6 de enero de 1876: nacimiento del escritor Rafael Barrett
Por Daniel Alberto Chiarenza
“El egoísmo de la palabra hipócrita de la democracia y del progreso…”
Rafael Ángel Jorge Julio Barrett y Álvarez de Toledo nació en Torrelavega, provincia de Santander, España, en el seno de una adinerada familia hispano-inglesa. Fueron sus padres George Barret Clarke, oriundo de Coventry (Inglaterra) y María del Carmen Álvarez de Toledo y Toraño, nacida en Villafranca del Bierzo, provincia de León.
Rafael se trasladó a Madrid siendo muy joven, allí cursó la secundaria y estudió en la Escuela de Ingenieros de Madrid y abandonó la carrera antes de graduarse.
Prontamente se hizo amigo con Valle-Inclán, Ramiro de Maeztu y otros miembros de la Generación del ´98. En Madrid compartió apartamento con un señorito calavera, duelista y pendenciero, que se la pasaba de casino en casino y de mujer en mujer. Así alternó visitantes de cierta importancia en salones literarios de París y Madrid.
De temperamento apasionado, “dandy” más que bohemio, se enfrentó con la aristocracia madrileña. Lo inhabilitaron para batirse con el abogado José María Azopardo, quien lo había calumniado en 1902, se dirige con un látigo a un circo y acomete contra el duque de Arión, presidente del Tribunal que no le permitió lavar su ofensa. Todo esto provocó un escándalo, a sus 26 años y en el breve lapso de apenas seis meses. Dilapidó su fortuna en el casino de Montecarlo, decide exiliarse en Buenos Aires.

En 1903 lo encontramos en la capital argentina colaborando con periódicos de la colectividad hispana y en la revista “Ideas” (fundada por Gálvez). Aficionado a la matemática funda la Unión Matemática Argentina, base de la Facultad de Ingeniería.
Permanece allí un año. Sobre sus ideas hay un testimonio publicado en Asunción en 1906. Describe con penumbrosos toques góticos el amanecer de la ciudad porteña: “la tristeza infinita de los primeros espectros verdosos, enormes, sin forma, que se pegan a las altas y sombrías fachadas de la avenida de Mayo”; identifica, luego, a los humanos: “Chiquillos extenuados, descalzos, medio desnudos, con el hambre y la ciencia de la vida retratados en sus rostros graves, corren sin aliento, cargados de Prensas, corren, débiles bestias espoleadas, a distribuir por la ciudad del egoísmo la palabra hipócrita de la democracia y del progreso, alimentada con anuncios de rematadores. Pasan obreros envejecidos y callosos, la herramienta a la espalda. Son machos fuertes y siniestros, duros a la intemperie y al látigo. Hay en sus ojos un odio tenaz y sarcástico que no se marcha jamás. La mañana se empina poco a poco, y descubre cosas sórdidas y sucias amodorradas en los umbrales, contra el quicio de las puertas. Los mendigos espantan a las ratas y hozan en los montones de inmundicias. Una población harapienta surge del abismo, y vaga y roe al pie de los palacios, unidos los unos a los otros en la larga perspectiva, gigantescos, mudos, cerrados de arriba abajo, inatacables, inaccesibles”.
“Allí están guardados los restos del festín de anoche: la pechuga trufada que deshace su pulpa exquisita en el plato de China, el champaña que abandona su baño polar para hervir relámpagos de oro en el tallado cristal de Bohemia. Allí descansan en nidos de tibios terciopelos las esmeraldas y los diamantes; allí reposa la ociosidad y sueña la lujuria, acariciadas por el hilo de Holanda y las sedas de Oriente y los encajes de Inglaterra; allí se ocultan las delicias y los tesoros todos del mundo. Allí, a un palmo de distancia, palpita la felicidad. Fuera de allí, el horror y la rabia, el desierto y la sed, el miedo y la angustia y el suicidio anónimo”.
