La 4T de México, en medio de un delicadísimo tablero geopolítico
Por Fernando Buen Abad Domínguez*
México continúa siendo una pieza central del continente: la economía, la complejidad y diversidad poblacional, el peso diplomático y la vecindad con los Estados Unidos, sitúan al país —que es hoy— en un papel estratégico. Nada fácil. Al mismo tiempo, convive con problemas de violencia por influencia de organizaciones criminales, desigualdades territoriales, adeudos políticos históricos y tensiones políticas. Todos de larga data.
El proceso que lidera Sheinbaum pone en el centro la soberanía y la transformación social
En este tablero, la presidencia de Claudia Sheinbaum representa, para muchos, la continuidad de un proyecto que debe consolidar una “cuarta transformación nacional” con proyectos de autonomía regional y reconfiguración del rol internacional mexicano. Su política exterior —que defiende la soberanía, apoya causas populares y critica bloqueos— es parte de ese deseo de rediseñar relaciones de poder globales desde lo latinoamericano. Por ejemplo, su defensa pública a Cuba y a Venezuela contra el bloqueo económico de Estados Unidos refleja una voluntad de solidaridad latinoamericana y de afirmación de independencia diplomática.
Hoy México, se mueve sobre un tablero complejo y contradictorio, donde conviven posibilidades emancipadoras con profundas tensiones estructurales y choques simbólicos, el país se tensiona entre las dimensiones de soberanía nacional, conflictos internos, incertidumbres sociales y una ofensiva ideológica de gran magnitud. Ese lugar que ocupa México hoy en los desafíos que lo atraviesan añade mil sinrazones por los ataques que Sheinbaum sufre, como síntoma de lucha por la hegemonía simbólica, económica y geopolítica.

En ese delicadísimo tablero, latinoamericano también, se dibuja un eje de tensión insoslayable, la relación con Estados Unidos bajo la conducción beligerante y abyecta de Donald Trump, un actor que vuelve a poner en jaque a México como engranaje estratégico del capital transnacional y la industria global. La imposición de aranceles —que bajo su administración ya alcanzaron tasas absurdas sobre automóviles, acero, aluminio, cobre e incluso productos no cubiertos por acuerdos comerciales— representa un mecanismo de coerción económica y geopolítica diseñado para afirmar una supremacía asimétrica que castiga la dependencia estructural de México hacia el mercado norteamericano.
Ese recurso arancelario no actúa como una simple política comercial, sino como un instrumento de disciplina, un chantaje brutal para provocar fragilidad de la soberanía económica y vulnerar del tejido productivo local frente a decisiones imperiales. Para un proyecto como el de Claudia Sheinbaum en la 4T —que aspira a consolidar autonomía, dignidad nacional y reconfiguración del papel internacional de México, desde una mirada latinoamericanista—, ese tipo de embate implica no sólo un desafío económico inmediato, sino también una urgencia política y simbólica, resistir las presiones que buscan someter la soberanía comercial y definir el sentido de lo posible en función de intereses extracontinentales.
Los desafíos puertas adentro
Pero este proyecto enfrenta asimismo desafíos internos muy complejos. La persistente violencia inducida, derivada del crimen organizado con bases en EEUU mayormente, las no pocas demandas sociales insatisfechas, la crisis de seguridad, también fabricada en buena medida por las derechas, configuran un panorama de dificultad persistente. A poco de su asunción, algunas, siempre cuestionables encuestas, indican que 63 % de la población consultada considera que la inseguridad sigue siendo el principal problema del país. Aunque Sheinbaum mantiene niveles de popularidad significativamente altos —en parte por la imagen de honestidad, austeridad y combate al narcotráfico que dirige— esa percepción ciudadana evidencia la existencia de una batalla mediática financiada y operada contra el relato oficial y la propia democracia que lo eligió. Esa disputa entre expectativas, narrativas y realidades es, además, terreno fértil para las ofensivas políticas, mediáticas e ideológicas contra la mandataria.
