidos y Gran Bretaña cambiaron. Como demuestra Melvyn Leffler en A Preponderance of Power (1992), los planificadores estadounidenses rápidamente llegaron a considerar que la recuperación económica alemana y la alineación política con Occidente eran más importantes que mantener una Alemania desmilitarizada aceptable para Moscú.

La Unión Soviética, que antes era un aliado indispensable, pasó a ser considerada un adversario potencial cuya influencia en Europa debía contenerse.

Esta reorientación precedió a cualquier crisis militar formal de la Guerra Fría. Mucho antes del bloqueo de Berlín, la política occidental comenzó a consolidar las zonas occidentales económica y políticamente. La creación de la Bizona en 1947, seguida de la Trizona, contradijo directamente el principio de Potsdam de que Alemania sería tratada como una sola unidad económica.

La introducción de una moneda separada en las zonas occidentales en 1948 no fue un ajuste técnico, sino un acto político decisivo que hizo que la división de Alemania fuera funcionalmente irreversible. Desde la perspectiva de Moscú, estas medidas fueron revisiones unilaterales del acuerdo de posguerra.

La respuesta soviética —el bloqueo de Berlín— se ha descrito a menudo como el primer acto de agresión de la Guerra Fría. Sin embargo, en su contexto, parece menos un intento de apoderarse de Berlín Occidental que un esfuerzo coercitivo para forzar el retorno al gobierno de las cuatro potencias y evitar la consolidación de un Estado occidental alemán independiente.

Independientemente de si se juzga acertado el bloqueo, su lógica se basaba en el temor de que Occidente estuviera desmantelando el marco de Potsdam sin negociación alguna. Si bien el puente aéreo resolvió la crisis inmediata, no abordó la cuestión subyacente: el abandono de una Alemania unificada y desmilitarizada.

La ruptura decisiva se produjo con el estallido de la Guerra de Corea en 1950. En Washington, el conflicto no se interpretó como una guerra regional con causas específicas, sino como una prueba de una ofensiva comunista global monolítica. Esta interpretación reduccionista tuvo profundas consecuencias para Europa.

Proporcionó una sólida justificación política para el rearme de Alemania Occidental, algo que se había descartado explícitamente solo unos años antes. La lógica se formuló ahora en términos tajantes: sin la participación militar alemana, Europa Occidental no podía defenderse.

Este momento fue un punto de inflexión. La remilitarización de Alemania Occidental no fue impuesta por la acción soviética en Europa, sino que fue una elección estratégica de Estados Unidos y sus aliados en respuesta al marco globalizado de la Guerra Fría que había construido Estados Unidos.

Reino Unido y Francia, a pesar de sus profundas inquietudes históricas sobre el poder alemán, accedieron bajo la presión estadounidense. Cuando fracasó la propuesta de la Comunidad Europea de Defensa —un medio para controlar el rearme alemán—, la solución adoptada fue aún más trascendental: la adhesión de Alemania Occidental a la OTAN en 1955.

Desde la perspectiva soviética, esto representaba el colapso definitivo del acuerdo de Potsdam. Alemania ya no era neutral. Ya no estaba desmilitarizada. Ahora formaba parte de una alianza militar orientada explícitamente contra la URSS.

Este era precisamente el resultado que los líderes soviéticos habían tratado de evitar desde 1945 y que el Acuerdo de Potsdam había sido diseñado para impedir. Es esencial subrayar la secuencia, ya que a menudo se malinterpreta o se invierte. La división y la remilitarización de Alemania no fueron el resultado de las acciones rusas.

Cuando Stalin hizo su oferta de reunificación alemana basada en la neutralidad en 1952, las potencias occidentales ya habían encaminado a Alemania hacia la integración en la alianza y el rearme. La Nota de Stalin no fue un intento de descarrilar una Alemania neutral, sino un intento serio, documentado y finalmente rechazado de revertir un proceso que ya estaba en marcha.

Desde esta perspectiva, el acuerdo inicial de la Guerra Fría no parece una respuesta inevitable a la intransigencia soviética, sino otro ejemplo en el que Europa y Estados Unidos optaron por subordinar las preocupaciones de seguridad rusas a la arquitectura de la alianza de la OTAN.

