EEUU ante el hipotético próximo ‘crash’ bursátil, el dólar, China
Por Pedro Barragán*
«El dólar se ha comportado como activo refugio en momentos de crisis. Cuando los mercados colapsan, los inversores venden activos de riesgo y compran dólares y bonos del Tesoro estadounidense. Esto podría seguir ocurriendo en un primer momento, incluso si el epicentro del crash es EEUU La confianza global en el dólar está tan arraigada que, ante el caos, muchos seguirán corriendo hacia él por inercia…»
Nadie puede predecir el futuro. Pero el estudio de la historia y de los mercados facilita hacer previsiones. La posibilidad de un próximo crash bursátil no es una ciencia exacta, pero hay señales que lo anticipan. No es seguro que ocurra de forma inminente, pero el riesgo está claramente al alza.
Al margen de que el capitalismo y los mercados bursátiles son cíclicos, un crash bursátil en los próximos años no es inevitable, pero cada vez parece más probable. No hay una alarma exacta que lo anuncie, pero las señales de advertencia están ahí. Lo que tenemos ahora es un cóctel peligroso de deuda excesiva, política monetaria agresiva, valoraciones infladas y tensiones geopolíticas que podrían desencadenar una corrección severa o incluso una caída abrupta de los mercados.

Estados Unidos acumula una deuda pública que acaba de superar esta semana los 38 billones de dólares, tras crecer en dos meses en un billón de dólares. Este nivel de endeudamiento no solo genera presión fiscal, sino que, con tipos de interés elevados, hace que el coste de financiar esa deuda sea cada vez más insostenible (un billón de dólares al año, por encima del presupuesto anual del Pentágono). A esto se suma el hecho de que muchas empresas y consumidores también están altamente apalancados. Si las condiciones crediticias se endurecen, el riesgo de impagos y quiebras aumentará.
Por otro lado, la Reserva Federal se encuentra ante un dilema: si mantiene los tipos de interés altos para controlar la inflación, puede provocar una recesión; pero si los baja demasiado pronto, puede reactivar las burbujas especulativas que ya amenazan con estallar.
Además, los mercados bursátiles —especialmente en el sector tecnológico— están mostrando valoraciones que muchos analistas consideran excesivas. Las acciones cotizan a múltiplos históricamente altos, lo que significa que cualquier cambio en el sentimiento del mercado podría desencadenar una venta masiva. Y eso sin contar la creciente inestabilidad global: guerras, tensiones comerciales lanzadas por EEUU (tras lanzar Trump su escalada de aranceles con China el 2 de abril de este año el Dow Jones se desplomó más de un 14% hasta que Trump echó marcha atrás y las bolsas se recuperaron a partir del lunes 7 de abril), disrupciones en las cadenas de suministro. Todo suma riesgo.
Durante más de una década, los mercados han funcionado con una liquidez artificial generada por políticas de estímulo extremo. Pero ese soporte se está retirando, y lo que queda es un sistema acostumbrado al dinero fácil pero ante una realidad más dura. En este contexto, una caída bursátil no debería sorprender a nadie.
¿Si este crash se produce, qué pasará con el dólar?
Históricamente, el dólar se ha comportado como activo refugio en momentos de crisis. Cuando los mercados colapsan, los inversores venden activos de riesgo y compran dólares y bonos del Tesoro estadounidense. Esto podría seguir ocurriendo en un primer momento, incluso si el epicentro del crash es EEUU La confianza global en el dólar está tan arraigada que, ante el caos, muchos seguirán corriendo hacia él por inercia.
Pero ese refugio tiene techo. Si la caída bursátil viene acompañada de una crisis más profunda —por ejemplo, dudas sobre la sostenibilidad de la deuda estadounidense, conflictos políticos internos o parálisis institucional como un cierre prolongado del gobierno o enfrentamientos sobre el techo de deuda— entonces la confianza en el dólar como valor estable empezaría a erosionarse.
Además, si la Reserva Federal reacciona al crash con un giro rápido hacia una política monetaria expansiva (recortes de tipos, inyecciones de liquidez), eso también podría debilitar al dólar frente a otras monedas. Vamos, que todo el mundo observaremos de cerca si el dólar sigue siendo «el menos malo», o si finalmente empieza a perder su estatus como moneda indiscutida del sistema financiero global.
En 2008 el crash comenzó en Estados Unidos —con la crisis de las hipotecas subprime y la quiebra de Lehman Brothers—, pero el dólar no solo no se hundió, sino que se fortaleció. Y eso tiene una explicación clara: la confianza estructural en el dólar como activo refugio global no se rompió. El dólar subió durante el crash de 2008, incluso cuando la economía de EEUU se desplomaba. Lo mismo pasó en el crash por el COVID-19 en 2020: el dólar se disparó en las primeras semanas de pánico.
Para que eso cambie en el próximo crash, tendría que producirse en Estados Unidos una pérdida de confianza estructural en su capacidad de respuesta, en su estabilidad institucional y/o en su sostenibilidad fiscal. Eso aún no ha pasado, pero hoy está mucho más cerca que hace 15 años: La deuda estadounidense se percibe como insostenible, sin un plan político creíble para reducirla; se está produciendo una crisis institucional, como un impago técnico por disputas en el Congreso y hay un cambio de ciclo global en el que otras potencias (BRICS+) avanzan en desdolarizar sus transacciones y reservas.

¿Y cómo le afectaría a China?
