Más allá del plato: El veganismo radical como impugnación total al Capital

Más allá del plato: El veganismo radical como impugnación total al Capital

Imagen de Ecuador Etxea

Por Teresa Fuentes Toledo

En las últimas décadas, el sistema capitalista ha desplegado una de sus estrategias más eficaces: la asimilación y desactivación de las potencias subversivas. Lo que nació como una crítica radical a la dominación de los cuerpos sintientes ha sido despojado de su carga política y devuelto al mercado bajo la etiqueta del «veganismo de consumo» o lifestyle. En los escaparates de los supermercados y en las campañas de marketing corporativo, el rechazo a la explotación animal se promociona hoy como una opción dietética individual, un nicho de mercado elitista o una decisión de salud puramente burguesa. Frente a esta domesticación liberal, el veganismo radical se levanta no como una opción de consumo ética o una restricción alimentaria, sino como una praxis política de resistencia, una enmienda a la totalidad contra el entramado civilizatorio del Capital.

El veganismo radical asume que la explotación de los animales no humanos no es un mero fallo moral de la humanidad, sino un pilar estructural indispensable para la acumulación originaria y el mantenimiento del capitalismo global. Desde la lógica del beneficio, el cuerpo vivo es fragmentado, tasado y convertido en materia prima a través de lo que autores de la teoría crítica denominan el extractivismo corporal. No se trata de un fenómeno aislado: la misma racionalidad económica que privatiza la tierra, precariza la fuerza de trabajo humana y destruye los ecosistemas mediante el extractivismo mineral, es la que hacina, medica y ejecuta industrialmente a miles de millones de seres sintientes cada año. La ganadería industrial es la máxima expresión de la necropolítica del Capitaloceno: la potestad soberana del mercado para decidir qué cuerpos poseen valor intrínseco y cuáles son reducidos a recursos sacrificables y descartables.

Para sostener este engranaje de violencia material a escala planetaria, el sistema requiere de una pedagogía cultural y simbólica que anestesie la disonancia moral del tejido social. Aquí opera de forma nítida la categoría del «referente ausente» formulada por la teoría ecofeminista, un proceso lingüístico mediante el cual el lenguaje hegemónico maquilla y fragmenta el cadáver para transformar al sujeto sintiente en una mercancía desprovista de biografía. Frente a este maquillaje corporativo que reduce la violencia a un código de barras, la voz y la crudeza poética de activistas abolicionistas como Chloe María Valdivieso se vuelven indispensables. Al denunciar sin concesiones lo que denomina los «centros de exterminio lácteo», Valdivieso rompe el relato bucólico e higienizado que proyecta la industria, obligándonos a mirar la realidad material del despojo, la violación sistemática y los lutos maternos que arrastra la cotidianeidad del consumo masivo. Esta objetualización y fragmentación simbólica que señala la autora guarda un paralelismo absoluto con la cosificación de las mujeres bajo el patriarcado: en ambos escenarios, el poder necesita negar la condición de sujeto a los cuerpos subordinados y reducirlos a meras funciones biológicas para poder explotarlos, consumirlos y comercializarlos sin culpa colectiva.

Frente a las narrativas eurocéntricas que desplazan la liberación animal hacia el terreno del privilegio blanco, las aportaciones de la interseccionalidad radical y el pensamiento decolonial articuladas por pensadoras como Aph y Syl Ko demuestran que la categoría de «lo animal» ha funcionado históricamente como una tecnología política de opresión colonial. Durante la expansión imperial de Occidente, la línea que divide lo «humano» de lo «animal» no fue una demarcación biológica, sino un baremo político utilizado por el supremacismo blanco para animalizar, deshumanizar y expoliar a las poblaciones indígenas, a las personas racializadas y a las mujeres de clase trabajadora. Por tanto, el veganismo radical no sitúa la liberación animal por encima de las luchas humanas; al contrario, comprende que la pirámide de la dominación supremacista y patriarcal no podrá ser demolida si no se arranca de cuajo su base fundamental: la jerarquización y explotación de los cuerpos sintientes basada en la especie. Caminar hacia una auténtica política de la compasión y de la contrainformación exige arrancar el veganismo de las garras de las multinacionales y de los discursos institucionales bienpensantes de las «feministas de gestión».

El ecofeminismo, el feminismo antiespecista y las asambleas antiespecistas de base nos recuerdan que poner la vida y la vulnerabilidad en el centro de la organización social es un acto profundamente subversivo. No podemos construir una sociedad verdaderamente emancipada, libre de opresión y de violencia estructural, si nuestro metabolismo económico y nuestra cotidianidad alimentaria siguen dependiendo de la esclavitud y el confinamiento de otros seres capaces de sufrir y disfrutar. Interrumpir el ciclo de consumo agroindustrial y cuestionar la supremacía antropocéntrica es, en definitiva, asumir el compromiso político de que el sufrimiento ajeno nos concierne a todas, rompiendo de una vez por todas los muros de la indiferencia que el capital ha construido entre las especies.

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Un comentario en «Más allá del plato: El veganismo radical como impugnación total al Capital»

  1. Este enfoque defiende que no se puede emancipar a los animales usando las mismas dinámicas de consumo masivo que destruyen el planeta y cosifican los cuerpos sintientes. Muy buen texto para reflexionar sobre el capitalismo en el veganismo…

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