Relato corto: Dino, el saurio

Relato corto: Dino, el saurio

Por Gilmar Simões*

Me marché del campamento cuando terminó el día de trabajo. El sol caía suavemente sobre las montañas mientras me alejaba del olor penetrante de la ropa ensangrentada que había estado allí décadas, de los restos óseos y de las lágrimas de familiares, como las que había derramado yo. El cuerpo de aquella persona, que yacía boca abajo dentro del traje diminuto en la fosa común, no salía de mi mente. Cuando llegué a la orilla del riachuelo cercano, me senté en un tronco caído mirando el agua plácida y transparente, como una flor esqueleto. Luego fumé un cigarrillo de marihuana para relajarme después de un día ajetreado.

Los rayos del sol, violetas, morados y rojizos desvanecieron en la noche oscura, pero de pronto, en el cielo aparecieron y desaparecieron brillantes puntos de luz al instante. Eran luciérnagas que emitían luces como estrellas fugaces. En ese momento, había perdido la noción del tiempo. Era tarde cuando regresé. Desde lejos ya escuchaba la música y veía el claro de la hoguera. Entré por una puerta trasera. Subí al cuarto por la escalera de la cocina del casarón abandonado. Salí al balcón, en el patio celebraban con bebidas, comidas. Cerca de la hoguera había juegos y bailes. Celebraban el último día de trabajo de la temporada. Estaba cansada. Preferí descansar y me puse los tapones en los oídos. Empecé a leer la Poesía vertical de Juarroz. Mientras leía en el verso «La muerte es otro hilo de la trama», me dormí.

Era temprano cuando los chirridos de la bisagra de la puerta me despertaron. Al mismo tiempo, oí cómo se rompían las botellas por la escalera abajo, como si alguien huyera. De pronto, noté un ligero pero fuerte picor en el cuello. Di un golpe y lo aplasté como si fuera un mosquito. Una masa viscosa escurrió entre mis dedos. Era un alacrán que me había picado. Sin embargo, había marcas de labios que me resultaban confusas, pues además había una evidente marca de mordida. Quién fue primero, no lo sé. Tampoco sé cómo ni cuándo llegó hasta el cuarto donde me refugiaba de la juerga nocturna, ni de quiénes eran las marcas dentales. ¿Qué pretendía? ¿Era de un vampiro, de una bestia o de Andrés? No, era de él. Cuando jugaba al «hijoputa», siempre acababa borracho. Tras tragarse muchas latas de cerveza, se deterioraba más rápido que las cartas de una baraja.

Antes de que me despertara del todo, empecé a palpar alrededor de mi saco de dormir en busca de la linterna. Sin embargo, la mezcla de pastilla y pesadilla resultaba difícil. No encontraba la linterna ni el mechero donde los había dejado. Me arrastré tanteando la pared hasta dar con la puerta. Allí encontré una trenza de ajos colgada. Con ella me hice un collar, por si acaso. Actuaba por intuición y no por intelecto. Me apoyaba en el rugoso pasamanos que parecía hecho de palmera; «¿Hacia dónde me dirijo?», pensaba mientras bajaba por la curva escalera del casarón, tropezándome con porta-velas y esquivando cascos de botellas y vasos de cristal. Un halo etílico de amarula inundó el aire y la mezcla de alcohol y caramelo me embriagó. Luego se sumó al olor quemado de la cera líquida de las velas. Estos fluidos aumentaron mi impaciencia, así como el deseo de encontrar al artífice que me inoculó algún tipo de virus en mi sangre. Aunque confieso que no lo buscaba por el mero placer de hallarlo, también porque me ha hecho un daño más que físico.

