Usted, vencido, y su tierra se queda sin aliento…

Usted, vencido, y su tierra se queda sin aliento…

Por Daniel Alberto Chiarenza

5 de septiembre de 1820: Artigas ingresa a Paraguay, donde comienza su exilio.

De Eduardo Galeano “Usted”, en Memoria del Fuego. Tomo II. Las caras y las máscaras. Buenos Aires. Siglo XXI. 1988:
“Sin volver la cabeza, usted se hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas de lagarto y allá se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la fronda.
“Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería. O quizás usted no sabe, todavía, que se va para siempre.
“Se agrisa el paisaje. Usted, vencido, y su tierra se queda sin aliento. ¿Le devolverán la respiración los hijos que le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes de esa tierra broten, quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza tan honda?
“Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy necesario, don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen, cada vez que los tontos la crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque usted, don José Artigas, general de los sencillos, es la mejor palabra que ha dicho”.

Derrotado en Tacuarembó por los portugueses, perfectamente armados y con una abrumadora superioridad material, José Gervasio Artigas se repliega hacia Entre Ríos, cruzando, con unos cientos de hombres, el río Uruguay, instalándose en Mandisoví. Pudo conocer -en aquel aciago momento- el contenido del Tratado del Pilar y montó en cólera, acusándolo a su -hasta entonces- lugarteniente Francisco “Pancho” Ramírez, de traición.
Creía todavía estar en un buen momento, se enfrentó con las armas al que luego llamarían El Supremo Entrerriano (Ramírez) que, traicioneramente, como anticipó el caudillo de los orientales, fue sobornado por el dinero de Buenos Aires y le asestó el golpe final a su anterior Jefe. Este tema de las felonías a la causa nacional y federal es muy conocido por los sufridos entrerrianos: luego, vendría don Justo José de Urquiza (el apóstata de Pavón), hasta llegar al día de hoy en que su gobernador alquilón, porteño, Rogelio Frigerio proveniente del PRO (macrismo), coqueteando con los radicales y, actualmente tratando de llegar a un acuerdo con la mileísta La Libertad Avanza para perdurar; no hay que olvidar que su abuelo del mismo nombre, comenzó siendo comunista, se hizo radical intransigente –para poder ser el principal alcahuete de Frondizi en su malograda presidencia- y luego, fundador de MID (Movimiento de Integración y Desarrollo, que hoy es un brazo menor de LLA).
Sin darle tiempo a rehacerse al traicionado Jefe de los Orientales -pues toda la campaña del país profundo argentino engendraría en pocos días ejércitos artiguistas- “Pancho” Ramírez emprende la persecución del gran caudillo, que, perdido ya, se interna en las selvas paraguayas y se acoge a la protección del Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, Supremo Dictador del pueblo guaraní.
Los designios de Buenos Aires se estaban cumpliendo por mano ajena; mucho peor que eso: quienes los ejecutaban eran lo que debieron estar más unidos que nunca.
[Artigas] “Trató de formar una organización política de carácter federal, encabezada por los líderes de las montoneras del litoral argentino, como López y Ramírez, pero sus esfuerzos se vieron frustrados por las vacilaciones de éstos ante la presión gobierno de Buenos Aires. La derrota de Artigas ante las tropas portuguesas significó el comienzo de una dependencia extranjera que recién se quebró en 1825 con la expedición de los Treinta y Tres Orientales, jefaturizada por Juan Antonio Lavalleja”. Luis Vitale: De Bolívar al Che. La larga marcha por la Unidad y la Identidad Latinoamericana. CABA, Producciones Gráficas San Julián, 2002.