Esto es sólo un anticipo de lo que después plasmarían en sus ficciones los escritores de Boedo (por eso Roa Bastos lo va a llamar “contemporáneo a destiempo”). El joven inmigrante español arrojaría este devastador corolario: “¡También América! Sentí la infamia de la especie en mis entrañas. Sentí la ira implacable subir a mis sienes, morder mis brazos. Sentí que la única manera de ser bueno es ser feroz, que el incendio y la matanza son la verdad, que hay que mudar la sangre de los odres podridos. Comprendí, en aquel instante, la grandeza del gesto anarquista, y admiré el júbilo magnífico con que la dinamita atruena y raja el vil hormiguero humano”.
Abelardo Castillo lo califica como “uno de los fundadores de la prosa nacional” y el más talentoso impulsor del ideal ácrata en los países del Plata. Había llegado a la ciudad de Villeta en Paraguay, a los 29 años, como corresponsal del diario “El Tiempo”, para cubrir la revolución liberal que estalló en agosto de 1904. Se sumó a las fuerzas sublevadas, llegando triunfante a Asunción, conectándose con un grupo de intelectuales.
En diciembre de 1904 Barret se instala en Asunción, allí había llegado junto a las huestes revolucionarias. En la capital paraguaya donde cumplirá funciones administrativas en la Oficina General de Estadística. Será secretario general del Ferrocarril, pero renunciará en desacuerdo por el maltrato que recibían los trabajadores por parte de la empresa. Fundó el grupo literario “La Colmena” y se vinculó a la Unión Obrera del Paraguay. Manifiesta los primeros síntomas de tuberculosis. En 1906, profundamente afincado en tierra guaraní, se casa con Francisca “Panchita” López Maíz, descendiente del mariscal Solano López.
En ese mismo año a raíz de una polémica periodística originada por la presencia de Ricardo Fuente en Buenos Aires, se concierta un duelo entre Barret y Juan de Urquía (Capitán Verdades). Pero Juan de Urquía elude batirse con Barret alegando su descalificación en Madrid. Días después, Rafael apalea públicamente a un señor Pomés al confundirle con Juan de Urquía en un céntrico hotel de Buenos Aires.
Nace en Areguá su único hijo, Alejandro Rafael. En julio de 1908 se produce el golpe militar del mayor Albino Jara. Barret organiza la atención de los heridos por las calles de Asunción. El 3 de octubre de aquel año, Barret es apresado producto de sus denuncias sobre abusos y torturas publicados en el periódico anarquista de su autoría “Germinal” y el 13 de octubre, gracias a las gestiones del cónsul inglés, Rafael es liberado; pero, se lo destierra a Corubá en el Matto Grosso brasileño.
Ahora, mencionada -a vuelo de pájaro- la obra de Rafael Barret es poco conocida. Fue corta y nada metódica como su vida, pues ella se publicó casi totalmente en periódicos de Paraguay, Uruguay y Argentina. Pero, sin embargo, su pensamiento ha ejercido en América Latina y en el ámbito del Río de la Plata, especialmente, una rica influencia, aunque subterráneamente.
Tal es así que fue profundamente admirado por el joven Borges, que desfallece por conseguir un ejemplar de un texto de Barrett: “Mirando vivir”. En una carta a un amigo comentaba el mítico autor de “El Aleph”: “Ya que tratamos temas literarios te pregunto si conoces un gran escritor argentino, Rafael Barret, espíritu libre y audaz” […] “Es un libro genial cuya lectura me ha consolado de las ñoñerías de Giusti, Soiza O´Railly y de mi primo Alvarito Melián Lafinur”.
En febrero de 1909 la situación política ha mejorado débilmente en Paraguay. Es estado de sitio continúa, pero Barret recibe garantías y se instala en Areguá, cerca de Asunción. La prensa libre paraguaya le abre sus páginas, aunque sólo duraría unos meses, pues en octubre de 1909, obligado por el recrudecimiento de su enfermedad, se embarca con destino a la clínica del doctor Quinton en Francia. El tratamiento novedoso, resulta inoperante y fallece en brazos de su tía Susan, lejos de su familia y de sus amigos, el 17 de diciembre de 1910 en el Hotel Regina Forêt de Arcachon.
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