Multipolarismo en marcha

Multipolarismo en marcha

Por Herta Manenti*

En la apertura de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Tianjin, el 31 de agosto pasado, el presidente de la República Popular China, Xi Jinping citó, un pasaje del Dao De Jing (cap. 35): “Quien sostiene la Gran Imagen, hacia él se orienta el mundo. Y lo hace sin sufrir daño, encontrando paz y seguridad”

China, la Organización de Cooperación de Shanghái y el desafío para la izquierda europea

En los comunicados oficiales, la frase se presentó como un proverbio, pero su sentido era evidente: un mensaje dirigido no al público externo, sino al pueblo chino. La “Gran Imagen” (dàxiàng) remite al Dao (o Tao), el principio natural que guía sin forzar, y el corazón del pasaje es “no dañar”. Xi tranquilizó a la nación: China no actuará en términos conflictivos, no se dejará arrastrar al juego de las provocaciones externas. Una alusión breve pero poderosa, que habla al ADN cultural chino y reafirma la continuidad y la medida como fundamento político.

En los últimos meses, muchos medios occidentales se han centrado en supuestas fracturas internas. El diario estadounidense The Washington Post habló de más de 45 altos oficiales destituidos, La agencia de noticias británica Reutersdescribió las purgas como un obstáculo para la modernización del ejército, y think tanks como The Diplomaty la Jamestown Foundation especularon sobre luchas de facciones. Freedom House, a su vez, vinculó tensiones económicas y sociales con un supuesto “declive político”. Todo converge en un mismo mensaje: China sería débil, inestable, próxima a implosionar.

Analicemos estos datos. Desde 2012, la campaña anticorrupción ha sido llevada a cabo por el liderazgo de Xi y se castigó a importantes personalidades como Zhou Yongkang y Bo Xilai. En 2018, la mención de la Ley de Auditoría, institucionalizó la campaña a través de la Comisión Nacional de Auditoría. Esto resulta no en una emergencia, sino un método de gobierno: evitar la formación de centros autónomos de poder en las esferas militar, industrial o local. El sector militar es emblemático. Desde 2023, la campaña tocó al Eastern Theater Command, responsable del frente de Taiwán, y a la industria de defensa. Occidente leyó estos hechos como signo de crisis; sin embargo, el “Libro Blanco sobre la Defensa de 2024” habló claramente de “construcción política del ejército” y de “gobernar el ejército según la ley”. Los datos lo confirman: en 2025 la inversión en investigación y desarrollo militar-industrial aumentó 17%. Disciplina y modernización avanzan juntas, no en contradicción.

La misma lógica se aplicó a la gestión de la cuestión de Taiwán. Xi evitó que los impulsos más radicales de nacionalistas y sectores militares se transformaran en aventuras peligrosas. De esta manera rechaza el doble vínculo comunicativo impuesto por Washington: si no usas la fuerza eres “débil”, si la usas eres “agresor”.

Cooperación en lugar de guerra

La cumbre de la OCS en Tianjin mostró la distancia entre las narrativas occidentales y la realidad. Más de veinte líderes, entre ellos Vladimir Putin de Rusia y Narendra Modi de India, se reunieron no para discutir de guerras, sino para reforzar instrumentos de cooperación. Xi reafirmó tres líneas: rechazo a la mentalidad de Guerra Fría, centralidad del derecho internacional y de las Naciones Unidas, construcción de una gobernanza global más justa.

Las decisiones concretas hablan más que mil análisis: propuesta de un banco de desarrollo de la OCS; asignación de 2.000 millones de yuanes en ayuda y 10.000 millones en préstamos; creación de un centro de cooperación en inteligencia artificial; apertura de la estación de investigación lunar china a la cooperación multilateral. La Declaración final reafirmó soberanía, desarrollo compartido y el papel central de la ONU y de la OMC.

El contraste con el modelo euroatlántico es evidente. La OTAN impone cuotas obligatorias de gasto militar; la OCS no prevé tales vínculos. La UE decide por mayoría, con divisiones frecuentes (como el veto húngaro de 2025 a las sanciones), mientras que la OCS funciona por consenso. El uso del yuan crece en los pagos regionales, confirmado por los datos de SWIFT. Infraestructuras como el ferrocarril de ancho estándar en Kenia (2024) y la zona industrial de Lekki en Nigeria muestran resultados tangibles de cooperación, en oposición directa a las bases militares occidentales.