La neutralidad de Alemania no fue rechazada porque fuera inviable, sino porque entraba en conflicto con una visión estratégica occidental que daba prioridad a la cohesión del bloque y al liderazgo estadounidense sobre un orden de seguridad europeo inclusivo.

Los costes de esta elección fueron inmensos y duraderos. La división de Alemania se convirtió en la línea divisoria central de la Guerra Fría. Europa se militarizó de forma permanente y se desplegaron armas nucleares por todo el continente.

La seguridad europea se externalizó a Washington, con toda la dependencia y la pérdida de autonomía estratégica que ello conllevaba. Además, se reforzó una vez más la convicción soviética de que Occidente reinterpretaría los acuerdos cuando le conviniera.

Este contexto es indispensable para comprender la Nota de Stalin de 1952. No fue un «rayo caído del cielo», ni una maniobra cínica ajena a la historia previa. Fue una respuesta urgente a un acuerdo de posguerra que ya se había roto, otro intento, como tantos otros antes y después, de garantizar la paz a través de la neutralidad, solo para ver cómo Occidente rechazaba esa oferta.

De izquierda a derecha: el primer ministro francés Pierre Mendes-France, el canciller de Alemania Occidental Konrad Adenauer, el ministro de Asuntos Exteriores británico Anthony Eden y el ministro de Asuntos Exteriores estadounidense John Foster Dulles se reúnen en París para tratar el rearme de Alemania Occidental, 20 de octubre de 1954.

1952: El rechazo de la reunificación alemana

De izquierda a derecha: el primer ministro francés Pierre Mendes-France, el canciller de Alemania Occidental Konrad Adenauer, el ministro de Asuntos Exteriores británico Anthony Eden y el ministro de Asuntos Exteriores estadounidense John Foster Dulles se reúnen en París para tratar el rearme de Alemania Occidental, 20 de octubre de 1954.

Vale la pena examinar la nota de Stalin con mayor detalle.

El llamamiento de Stalin a una Alemania reunificada y neutral no era ambiguo, provisional ni insincero. Como ha demostrado de manera concluyente Rolf Steininger en The German Question: The Stalin Note of 1952 and the Problem of Reunification (1990), Stalin propuso la reunificación alemana bajo condiciones de neutralidad permanente, elecciones libres, retirada de las fuerzas de ocupación y un tratado de paz garantizado por las grandes potencias.

No se trataba de un gesto propagandístico, sino de una oferta estratégica basada en el temor genuino de la Unión Soviética al rearme alemán y a la expansión de la OTAN.

La investigación de Steininger en los archivos es devastadora para la narrativa occidental habitual. Especialmente decisivo es el memorándum secreto de 1955 de Sir Ivone Kirkpatrick, en el que informa de la admisión del embajador alemán de que el canciller Adenauer sabía que la Nota de Stalin era auténtica. Adenauer la rechazó de todos modos.

No temía la mala fe soviética, sino la democracia alemana. Le preocupaba que un futuro Gobierno alemán pudiera optar por la neutralidad y la reconciliación con Moscú, lo que socavaría la integración de Alemania Occidental en el bloque occidental.

En esencia, Occidente rechazó la paz y la reunificación no porque fueran imposibles, sino porque resultaban políticamente inconvenientes para el sistema de alianzas occidentales. Dado que la neutralidad amenazaba la arquitectura emergente de la OTAN, tuvo que ser descartada como una «trampa».

Las élites europeas no solo fueron coaccionadas para alinearse con el Atlántico, sino que lo aceptaron activamente. El rechazo del canciller Adenauer a la neutralidad alemana no fue un acto aislado de deferencia hacia Washington, sino que reflejó un consenso más amplio entre las élites de Europa occidental, que preferían la tutela estadounidense a la autonomía estratégica y a una Europa unificada.

La neutralidad amenazaba no solo la arquitectura de la OTAN, sino también el orden político de la posguerra en el que estas élites obtenían seguridad, legitimidad y reconstrucción económica gracias al liderazgo estadounidense. Una Alemania neutral habría obligado a los Estados europeos a negociar directamente con Moscú en pie de igualdad, en lugar de operar dentro de un marco liderado por Estados Unidos que los aislaba de tal compromiso.