Caminé de puntillas por el salón, revisé cajas y cajones de almacenaje de plásticos, saqué escobillas, pinceles, brochas, etc., pero no encontré una linterna. Me fui al patio, revolví las mochilas, miré bajo las mesas, y tampoco hallé linterna alguna, solamente repelentes, lupas, bolígrafos, libretas, etc. Afuera, tropecé con las cuerdas del anclaje de las tiendas, sillas, cubos, recogedores, palas y otros utensilios que había por los alrededores. Además, escuchaba ronquidos, soplidos, gemidos y otros cánticos ininteligibles. Anduve a tientas, descalza, pisando el suave césped. Cuando de pronto vi en una tienda contigua las botas de Andrés tiradas al lado de una mochila, entre botellas de vodka, ron y latas de cerveza. Estupefacta, vi que dormía abrazado a Emely, la joven arqueóloga recién incorporada en prácticas profesionales. Junto a la puerta, al lado de la mochila, por fin encontré una linterna.

Tomé rumbo a la salida del campamento.

El domingo amanecía con una ligera niebla alrededor del antiguo casarón. Atravesé el área demarcada con la ayuda de la linterna mientras vagaba confundida. Pese al estado de la débil luz de la linterna, iluminé los rincones todavía oscuros. Enfoqué cuadernos, mapas, restos de botellas, una caja de pizza, un par de gafas, calzoncillos, bragas y condones… Detecté que esas pistas indicaban salidas precipitadas. En fin, le seguí la pista como en un sueño eterno. Sin embargo, lo único que encontré fueron huellas de pisadas de un espécimen que parecía haber huido a toda prisa. Todas las señales indicaban que escapaba dando saltos, como si quisiera volar y muriera en el intento.

Todo aquello parecía reflejo de un yacimiento arqueológico moderno más que una fosa común. Buscaba al autor que me había hecho daño, como si buscara una huella onírica. Y quizá me equivocaba, porque, en el fondo, la búsqueda no era como un sueño, sino más bien un reflejo de esa realidad onírica, como un espejo de ensueño, quizá moral.

Anduve a tientas unos cuantos minutos más hasta llegar a una encrucijada. Aquí la pista desapareció de forma misteriosa. Había, sí, muchos rastros hacia todas las salidas, pasos dados que confundían; tal vez hechos adrede para despistar a posibles perseguidores. De pronto, la linterna se apagó. Me quedé casi a oscuras atrapada por la duda, mientras los pájaros atravesaban en un vuelo transversal el cielo. Era la banda sonora del amanecer.

Los primeros rayos de sol se imponían a la niebla, pero ni sombra de los rastros. Sostuve mi mirada un momento preguntándome si me hubiera perdido. Ahora, o bien lo buscaba como experta investigadora, o bien con el sigilo de rastreadora. Después de muchas vueltas por la finca, alrededor de la colina donde se ubicaba el casarón, por fin hallé rastros definidos de pies descalzos en la arena.

Había cruzado el límite del área delimitada. El viento soplaba leve. Unos minutos después divisé un par de árboles sin hojas. Las huellas estaban frescas. Los dedos de los pies tenían formas claras, aunque al pie derecho le faltaba el dedo gordo; estaba segura: no había ido lejos. Caminé. Pronto hallé el vestigio del espécimen que seguía bajo la penumbra de una higuera.

Me acerqué despacio y deslicé sobre las puntas de los pies para comprobar si allí encontraba indicios del artífice de la mordida. Buscaba Algún resto de sangre en los labios o en los dientes. Algo. Allí no había telarañas, sino solo las huellas del polvo de hace miles de años. Y entre hojas dormía o descansaba exhausto el espécimen con aspecto urbanita, cubierto con una sábana de hojas. A su lado había una mochila; la abrí, saqué una brocha y empecé a retirar las hojas. Pronto apareció, con lentitud, un cuerpo de sólidas proporciones esculturales, como las que me cruzaba por las calles tras los cristales de las academias de musculación y los del paseo marítimo de las ciudades. Luego pasé el cepillo cuidadosamente, retirando el polvillo adherido. Tenía poco pelo o estaba afeitado, la piel tersa más bien parecía cubierta con escamas, aunque algo pegajosa.

