Tierra y libertad: los referentes que nos hacen caminar
Por Vicent Maurí Genovés
¡Andaluces, levantaos!
¡Pedid tierra y libertad!
¡Sea por Andalucía libre,
los pueblos y la humanidad!
La trayectoria política, social y sindical de cualquier persona no nace de la nada. Somos herederos de ideas, luchas y personas que nos han precedido. Sin esa memoria colectiva resulta difícil comprender nuestro compromiso con la transformación social y las razones que nos han llevado a dedicar una parte importante de nuestra vida a la defensa de la clase trabajadora.
Los días 28 y 29 de agosto se celebrará en Marinaleda el 50 aniversario de la fundación del Sindicato de Obreros del Campo (SOC), bajo el lema «50 años de lucha por la tierra». Será mucho más que una conmemoración. Representará el reconocimiento a una trayectoria histórica de defensa de los jornaleros y las jornaleras, del mundo rural y de la clase trabajadora, pero también a la construcción de un proyecto sindical y sociopolítico colectivo, basado en la organización, la participación y la capacidad de las personas trabajadoras para intervenir y transformar su propia realidad. Un proyecto que ha destacado, además, por su carácter combativo, su arraigo territorial y su compromiso internacionalista y solidario.

Cuando era joven milité en la Joven Guardia Roja, la organización juvenil del Partido del Trabajo de España (PTE). Aquella experiencia fue una auténtica escuela de formación política. Allí aprendimos que la democracia no podía reducirse a votar cada cuatro años. Debía implicar la participación activa de la ciudadanía, la defensa de los derechos colectivos y la capacidad de la clase trabajadora para organizarse y transformar la sociedad.
El proyecto político del PTE aspiraba a construir una sociedad socialista, democrática y sin clases. Defendía un sindicalismo de clase, autónomo y combativo, la participación popular, el internacionalismo y el derecho de los pueblos a decidir libremente su futuro. Muchos de aquellos valores han acompañado mi compromiso político, social y sindical a lo largo de toda mi vida.

En aquel contexto, el Sindicato de Obreros del Campo, integrado entonces en la Confederación de Sindicatos Unitarios de Trabajadores (CSUT), se convirtió en un referente para muchos de nosotros. Su concepción del sindicalismo iba mucho más allá de la negociación colectiva. El SOC entendía la acción sindical como una herramienta para organizar a la gente trabajadora, generar conciencia, impulsar la participación y construir colectivamente alternativas sociales y políticas.
Inspirado en el pensamiento de Blas Infante y en la historia de lucha del pueblo andaluz, defendió la reforma agraria, la tierra para quien la trabaja, la dignidad de los jornaleros y las jornaleras, la justicia social y el derecho de Andalucía a construir su propio futuro. Para el SOC, la liberación nacional y la emancipación social formaban parte de un mismo proyecto. No se trataba únicamente de reivindicar derechos laborales, sino de construir desde abajo un proyecto colectivo de sociedad.

Ese camino no puede entenderse sin figuras como Paco Casero, Diamantino García, Pepi Conde y Juan Manuel Sánchez Gordillo, que hicieron del SOC una referencia imprescindible del movimiento jornalero y del sindicalismo de clase. Pero su importancia no reside únicamente en las personas que lo impulsaron. Su verdadera fuerza estuvo en haber construido una experiencia colectiva, protagonizada por miles de trabajadores y trabajadoras del campo que se organizaron para defender sus derechos y transformar sus condiciones de vida.
Una tradición que tendría continuidad en compañeros como Diego Cañamero y que hoy mantiene viva el Sindicato Andaluz de Trabajadores y Trabajadoras (SAT), con Óscar Reina al frente. Una forma de entender la acción sindical que no separa las reivindicaciones concretas de un horizonte más amplio de transformación y que sigue apostando por la dignidad, la soberanía, la solidaridad y la organización colectiva.
A lo largo de mi militancia en Intersindical Valenciana he tenido la oportunidad y el honor de compartir camino con el SOC y, posteriormente, con el SAT. Hemos coincidido en las Marchas de la Dignidad, en encuentros del sindicalismo de clase alternativo, en las reuniones de sindicatos «amigos», en juicios contra militantes del sindicato andaluz, en el 1 de Octubre de 2017 en Barcelona y en numerosas movilizaciones en defensa de los derechos nacionales y laborales, de los servicios públicos y de la justicia social.