Sheinbaum misma denunció una ofensiva sostenida: “este mes que pasó fue duro”, dijo en referencia a un cúmulo de críticas, “campañas de desinformación con bots” y ataques provenientes de la oposición. El éxito de ciertas políticas, la declaración de apoyos internacionales —como la defensa de Cuba y Venezuela— y la reconfiguración del papel internacional de México generan resistencias desde actores internos de ultraderecha, asociados con otros externos, que se sentían dueños del gobierno y del Estado.
En este marco, los ataques a Sheinbaum son parte de una operación más profunda. La disputa por el sentido de lo que debe ser México en el siglo XXI. Hay quienes buscan restaurar viejas estructuras de poder corrupto, privilegios económicos o alianzas con intereses transnacionales; otros, los que apoyan la “transformación”, aspiran a una reinvención soberana, social y cultural. Por ello, un gobierno como el de Sheinbaum —que combina batallas de dignidad nacional con políticas sociales, acciones de redistribución, presencia internacional crítica y voluntades de cambio— se convierte en blanco permanente de lo que podríamos llamar guerra simbólica financiada por las derechas y ultraderechas. Aliadas de Trump. Por cierto.
Alunas razones de fondo: petróleo, agua, riquezas minerales, ganaderas, agrícolas, marítimas… turismo, geoestrategia de mares y de golfos, además de mano de obra barata. Los ataques responden también a condiciones objetivas, las ambiciones vendepatria de los sectores enriquecidos acicatean una “crisis social”, inseguridad, las desigualdades que usa cada asesinato, cada protesta, como panacea para los reclamos contra la falta de resultados y oportunidad para erosionar la legitimidad del gobierno, para canalizar frustraciones hacia una figura visible y para debilitar un proyecto colectivo que aspira a articular lo nacional con lo latinoamericano. La reciente oleada de protestas de operadores disfrazados, muchos de ellos, como “campesinos” contra la nueva regulación del agua, por ejemplo, ilustra lo delicado es ese equilibrio entre la Cuarta Transformación y la resistencia conservadora.
Al mismo tiempo, este México de hoy liderado por Sheinbaum no renuncia a disputar su propio relato. La gran manifestación en el Zócalo en diciembre de 2025 —donde decenas o cientos de miles de personas respondieron al llamado presidencial bajo lemas de respaldo a la transformación— simboliza esa voluntad de apoyo popular, movimiento de masas de reafirmación colectiva frente a la ofensiva mediática y política. Esa masa social no es homogénea ni complaciente, jamás lo ha sido, muchas personas exigen frenos a la violencia, justicia, bienestar, alivio a la desigualdad. Pero su presencia apunta a una certidumbre transversal que México no es una mera ficha subordinada de los poderes hegemónicos, sino un sujeto político con voz, memoria y aspiraciones latentes. Un movimiento de masas realmente activo en el apoyo.
La Cuarta Transformación
Además, la 4T ha impulsado transformaciones estructurales de gran calado que aspiran a redefinir derechos fundamentales y la configuración del Estado. Por ejemplo, se ha iniciado una profunda Reforma Judicial destinada a democratizar el aparato de justicia federal, y por el voto popular, renovar jueces y tribunales y reestructurar el sistema con miras a combatir la impunidad, fortalecer la aplicación de la ley y reducir privilegios corporativos heredados, lo que representa un paso hacia una justicia más probidad para sectores históricamente vulnerables. Asimismo, con la reciente aprobación de la Ley General de Aguas, se redefinió el agua como bien público, priorizando su carácter social y ambiental sobre las concesiones privadas —una decisión clave en un contexto de crisis hídrica, desigualdad territorial y derechos vulnerados—, lo que abre posibilidad real de democratizar el acceso al recurso vital y limitar las privatizaciones del agua. En materia laboral, el gobierno ha decretado un nuevo aumento general del salario mínimo —elevándolo para 2026 en un 13 %—, con lo que millones de trabajadores ganan un ingreso más digno, reforzando su poder adquisitivo y combatiendo los niveles de pobreza e informalidad. Y complementariamente, se estableció un plan para reducir gradualmente la jornada laboral semanal desde 48 a 40 horas, sin recorte de salario ni prestaciones, lo que aspira a mejorar la calidad de vida, el tiempo libre, la salud y la dignidad del trabajo, recuperando para el pueblo la noción de trabajo como derecho humano, no como condena.