En este sentido, el rechazo de Europa a la neutralidad fue también un rechazo a la responsabilidad: el atlantismo ofrecía seguridad sin las cargas de la coexistencia diplomática con Rusia, incluso a costa de la división permanente de Europa y la militarización del continente.

En marzo de 1954, la Unión Soviética solicitó su adhesión a la OTAN, argumentando que de ese modo la OTAN se convertiría en una institución para la seguridad colectiva europea. Estados Unidos y sus aliados rechazaron inmediatamente la solicitud por considerar que diluiría la alianza e impediría la adhesión de Alemania a la OTAN.

Estados Unidos y sus aliados, incluida la propia Alemania Occidental, rechazaron una vez más la idea de una Alemania neutral y desmilitarizada y de un sistema de seguridad europeo basado en la seguridad colectiva en lugar de en bloques militares.

El Tratado Estatal de Austria de 1955 puso aún más de manifiesto el cinismo de esta lógica. Austria aceptó la neutralidad, las tropas soviéticas se retiraron y el país se volvió estable y próspero. El «efecto dominó» geopolítico que se había pronosticado no se produjo. El modelo austriaco demuestra que lo que se logró allí podría haberse logrado en Alemania, lo que podría haber puesto fin a la Guerra Fría décadas antes.

La diferencia entre Austria y Alemania no radicaba en la viabilidad, sino en la preferencia estratégica. Europa aceptó la neutralidad en Austria, donde no amenazaba el orden hegemónico liderado por Estados Unidos, pero la rechazó en Alemania, donde sí lo hacía.

Las consecuencias de estas decisiones fueron inmensas y duraderas. Alemania permaneció dividida durante casi cuatro décadas. El continente se militarizó a lo largo de una línea divisoria que lo atravesaba por el centro, y se desplegaron armas nucleares en todo el territorio europeo.

La seguridad europea pasó a depender del poder estadounidense y de las prioridades estratégicas de Estados Unidos, lo que convirtió al continente, una vez más, en el principal escenario de la confrontación entre las grandes potencias.

En 1955, el patrón estaba firmemente establecido. Europa solo aceptaría la paz con Rusia cuando se alineara perfectamente con la arquitectura estratégica occidental liderada por Estados Unidos.

Cuando la paz requería una verdadera adaptación a los intereses de seguridad rusos —neutralidad alemana, no alineación, desmilitarización o garantías compartidas—, se rechazaba sistemáticamente. Las consecuencias de esta negativa se desarrollarían en las décadas siguientes.

Treinta años de rechazo a las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad

Si hubo un momento en el que Europa pudo haber roto de forma decisiva con su larga tradición de rechazar la paz con Rusia, fue al final de la Guerra Fría. A diferencia de 1815, 1919 o 1945, este no fue un momento impuesto únicamente por la derrota militar, sino que fue un momento moldeado por una elección.

La Unión Soviética no se derrumbó bajo una lluvia de fuego de artillería, sino que se retiró y se desarmó unilateralmente. Bajo el mandato de Mijaíl Gorbachov, la Unión Soviética renunció a la fuerza como principio organizativo del orden europeo.

Tanto la Unión Soviética como, posteriormente, la Rusia de Boris Yeltsin aceptaron la pérdida del control militar sobre Europa Central y Oriental y propusieron un nuevo marco de seguridad basado en la inclusión en lugar de en bloques rivales.

Lo que siguió no fue un fracaso de la imaginación rusa, sino un fracaso de Europa y del sistema atlántico liderado por Estados Unidos a la hora de tomarse en serio esa oferta.

El concepto de Mijaíl Gorbachov de una “casa común europe” no era una mera floritura retórica. Era una doctrina estratégica basada en el reconocimiento de que las armas nucleares habían convertido la política tradicional del equilibrio de poder en un suicidio.

