Debajo de los adoquines, sigue estando la playa
Por Rosa García Alcón*
«Podemos mirar atrás, analizar las experiencias y las enseñanzas y construir algo nuevo y ahí está la juventud que puede recoger esa tarea y llevarla adelante, como están haciendo en muchísimos lugares…»
Al calor de la lucha contra la guerra de Vietnam en los años sesenta del siglo pasado y, particularmente, durante las manifestaciones y huelgas del Mayo francés de 1968, surgió la consigna «Debajo de los adoquines está la playa» (‘Sous les pavés, la plage!´), que recogía el ferviente anhelo de libertad y cambio de la juventud francesa embarcada en aquella épica rebelión estudiantil y obrera que puso en jaque al Estado francés y que se extendió después por todo el mundo. Las imágenes de esos jóvenes que arrancaban los adoquines de las calles francesas –no solo de París, también de Nantes, Lille, Toulouse…– para enfrentarse a la temida CRS (los criminales antidisturbios franceses) llenó de entusiasmo y alegría a quienes sufrían las mismas opresiones y tenían la misma necesidad de acabar con un sistema que oprimía sin contrapeso alguno a la mayoría de la población, con la excusa de una supuesta “bonanza” económica que solo beneficiaba a las élites económicas y políticas repuestas tras la II Guerra Mundial.
Precisamente ese contexto político internacional favoreció el reforzamiento de las luchas en España contra la dictadura y su asfixiante control sobre el conjunto de la población y sobre la juventud en particular. Al igual que en Francia, las nuevas generaciones tenían otras aspiraciones diferentes a las que les ofrecían las reaccionarias élites franquistas, que no fueron capaces de ver el peligro hasta que les estalló en la cara: la Universidad se convirtió en un frente importante de lucha en los años conocidos como el tardofranquismo.

La represión se agudizó según aumentaba la protesta, como viene siendo habitual. El gobierno de Franco apostó por el aumento de la presencia policial en la Universidad que incluso entraba en los campus y las facultades (como acabamos de ver en la Universidad Complutense de Madrid durante la reciente huelga por la enseñanza pública). Se repetían las cargas a caballo o con camiones cisternas para dispersar cualquier concentración y se creó un organismo específico de la Brigada Político Social, policía secreta del franquismo, que trasladó a sus agentes a las mismas facultades, algunos infiltrados como estudiantes. Las detenciones masivas o selectivas, los malos tratos y las torturas fueron habituales. Por su parte, a nivel judicial, se creó un juzgado específico en el Tribunal de Orden Público (TOP) que impuso a los estudiantes detenidos elevadas multas económicas y, en muchos casos, penas de cárcel.
También a nivel académico la persecución de las protestas incluía amonestaciones privadas y públicas, expulsiones individuales y colectivas, suspensión de becas, persecución de las actividades culturales estudiantiles, prohibición absoluta de reuniones y asambleas, cierres de centros docentes y aulas de cultura y despido de profesores que apoyaran la lucha de los estudiantes. Además de otras formas más sibilinas como negarse a aprobar una asignatura a quienes fueran más representativos o facilitar las fichas académicas a la policía, incluso negarles las prórrogas de estudios a los alumnos que tenían que hacer el servicio militar obligatorio.

A pesar de esta represión, el movimiento estudiantil adquirió una importancia sustancial, particularmente a finales de los sesenta, cuando se produjeron los asesinatos policiales de los estudiantes Rafael Guijarro, en 1967 y Enrique Ruano, en 1969. Precisamente, tras el asesinato de Enrique Ruano, las movilizaciones de repulsa se extendieron a varias universidades y el gobierno franquista decretó el estado de excepción en todo el país, durante dos meses, en los que hubo 306 estudiantes detenidos, unos 200 fueron deportados o extrañados, 25 denunciaron a la policía por malos tratos, 15 estudiantes fueron juzgados por el TOP y 29 por tribunales militares.
En los setenta, a pesar de la prohibición total de la libertad de expresión, organización y manifestación impuesta durante todo el franquismo, la acción política de los grupos organizados clandestinos escala su nivel de lucha: junto a las octavillas, pintadas y carteles habituales en cada facultad, los mítines-relámpagos y los llamados “saltos” (manifestaciones muy rápidas), se empezaron a utilizar métodos más contundentes, con enfrentamientos con la policía a pedradas e incluso con cócteles Molotov, barricadas, encierros y convocatorias públicas de Jornadas de lucha. Varias universidades sufrieron cierres y desalojos por orden gubernamental y/o del Rectorado. Por ejemplo, el 8 de febrero de 1975, el ministro de Educación, Cruz Martínez Esteruelas, del gobierno de Carlos Arias, ordena el cierre de la Universidad de Valladolid tras producirse –en el marco de las importantes movilizaciones que estaban sucediendo–, el lanzamiento de huevos podridos contra el Rector, José Ramón del Sol, hecho conocido como “la huevada”.