Lo ritmos de la batida de mi corazón se aceleraron. Me estremecí al mismo tiempo que se me erizaban la piel, en un éxtasis tanto quimérico como real.  De repente, abrió un ojo saurio y me miró con esa mirada como de miles de años atrás.  Enseguida, con un tono juguetón, hizo un gesto con los brazos como si le hubiera dado alas, murmuró: Ven aquí, Eva, acuéstate bajo mis costillas.

¿No prefieres que te las saque y luego te cure la herida?
No, no te preocupes, la última costilla no es la de Adán, ¡eh!

Entonces, ¿vienes a exhumarme o a liberarme del túmulo de la costilla de Adán? Mi cuerpo y mi alma lo necesitan. Soñé con este momento desde que fue expulsado del Paraíso. Hablaba como si esperase que la compañía femenina redimiera su pecado. Luego dijo que, desde aquella noche en que mordió la fruta prohibida, se ha sentido perdido hasta hoy.

Me sorprendió que me hablara en un lenguaje tan metafórico y sobreentendido, porque antes, mi idea era socavar su autoestima, pero ahora mi imaginación volaba más allá del espécimen que buscaba y del paraíso soñado. En ese mismo instante, abrió el otro ojo como si me mirara desde el pleistoceno. Su mirada era arcaica, escrutadora, pero afrodisíaca; me desnudaba. Para ser concreta, más bien diría que me miró con esa mirada milenaria, de ninguna manera improvisada. Reflejaba, además, el tiempo geológico revisitado, profundamente placentero. Actuaba como si hubiera sido descubierto en estado de intensa fogosidad. Tenía dientes saurios en batería. Ojos crueles, tentadores.

¿Quién eres?…
Yo, Dino.
Ah, dime.
No, Dino, el saurio.
Vaya, entonces puedes seguir reptando, pues.
Bueno, yo sigo entre líneas.
Se rio a gusto y luego se explayó: Ven, pero no te detengas. No hay barreras ni tropos literarios que nos frenen.
¿Cómo?
Me desconcertó su instigadora lectura, cargada de ironía y deseo a la vez. Tras la risa, vino el cortejo lúbrico. Luego susurró: Ven, Eva, acércate más. Entrégate. Acoplemos todas nuestras dudas y desobediencias sin perder el compás. Lo enfatizó con una mímica muy clara, como si con mi «¿cómo?», yo hubiera cedido a la tentación.
¿Hay algún motivo para ese baile?

Mientras él desafiaba el mundo real, yo refinaba mi búsqueda. La verdad es que desconocía todo lo que había sucedido desde su origen, y el motivo de su presencia allí. No obstante, él seguía relajado bajo la higuera, como si nada. Él me observaba complacido y cautivado por el dulce esfuerzo para mostrarme natural con mi encanto seductor. Sin embargo, no dejaba de exhibir una sonrisa más que embustera. Traté de alejarme, porque, además, olía a breva fermentada con amarula. La mezcla no era ni seductora ni reconfortante. Ese olor junto con su actitud insolente me produjo efectos contradictorios.

Seamos breves, dijo. No perdamos el tiempo con dilemas innecesarios.

Me cogió por la cintura con una enorme mano mientras acariciaba mis muslos con la otra. Trataba de rechazarlo, pero se ponía a lamerme la marca en el cuello con mucha prisa y ganas de más. Sí lo rechacé antes, pero ahora me abandonaba a ese arrebato inesperado tan placentero.
Decidí entonces resolver su dilema, pero, ante la duda, empecé a cavar alrededor de su corpulencia con delicadeza. En ese mismo momento, inhaló el aire fresco de la mañana con placer y con ternura, luego me sugirió que me quitara la corona de ajos, pues no me protegía nada. Es como la cruz; como mucho la ahuyentan y, a la larga, se apropian de ella. A los vampiros se les elimina con una estaca en el corazón. Además, no estábamos en Transilvania sino en Teruel.