Gorbachov imaginaba una Europa en la que la seguridad fuera indivisible, en la que ningún Estado reforzara su seguridad a expensas de otro y en la que las estructuras de alianza de la Guerra Fría dieran paso gradualmente a un marco paneuropeo.Su discurso de 1989 ante el Consejo de Europa en Estrasburgo dejó clara esta visión, haciendo hincapié en la cooperación, las garantías mutuas de seguridad y el abandono de la fuerza como instrumento político.

La Carta de París para una Nueva Europa, firmada en noviembre de 1990, codificó estos principios, comprometiendo a Europa con la democracia, los derechos humanos y una nueva era de seguridad cooperativa.

En esta coyuntura, Europa se enfrentaba a una elección fundamental. Podía haber tomado en serio estos compromisos y haber construido una arquitectura de seguridad centrada en la [Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa] OSCE, en la que Rusia fuera un participante en igualdad de condiciones, un garante de la paz en lugar de un objeto de contención.

Gorbachov en la Puerta de Brandeburgo en abril de 1986 durante una visita a Alemania Oriental

Alternativamente, podía preservar la jerarquía institucional de la Guerra Fría mientras abrazaba retóricamente los ideales de la posguerra fría. Europa eligió lo segundo.

La OTAN no se disolvió, ni se transformó en un foro político, ni se subordinó a una institución de seguridad paneuropea. Al contrario, se expandió. La justificación ofrecida públicamente era defensiva: la ampliación de la OTAN estabilizaría Europa del Este, consolidaría la democracia y evitaría un vacío de seguridad.

Sin embargo, esta explicación ignoraba un hecho crucial que Rusia había articulado repetidamente y que los responsables políticos occidentales reconocían en privado: la expansión de la OTAN afectaba directamente a las principales preocupaciones de Rusia en materia de seguridad, no de forma abstracta, sino geográfica, histórica y psicológicamente.

La controversia sobre las garantías dadas por Estados Unidos y Alemania durante las negociaciones para la reunificación alemana ilustra la cuestión más profunda. Los líderes occidentales insistieron posteriormente en que no se habían hecho promesas legalmente vinculantes con respecto a la ampliación de la OTAN, ya que no se había codificado ningún acuerdo por escrito.

Sin embargo, la diplomacia no solo funciona a través de tratados firmados, sino también a través de expectativas, entendimientos y buena fe. Los documentos desclasificados y los relatos contemporáneos confirman que se dijo repetidamente a los líderes soviéticos que la OTAN no se expandiría hacia el este más allá de Alemania. Estas garantías determinaron la aceptación soviética de la reunificación alemana, una concesión de enorme importancia estratégica.

Cuando la OTAN se expandió de todos modos, inicialmente a instancias de Estados Unidos, Rusia lo vivió no como un ajuste técnico legal, sino como una profunda traición al acuerdo que había facilitado la reunificación alemana.

Con el tiempo, los gobiernos europeos interiorizaron cada vez más la expansión de la OTAN como un proyecto europeo, y no solo estadounidense. La reunificación alemana dentro de la OTAN se convirtió en la norma y no en la excepción.

La ampliación de la UE y la ampliación de la OTAN avanzaron en paralelo, reforzándose mutuamente y desplazando otros acuerdos de seguridad alternativos, como la neutralidad o la no alineación. Incluso Alemania, con su tradición de Ostpolitik y sus profundos lazos económicos con Rusia, subordinó progresivamente sus políticas a favor de la conciliación a la lógica de la alianza.

Los líderes europeos plantearon la expansión como un imperativo moral más que como una elección estratégica, aislándola así del escrutinio y deslegitimando las objeciones rusas. Al hacerlo, Europa renunció a gran parte de su capacidad para actuar como actor independiente en materia de seguridad, vinculando su destino cada vez más estrechamente a una estrategia atlántica que privilegiaba la expansión sobre la estabilidad.

Aquí es donde el fracaso de Europa se hace más evidente. En lugar de reconocer que la expansión de la OTAN contradecía la lógica de la seguridad indivisible articulada en la Carta de París, los líderes europeos trataron las objeciones rusas como ilegítimas, como residuos de la nostalgia imperial en lugar de expresiones de una auténtica preocupación por la seguridad.

