Diáspora: desde Estados Unidos (1979-2026)

Diáspora: desde Estados Unidos (1979-2026)

Por Francisco Cabanillas

Porque soy el poeta,
befa mayor de la palabra,
debo tener el cielo dispuesto al mundo vano.
Francisco Matos Paoli

I
Ni la presidencia del republicano Ronald Reagan (1981-89), emblemática del neoliberalismo inaugurado en Chile en 1973, ni las de George H. W. Bush padre (1989-93), antiguo director de la CIA, y George W. Bush hijo (2001-09), paladín del neoconservadurismo, ambas republicanas; ninguna desató la furia antiinmigrante que ha caracterizado las dos presidencias republicanas (2017-21; 2025-29) del antiguo demócrata (2001-09) Donald Trump. Furia que, en muchos casos, se ha desatado, mayor pero no exclusivamente, contra la población latina del país.

A vuelo de pájaro. Los lazos de Reagan con la población latina de Estados Unidos se concentraban en el sur de la Florida, donde la población cubana era también, como Reagan, significativamente anticomunista. En 1986, Reagan firma la Ley de Control y Reforma de la Inmigración, cuya amnistía facilitaba el camino hacia la legalización de varios millones de indocumentados, muchos mexicanos y centroamericanos. Los lazos de la familia Bush, como es sabido, han estado estrechamente vinculados, por razones matrimoniales, con la población mexicana: el nieto mayor del patriarca George H. W. Bush, George Prescott Bush, tiene madre mexicana (Columba) y padre gringo (Jeb Bush).

Las presidencias demócratas de Clinton (1993-2001), Obama (2009-17) y Biden (2020-24) no están exentas de fricciones con los inmigrantes latinos. No obstante, ninguno de sus desatinos ha generado los niveles de violencia que caracterizan la cultura de la crueldad que Henry Giroux remite al trumpismo.

Clinton, por ejemplo, cuya Ley de Control y Reforma de la Inmigración y Responsabilidad del Inmigrante (1996) hay que ver como un retroceso ante la amnistía de Reagan en 1986; Clinton, cuya administración oficializó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que destruyó a tantos pequeños agricultores de México, obligándolos a cruzar la frontera en busca de trabajo en el norte; Clinton se declaró culpable —¡mea culpa!— de haber destruido la agricultura arrocera haitiana, cuya ausencia empeoró el hambre de la isla después del terremoto de 2010. En Springfield, Ohio, durante la contienda presidencial de 2024, la dupla J.D. Vance-D.J. Trump acusó a la comunidad haitiana de comerse las mascotas (perros y gatos) del vecindario.

En 2012, Obama impidió la deportación y facilitó el acceso al trabajo de los indocumentados que llegaron a Estados Unidos de niños y que se hicieron adultos en el país sin tener papeles (conocidos en inglés como DREAMERS); a la misma vez, Obama se ganó el título de “deportador en jefe” (2014) debido a la cantidad de inmigrantes que su administración echó del país.

En ese sentido, antes de Trump, fue Obama.

En 2014, Obama flexibilizó las relaciones con Cuba y, en 2015, propuso que Venezuela constituía una amenaza nacional para EEUU En 2017, tras una presión internacional intensísima, Obama conmuta al final de su presidencia —¡parecía que no lo iba a hacer! — la sentencia de más de 35 años del independentista boricua Oscar López Rivera.

A Biden, que llegó a la presidencia (2021) a pesar de que, durante las primarias (2020), no se destacó para nada en los debates —realmente, nadie lo notó; igual que, o quizás peor, la persona que escogió para la vicepresidencia, Kamala Harris, primera en ser eliminada del debate—; a Biden le tocó hacer relativamente poco mal en cuatro años. Sobre todo, no cumplió las promesas de campaña de Reforma Migratoria, si bien se opuso a la separación de las familias de indocumentados; tampoco maltrató a salvadoreños, hondureños, nicaragüenses y venezolanos. Sin embargo, Biden, siempre resbaloso, se refirió a los indocumentados como “ilegales” (2024).

II
Nunca, desde que, en 1979, empieza el vaivén diaspórico de este pasajero entre la isla y el norte, nunca un vuelo de Estados Unidos a Puerto Rico —como se dice cuando se habla del cruce entre la potencia y la colonia (¡como si Puerto Rico no fuera territorio de Estados Unidos desde 1898!)—; nunca, en ese vuelo —lo mismo que de Puerto Rico a Estados Unidos— tantas veces marcador de la puertorriqueñidad de los siglos XX y XXI, nunca había sido necesario llevar pasaporte (¡gringo!) para entrar desde el imperio a la colonia o de la colonia al imperio.

Esta vez, a principios de febrero de 2026, lo fue, como medida preventiva ante las agresiones de ICE contra la población latina. En un vuelo de Houston, TX, a San Juan, PR, la idea de llevar el pasaporte prometía un freno ante la sospecha de que al boricua lo confundieran con un indocumentado, sobre todo en el vuelo de regreso: San Juan-Houston.

