“Yo no renuncio a la esperanza de servir a mi país, que es toda la extensión de América”
Por Daniel Alberto Chiarenza
3 de diciembre de 1822: Monteagudo es proscrito del Perú por el congreso, a propuesta de Sánchez Carrión
El 28 de julio de 1821 José de San Martín proclamó en Lima la Independencia del Perú, para asumir como Protector el 3 de agosto. Bernardo de Monteagudo fue su principal colaborador en el gobierno, asumiendo como ministro de Guerra y Marina y más tarde, haciéndose cargo también del ministerio de Gobierno y Relaciones Exteriores. San Martín se concentró en los aspectos militares, dándole prioridad al desarrollo de la guerra contra el absolutismo español; y Monteagudo quedó de hecho a cargo del gobierno del Perú.
Sus principales medidas de gobierno fueron: la libertad de vientres; la abolición de la mita –que era una forma de trabajo forzoso, prehispánica y colonial, usual en los Andes, donde los pueblos originarios debían trabajar por extenuantes turnos para el Estado o para los encomenderos-; la expulsión del arzobispo de Lima –Bartolomé María de las Heras-; la creación de la Escuela Normal de Lima para la formación de maestros, aunque fue el Supremo Delegado Tagle, con el consentimiento de San Martín, quien decretó su establecimiento el 6 de julio de 1822 (en un principio empleó el sistema de enseñanza mutua, que fue dirigido por el pedagogo irlandés Diego Thomson); y de la Biblioteca Nacional del Perú de la que Monteagudo fue su primer director.

Bernardo de Monteagudo apoyó la opinión de San Martín favorable a la instalación de una monarquía constitucional en Perú (nunca se supo si quería lo mismo para el Río de la Plata) e influyó positivamente en esas ideas a través de la Sociedad Patriótica de Lima, que fundara en 1822. Monteagudo y San Martín coincidían en que una sola monarquía constitucional democrática podría evitar las crisis de desorganización y las guerras civiles, que serían tan frecuentes. Ambos decían que la tarea prioritaria era declarar y afianzar la independencia, y que las libertades políticas debían ser establecidas gradualmente. La política de liberación y unificación latinoamericana alcanza un momento crucial el 6 de julio de 1822, cuando Monteagudo –en nombre de San Martín- y Joaquín Mosquera –en representación de Simón Bolívar- firman el tratado de Amistad y Unión Perpetua entre Perú y Colombia. Al decir Colombia, en ese momento, se trata de la Gran Colombia, que incluye la actual Colombia y lo que hoy es Panamá, Venezuela y Ecuador y que, al decir Perú, se está haciendo referencia a Perú, lo que hoy es Bolivia y el apoyo implícito de Chile, a través de O´Higgins. Se trata, pues, de una parte, importante de la Patria Grande –que hoy ocupan siete países- que evidencia, si se recuerda que América Central era una federación liderada por Morazán. Bolívar quería invadir Brasil para consolidar esta política y San Marín lograba, al mismo tiempo, el apoyo de los caudillos enfrentados a Rivadavia, quien era precisamente el boicoteador máximo de la reconstrucción hispanoamericana y, por lo tanto, de su disgregación. Este tratado constituye la antesala de la ciudadanía latinoamericana y de la unión de los ejércitos y lleva naturalmente a la reunión de Guayaquil entre los Libertadores.
La fragilidad del edificio político del Perú sanmartiniano se descubrió mientras se desarrollaba la entrevista en Guayaquil: Torre-Tagle, delegado de San Martín en el gobierno de Lima –pronto se pasaría a los españoles- asiste impasible a un motín que obliga al ministro Monteagudo, odiado por la oligarquía limeña, a renunciar y emigrar.
Monteagudo fue proscrito del Perú por resolución del Congreso a proposición de José Sánchez Carrión. ¿Quién era este último? También un precursor de la independencia e ideólogo político que difería con Monteagudo en varios aspectos. Carrión fue conocido como “El Solitario de Sayán” y, además, como el tribuno de La República. La resolución contra Monteagudo decía que, en caso de tocar el proscrito algún punto del territorio peruano, quedaría privado de la protección de la ley. En la historia de América Latina se podría hacer una sugestiva lista de “proscritos” por la canalla oligárquica de toda época. Los señoritos de la sociedad peruana y del partido monárquico, se reclutaban entre aquellos que poseían títulos de Castilla. Pero como habían sido adquiridos con dinero los que se consideraban nobles en el Perú, eran “ignorantes, botarates, desprovistos de mérito y por su viciosa o ninguna educación eran en su mayor parte mentecatos; hasta hoy se dice que un individuo tonto, necio o presumido parece un marqués o conde”.
Fue Monteagudo una de las grandes figuras de la Revolución Hispanoamericana. Ministro de San Martín en Lima, compañero de Bolívar, era un hijo genuino de Chuquisaca (donde adquirió su obstinado “jacobinismo”), formado en las doctrinas del siglo revolucionario. Había concebido un Plan de Federación general de Estados hispanoamericanos. Difamado y perseguido por Pueyrredón (el enemigo de Artigas), Monteagudo llevaba consigo todo el fuego de aquellas jornadas y suscitará en la “aristocracia” de todas partes una aversión que ya había despertado en Buenos Aires, cuna clásica de la burguesía exportadora. Desde Quito, al emigrar del Perú, había escrito: “Yo no renunció a la esperanza de servir a mi país, que es toda la extensión de América”, curiosamente similares a los juicios del Che Guevara en la reunión de la OEA de Punta del Este.
Injuriado por hijo ilegítimo, sometido a la miseria por la oligarquía porteña, Monteagudo encontrará después de la renuncia de San Martín en el Perú un poderoso apoyo de Bolívar. Sería asesinado en 1823, en la oscuridad de la noche, por la fracción antibolivariana del Perú.
El historiador Norberto Galasso, recientemente reivindicado en su tarea de ser maestro de maestros por el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. Además de ser un gran investigador, con la experiencia de ser un grande entre los pensadores que podemos en gruesas líneas incluir en la Izquierda Nacional, coordinó un trabajo, en varios tomos, que encaró la sublimación de los protagonistas que para el establishment económico, social y político habían sido, por su actuación nacional y popular, LOS MALDITOS. Así aquel que escribió el artículo referido a Bernardo Monteagudo, el compañero Juan Carlos Jara, llegó a la siguiente conclusión: “Sus aportes a la revolución latinoamericana no han sido aún reconocidos. Mientras algunos historiadores lo califican de exasperado defensor de los ideales de la Revolución Francesa, otros, en cambio, le adjudican vicios de toda índole – «lúbrico, cínico»- para descalificarlo e incluso algunos, desde su perspectiva racista creen denigrarlo al sostener, con énfasis, «sus rasgos amulatados».
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