Se invitó a Rusia a consultar, pero no a decidir. El Acta Fundacional OTAN-Rusia de 1997 institucionalizó esta asimetría: diálogo sin veto ruso, asociación sin paridad rusa. La arquitectura de la seguridad europea se estaba construyendo alrededor de Rusia, y a pesar de Rusia, no con Rusia.

La advertencia de George Kennan en 1997 de que la expansión de la OTAN sería un “error fatídico” capturó el riesgo estratégico con notable claridad. Kennan no argumentó que Rusia fuera virtuosa; argumentó que humillar y marginar a una gran potencia en un momento de debilidad produciría resentimiento, revanchismo y militarización.

Su advertencia fue descartada como realismo anticuado, pero la historia posterior ha reivindicado su lógica casi punto por punto.

El fundamento ideológico de este rechazo se encuentra explícitamente en los escritos de Zbigniew Brzezinski. En El gran tablero de ajedrez (1997) y en su ensayo de Foreign Affairs «Una geoestrategia para Eurasia» (1997), Brzezinski articuló una visión de la primacía estadounidense basada en el control de Eurasia.

Sostuvo que Eurasia era el «supercontinente axial» y que el dominio global de Estados Unidos dependía de impedir el surgimiento de cualquier potencia capaz de dominarlo. En este marco, Ucrania no era simplemente un Estado soberano con su propia trayectoria, sino un pivote geopolítico. «Sin Ucrania», escribió en una famosa frase, «Rusia deja de ser un imperio».

No se trataba de una digresión académica, sino de una declaración programática de la gran estrategia imperial estadounidense. En esta visión del mundo, las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad no son intereses legítimos que deban tenerse en cuenta en nombre de la paz, sino obstáculos que deben superarse en nombre de la primacía estadounidense.

Europa, profundamente arraigada en el sistema atlántico y dependiente de las garantías de seguridad de Estados Unidos, interiorizó esta lógica, a menudo sin reconocer todas sus implicaciones. El resultado fue una política de seguridad europea que privilegiaba sistemáticamente la expansión de la alianza por encima de la estabilidad, y las señales morales por encima de un acuerdo duradero.

Las consecuencias se hicieron evidentes en 2008. En la cumbre de la OTAN celebrada en Bucarest, la alianza declaró que Ucrania y Georgia «se convertirán en miembros de la OTAN». Esta declaración no iba acompañada de un calendario claro, pero su significado político era inequívoco.

Cruzó lo que los funcionarios rusos de todo el espectro político habían descrito durante mucho tiempo como una línea roja. Que esto se entendiera de antemano es indiscutible.

William Burns, entonces embajador de Estados Unidos en Moscú, informó en un cable titulado «NYET MEANS NYET» (No significa no) que la adhesión de Ucrania a la OTAN se percibía en Rusia como una amenaza existencial, que unía a liberales, nacionalistas y partidarios de la línea dura por igual. La advertencia era explícita. Fue ignorada.

Desde la perspectiva de Rusia, el patrón era ahora inconfundible. Europa y Estados Unidos invocaban el lenguaje de las normas y la soberanía cuando les convenía, pero descartaban como ilegítimas las principales preocupaciones de Rusia en materia de seguridad.

12 de febrero de 2015: El presidente ruso Vladimir Putin, el presidente francés François Hollande, la canciller alemana Angela Merkel y el presidente ucraniano Petro Poroshenko en las conversaciones del formato Normandía en Minsk, Bielorrusia. (Kremlin)

Extraer las mismas lecciones

La lección que extrajo Rusia fue la misma que había extraído tras la guerra de Crimea, tras las intervenciones aliadas, tras el fracaso de la seguridad colectiva y tras el rechazo de la Nota de Stalin: la paz solo se ofrecería en condiciones que preservaran el dominio estratégico occidental.

Por lo tanto, la crisis que estalló en Ucrania en 2014 no fue una aberración, sino una culminación. El levantamiento de Maidán, el colapso del Gobierno de [el presidente ucraniano Víktor] Yanukóvich, la anexión de Crimea por parte de Rusia y la guerra en Donbás se desarrollaron dentro de una arquitectura de seguridad que ya estaba al límite.

