Relato corto: El portugués
Por Joan Martí
Digresiones, madame George, when the music is over, aquel bucle que nació de la nostalgia… un relato corto
Y es que, cuando los ojos perdidos miraban al techo, la cabeza de El portugués daba vueltas y vueltas en una vaharada de romanticismo, lanzada por las sensaciones de los acordes de Madame George.
Y eso era algo que no podía explicar su concepción racionalista cientificista de la vida y que rompía la radicalidad de las ideas que lo habían mantenido vivo desde aquel 25 de abril, cuando la Revolución de los Claveles, y los días de flores de Sintra y el Barranco do Inferno.
Eran días de Revolución, de amigos, gritos de euforia y futuro; elementos de referencia en una catarsis de aquello que en esos tiempos había sido colectivo.
Pero ahora, hasta Otelo Saravia de Carvalho, el general romántico que vino del futuro, había perdido mano en la partida de la historia y contaba sus horas en una cárcel del mismo Portugal que había liberado unos años antes jaleado por adolescentes y estudiantes que, según cantaron los juglares, lo aclamaban mientras tapaban las bocachas de los fusiles con claveles rojos.
Ahora, sin embargo, la vida moría en aquella habitación de los recuerdos, alquilada por un marinero en paro, y de eso daba fe el violín de Van Morrison que se fundía en un lamento sublime, imposible. Y cuando el violín romántico subía y subía, se encaramaba al cerebro, y lo hacía en un remolino de vueltas astrales de alguna road movie sideral que nunca pudo adivinar el Kerouak borracho y misógino.
Y entonces, hasta las terminaciones nerviosas de la piel se electrizaban en la búsqueda de una aventura intemporal, pero ya imposible, con una Madame George de geometría inexistente, inaprensible, en aquella mísera pensión de Porto donde moraba el portugués, marinero en paro a paso cambiado por la vida.
Y en esos momentos, el portugués se detenía confuso para preguntarse qué tenía que ver todo eso con la racionalidad de la vida y con los sucesos físicos.
¿Qué explicación tenía esa sensación que amenazaba con volverlo loco? ¿Acaso una química cerebral aún por descubrir? ¿Había una magia de los sentimientos que nunca podría racionalizarse? ¿Otra dimensión más allá de las cuatro conocidas, que era la de los sentimientos?
Inútil perder el tiempo pretendiendo respuestas en algún manual de Marta Harnecker, ahora vieja y olvidada en algún lugar de Nuevo Vedado, en La Habana, que decretaron territorio libre los mau-mau cuando bajaron de Sierra Maestra para romper con la historia.
Inútil también probar con los textos de Einstein, Hawkings o Penrose sobre la antimateria, los agujeros negros o las supercuerdas que pueden definir futuros intemporales, universos paralelos y puertas a la eternidad.
Decididamente, ni Spinoza ni el marxismo ni la ciencia vendrían en su ayuda para explicarle los sentimientos y las sensaciones que inundaban la habitación aquella tarde.
Ahora, en la mente del portugués, todas esas doctrinas, ciencias y explicaciones se retiraban derrotadas frente a un triste violín que sobrevolaba aquel Duero de gaviotas color plomo y pantalanes oxidados por el agua que sube y baja; que subía y bajaba como las mareas de aquel tiempo lejano en la memoria de algún marinero que canturreaba el fado reparando la red para salir al día siguiente a la pesca en el Atlántico inmenso que aterrorizó a Colón.
El portugués pensaba que tal vez Madame George fuera la canción más bella del mundo, que tal vez fuera una de les sensaciones más bellas; acaso solo una sensación entre miles posibles de vivir en aquella vista obsesiva del techo de una habitación en la fascinante ribera del Duero que ya maravilló a les legiones romanes que vinieron de excursión a la conquista de La Ibérica.
Después de deambular per Leixões y Vila Nova de Gaia, y de vagar por el mismo puente de Doña María, que, enamorado también de un fado, un día diseñó un melancólico Alexandre G. Eiffel, y de perderse por algún salón del Musseu de Soares dos Reis, el portugués iba perdiendo la vida a jirones.