“¡Si me paran los trumpistas de ICE, los paro con el pasaporte gringo que tenemos desde 1917!”

No pasó.

III
Ahora que el imperio recula (China, sí, la culpa es siempre de China) y que su poder autocrático —efecto del bumerán imperial de Aimé Cesaire— abusa de su clase media, maltratándola, pero nunca tanto, como a las periferias geopolíticas desde 1945; ahora, como dicen por ahí, el gas pela.

El trumpismo desmonta el engranaje democrático —limitado como siempre lo ha sido (ahí están el Colegio Electoral y el Senado)—de la República Federada, a la vez que, desde el Ejecutivo, saquea el tesoro para beneficio de, entre otros, incluidos el presidente y su familia, el Complejo Militar Industrial.

No obstante, la impericia del trumpismo —ese llevarse por delante lo que se le ponga en medio sin el más mínimo decoro discursivo (cualquier mentira cabe; cualquier inepto preside agencias)— ha sido la clave para mantenerse de pie durante la segunda presidencia de casi año y medio (aunque parezca una eternidad): enero de 2025 a mayo de 2026. ¿Será que la misma ineptitud —no olvidemos las primarias (2016) de la primera presidencia, cuando muchos pensaban que Trump se autodestruía—; será que la misma ineptitud le permitirá llegar indestructiblemente al término de su incumbencia (enero de 2029)?

IV

[…] por eso afirmamos que el fundamento
de lo lógico es lo histórico.
JJBS

En ¿Qué significa pensar desde América Latina? Hacia una racionalidad transmoderna y postoccidental (2014), el filósofo boliviano José Juan Bautista Segales (1958-2021) divide su reflexión en tres categorías clave para la liberación que persigue su pensamiento “ético-crítico”: 1) Del pensar; 2) De la crítica; 3) De la racionalidad.

En cuanto a “Del pensar,” se trata de hacerlo —resumiendo brutalmente en este y en los dos puntos que vienen— desde lo que, a partir de 1492, la modernidad-colonial-occidental proscribió:

Por eso es menester volver a pensar, pero no ya desde el horizonte histórico y cultural que produjo este problema, que es la modernidad, sino desde los horizontes históricos y culturales que la modernidad sistemáticamente negó, encubrió, excluyó y empobreció.

De ahí que este pensar implique cierta recuperación y reconexión respecto de las cosmogonías originarias anteriores a la “invención de América” (O’ Gorman).

Respecto “De la crítica,” se trata de la praxis de ese pensamiento “nuevo” sobre el que se filosofa para liberarse de la racionalidad moderno-colonial:

Ahora de lo que se trata es de pensar esta problemática, es decir, lo que significa para la razón intentar pensar, o sea, conocer desde una racionalidad no moderna ni occidental, o sea, desde este más allá que la modernidad, intentando ubicarse en el contexto de uno de los problemas centrales de la ciencia social latinoamericana, que es «el problema» de cómo es que ella ha construido (y sigue construyendo) conocimiento acerca de lo latinoamericano […].

La crítica produce el conocimiento que corresponde a la realidad latinoamericana.

En “De la racionalidad” se parte de una finalidad “distinta” (“ir más allá que la modernidad”) de la crítica “transmoderna” y “postoccidental” latinoamericana:

¿debe ser la misma racionalidad, la misma lógica, la misma
epistemología o el mismo método, cuando se quiere conocer el
mundo tal cual es que cuando se quiere trascenderlo?

Finalidad: moverse de la racionalidad dominadora-moderno-colonial a la que recupera la centralidad de la vida y la ética.

¿Qué significa pensar desde América Latina? es, además, dos libros en uno: el que se escribe en el texto central y el que —a partir de notas a pie de página— lo complementa con comentarios y explicaciones tan sustanciosas como las del texto central, como en esta nota 55:

Utilizamos la palabra «transontológico» para indicar esa relación intersubjetiva en la cual existe dominación o sometimiento de un horizonte ontológico que se toma a sí mismo como el único posible o viable por sobre otros o a costa de otros horizontes ontológicos a los cuales no deja ser. Con ello queremos sugerir, para no pecar de ingenuidad, que nuestras culturas o sistemas civilizatorios anteriores a la modernidad y que hasta ahora perviven, no son buenos o éticos en sí mismos, que sí había en ellos relaciones de dominación que habrá que superar, pero que ninguna de ellas se compara a la dominación que la modernidad ha desarrollado, porque ningún sistema civilizatorio ha producido sistemáticamente tanta miseria, pobreza, exclusión y destrucción de la naturaleza como la modernidad.

Desde Estados Unidos, la lectura de la filosofía latinoamericana que plantea el filósofo boliviano es más que relevante, ya que, en el país de Thoreau, Poe y Whitman, se instala la dimensión más volcánica de esa modernidad-colonial-occidental que Bautista Segales invita a trascender. Modernidad en repliegue volcánico; es decir, moviéndose de la democracia liberal (brutal como lo ha sido) a la caquistocracia actual (brutal como lo es).

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