Estados Unidos alentó activamente el golpe que derrocó a Yanukóvich, incluso conspirando en segundo plano sobre la composición del nuevo Gobierno. Cuando la región de Donbás estalló en oposición al golpe de Maidán, Europa respondió con sanciones y condenas diplomáticas, enmarcando el conflicto como una simple obra moralizante.

Sin embargo, incluso en esta etapa, era posible llegar a un acuerdo negociado. Los acuerdos de Minsk, en particular el Minsk II de 2015, proporcionaron un marco para la desescalada del conflicto, la autonomía del Donbás y la reintegración de Ucrania y Rusia en un orden económico europeo ampliado.

Minsk II representaba un reconocimiento —aunque renuente— de que la paz requería un compromiso y que la estabilidad de Ucrania dependía de abordar tanto las divisiones internas como las preocupaciones de seguridad externas. Lo que finalmente destruyó Minsk II fue la resistencia occidental.

Cuando los líderes occidentales sugirieron más tarde que Minsk II había servido principalmente para «ganar tiempo» para que Ucrania se fortaleciera militarmente, el daño estratégico fue grave. Desde la perspectiva de Moscú, esto confirmó la sospecha de que la diplomacia occidental era cínica e instrumental en lugar de sincera, que los acuerdos no estaban destinados a ser implementados, sino solo a gestionar la imagen.

En 2021, la arquitectura de seguridad europea se había vuelto insostenible. Rusia presentó proyectos de propuestas en las que pedía negociaciones sobre la expansión de la OTAN, el despliegue de misiles y las maniobras militares, precisamente las cuestiones sobre las que había advertido durante décadas.

Estas propuestas fueron rechazadas de plano por Estados Unidos y la OTAN. La expansión de la OTAN se declaró no negociable. Una vez más, Europa y Estados Unidos se negaron a considerar las principales preocupaciones de Rusia en materia de seguridad como temas legítimos de negociación. La guerra fue la consecuencia.

Cuando las fuerzas rusas entraron en Ucrania en febrero de 2022, Europa calificó la invasión de «injustificada». Si bien esta descripción absurda puede servir a una narrativa propagandística, oscurece por completo la historia. La acción rusa no surgió de la nada.

Surgió de un orden de seguridad que se había negado sistemáticamente a integrar las preocupaciones de Rusia y de un proceso diplomático que había descartado la negociación sobre las cuestiones que más importaban a Rusia.

Incluso entonces, la paz no era imposible. En marzo y abril de 2022, Rusia y Ucrania entablaron negociaciones en Estambul que dieron lugar a un borrador detallado del acuerdo marco. Ucrania propuso la neutralidad permanente con garantías de seguridad internacionales; Rusia aceptó el principio.

El marco abordaba las limitaciones de la fuerza, las garantías y un proceso más largo para las cuestiones territoriales. No se trataba de documentos fantasiosos. Eran borradores serios que reflejaban las realidades del campo de batalla y las limitaciones estructurales de la geografía.

Sin embargo, las conversaciones de Estambul fracasaron cuando Estados Unidos y el Reino Unido intervinieron y dijeron a Ucrania que no firmara. Como explicó más tarde Boris Johnson, lo que estaba en juego era nada menos que la hegemonía occidental.

El fracaso del Proceso de Estambul demuestra concretamente que la paz en Ucrania era posible poco después del inicio de la operación militar especial de Rusia. El acuerdo se redactó y casi se completó, pero fue abandonado a instancias de Estados Unidos y Reino Unido.

En 2025, la sombría ironía quedó clara. El mismo marco de Estambul resurgió como punto de referencia en los renovados esfuerzos diplomáticos. Tras un inmenso derramamiento de sangre, la diplomacia volvió a un compromiso plausible.

Este es un patrón habitual en las guerras marcadas por dilemas de seguridad: los acuerdos iniciales que se rechazan por considerarse prematuros reaparecen más tarde como trágicas necesidades. Sin embargo, incluso ahora, Europa se resiste a una paz negociada.

