Brevemente: sobre Bad Bunny
Por Francisco Cabanillas
Con un perfil combativo por las causas sociales,
el músico entendió su papel como puertorriqueño, y
lo que su figura representa como símbolo de
la resistencia ante la policía migratoria
de Estados Unidos, conocido por ICE
(Servicio de Inmigración y Control de Aduanas).
Vanesa Baerga
De todo —y ha sido mucho— lo que se ha celebrado en Puerto Rico, Estados Unidos, América Latina, España…, la marca que dejó Bad Bunny el 8 de febrero en la piel del cada vez más exacerbado neofascismo trumpista, cabe destacar el desmantelamiento de la oposición odio-amor a favor del amor (¿pagano o cristiano?) que el espectáculo contrapone a la crueldad, bien conocida por el intelectual público Henry Giroux, del trumpismo, una política agobiada por el protagonismo económico de China, tanto como potencia en sí misma como en el contexto multipolar del BRICS, pero no solo del BRICS.
Como recuerda recientemente el politólogo neorrealista John Miershamer en conversación con el periodista Chris Hedges, a partir de la década de 1990, Estados Unidos fomentó, para su beneficio geopolítico, el crecimiento económico de China que ahora busca frenar a toda costa, por lo que, en foros nacionales e internacionales, se habla de la gestación de una tercera guerra mundial entre la unipolaridad usamericana y la multipolaridad china de Nueva Ruta de la Seda.
Por supuesto, también se ha dicho mucho, y con razón, sobre el final del espectáculo, cuando Bad Bunny resignifica por segunda vez, la primera lo hizo unos días antes en los Premios Grammy, el etnocéntrico “God Bless America [Estados Unidos]” fuera del contexto de la Doctrina Monroe (1823), para que “America” diga en inglés lo que el término significa en español: “las Américas.” Coincidentemente, un juego de palabras parecido establece el historiador Greg Grandin en su nueva historia del hemisferio occidental: America América: A New History of the New World (2025).

De lo que no se ha dicho, hasta donde sé, nada, es del vínculo que, desde la referencia escenográfica a la caña de azúcar, Bad Bunny traba con el tema que Residente, Calle 13, popularizó ocho años antes, “Hijos del cañaveral” (2017), del cual, habría que argumentar, el Conejo Malo toma su política; una política que Ramón Grosfoguel resume en términos de la referencia histórica al trabajo esclavizado que requirió el cañaveral en Puerto Rico y el Caribe, así como en términos de la laboriosidad de esos sujetos (puertorriqueños-latinos) que el prejuicio oficial de Estados Unidos tilda, según el “protestantismo racista” de Samuel Huntington, de perezosos.
El efecto Bad Bunny —esa irrupción vertiginosa de artículos y videos a partir del Super Bowl— está precedida por seis libros, el más reciente de los cuales, P FKN R: Bad Bunny y la música como acto de resistencia (2026), es coautoría de Petra R. Rivera y Vanesa Díaz; ese efecto produce a su vez un cortocircuito en el pensamiento decolonial latinoamericano que cabe resumir.
La propuesta del pensador decolonial venezolano José Luis Alcalá Ojeda publicada en la página de Rebelión, “El ‘Super Bowl LX’ y la trampa de Bad Bunny,” choca de frente con la del puertorriqueño Ramón Grosfoguel expuesta en la entrevista (de tres horas) que el internacionalista Diego del Basso le hace en YouTube, “Ramón Grosfoguel reacciona al debate sobre el concierto de Bad Bunny en el Super Bowl.” Se puede decir que, sin referirse directamente al venezolano, Grosfoguel desmonta la “trampa” que Alcalá Ojeda describe como “la versión moderna del ‘Pan y circo’ romano: una distracción masiva diseñada para entretener a las multitudes con el ‘pan’ del consumo cultural y el circo de la tarima tecnológica, mientras las estructuras de poder permanecen intactas.”

Visto desde adentro, en el contexto histórico-político-cultural de Estados Unidos en el cual, como puertorriqueño-latino se mueve Bad Bunny, los 13 minutos del espectáculo de medio término plantearon, según Grosfoguel, tres críticas clave a la hegemonía actual de Estados: una crítica “antifascista” contra la crueldad y la deshumanización, otra “antirracista” contra la ideología de la supremacía blanca que sustenta el trumpismo, y, finalmente, otra “anticolonialista” que apunta hacia la situación política de Puerto Rico con Estados Unidos desde 1898. Bad Bunny, enfatiza Grosfoguel, no fue solo a “entretener las multitudes” en el show de medio término, al cual fue, porque se lo “juega todo,” con un chaleco contra balas.
Desde Puerto Rico, en el periódico El Nuevo Día del 15 de febrero, el periodista Benjamín Torres Gotay cambia el enfoque mediante el cual se acerca al espectáculo de Bad Bunny en el Super Bowl. En vez de detenerse en el “Pan y circo romano” de Alcalá Ojeda o en la crítica “antifascista,” “antirracista” y “anticolonialista” de Grosfoguel, Torres Gotay apunta hacia la “inmensa mayoría” de puertorriqueños en Puerto Rico que, en “toda votación, encuesta, sondeo, lo que sea, refleja que, incluso entre partidarios de la soberanía […] favorece relaciones estrechas con Estados Unidos.”
Continúa Torres Gotay, “no son pocos los puertorriqueños literalmente obsesionados con Estados Unidos.” Esa obsesión muestra que la reacción de los MAGA trumpistas ante el espectáculo de Bad Bunny —“¿Qué es eso? ¿Por qué en español? ¿Por qué no un estadounidense?”— no “es correspondida.” Si lo que Bad Bunny propuso en su espectáculo se puede resumir como “Así es Puerto Rico”, la reacción de los MAGA continúa siendo, según Torres Gotay, la del “brigadier general George Whitefield Davis,” quien, de “mayo de 1899 y mayo de 1900,” como “tercer gobernador militar” de Puerto Rico, fue claro: “Las leyes, [el] idioma, [las] costumbres, [las] instituciones y [las] aspiraciones del pueblo son todas extrañas y, en muchos aspectos, difíciles de comprender.”
Para rematar, Torres Gotay dramatiza hasta lo grotesco la extrañeza de los MAGA trumpistas al citar la reacción de la congresista María Elvira Salazar, “una inmigrante cubana que vivió parte de su niñez y adolescencia en Puerto Rico,” al rechazar la propuesta de Bad Bunny en tanto “feria multicultural” para un público “mayoritariamente angloparlante” que merece “un espectáculo que [ellos] puedan entender y disfrutar.”
La congresista, subraya Torres Gotay, se olvida de que “el español es el idioma principal de casi 60 millones de estadounidenses.”
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