10-Nov-1891: nace el anarquista Simón Radowitzky
Por Daniel Alberto Chiarenza
Radowitzky: “soy ruso y tengo 18 años”
Nació en la aldea de Santiago, provincia de Kiev, por entonces, tercera ciudad en importancia del Imperio Ruso.
En la adolescencia ya recibe una incuestionable formación anarquista. Antes de llegar a la Argentina, perteneció al grupo ácrata dirigido por Petroff –así, fue como se lo conoció popularmente a este noble de la aristocracia rusa zarista que, en realidad era el príncipe Piotr Alekséyevich Kropotkin; naturalista, geógrafo y zoólogo, además de ser un teórico político y económico, escritor y pensador ruso, nacido en Moscú; fue un teórico del movimiento anarquista y desarrolló la teoría del apoyo mutuo-. Simón recibió influencias, también, de los revolucionarios: Pablo Karaschin (1) (participante en el atentado en el funeral de Carlos Borbón), Andrés Ragapeloff, Moisés Scutz (2) , José Buwitz, Máximo Sagarin, Iván Mijin y la conferencista Matrena. Participó de los disturbios de Kiev en 1905 (allí Simón fue condenado a seis meses de prisión).
Llegó a la Argentina en marzo de 1908. Se instaló en Campana; se empleó como obrero mecánico en los talleres del Ferrocarril Central Argentino. Pasó a Buenos Aires, donde trabajaba en herrería y mecánica.

Aparece en nuestra historia (1909) en forma drástica, violenta e imborrable. La vida de los obreros era durísima. Las ideas del socialismo y el anarquismo influían notablemente entre los oprimidos.
El 1° de mayo de 1909, Buenos Aires prepara su conmemoración anual a los trabajadores (recordando la sangrienta represión a los “Mártires de Chicago” de 1886): los socialistas harían su acto en Plaza Once y los anarquistas se concentrarían en Plaza Lorea, para marchar por Avda. Mayo, Florida hasta Plaza San Martín, y de allí, hasta la Plaza Mazzini, la cual no existe con esa denominación y la confusión deviene del monumento a Giuseppe Mazzini que se encuentra en Plaza Roma, en la Avenida Leandro N. Alem y Tucumán, en el barrio de San Nicolás, en la Ciudad de Buenos Aires.
El escenario mostraba que a las 14:00 h. la Plaza Lorea estaba superpoblada. Banderas rojas y negras eran portadas por italianos, rusos y catalanes, entre otros.
En Avenida de Mayo y Salta aparece sorpresivamente un coche que resguardaba en su interior al Jefe de Policía, coronel Ramón L. Falcón. Los obreros reconocieron al famoso represor y lo insultaron. Comienza la agresión entre obreros y policías. El resultado fue una de las más trágicas represiones que se padeció en nuestro país; se recogieron tres cadáveres y hubo unos 40 heridos graves, dos de ellos morirían después.

Se allanaron locales y domicilios de anarquistas. Como siempre ocurre en estos casos, Falcón le adjudicó el inicio de las acciones a los obreros, siendo apoyado por sus superiores.
Los anarquistas logran la adhesión de los socialistas y llaman a un “Paro General” (no son pusilánimes comprados como los cegetistas –miembros de la CGT Confederación General de Trabajadores en Argentina- actuales). Amenazan que la huelga “sólo se levantaría con la renuncia de Falcón”. La respuesta del presidente José Figueroa Alcorta fue “Falcón va a renunciar el 12 de octubre de 1910, cuando yo termine mi período presidencial”.
Pero, nadie pudo impedirles a los anarquistas el duelo. Sesenta mil obreros acompañaron a las víctimas al cementerio de la Chacarita. La opinión pública (que no se informaba por medios comunicacionales hegemónicos) se conmovió.