Ese potente movimiento estudiantil siguió durante la transición sufriendo la persecución no solo de los jueces, rectores y la policía sino también de los grupos parapoliciales de extrema derecha (valga la redundancia) que causaron decenas de heridos y muertos en las diferentes manifestaciones y movilizaciones que se produjeron en esos años. En Madrid, los asesinatos de jóvenes estudiantes como Arturo Ruiz y Mari Luz Nájera, en enero de 1977; José Luis Montañés y Emilio Martínez, en diciembre de 1979; o Yolanda González, en 1980, son algunos de los más recordados.
Estamos viendo de nuevo cómo la movilización estudiantil surge con fuerza en varios países: España, Francia, Albania, Italia, Bélgica, Alemania, Portugal, Chile, Argentina, India… es la juventud quien se rebela contra las condiciones precarias y la falta de perspectivas a las que el poder pretende someterla. También –como en el 68– ha sido la juventud la que ha estado en primera línea en todo el mundo en la lucha contra el genocidio de Gaza perpetrado por el Estado sionista de Israel.

La represión de estas movilizaciones estudiantiles está siendo brutal: miles de chicos y chicas muy jóvenes ha resultado heridos, mutilados, gaseados, golpeados por la policía (da igual de qué país porque están actuando exactamente igual en todas partes); y aún así, siguen manifestándose, bloqueando institutos, extendiendo su lucha a otros sectores de la sociedad. La industria armamentista se debe estar frotando las manos con la venta a los Estados represores de gases lacrimógenos, bombas de aturdimiento, botes de humo, bolas de goma y toda la parafernalia que utilizan los policías para atacar a quienes solo ponen su cuerpo en manifestaciones pacíficas, ajustadas al derecho reconocido en las constituciones y leyes de los supuestos “países democráticos”.
En las últimas décadas, la sociedad capitalista global está en un proceso acelerado de transformación tras la desaparición del bloque soviético y la aparición de otras potencias económicas y militares (como China). Además, los cambios tecnológicos y la intensificación de la crisis ecológica-climática están agudizando los procesos degenerativos de un sistema que no tiene capacidad de resolver sus propias contradicciones, como ya expresó Karl Marx en “El Capital: crítica de la economía política”. Históricamente, esta incapacidad del capitalismo, acaba provocando guerras y destrucción que, teniendo en cuenta los avances tecnológicos de la industria armamentística, podrían alcanzar dimensiones catastróficas. ¿Está esto en los planes de las élites oligarcas del mundo? Tal vez. Pero una cosa son sus planes y otra que puedan imponerlos de forma automática.

Lo que conviene tener presente es que nunca jamás las clases oligarcas han renunciado a sus privilegios. Nunca jamás han tenido en cuenta el bien común por encima de sus intereses. Nunca jamás han repartido los beneficios –usurpados– con la población que los producía. Nunca jamás han contribuido al cuidado y bienestar de la mayoría, salvo que les fuera imprescindible para su propia supervivencia. Nunca jamás una potencia imperialista ha mejorado la vida de los colonizados. Nunca jamás lo han hecho y nunca jamás lo van a hacer. Si nuestro planeta se convierte en un lugar inhabitable, como nos están avisando, los ricos procurarán su propia salvación (si encuentran la forma) antes que renunciar al expolio de los recursos que esté propiciando esa misma debacle. Resultan chocantes los estrambóticos viajes interplanetarios pagados por el tecnofascista Elon Musk en busca de un lugar habitable fuera de la Tierra. ¡Que se vaya! Y que se lleve con él al resto de los suyos. A Marte o al Séptimo Infierno de Dante, el de los asesinos y violentos.
Por eso es necesario no solo conocer las causas de los cambios que se están produciendo de forma acelerada a todos los niveles: políticos, económicos, tecnológicos, ecológicos… sino, sobre todo, proyectar un futuro para la mayoría de la humanidad, para quienes proporcionan cuidados y producen la riqueza necesaria para sobrevivir y esta es la tarea más complicada que tenemos planteada en estos momentos. Podemos mirar atrás, analizar las experiencias y las enseñanzas y construir algo nuevo y ahí está la juventud que puede recoger esa tarea y llevarla adelante, como están haciendo en muchísimos lugares. Con preparación, decisión y entusiasmo, desarrollando un valiente combate por su futuro y el de todos y todas. Es emocionante y alentador escuchar los discursos de esa juventud que llena las plazas y las calles con cánticos y consignas viejas y nuevas, con ilusión y fuerza. Nada está escrito.
Ante la compleja situación en la que nos encontramos se abren paso con cierta facilidad las ideas catastrofistas y pesimistas. Pero espero y deseo que muchísimo antes de que el sol se apague o se encuentre vida más allá de Andrómeda, en este minúsculo punto del universo donde nos encontramos, hayamos sido capaces de crear sociedades sin clases, libres e igualitarias, porque debajo de los adoquines sigue estando la playa. ¿Por qué no?
* Activista social. Represaliada política de la dictadura. Miembro de La Comuna, Presxs del Franquismo.
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