Aborregamiento Colectivo
Por Joan Martí
La Sistematización de la Estupidez: Un Análisis de la Crisis Sociocultural Contemporánea
Introducción: Redefiniendo la Amenaza Existencial
En el imaginario colectivo, las amenazas que se ciernen sobre la humanidad suelen concebirse como eventos externos y catastróficos, tales como una guerra nuclear, el colapso climático o un impacto astronómico. Sin embargo, un análisis introspectivo de la dinámica social actual sugiere que el peligro más insidioso, además de exógeno, es endógeno: es una simple pero progresiva y sistémica «estupidización» del humano, tanto en lo individual como en lo colectivo. Este fenómeno se caracteriza por el desprecio global hacia el conocimiento, la glorificación de lo banal y la sistematización de la imbecilidad, elementos que, en conjunto, amenazan con conducir a la humanidad hacia la propia autodisolución. Vivimos en una era en la que la voz más ruidosa se confunde con la más sabia, científica y documentada, y el escándalo se premia por encima de la razón; en una realidad donde la estupidez no solo se tolera, sino que se celebra y se exhibe; tanto por el influencer en sus videos monetizados como por su fan o seguidor en el almuerzo con los amigos.
La Inversión de Valores en el Discurso Público
Una de las manifestaciones más evidentes de esta crisis es la devaluación del conocimiento en la esfera pública. Se observa una notable ausencia de sabios y expertos en la conversación social dominante. En su lugar, el espacio público es ocupado por aquello que genera más ruido y espectacularidad; el “tertulianismo cuñadil” de teles, radios y podcasts. El contenido superficial ha reemplazado a la verdad como bien cultural, y el mérito se mide en unidades de viralidad, como «likes» o visualizaciones, en lugar de por la solidez de los argumentos y su constatación empírica. La captura de la atención como sea, mediante el clickbait truculento y engañoso, se convierte en el objetivo de todo video, cuyo contenido en la mayoría de los casos es una sucesión de palabrería retórica, carente de sentido sintáctico, que “estira” el tiempo del visionado, a menudo animándote con un “quédate hasta el final y te contaré el secreto” o similares frases. Se trata de retener tu permanencia viendo el video para que el algoritmo de Youtube aumente la monetización y la cuenta bancaria del influencer.
Esta dinámica premia sistemáticamente lo banal en detrimento de lo profundo. Un video sin mensaje ni valor intelectual puede acumular millones de visualizaciones, mientras que un discurso filosófico o una charla científica apenas alcanza una audiencia mínima. Al recompensar con nuestra atención, interacción y difusión este tipo de contenido, enviamos un mensaje claro: el entretenimiento vacío es más valioso que el conocimiento o los valores. El problema no es la existencia de personas superficiales, que siempre las ha habido, sino que la estructura social actual las ha elevado a la categoría de referentes, otorgándoles plataformas, atención y, lo que es más peligroso, autoridad moral y discursiva a cargo de su fan, quien le sigue, propaga su mensaje, da likes y hasta se une al canal por 2,99 euros/mes.
Mecanismos de Propagación: Algoritmos y Sesgos Cognitivos
Esta tendencia no es un accidente, sino el resultado de sistemas diseñados para capturar y retener la atención humana. Los algoritmos que gobiernan las plataformas digitales y los medios de comunicación están optimizados para apelar a nuestros impulsos más básicos: miedo, odio, deseo, alegría… Se estima que solo un 1% del contenido consumido masivamente posee alguna profundidad intelectual. Estos sistemas explotan activamente nuestros sesgos cognitivos. Saben qué mostrarnos, cuándo y por cuánto tiempo para mantenernos enganchados, creando un ciclo de consumo pasivo. Videos de 15/25 minutos, estirados artificialmente en su duración y en nuestra atención, para contarnos una o dos ideas banales, indocumentadas y habitualmente acientíficas, falsas y a veces conspiranóicos.
En este ecosistema, la verdad objetiva pierde relevancia frente a la validación de opiniones preexistentes. Los individuos prefieren consumir información que, aunque sea una exageración o falsa, refuerce sus propias creencias. Esto genera una dinámica perversa en la que los actores políticos y mediáticos que tratan a la ciudadanía como «imbéciles» obtienen mejores resultados, ya sean votos o índices de audiencia, perpetuando así el ciclo. Surge así la disyuntiva de «el huevo y la gallina»: ¿los contenidos son superficiales porque la audiencia los demanda, o la audiencia se ha acostumbrado a la superficialidad porque es la oferta dominante?
La Inteligencia Artificial como Amplificador de la Crisis
La irrupción de la inteligencia artificial (IA) en todos los aspectos de nuestra vida añade una dimensión crítica a este problema. La IA aprende de los datos que le proporcionamos. Si el universo de datos con el que se entrena está compuesto mayoritariamente por contenido banal, sesgado y superficial, la IA no solo replicará estos patrones, sino que los amplificará a una escala sin precedentes.
La paradoja reside en que, mientras nos preocupamos por una futura «toma de conciencia» por parte de la IA, hemos renunciado a la nuestra. Una IA consciente, al analizar el comportamiento humano actual, podría justificar lógicamente la necesidad de intervenir para evitar la autodestrucción de la especie. Resulta irónico que sea una inteligencia artificial la que advierta sobre un riesgo que ella misma podría potenciar de manera exponencial.
Conclusión: Hacia una Responsabilidad Cognitiva Individual
El resultado de esta inmersión constante en la superficialidad es un vacío existencial y una creciente incapacidad para afrontar los desafíos reales de la vida. Aunque la búsqueda de lo fácil, rápido y simple parece ofrecer una forma de libertad, en realidad nos convierte en prisioneros de un sistema que atrofia nuestra capacidad de pensamiento crítico. En la sociedad actual, virtudes como la responsabilidad, la preparación y el esfuerzo no son «trending»; al contrario, la sabiduría o el conocimiento o la ciencia puede generar incomodidad y rechazo social.
La única vía para contrarrestar esta deriva es un acto de voluntad individual y consciente. Esto implica silenciar el ruido mediático y político que consume nuestra energía y desvía nuestro foco. Requiere dejar de consumir contenidos que, bajo el disfraz de humor o entretenimiento, apelan a nuestros instintos más bajos. Es fundamental buscar conversaciones y contenidos que aporten valor, e incluso aprender a estar momentos en soledad para reflexionar sobre nuestra propia vida, en vez de ser carne de consumo del tecno feudalismo de los señores de Facebook, WhatsApp, Tic-Toc, Youtube, etc. y de los avispados influencers; nuevos ricos del ecosistema borreguil.
En última instancia, cada individuo se enfrenta a una pregunta fundamental cada vez que consume información: ¿esto contribuye a mi sabiduría o me convierte en un partícipe más de la imbecilidad colectiva? Si la respuesta es insatisfactoria, el único camino es cambiar el chip y despertar un poco…
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