Entre la política y la religión: breve perfil del sociólogo decolonial R. Grosfoguel
Mapa de América decolonial
Por Francisco Cabanillas
La teología como lenguaje y teoría
religiosa sobre la realidad humana
pensada desde la fe, no se da en el vacío.
Samuel Silva Gotay
La colonialidad es asunto que analizo
cuidadosamente desde una visión que combina
dialécticamente los factores políticos, sociales y
religiosos.
Luis Rivera Pagán
Dios es ateo como yo.
Hugo Margenat
No, no estoy de acuerdo con el planteamiento, interesante como es, de Glenn Alcalay, “Trump is America’s Id,” publicado en Counterpunch en 2024. Trump no es el Id freudiano estadounidense para el Sur Global. Él es el ego de la República Imperial, sin ropajes humanitarios, democráticos ni liberadores. A quemarropa y entre disparates: Trump no ha hecho nada que no haya llevado a cabo antes Estados Unidos en, por ejemplo, América Latina, incluido el territorio no incorporado, con ciudadanía estadounidense, de Puerto Rico, sobre el que Grosfoguel se ha pronunciado en contra de la continuidad colonial, pero no a favor incondicionalmente de la independencia política, argumentando que en esa transición el archipiélago boricua pasaría de ser colonia a otra neocolonia caribeña a merced del imperialismo “gringo,” como titula su charla en YouTube: El colonialismo gringo en Puerto Rico durante el siglo XX y XXI (2025).
Tiempo mesiánico, el que vivimos, como plantea, siguiendo a Walter Benjamin, Ramón Grosfoguel, junta las temporalidades (presente, pasado y futuro) en un momento histórico específico —este “ahora”— que presagia lo desconocido y vislumbra redención.
Satánico, continúa Grosfoguel, implica, tanto para el creyente como para el ateo, el mal, la vileza del poder moderno-colonial inscrito en Trump, quien a su vez encarna el declive de la hegemonía unipolar estadounidense establecido desde la Segundo Guerra Mundial.
Ahora que los estudiosos del fascismo, como el filósofo Jason Stanley de la Universidad de Yale, huyen de la república federal constitucional hacia Canadá anticipando el golpe represivo del trumpismo, Grosfoguel asume públicamente la “visión de los venidos,” portavoces de la redención, para evitar, como puertorriqueño/latino en los Estados Unidos, que lo desconocido se convierta en monstruo, tornando la redención en maldición.
Desde la primera mitad del siglo (American Fascists, 2007), Chris Hedges cartografía la complicidad de la derecha cristiana estadounidense con el advenimiento del fascismo que Trump emblematiza, y que su actual secretario de Defensa, Pete Hegseth, muestra en sus tatuajes sobre las Cruzadas y el nacionalismo cristiano (“Deus Volt,” Dios lo quiere).
Extraoficialmente, en 2025, el Departamento de Defensa de Estados Unidos que preside Hegseth recupera su antiguo nombre de 1947: Departamento de Guerra.
Antes de su muerte en 2023, el filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel reafirma su identidad como cristiano marxista. También fallecido en 2023, el filósofo alemán-latinoamericano-costarricense Franz Hinkelammert tampoco se apartó de su cristianismo marxista, el cual, como lo hizo Dussel, vuelca sobre la Teología de la Liberación latinoamericana.
En ambos casos, la visión profética prevalece sobre la cristiandad de Constantino; ante el rechazo del estalinismo soviético y el marxismo-leninista dogmático, los dos anteponen una ética de la vida y del ser humano antes que la centralidad del estado (lo cual provoca que Ubaldo Oropeza tilde la propuesta de Dussel y de los decoloniales de “idealismo subjetivo” en el artículo al que se hará referencia al final de este ensayo).
Desde esa política cristiana, el giro decolonial de Grosfoguel —influido también por el filósofo boliviano-mexicano Juan José Bautista Segales (fallecido en 2021), alumno de Dussel y Hinkelammert— se abre a las cosmovisiones de los pueblos originarios de Abya Ayala y afrodiaspóricos que la “modernidad-colonial-occidental” ha borrado del pensamiento latinoamericano. Apertura que le exige dos movidas clave; primero, el rechazo del dualismo cartesiano imperante desde el siglo XVII y después, la incorporación de epistemologías holísticas de los pueblos excluidos.
La propuesta decolonial de Grosfoguel, contraria al racionalismo moderno del marxismo eurocéntrico, rechaza el ateísmo científico y filosófico que, desde el siglo XVIII, colma la modernidad europea; la cual Grosfoguel y sus iguales decoloniales, como serían Bautista Segales y Katya Colmenares, entienden, siguiendo a Dussel, como una secularización del cristianismo. Los pueblos latinoamericanos, sostiene Dussel, no son ateos —ni “jacobinos”—. ¿Por qué han de ser gobernados por estados que asumen “la religión” como “el opio de los pueblos”? La respuesta a esa pregunta requiere una descolonización, nunca un rechazo, del marxismo ortodoxo, el cual, para los fines de este perfil, se puede entender como un marxismo decolonial.