Comprobaba alarmado como la música lo absorbía todo y pensaba en el when the music is over que cantó Jim, Rey Lagarto Morrison, cuando, harto de peyote y bourbon, reivindicó hacer el amor con su madre, aunque ahora el fascinante Jim nada dice y sólo vela armas a las horas y al tiempo eterno en el cementerio Pare Lechaise de París, acosado por esa hilera interminable de rockers huérfanos y snobs. De modo que también Jim lo constató, vivió el fenómeno, pero no lo pudo explicar. Tal vez si el corazón le hubiera dado más tiempo…
Y la música continuaba. Los acordes de Madame George iban apoderándose de su cabeza, en un run run ya constante, como un susurro enloquecedor que se había metido en su vida, como un acufeno de locura, más obsesivo y recurrente que las eventuales pulsiones obsesivas que había sufrido de joven por el sexo, la muerte y esas otras cosas inexplicables y perennes en la vida de los humanos y sus civilizaciones.
La música ya llenaba los rincones de su cerebro, llegando hasta las cavidades craneales más ignotas, en un bucle incesante, entre neuronas, sinapsis y axiones; como en un terrible mal sueño.
Y ahora le venía a la cabeza aquel relato asombroso de Arthur C. Clarke en los cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco, donde una melodía vuelve loco al científico obcecado en la búsqueda del acorde ideal derivado de estructuras matemáticas complejas.
La historia había comenzado una tarde ya lejana, con un fado de Carlos Do Carno. Eso ya fue un primer aviso de lo que podía pasar, del peligro de la música. Y el suceso se repitió varias veces, hasta que llegó aquel maldito catorce de octubre.
Aquel día triste de otoño comenzó la cosa, porque su corazón se puso a latir con fuerza, enloquecido por un sentimiento de añoranza que no dejaba espacio para otras sensaciones ni emociones.
Y la Lisboa vieja y sus recuerdos comenzaron a entrar a borbotones en su mente, en imágenes cinéticas, en sensaciones de todo punto indescriptibles con la palabra, con la limitada y triste palabra. Y eso sólo fue el inicio de lo más grave que vino después; fue el principio del fin del portugués, porque en aquel otoño lisboeta de un año que ya moría, él pasaba las tardes paralizado por la cadencia del violín, como una mariposa atravesada por la aguja del taxidermista.
Después de regresar de Porto, la pensión de Lisboa con vista al Puente Vasco de Gama y a Montijo apenas le servía de último refugio a su cerebro. A cualquier hora del día y de la noche la música comenzaba otra vez, y otra más, y Madame George, la canción más bella del mundo que en un tiempo lo llevó a Luço i Buçaco a hacer el amor en aquella vieja pensión, junto al balneario donde sanaban cuerpos y almas arrugados por el tiempo y por el otoño de la vida, ahora había decidido alojarse en su cerebro y amenazaba con quedarse allí definitivamente, para siempre.
Ahora, la misma Madame George que fue testigo cómplice del portugués y Lura cuando jugaban a adivinarse los pensamientos, a jurarse amor eterno y a frotarse la piel entre las sábanas raídas, acogidos en el momento mágico de una tierra extraña y de tuberías y rumor de agua y balnearios íntimos; aquella figura extraña que paseaba por Cyprus Avenue, en la letra de la canción, quería su parte en la historia.
Madame George quería cobrarse un trozo de vida del portugués. Es más, tal vez la quisiera toda, harta ya de vivir presa en los acordes de Van Morrison, para así liberarse de los páramos húmedos y las brumas de Belfast y encarnarse en el portugués, haciéndose ama y señora de su añoranza, de su nostalgia, de su melancolía infinita, deletérea, y, por qué no, de su persona.
¡Ver para creer, unos acordes reivindicando física y moléculas! Acaso el más disparatado humor en el sueño delirante de algún científico loco devoto de la física de partículas.
Por eso ahora, en el aire denso y húmedo, de regreso a Porto, el portugués buscaba el sueño reparador, liberador, porque la vida a veces es tan cruenta que parece una pesadilla de la que sólo despiertas cuando te duermes, como hizo Ulises agobiado ante el canto seductor de las sirenas.
Pero el sueño seguía sin aparecer, mientras los acordes bailaban enloquecidos por la habitación y aquel violín sublime ya empapaba y dominaba el espacio- tiempo de la habitación.
En la mañana siguiente tras aquella noche, el portugués yacía muerto sobre la sábana raída, con las manos tapándose los oídos y las órbitas de los ojos perdidas en el techo. Y así fue descubierto por la mujer de la limpieza al ir a hacer la habitación.
-¡Jesús!, otro cadáver en este balneario maldito -acertó a decir la asistenta, mientras tecleaba en el dial para comunicar el hecho a la Policía metropolitana de Porto…
(En homenaje a Arthur C. Clarke y su relato La Melodía Ideal de los Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco)
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