Felipe Varela: el Quijote de los Andes
Por Daniel Alberto Chiarenza
10 de octubre de 1867: toma de Salta, Argentina, por el patriota latinoamericano Felipe Varela, aparecía y desaparecía, en el más actualizado concepto de “guerra de guerrillas”
La revolución federal y popular encarnada, por esos días de 1867, había rebrotado en agosto de ese año con las incursiones de Simón Luengo en Córdoba, mientras que Felipe Varela reagrupaba sus fuerzas, apareciendo y desapareciendo –en el más actualizado concepto de “guerra de guerrillas”-, atacando por sorpresa y derrotando a los mitristas, general Wenceslao Paunero y coronel José María Linares. Bartolomé Mitre brama de indignación en carta a Marcos Paz: “No me explico cómo es que todos han derrocado a Varela, nadie lo ha visto de cerca y a última hora se retiraba a Bolivia con ochocientos hombres, es decir, con todo el ejército que siempre tuvo”. Por unos pocos días, Aurelio Zalazar recupera el poder en La Rioja. El 10 de octubre de 1867, Varela toma la ciudad de Salta: “Al ir a aquella ciudad –escribe El Quijote de Los Andes, así era una de las denominaciones, como héroe popular y arrojado, que tenía Felipe Varela- no me llevó el ánimo de ir a apoderarme de un pueblo sin objeto alguno, no, Marchaba en busca de pertrechos bélicos porque era todo cuanto necesitaba para triunfar de los enemigos que me amenazaban y obtener una posición ventajosa sobre el poder de Mitre”.

Como el gobernador de Salta, Sixto Ovejero, sabe que el catamarqueño general Octaviano Navarro lo persigue de cerca, no supone que se atreva a atacar la ciudad. Por eso a la intimación de Varela de entregarle “dentro de una hora” los seis cañones y 225 fusiles que había en Salta “en servicio de la libertad de mi patria y deseoso de evitar a la población la desastrosa consecuencia de la guerra”, contesta con una descarga.
Ovejero sobrevaloró mucho el poder de los fusiles que distribuyó entre la clase principal y despreció el coraje de los gauchos. Varela ordenó el ataque, y los defensores apenas pudieron mantenerse cuarenta minutos; el gobernador y los suyos debieron ir a asilarse al templo de San Francisco – a, tan solo, una cuadra de la Plaza 9 de Julio, sobre la calle Caseros casi esquina Deán Funes-, donde también fueron llevadas las armas.
Una hora estuvo Salta en poder de los montoneros. Después de la retirada se hizo un sumario con exageraciones donde los acusan de cualquier clase de tropelías, existentes sólo en la cabeza de los genuflexos del poder de los porteños.
Luego, avanza sobre Jujuy, pero debe exiliarse ante la superioridad de fuerzas del enemigo.
En 1868, Aurelio Zalazar se entrega y, ya bajo la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento (después del 12 de octubre de 1868), Felipe Varela reingresa al país, y lanza una nueva convocatoria que encabeza con la fórmula “Viva la Unión Americana”. Allí se define contra la oligarquía porteña y declara que “los argentinos de corazón, y sobre todo los que no somos hijos de la Capital, hemos estado siempre del lado de Paraguay en la guerra que, por debilitarnos, por desarmarnos, por arruinarnos, le ha llevado Mitre a fuerza de intrigas y de infamias contra la voluntad de toda la Nación entera, a excepción de la egoísta Buenos Aires” [Manifiesto de Felipe Varela, del 1 de enero de 1868]. Pero la falta de recursos lo conduce a una nueva derrota.

Por otra parte, el desleal (por no usar otro epíteto más duro) Justo José de Urquiza, tiempo antes, le ha escrito a Martín Ruiz Moreno que “esa fiebre incesante de revoluciones […] emana de la política poco cuerda y asaz tirante, desplegada por el Gobierno Nacional. Se quiere tratar a las provincias como miserables villorrios. Se aja su dignidad, se quiere custodiar con bayonetas su soberanía independiente, y de aquí, naturalmente […] los levantamientos […] Hasta cierto punto, pues, esas revoluciones tienen un viso de disculpa, si bien deben ser en el fondo enérgicamente condenadas”. Pero ahora se desentiende cada vez más de esa montonera que necesita de su ayuda: “Varela y su montonera [dice el caudillo entrerriano], producto legítimo de los excesos del poder y de una política bastarda, jamás pudo ser para nadie, la expresión o el agente de mis ideas. La mejor prueba era que él abusaba de mi nombre sin que ningún hecho mío lo autorizase [y reflexiono: ni le diera un basamento de veracidad, ya todos y todas sabían que Urquiza había traicionado a la Confederación en Pavón, Felipe Varela hacía como que lo ignoraba]”. Continúa Urquiza con la sanata: “Soy hombre de principios, y no de partido, y menos de montonera: jamás las he tolerado siquiera”. Y es lógico, nunca dejó de ser un oligarca de Provincia litoraleña. Tardíamente una parte engañada del pueblo se dio cuenta que en definitiva siempre dependió del poder imperial y anglófilo del Puerto único de Buenos Aires, es decir: “Un gaucho con galera y poncho de lujo”, que se dedicaba a embarazar alegremente cuanta “chinita” apetecía, ejerciendo el más vil derecho de pernada como buen señor feudal que era.
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