Dussel enfatiza el hecho de que la única civilización sometida a una limpieza de la racionalidad mítica y ritualista ha sido la moderna europea. El mito, aclara, no es sinónimo de irracionalidad; tiene su lógica y persigue su/s sentido/s (conservadores o progresistas). Otras maneras de entender y relacionarse con el mundo, lo que llama un “pluriverso epistemológico,” reclaman su política liberadora ante la hegemonía del pensamiento moderno, el cual Dussel define como irracional en la medida en que se ha impuesto mediante la fuerza y la destrucción de las civilizaciones periferias. De ahí que Grosfoguel se refiera a la civilización moderna como una de muerte.
Abierto a las cosmovisiones prehispánicas y afrodiaspóricas, Grosfoguel, como sociólogo-filósofo decolonial del siglo XXI, legitima la racionalidad mítica y ritualista de las civilizaciones periféricas de las Américas; con lo cual, por ejemplo, su visión de la naturaleza abandona el dualismo cartesiano sujeto-objeto. Desde esa perspectiva, la llamada “naturaleza” deja de verse como objeto del sujeto moderno que busca dominarla para asumirse como sujeto en una relación sujeto-sujeto.
Algo de esta visión de la naturaleza como sujeto, aunque desconectada del pensamiento decolonial latinoamericano, se puede ver en la Botánica del deseo (2001) de Michael Pollan, según la cual las plantas “coevolucionan” con los humanos de tú a tú, ofreciéndoles lo que de ellas buscan para perpetuarse en ese diálogo de iguales asimétricos. Los tulipanes, continúa Pollan, coevolucionan al proveer belleza a la humanidad; las manzanas hacen lo mismo ofreciendo dulzura; la mariguana, ensoñación y olvido; y la papa, poder.
El giro decolonial en Grosfoguel plantea que, en el contexto latinoamericano y caribeño, el ateísmo ortodoxo marxista no es liberador, sino colonial; sujeto a descolonización. Dussel escribió Las metáforas teológicas de Marx (1993) para esclarecer la estrecha relación del crítico del capital con la teología cristiana, la cual, según Dussel, Marx invierte, mostrando el dinero como el nuevo Dios.
La apuesta por un marxismo decolonial (antiimperialista, anticlasista y antieconomicista), holístico y respetoso de cosmologías y espiritualidades milenarias, así como también de la alteridad ontológica, retrata la macropolítica que persigue Grosfoguel tras haber integrado a su sociología, integradora del “sistema mundo” de Emmanuel Wallenstein, la sabiduría que, desde México, ha impartido Dussel —a quien critica, desde otro discurso decolonial, el filósofo colombiano Santiago Castro Gómez, extendiendo su crítica a Grosfoguel, con quien el colombiano escribió, antes de la escisión, El giro decolonial: reflexiones para una diversidad epistémica más allá del capitalismo global (2007)—.
Teniendo en cuenta esos ajustes teóricos, escuchar una charla de Grosfoguel —hay muchas en YouTube; en la revista Tabula Rasa están disponibles varios de sus artículos, y están también su libro Colonial Subjects: Puerto Ricans in a Global Perspective (2003) y el más reciente, De la sociología de la descolonización al nuevo antiimperialismo decolonial (2022)— resulta en una escucha interesante, cargada de tensiones en proceso de resolución. Sin declararse izquierdistamente religioso ni seguidor de la teología de la liberación, como Dussel y Hinkelammert, Grosfoguel articula las propuestas de las cosmogonías que, como la Pachamama incaica y el Ubuntu africano, resisten, sobre la base de una alteridad epistemológica y ontológica, la tachadura y la homogeneización del pensamiento moderno (instrumental, colonialista y ateo).
“Reírse,” como antes autorizaba el marxismo eurocéntrico, de los rituales practicados por las comunidades originarias de las Américas al momento de cultivar la tierra, es algo que el giro decolonial no le permite hacer a la sociología de Grosfoguel, pues esos rituales están infundidos de una subjetividad atada a unas comunidades que han constituido su civilización sin necesidad de la modernidad y su ciencia (siempre política, sin por eso dejar de ser ciencia).
En este momento, el lector que antes disfrutaba del ateísmo del prolífico filósofo francés Michel Onfray, recula; lo que antes le parecía una propuesta materialista cabal, nunca marxista, pero de izquierda, ahora parece una muestra fidedigna del racionalismo eurocéntrico propuesto como universal. Según comenta el filósofo argentino Darío Sztajnszrajber en una de sus clases por YouTube sobre el Tratado de ateología. Física de la metafísica (2005) de Onfray, en el que este desmonta los tres monoteísmos de las “religiones del Libro,” el ateísmo de Onfray carece de dudas. Está completamente convencido de su verdad, que considera como la única verdad posible —crítica que le hace Ubaldo Oropeza a los decoloniales— para un sujeto moderno, no “infantil,” instalado en la ciencia. Certeza que Sztajnszrajber no comparte, ya que, al no creer en la verdad, se declara agnóstico, aunque con ganas de creer, pero sin poder hacerlo.