Para Europa, los costes de esta larga negativa a tomar en serio las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad son ahora inevitables y enormes. Europa ha sufrido graves pérdidas económicas debido a la interrupción del suministro energético y las presiones de desindustrialización.

Se ha comprometido a un rearme a largo plazo con profundas consecuencias fiscales, sociales y políticas. La cohesión política dentro de las sociedades europeas se ha visto gravemente afectada por la tensión de la inflación, las presiones migratorias, el cansancio de la guerra y los puntos de vista divergentes entre los gobiernos europeos.

La autonomía estratégica de Europa ha disminuido, ya que Europa vuelve a ser el principal escenario de la confrontación entre las grandes potencias, en lugar de un polo independiente.

Quizás lo más peligroso es que el riesgo nuclear ha vuelto a ocupar un lugar central en los cálculos de seguridad europeos. Por primera vez desde la Guerra Fría, los ciudadanos europeos vuelven a vivir bajo la sombra de una posible escalada entre potencias con armas nucleares.

Esto no es solo el resultado de un fracaso moral. Es el resultado de la negativa estructural de Occidente, que se remonta a la época de Pogodin, a reconocer que la paz en Europa no puede construirse negando las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad. La paz solo puede construirse negociándolas.

La tragedia de la negación por parte de Europa de las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad es que se convierte en un círculo vicioso. Cuando las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad se descartan por ilegítimas, los líderes rusos tienen menos incentivos para recurrir a la diplomacia y más incentivos para cambiar la situación sobre el terreno.

Los responsables políticos europeos interpretan entonces estas acciones como una confirmación de sus sospechas originales, en lugar de como el resultado totalmente predecible de un dilema de seguridad que ellos mismos crearon y luego negaron.

Con el tiempo, esta dinámica reduce el espacio diplomático hasta que la guerra parece para muchos no una opción, sino una inevitabilidad. Sin embargo, la inevitabilidad es artificial. No surge de una hostilidad inmutable, sino de la persistente negativa europea a reconocer que una paz duradera requiere aceptar como reales los temores de la otra parte, incluso cuando esos temores son inconvenientes.

La tragedia es que Europa ha pagado repetidamente un alto precio por esta negativa. Lo pagó en la guerra de Crimea y sus secuelas, en las catástrofes de la primera mitad del siglo XX y en décadas de división durante la Guerra Fría. Y ahora lo está pagando de nuevo. La rusofobia no ha hecho que Europa sea más segura. La ha empobrecido, la ha dividido más, la ha militarizado y la ha hecho más dependiente del poder externo.

La ironía añadida es que, si bien esta rusofobia estructural no ha debilitado a Rusia a largo plazo, sí ha debilitado repetidamente a Europa. Al negarse a tratar a Rusia como un actor normal en materia de seguridad, Europa ha contribuido a generar la inestabilidad que tanto teme, al tiempo que ha incurrido en costes cada vez mayores en sangre, tesoro, autonomía y cohesión.

Cada ciclo termina de la misma manera: un reconocimiento tardío de que la paz requiere negociación después de que ya se haya causado un daño inmenso. La lección que Europa aún tiene que asimilar es que el reconocimiento e e de las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad no es una concesión al poder, sino un requisito previo para evitar sus usos destructivos.

La lección, escrita con sangre a lo largo de dos siglos, no es que se deba confiar en Rusia o en cualquier otro país en todos los aspectos. Es que Rusia y sus intereses de seguridad deben tomarse en serio.

Europa ha rechazado repetidamente la paz con Rusia, no porque no fuera posible, sino porque reconocer las preocupaciones de Rusia en materia de seguridad se consideraba erróneamente ilegítimo.

Hasta que Europa abandone ese reflejo, seguirá atrapada en un ciclo de confrontación contraproducente, rechazando la paz cuando es posible y soportando los costes mucho tiempo después.

⇒ Primera parte: Dos siglos de rusofobia y rechazo a la paz

* Profesor universitario y director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia, donde dirigió el Instituto de la Tierra desde 2002 hasta 2016. También es presidente de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas y comisionado de la Comisión de Banda Ancha para el Desarrollo de las Naciones Unidas.

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