En esos espacios también hemos aprendido que la unidad no consiste en sumar organizaciones de manera acrítica, sino en construir colectivamente espacios comunes de lucha, desde el respeto a la autonomía de cada organización. Una unidad entre sindicatos de clase, soberanistas, arraigados en sus pueblos e independientes de los poderes políticos y económicos.
Estas experiencias reforzaron una convicción que ya había adquirido en mi juventud: el sindicalismo no puede limitarse a gestionar conflictos laborales o negociar convenios. Debe ser capaz de organizar a la clase trabajadora, fortalecer su conciencia colectiva y contribuir, junto con otros movimientos sociales, a construir una sociedad más justa, democrática e igualitaria.

Por eso, cuestiones como la defensa de los derechos laborales, los servicios públicos, la igualdad entre mujeres y hombres, el feminismo, el ecologismo, la solidaridad internacionalista, la soberanía de los pueblos o el derecho a decidir no pueden contemplarse como reivindicaciones aisladas. Forman parte de una misma concepción emancipadora que sitúa a las personas trabajadoras y a la mayoría social en el centro de la vida política, económica y social.
Marinaleda constituye, en este sentido, un ejemplo de cómo un proyecto colectivo puede convertir las reivindicaciones en organización y la organización en capacidad de transformación. Su historia demuestra que la participación popular, la movilización y la construcción desde abajo pueden abrir caminos diferentes frente a la resignación y la lógica de quienes consideran que no existe alternativa.
En un momento en que algunos pretenden desacreditar el sindicalismo de clase y reducir la política a la simple gestión del sistema o a la defensa de los intereses de los poderosos, conviene recordar que existe otra manera de entender el compromiso social. Una manera basada en la coherencia, la solidaridad, la organización colectiva y la defensa de quienes viven de su trabajo, pero también en la voluntad de construir un proyecto sociopolítico compartido capaz de disputar el poder y transformar la realidad.

Mirar hacia atrás no significa caer en la nostalgia. Significa reconocer una tradición de lucha que continúa siendo necesaria. Un hilo rojo, y en este caso también verde y blanco, que conecta las luchas de ayer con las de hoy.
Los derechos de los que disfrutamos no fueron concesiones de las élites. Son el resultado de décadas de movilización, organización y sacrificio de generaciones de trabajadores y trabajadoras. Y los grandes desafíos del presente —la precariedad, las desigualdades, la crisis ecológica, la mercantilización de los servicios públicos o el avance de la extrema derecha— vuelven a exigir organización, solidaridad y capacidad de respuesta colectiva.

El SOC fue, y continúa siendo a través del SAT, un referente para muchas personas. También para mí. No solo por su papel en la historia del movimiento jornalero y obrero andaluz, sino porque representa una manera de entender el sindicalismo como un proyecto colectivo, sindical y sociopolítico, arraigado en el territorio, comprometido con la clase trabajadora, independiente de los poderes económicos y políticos e inseparable de la solidaridad entre los pueblos.
Los 50 años del SOC que ahora se celebran en Marinaleda son, por tanto, 50 años de lucha por la tierra, pero también por la dignidad, los derechos de quienes trabajan y por una sociedad diferente. Cinco décadas después de su fundación, muchas de aquellas reivindicaciones siguen plenamente vigentes.
Desde el País Valenciano sigo creyendo que ese es también uno de los caminos que debemos recorrer. Necesitamos un sindicalismo de clase, nacional, democrático y transformador, profundamente arraigado en nuestra realidad, capaz de defender a las trabajadoras y los trabajadores y de articular un proyecto colectivo junto a los movimientos sociales y a los demás pueblos que comparten nuestros anhelos de justicia, libertad e igualdad.

Con motivo de esta celebración, quiero enviar un fuerte y solidario abrazo a los compañeros Óscar Reina y José Caballero y a todas las compañeras y compañeros del SAT. Gracias por mantener vivo un legado que forma parte de lo mejor de la historia del sindicalismo de clase de los pueblos del Estado y que continúa inspirando a nuevas generaciones.
Porque los referentes no sirven para mirar permanentemente hacia atrás. Sirven para saber de dónde venimos, para reconocer el camino recorrido y, sobre todo, para construir colectivamente el futuro que queremos. Tierra y libertad.
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