Sin hacerme caso, enseguida se llenó otra vez la nariz del aire; se acercó hasta entrar en trance con mi aliento. Sólo es una forma diferente de perfumarse, dijo; y además añadió que ahora le olía más rico. Entonces, le pregunté qué olía. De pronto, suspiró hondo y, visiblemente ansioso por lo que se avecinaba, se puso a reptar de verdad como un reptil urbano y exclamó:¡Ah, esa emanación de la corona herbaria!

Me extrañaba que gustara el olor fuerte y penetrante del ajo, tan temprano. Y me sorprendió mucho más cuando afirmó: Sí, además, me gusta estar en el ajo.
¡Ah, qué rica hueles!
Era así. Entonces le unté el cuerpo con saliva y, a la vez, le susurré al oído:
Dino, Dino, cuando se investiga, debemos estar abiertos a equivocarnos.

Enseguida musitó dulcemente: Ven, no te voy a sacar la sangre. Creo que quizá trataba de que aceptara cada vez más sus reglas de ficción fósil. Era como si aceptara vivir casi una realidad narrada por sus sueños saurios. Aunque aparentaba naturalidad, quería burlarse de mis investigaciones y excavaciones. Estaba claro. Era como aceptar un presagio del futuro que ya esperaba. Pues su único propósito al final era trascender lo meramente antropológico-literario, como una metáfora continuada, así, me inducía a compartir los restos de una ilusión que, como compañero de aventuras, tendría el mismo grado de vestigio que el interés no expresado.
Y se puede saber al final a qué huelo.

En lugar de responderme, me dio prisa para que entrara en su juego, en el cual me sumergí de forma literal en el Paleolítico. Entonces, como si quisiera romper el enlace, cuando pronto fue mano por aquí, lengua por acá, dedo por ahí… Todo estaba bajo control, incluso su modo nómada de actuar. Cuando desperté del sueño, el cielo estaba teñido de granate. Después de que perdí el control, me quedé agotada, porque él cedió a su obsesivo deseo Mientras la ola sombría avanzaba sobre mi mente, necesité marcar las fronteras de nuestros territorios respectivos. Sin embargo, él insistía en devorarme otra vez con su desenfrenado entusiasmo, como si no hubiera mañana.

Dino se definía de manera natural, quizá como fruto de un carácter imperativo e inmóvil. No lo sé. Entonces, pensé que ya era hora de decirle que lo que habíamos vivido no era como en un taller de cuentos, ni estábamos en una escuela, ni en una trinchera… Al final, había algo más profundo que explicar de manera súbita, no como un mero acto de memoria, sino como el centro de gravedad entre él y yo, como un acto de pensar.

Dino insistía con un descaro insaciable, pese a toda mi resistencia, sin querer renunciar a nada. Su prisa y forma de actuar eran lo que realmente causaba que no tuviera mucho éxito. Luego, recogí mi ropa rápidamente y me perdí entre la niebla. Mientras caminaba le oía decir que no me fuera, como si quisiera decir: «Yo aún estoy aquí». Pero yo sabía que mi búsqueda no terminaba solo con ese «estar ahí», aunque lo sacara de allí por esa fuerza imparable, como un muerto atrapado en una fosa común. Aunque no tenía una esperanza ciega en el futuro, dejé a Dino allí para que regresara al pasado con todos sus caprichos.

* Gilmar Simões. Autor hispano-brasileño. Ha estudiado sociología. Ha publicado relatos y reseñas en Narrativas, Revista digital; Revista Almiar, Margen Cero; Letralia, Tierra de letras; LoQueSomos, República Popular de las Letras; La torre del ojo; Minotauro, antología de relatos breves, de Latin Heritage Foundation (Washington, EUA, 2011.

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