Desde la tragedia de Plaza Lorea, muchas fueron las advertencias destinadas al coronel Falcón. El 14 de noviembre de 1909, cuando Falcón, acompañado por su secretario Alberto Lartigau, se dirigía por la Avenida Callao rumbo al sur, un muchacho, que parecía extranjero comenzó a correr a toda velocidad detrás del vehículo del Jefe de Policía. Al doblar el coche por Quintana, el desconocido se acercó y arrojó un paquete al interior del mismo. Medio segundo después se produjo la terrible explosión que terminó con la vida de Falcón y Lartigau.
El desconocido era Simón Radowitzky, quien fue inmediatamente apresado, estando herido en el costado derecho del pecho. Se entregó gritando: “¡Viva el anarquismo!”. Al dejar el Hospital Fernández, Radowitzky fue trasladado a la Comisaría 15°. Se lo sometió a todo tipo de interrogatorios y tormentos. Él sólo dijo: “Soy ruso y tengo 18 años”.
Para la policía y el ejército fue una verdadera afrenta y no podía haber perdón para el asesino, sobre todo por extranjero.
Militares, políticos y funcionarios pedían la pena de muerte, pero la minoridad –recordemos que por esos días se adquiría la mayoría plena a los 21 años- del imputado, alivió la pena. Después de haber estado detenido 14 meses en la Penitenciaría Nacional, fue trasladado al Penal de Ushuaia, donde soportó todo tipo de abusos.
El 14 de abril de 1930 fue indultado por el presidente Yrigoyen, pero debido al malestar que existía todavía en la policía y en las fuerzas armadas, fue obligado a desembarcar en Montevideo. Por un breve lapso estuvo preso en la isla de Flores (1936).
No podía trabajar porque había quedado mal de un pulmón y siguió su lucha en España. Vio, lo que él consideraba la traición comunista a sus compañeros anarquistas, y se trasladó a México, donde fue empleado por el consulado uruguayo con otro nombre.
Transcurrieron sus últimos 16 años entre el trabajo, las charlas y conferencias de ideas y su hogar. Hasta que el 4 de marzo de 1956, cuando tenía 65 años, murió de un ataque cardíaco. Sus amigos le pagaron una sepultura sencilla.
Después de diciembre de 2001, cuando se generalizan en Argentina las asambleas populares (¿éste es el mismo pueblo, que años después lo votaría en elecciones presidenciales al multimillonario y estafador Macri y al psicópata fascista, pro imperialista, Javier Milei?). Una de aquellas asambleas realizó un operativo ejemplar, tapando los carteles de la calle Ramón Falcón con otros que recuerdan a su ajusticiador Simón Radowitzky (según una idea magistral del benemérito escritor Osvaldo Bayer, ejemplo de dignidad de la Patria Grande y de los grandes librepensadores). Pero, en tanto el nombre del ruso internacionalista se asocia a la violación del orden burgués y a transformaciones sociales, los viejos carteles de la nomenclatura catastral fueron repuestos y el nombre de Simón regresó al silencio y los paniaguados jóvenes cooptados por la “siniestra” derecha que amenaza al mundo, ignorantes y tranquilos por la vida, sin sospechar que se juegan su propia existencia como Humanidad.
1.- Pablo Karaschin: fue un anarquista de origen ruso. Mencionan que estuvo en contacto con un grupo de intelectuales anarquistas de origen ruso, como José Buwitz, Iván Mijin, Andrés Ragapeloff, Máximo Sagarin y Moisés Scutz, a través de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA). Actualmente su perfil en el “Diccionario Biográfico de las Izquierdas Latinoamericanas” aparece “en construcción” y sin datos de nacimiento ni fallecimiento. IA Gemini
2.- Moisés (Moishe) Scutz (Schutz): Sastre anarquista de origen ruso-judío, activó en la Argentina a comienzos del siglo XX, deportado en 1909 por aplicación de la Ley de Residencia, desarrolla luego su militancia en Londres y Los Estados Unidos. Tarcus Horacio y Margarucci, Ivanna (2024) “Schutz, M.”, en Diccionario de las Izquierdas latinoamericanas.
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