Desde un enfoque humanista inspirado en la tradición crítica, debe entenderse que la crisis, la violencia, la lucha simbólica y los conflictos no son meras “cuestiones de orden público” o “asuntos internos de gobernabilidad”. Son parte de una configuración histórica y mundial más amplia en un continente marcado por la dependencia, la subordinación económica, las herencias coloniales, las luchas por la soberanía, las desigualdades estructurales, las heridas abiertas de la modernidad y del capitalismo global. México, por su peso demográfico, su historia, su geoestrategia, su economía y su cultura, se alza como un eje de articulación posible para una Latinoamérica que aspire a recomponerse desde la dignidad, la justicia y la autonomía. En ese sentido, la presidencia de Sheinbaum representa una oportunidad, una grieta en el régimen hegemónico, una chance de reescribir sentidos colectivos, identidades latentes y horizontes de liberación. Es su sino.
Sabemos que los ataques contra ella no son hechos aislados ni sólo personales, son expresiones de la lucha de clases, de la disputa simbólica, de la resistencia de los poderosos ante toda amenaza a su dominio. Son intentos de disciplinamiento mediático, de desgaste contra un proyecto se autodefine de izquierda, de intimidación económica, política y simbólica. México tiene urgencia de una transformación profunda, la necesidad de articular redes de solidaridad latinoamericanas, de repensar la soberanía, de transformar el tejido social lastimado por décadas por el bipartidismo de la peor corrupción que se tenga memoria.
Para los latinoamericanos, observar lo que ocurre en México no es un ejercicio que pueda verse como distante o ajeno, significa reconocerse en un espejo de nuestra propia historia continental, de nuestros propios conflictos, de nuestras propias posibilidades. El destino de México —nuestra lucha interna, nuestros desafíos, nuestras victorias económicas y simbólicas o nuestros fracasos— repercute más allá de las fronteras. Si un país latinoamericano logra erigir un proyecto de dignidad que resista presiones externas, desigualdades internas, mafias, redes de corrupción y guerras mediáticas, estará abriendo un camino que otros pueden recorrer. Por eso, la defensa de Sheinbaum no debe ser reducida a una cuestión partidaria o personalista, debe entenderse como parte de una causa mayor, una apuesta por la soberanía, por el derecho de los pueblos a decidir su destino, por la posibilidad de una América Latina emancipada de la dependencia, del imperialismo, de las corporaciones y de las estructuras coloniales de poder. Y también como un llamado a la responsabilidad colectiva: a construir conciencia crítica, a organizar resistencias, a no conformarse con narrativas dominantes, a recuperar la memoria, la dignidad, la justicia.
Este es el significado profundo del delicadísimo tablero económico y simbólico que hoy vive México. No es una batalla de egos, de lógicas electorales ni de meras disputas de poder. Es un pulso por la definición de lo que somos, de qué mundo merecemos, de qué Patria Grande imaginamos. Y en ese pulso, la palabra, la idea, el gesto, se vuelven armas. Las historias, los símbolos, los sueños colectivos, territorio de lucha. México —con sus grietas y promesas, su dolor y su esperanza— está en el epicentro de ese combate, y lo que decidamos ser como comunidad latinoamericana será también una decisión sobre qué futuro cultivamos juntos. Incluso contra los designios imperiales de Washington.
* Fernando Buen Abad Domínguez es filósofo, semiólogo y científico mexicano. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, máster en Filosofía Política y doctor en Filosofía. Es Rector Internacional de la Universidad Internacional de las Comunicaciones y fundador del Proyecto Universidad de la Filosofía. Director de la Cátedra Sean MacBride NOMIC-UICOM. En Argentina, docente en las universidades nacionales de Lanús y Avellaneda. Colabora en La Jornada de México y otros medios de Latinoamérica y Europa. Autor de varios libros individuales y colectivos, es también miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad y preside la Red de Estudios para el Desarrollo Social, REDS. Nota publicada en Tektónikos.
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