Desde un punto de vista bursátil, las bolsas chinas no tienen la burbuja que vemos en Wall Street, y eso cambia radicalmente cómo podría afectarlas un crash global. Mientras Wall Street ha vivido una década de exuberancia (con múltiplos altísimos, sobrevaloración tecnológica y estímulos sin fin), en China no existe una burbuja estilo Wall Street o una especulación descontrolada en torno a las grandes tecnológicas.
En cualquier caso, no hay duda de que China y EEUU están profundamente conectados económicamente, aunque con estructuras financieras distintas. Un colapso bursátil estadounidense —por ejemplo, una corrección abrupta en Wall Street debido a sobrevaloración o tensiones macroeconómicas— afectaría inevitablemente a China, pero el canal de transmisión sería económico, no especulativo. China, al contrario que EEUU, no vive un ciclo de euforia bursátil.
El efecto sobre China en el terreno económico se produciría por tres vías diferentes: En primer lugar, Estados Unidos es uno de los principales clientes de China y si EEUU entra en recesión o se contrae por un crash financiero, su demanda se reducirá afectando a las exportaciones chinas, aunque seguramente menos que la guerra comercial actual; está caída de la demanda afectaría también a las exportaciones a Europa. En segundo lugar, es muy probable que se generase una inestabilidad en los mercados financieros asiáticos por transmisión de la volatilidad global, inversores internacionales podrían retirar fondos de Asia para cubrir pérdidas en otras partes del mundo o simplemente para refugiarse en activos seguros, lo que causaría una salida de capitales. Y en tercer lugar, se podría generar una fuerte presión sobre el yuan y China podría verse obligada a intervenir para estabilizar su moneda, quemando reservas o imponiendo controles más estrictos.
Pero frente a estos hipotéticos problemas, China ha construido una economía con ciertas herramientas defensivas que no deben subestimarse. Por un lado, dispone de reservas monetarias masivas que con más de 3,5 billones de dólares en reservas internacionales (el triple que el siguiente país con más reservas monetarias del mundo), China tiene capacidad para defender su moneda o financiar estímulos si es necesario. Por otro lado, aunque la demanda externa caiga, China ha avanzado en reorientar parte de su economía hacia el consumo interno, la tecnología y el desarrollo regional; no es un proceso acabado, pero el modelo ya no depende de las exportaciones. Y por último, China está cada vez más integrada con otros países en desarrollo a través de los BRICS, la Iniciativa de la Franja y la Ruta, y acuerdos bilaterales que podrían amortiguar un shock originado en EEUU; incluso si los mercados occidentales se contraen, no tiene que significar que el comercio global se congele por completo, puede ser una gran oportunidad para la cooperación Sur-Sur.
¿Y Estados Unidos y el equilibrio geopolítico internacional?
Si un crash bursátil se produce en Estados Unidos, el impacto no se limitará a los mercados financieros. Las consecuencias podrían extenderse al equilibrio geopolítico global, especialmente si la crisis se percibe como una debilidad estructural del poder estadounidense. No se trataría simplemente de una caída temporal del mercado, sino de una posible fractura en la credibilidad del modelo económico y político que ha sostenido la hegemonía de EEUU durante décadas.
Estados Unidos ya ha atravesado crisis graves, como la de 2008, y salió reforzado. Pero el contexto actual es distinto. La deuda pública ha alcanzado niveles sin precedentes, la política interna está profundamente polarizada, y la confianza internacional en el dólar, aunque todavía sólida, muestra signos de desgaste. Si el crash se percibe no solo como una crisis financiera, sino como un reflejo del agotamiento del sistema estadounidense —económico, fiscal, político—, entonces el golpe geopolítico podría ser mayor.
En ese escenario, la capacidad de Estados Unidos para mantener su dominio del mundo podría verse mermada. Una economía en contracción reduciría el margen fiscal para sostener alianzas militares, financiar conflictos en el extranjero o mantener su influencia mediante presión económica. Al mismo tiempo, un dólar sometido a tensiones por desconfianza global o pérdida de valor relativo abriría espacio para que otros países impulsen monedas alternativas, acuerdos comerciales en otras divisas o sistemas financieros paralelos. Este proceso ya se está viendo en iniciativas como el uso del yuan en acuerdos bilaterales, el desarrollo del yuan digital o los intentos de desdolarización entre países del Sur Global.
No obstante, sería posiblemente apresurado pensar en el fin del dominio estadounidense. EEUU sigue teniendo activos estratégicos muy poderosos: su capacidad de innovación tecnológica, su influencia cultural y mediática, y, sobre todo, su red global de alianzas militares y financieras. Un crash bursátil podría impactar en su dominio, pero no eliminarlo de inmediato. Más bien, aceleraría una transición ya en marcha hacia un mundo más multipolar.
El resultado más probable no sería un reemplazo inmediato de Estados Unidos por otra potencia, sino una fase de mayor multipolaridad, donde el poder global se reparta entre numerosos países: China, la Unión Europea, potencias regionales como India, Rusia, Turquía, Brasil o Arabia Saudita, y bloques políticos como los BRICS o la ASEAN. El sistema internacional se volvería más competitivo, más justo, menos intervencionista, donde los objetivos de la ONU en la Agenda 2030 se colocarían en el centro de la política internacional y se abrirían las puertas a un mundo mejor.
(Reconozco ser de natural optimista, pero la opción de una guerra mundial como derivada de este hipotético próximo crash bursátil me parece poco probable).
En cualquier caso, hemos estado hablando de un próximo crash bursátil… ¿hipotético?…
* Pedro Barragán es economista. Asesor de la Fundación Cátedra China, temática que deja reflejada en su blog personal. Es editor de la web Archivo de la Transición. Acaba de publicar el ensayo: «Por qué China está ganando».
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