Ante la furia del trumpismo que, con la complicidad de la derecha cristiana estadounidense prevista por Chris Hedges en 2007, hunde el país en lo que Jason Stanley, autor de Facha: cómo funciona el fascismo y cómo ha entrado a tu vida (2018), percibe como un fascismo proclive al “antiintelectualismo,” determinado a “erosionar” las “estructuras democráticas” tras el llamado “mítico” de “Hacer América Grande Otra Vez” y la “estrategia” de “nosotros” (los blancos anglosajones protestantes) versus “ellos” (los demás a su izquierda); ante esa furia, el marxismo decolonial de Grosfoguel, necesariamente antieconomicista, aniimperialista, antipatriarcal, anticlasista, antirracista, antisexista, antiecocida, antipederasta y provida (individuo-comunidad- nación-solidaridad internacional), confronta el mal (satánico) del fascismo nacionalista cristiano, evangélico y carismático, vinculado también a la teología de la prosperidad (Paula White-Cain, exasesora espiritual de Trump).
Tiempos mesiánicos (Benjamin-Grosfoguel) en los que, según plantea el pedagogo Henry Giroux en Truthout, “la violencia es estetizada, la crueldad es normalizada y el militarismo es presentado como entretenimiento, con el fin de entrenar a la gente a ver la dominación no como catástrofe, sino como una emocionante demostración de poder” (2026) (traducción nuestra).
Desde el independentismo puertorriqueño, la afinidad con la sociología decolonial de Grosfoguel incide en el anticolonialismo y el antiimperialismo, pero se distancia de lo que el sociólogo llama “complicidad subversiva,” pues esta endosaría la anexión de Puerto Rico a los Estados Unidos —que define como “democracia radical decolonial”— en tanto y en cuanto esa unión correspondiera con la toma de conciencia de los puertorriqueños para luchar, desde dentro y junto a otros grupos progresistas estadounidenses, contra la colonialidad del poder nacional e imperial —canje que, por supuesto, el independentismo rechaza—.
En estos momentos, Grosfoguel destaca como el intelectual puertorriqueño de más alcance —¿lo fue antes el sociólogo de la salsa Ángel Quintero Rivera en la zona del Caribe? —. Como plantea Wilkins Román Samot en El Post Antillano: “Es un hecho que nadie hoy puede negar dentro de Puerto Rico, o fuera. Vamos, que como él [Grosfoguel] hoy ni ayer, Puerto Rico no ha dado otro sociólogo igual, salvo que sea Eugenio María de Hostos y Bonilla (1839-1903)” (2025). Por lo cual, el pensamiento grosfogueliano llega a determinados grupos de Estados Unidos, América Latina, Europa, África y Asia en menor medida.
Desde Berkeley, California, Grosfoguel llama a una política decolonial antiimperialista entre los latinos de Estados Unidos para desmontar jerarquías raciales, culturales y epistémicas que los prepare para luchar, como resume Román Samot en otro artículo de El Post Antillano, “contra la guerra, la brutalidad policial, el neoliberalismo y la destrucción ambiental, ofreciendo alternativas éticas, políticas y epistémicas al ‘mundo antiético del imperio. Buscan un futuro transmoderno, diverso y decolonial, más allá de la modernidad eurocéntrica” (2026).
En América Latina el discurso de Grosfoguel llega marcadamente al contexto bolivariano de Venezuela, donde periódicamente ofrece seminarios decoloniales en los que —por diferenciar los socialismos del siglo XX y el XXI, su endoso de la comuna (y habría que incluir su cristianismo revolucionario)— define a Hugo Chávez como pensador decolonial. También toca con peso sectores de la academia costarricense y, a través de entrevistas radiales, grupos indigenistas de Guatemala. En Bolivia inauguró en 2025 el Seminario de Teología de la Liberación; del resto de las poblaciones andinas se ocupa en su teoría decolonial —sin olvidar “los marxismos negros” de Estados Unidos y “el pensamiento descolonial de los afro-caribeños”—. En Europa, ofrece seminarios decoloniales en la península ibérica bien recibidos, sobre todo en las comunidades autónomas como Galicia, Cataluña y el País Vasco.
Para una crítica al pensamiento decolonial desde el marxismo trotskista y leninista, el lector puede consultar el artículo de Ubaldo Oropeza publicado en Rumbo Alterno, “Marxismo y decolonialidad: entre la revolución y el reformismo” (2023):
Se pueden decir muchas cosas de esta cita y la anterior [de Dussel y Grosfoguel]. Los dos teóricos del decolonialismo dicen que no pueden terminar con el Estado, sino fortalecerlo y tomarlo desde dentro, estas son las tesis centrales del reformismo. Recordemos que el Estado es una herramienta de opresión de una clase sobre otra, el querer “tomar” el actual Estado, implica entrar a un Estado burgués y quererle cambiar. Esto lo han intentado mucho antes de los decoloniales y en todos los casos los nuevos administradores el aparato estatal tiene que cumplir las leyes del capital, no importa si son indígenas –Evo–, negros –Obama– o mujeres –Kamala Harris–.”
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