Transición sangrienta: Carlos González, el estudiante asesinado el 27 de septiembre
Por Iñaki Alrui*
El joven de 21 años, estudiante de psicología, fue tiroteado por la espalda al grito de «¡Viva Cristo Rey!» cuando huía de una carga policial. Nadie fue detenido ni juzgado por el crimen.
El 27 de septiembre de 1976, cuando se cumplía exactamente un año de los últimos fusilamientos del franquismo, Madrid amaneció bajo la lluvia. Aquel lunes, el más lluvioso de septiembre, los autobuses circulaban con los cristales empañados mientras en el centro se habían convocado varias manifestaciones para honrar la memoria de José Humberto Baena, José Luis Sánchez-Bravo, Ramón García Sanz, Juan Paredes Manot y Ángel Otaegi, ejecutados un año antes tras consejos de guerra considerados una farsa.
⇒ Ver: La modélica transición. Sangres de Septiembre 1976-1982
Sobre las nueve de la noche, en la confluencia de las calles Alcalá y Barquillo, grupos de jóvenes organizaban saltos y se dispersaban escapando de la represión policial. Entre ellos se encontraba Carlos González Martínez, de 21 años, estudiante de psicología en la Universidad Complutense, quinto hijo de una familia de seis hermanos. Su padre, Eduardo González Calderón, era comentarista deportivo en Radio Madrid y, paradójicamente, había sido combatiente de la División Azul, perdiendo a un hermano en los frentes soviéticos.

Carlos caminaba con dos amigos cuando, al llegar a Barquillo, se topó con un grupo de manifestantes que huían de la policía. Ellos se echaron a correr también y, en la carrera, Carlos perdió a sus acompañantes. Fue entonces cuando, en la esquina con San Marcos, se encontró con tres individuos armados con pistolas. Los testigos los describieron con precisión: uno, de unos 25 años, alto, con jersey y pelo rizado; otro, de aspecto tosco y brutal, fuerte y bajo, con camiseta marrón; el tercero, rubio, de pelo corto, con zamarra verde militar.
Sonaron varios disparos. Carlos cayó al suelo boca abajo mientras se oían gritos de «¡Viva Cristo Rey!». La trayectoria de la bala, que entró por la espalda a la altura del riñón izquierdo y llegó hasta un centímetro del corazón, indica que recibió el impacto cuando corría inclinado hacia delante, a punto de caer. El disparo se efectuó a quemarropa, apenas a un metro de distancia. En el lugar aparecieron cuatro casquillos: dos del 7,65 y dos de 9 milímetros.

Una agonía de madrugada
Gravemente herido, Carlos intentó buscar ayuda; el joven y una acompañante intentaron coger un taxi, pero el conductor se negó a llevarlos a otro lugar que no fuera la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol. Lograron después tomar otro taxi hasta la calle Fuencarral, donde vivía su novia y una amiga. El miedo a ser detenido les impedía acudir a un hospital.
El padre de la amiga, médico, al ver la gravedad de las heridas, avisó a la policía. Carlos fue trasladado al Hospital Francisco Franco (actual Gregorio Marañón), donde falleció a las cinco y media de la madrugada del 28 de septiembre, a pesar de las transfusiones y de que lograron extraerle la bala. Las personas que le acompañaban fueron llevadas a la Dirección General de Seguridad, donde fueron recibidas de forma chulesca por el conocido torturador de la Brigada Político Social (BPS) «Billy el Niño», que se atemperó al saber que no estaban detenidos. Aun así, la novia de Carlos permaneció retenida hasta la mañana siguiente.

Impunidad absoluta
A pesar de las descripciones precisas de los asesinos y de que varios testigos realizaron retratos robot de los pistoleros, no se produjo ninguna detención relacionada con el caso. Los casquillos encontrados nunca fueron cotejados con los de otros asesinatos, ni con la munición de las armas reglamentarias de la policía, ni siquiera con los del crimen de los abogados de Atocha, ocurrido meses después.
⇒ Ver: «¿Y qué contemplarán los hombres futuros cuando miren los ojos de los poetas muertos?»
Juan José Rosón, recién nombrado gobernador civil de Madrid, había asumido la responsabilidad del orden público, función hasta entonces reservada al jefe superior de Policía. Rosón, camarada de Rodolfo Martín Villa y Adolfo Suárez en la cúpula de Falange, mantuvieron intacta la estructura y la composición de las fuerzas policiales de la dictadura. Preguntado años después por el franquismo policial, declaró que no consideraba conveniente «trasladar o depurar a policías de extrema derecha, porque pueden ser buenos profesionales».
El padre de Carlos, Eduardo González Calderón, publicó una carta en la revista Triunfo un año después del asesinato de su hijo reclamando a las autoridades que aclararan los hechos. Nunca obtuvo respuesta.

Poesía y memoria
Carlos González escribía poesía. En el momento de su asesinato llevaba un poema en el bolsillo. Como tantos otros jóvenes muertos por balas policiales durante la Transición, buscaba en la poesía «explicarse la vida y tratar de encontrarle la esencia».
En la Facultad de Económicas de la Complutense, en el campus de Somosaguas, un mural presidía la entrada del edificio “Prefabricado” con un verso suyo: «¿Y qué contemplarán los hombres futuros cuando miren los ojos de los poetas muertos?». Aquel mural, junto con otros muchos que pintaron los estudiantes con dinero recaudado en un festival, permaneció años a la intemperie hasta que alguien decidió borrarlo.
⇒ Ver: Carlos González Martínez, el poeta que quería ser humo
No fue hasta 2006, cuando se cumplían 30 años del asesinato, que el Tribunal Supremo reconoció a Carlos González como víctima del terrorismo. Sin embargo, su madre, Margarita Martínez Corredor, nunca logró que el Estado le concediera la indemnización que reclamaba.
Una transición a tiro limpio
El asesinato de Carlos González no fue un hecho aislado. En los meses previos, otros jóvenes cayeron abatidos en Elda, Vitoria, Basauri, Montejurra y Almería. Pero la fecha del 27 de septiembre tenía una carga simbólica especial para los verdugos. Un año después de los fusilamientos, el franquismo sin Franco volvía a matar en las calles de Madrid.
Como escribe Santiago González Vallejo en el libro 27 de septiembre 1975. La generosidad de la resistencia: “Los fascistas no podían dejar pasar la fecha del 27 de septiembre sin celebrarla. Reservaron la fecha negra para volver a golpear en la que consideraban capital de su triste imperio, hecho de plomo y caspa. No podían tolerar una manifestación contra los últimos crímenes de su tétrico caudillo sin prolongar el reguero macabro de su obra”.
Hoy, 50 años después, la pregunta de Carlos González sigue resonando: «¿Y qué contemplarán los hombres futuros cuando miren los ojos de los poetas muertos?». La respuesta, quizá, está en la memoria que se niega a olvidar y en la lucha por la justicia que nunca llegó.

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* Este texto es parte del libro «La transición. 50 años de un relato tergiversado». El Garaje Ediciones. 2026 (Próxima publicación).
Más artículos del autor. Miembro de la Asamblea de Redacción de LQSomos.
@InakiAlo
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