La OCS no es una alianza militar, sino una plataforma político-económica que atrae precisamente porque no impone.

Europa, vista en este marco, aparece en crisis de identidad. Incapaz de construir una estrategia autónoma, sigue ligada a las decisiones de Estados Unidos. En 2025, el gasto para la defensa autónoma europea era apenas el 1,2% del PIB. Pero con el regreso de Trump, en el verano de 2025, llegó la imposición de aumentos inmediatos: ahora se habla de umbrales de hasta el 5% del PIB. Ya no es una decisión soberana, sino una obligación.

La respuesta europea es una carrera musculosa: más armas, más sanciones, más retórica de seguridad. Una reacción tardía, que resuena con los versos de Rainer Maria Rilke en las Elegías de Duino: “Superados y tardíos, de repente nos empeñamos en enfrentar los vientos, y caemos en el estanque indiferente”.

Ese estanque indiferente no es pasividad: es la autonomía del Sur Global, que ha dejado de inclinarse ante las narrativas de Occidente. Mientras Europa se debate entre dependencia y militarización, la OCS ofrece una alternativa basada en la interconexión y el desarrollo compartido.

En procura de espacios autónomos

El Sur Global está definiendo nuevas trayectorias. En 2023, China medió en la reconciliación entre Irán y Arabia Saudita, rompiendo el monopolio de Washington sobre la diplomacia regional. En África, la cooperación con el ferrocarril Nairobi-Mombasa o la creación de la zona industrial de Lekki en Nigeria son verdaderos ejemplos de cooperación. En América Latina, el presidente brasileño Lula Da Silva declaró en la cumbre de los BRICS de 2023: “No queremos nuevos imperios, queremos un mundo multipolar”. La invitación extendida entonces a países como Argentina, Arabia Saudita y Egipto atestiguaba esa apertura, aunque el cambio político en Buenos Aires llevó al retiro de la candidatura argentina. Aun así, la trayectoria es clara: el Sur Global busca espacios autónomos, y los BRICS+ son su expresión más visible. En Oriente Medio, Raisi afirmó: “La paz ya no pasa por Washington”, tras el entendimiento saudí-iraní. En el expediente palestino, China insistió en el primado del derecho internacional, mientras en Occidente predominan ambigüedades y complicidades.

No son lemas, sino prácticas: proyectos, acuerdos, infraestructuras, nuevas plataformas de cooperación. Ese conjunto de actos concretos es lo que hace atractiva a China y a la OCS.

Una alternativa concreta al unilateralismo

La Gran Imagen evocada por Xi no es un artificio retórico: es la idea de un centro que atrae sin imponerse, que orienta sin dañar. Este principio encuentra expresión concreta en la Iniciativa de la Franja y la Ruta, en los BRICS con sus instrumentos financieros alternativos, en la Global Development Initiative, en la Global Security Initiative y en la Global Civilization Initiative, que sitúan el desarrollo, la seguridad y la diversidad cultural como bases de la cooperación. También la OCS, con la propuesta de un banco de desarrollo, nuevos instrumentos de crédito, un centro de inteligencia artificial y la apertura de la estación lunar a la colaboración, se inserta en ese mismo camino.

Todas estas iniciativas no implican la creación de un orden mundial paralelo que reemplace las instituciones existentes, sino una actualización profunda del sistema vigente. Y al mismo tiempo constituyen una alternativa concreta al unilateralismo, porque recuperan el derecho internacional y lo adaptan a la realidad multipolar de hoy.

La Gran Imagen, planteada en la apertura de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, se convierte así también en el cierre del círculo: una alternativa que no se impone con la fuerza, sino que atrae por coherencia y estabilidad. Para la izquierda europea, este es el nudo político: elegir si permanecer atrapada entre un unilateralismo hegemónico con sabor cada vez más de extrema derecha, de impronta militar, o construir finalmente un nuevo internacionalismo que no reniegue de la tradición, pero que participe activamente, con su voz, en la promesa de emancipación que ofrece el mundo multipolar que ya está aquí.

* Herta Manenti es sinóloga y analista de relaciones internacionales. Trabaja en geoeconomía y diplomacia multilateral, con foco en China–UE. Colabora con el think tank Transform de la izquierda europea y con el Ward Research Institute como consultora en relaciones China–Europa. Escribe regularmente en medios periodísticos de Italia, donde vive. Nota de  Tektónikos.

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