La guerra de los portugueses (colonizadores de Brasil) contra Artigas había sido extremadamente violenta, las derrotas se sucedieron y habiendo perdido prácticamente todos sus hombres y, traicionado por sus aliados –entre ellos, como se vio, al “Pancho” entrerriano-, el caudillo oriental se internó finalmente en territorio paraguayo el 5 de septiembre de 1820. Allí culmina definitivamente su actuación política y militar en el Río de la Plata. La historiadora Ana Ribeiro reproduce en El Caudillo y el Dictador, un relato de José María, hijo del general Artigas: “Llegó a las fronteras del Paraguay con doscientos libertos y algunos oficiales, escribió al dictador solicitando su entrada a la provincia y éste otorgándosela, mandó inmediatamente a recibirlo. En efecto, lo recibió un oficial en las primeras guardias al que entregó Artigas su espada y su bastón y, a su ejemplo, lo hicieron todos los soldados sus armas”.
El caudillo oriental creyó que encontraría en Paraguay amigos y aliados para poder reunir un último ejército, pero todo fue en vano. En esfuerzo postrero y de infinita generosidad envió los últimos dineros que le quedaban para que estos fueran distribuidos como auxilio hacia sus oficiales detenidos por los portugueses en la Isla das Cobras: Lavalleja, Otorgués, Verdún y Bernabé Rivera, entre otros. Dos grupos de hipótesis se manejan en torno al porqué Artigas se interna en el Paraguay: por un lado las que señalan que frente a una situación extremadamente adversa se ve forzado a buscar refugio en este país; pero por otro lado, están aquellos que ven en este gesto de Artigas la búsqueda de adhesión de este país a sus luchas. Resulta muy improbable que de acuerdo a la forma de ser de Artigas éste hubiera elegido el ostracismo voluntario en tierras paraguayas; probablemente percibió con rapidez el verdadero carácter de Francia pero fue sometido a una suerte de prisión mientras el “Supremo”, al decir del escritor Augusto Roa Bastos –autor de “Yo, el Supremo” e “Hijo de Hombre”-, estuvo con vida.
“La intervención extranjera terminó con todo.. La oligarquía levantó cabeza y se vengó. La legislación desconoció en lo sucesivo, la validez de las donaciones de tierras realizadas por Artigas. Desde 1820 hasta fines de siglo fueron desalojados, a tiros, los patriotas pobres que habían sido beneficiados por la reforma agraria. No conservarían «otra tierra que las de sus tumbas». Derrotado, Artigas se había marchado a Paraguay, a morirse solo al cabo de un largo exilio de austeridad y silencio. Los títulos de propiedad por él expedidos no valían nada: el fiscal del gobierno, Bernardo Bustamante, afirmaba, por ejemplo, que se advertía a primera vista «la despreciabilidad que caracteriza a los indicados documentos». Mientras tanto, su gobierno se aprestaba a celebrar, ya restaurado el «orden», la primera constitución de un Uruguay independiente, desgajado de la patria grande por la que Artigas había, en vano, peleado”. Eduardo Galeano: Las Venas Abiertas de América Latina. Buenos Aires, Catálogos, 2003.

“Nunca gustó de las ciudades. Su querencia es un huerto del Paraguay y su carruaje, una carretilla llena de yuyos curadores. Un palo le ayuda a caminar, y el negro Ansina, payador de verso alegre, le ayuda a trabajar la tierra y a recibir sin malas sombras la luz de cada día.
-José Artigas, para servirlo.
Ofrece mate y respeto, palabras pocas, a las visitas que alguna vez acuden desde Uruguay:
-Así que todavía suena mi nombre por allá.
Tiene más de ochenta años, veintiocho de exilio, y se niega a regresar. Vencidas continúan las ideas que creyó y las gentes que amó. Bien sabe Artigas cuánto pesan el mundo y la memoria, y prefiere callar. No hay hierba que cicatrice las mataduras de adentro”. Eduardo Galeano: Memoria del Fuego. II. Las Caras y las Máscaras. Argentina, Siglo XXI, 1988.

“Ya anciano, tendría que soportar una nueva amargura. A la muerte del dictador paraguayo en 1840, lo encarcelan durante un mes, al cabo del cual se le devolvería la libertad. En 1845 el presidente Carlos Antonio López lo traslada a una chacra cercana a Asunción, donde los hijos del caudillo oriental se ocuparían de cuidarlo.
“Hubo varios intentos de regreso a su país que se frustraron por causas políticas.
“Finalmente moriría el 23 de septiembre de 1850 a la edad de 86 años. Su prédica y acción no caerían en el vacío. Serían otros los que levantarían la bandera de sus principios para llevarlos a la práctica”. Daniel Chiarenza, Artigas, fascículo N° 13, de la obra Los Protagonistas, Tomo I, dirigida por José María Rosa, Buenos Aires, Editorial Proa, 1988.

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