«Un fact-checker es como un mecánico que desmonta un automóvil»
Por Anuliina Savolainen*
‘Si pensamos en la prensa como “el cuarto poder”, es decir, si creemos que sirve de contrapeso a los grandes centros de poder, esa función perdería eficacia si los datos presentados son erróneos. El poder de los periodistas reside en su credibilidad. Si renunciamos a buscar la exactitud, ¿por qué los lectores iban a confiar en nosotros ? Y si nadie confía en nosotros, ¿cómo vamos a exigir al poder que rinda cuentas de sus actos?’…
En un contexto periodístico acribillado por la desinformación en el que resulta difícil remontar hasta el origen de las fuentes informativas, el trabajo de verificación de los equipos editoriales es crucial. Pocas personas conocen mejor esa tarea que Fergus McIntosh, director del célebre servicio de fact-checking del semanario estadounidense The New Yorker.
¿Cómo definiría usted la tarea de verificación de datos o fact-checking?
Fergus McIntosh: Podría compararse con el trabajo de un mecánico que desmonta un automóvil. Hay que examinar cada una de las piezas y asegurarse de que todo funciona correctamente antes de volver a montar el conjunto. El objetivo es que el artículo final sea exacto, equilibrado, convincente, que encaje en su contexto y que tenga la máxima calidad posible.
El célebre servicio de fact-checking del New Yorker se creó hace casi un siglo. ¿En qué contexto surgió?
Fergus McIntosh: En 1927 la revista publicó una semblanza de la poeta Edna St. Vincent Millay, una autora de gran fama en la década de 1920, cuyo primer párrafo contenía varios errores. Se afirmaba, por ejemplo, que su padre había sido cargador de muelles cuando realmente era profesor de escuela. La madre de la autora se quejó al semanario, y el fundador de la publicación, también jefe de redacción, comprendió que la revista debía tomar más en serio los datos. Podemos afirmar, por tanto, que ¡fue una madre enojada la que dio origen al servicio de verificación de datos del New Yorker!.

El servicio se reforzó en las décadas de 1980 y 1990, cuando la revista empezó a publicar reportajes largos, que a menudo aparecían en varios números. Por esa época, una de las más prestigiosas y reputadas plumas del semanario fue acusada de haber falsificado algunas citas, proceso al que siguieron diez años de procesos judiciales. Fue en parte a causa de este episodio por lo que la dirección de la revista empezó a exigir a los autores que entregaran todo el material relativo a cada trabajo: notas, grabaciones, fotos, transcripciones de entrevistas, etc.
Verificamos todo: grandes reportajes, noticias, críticas, todo
En la actualidad, el servicio cuenta con 29 empleados. Seguimos verificando la edición en papel, que aparece casi semanalmente, pero The New Yorker publica prácticamente el mismo volumen de contenidos en línea. Y verificamos todo: grandes reportajes, noticias, críticas, todo. También examinamos minuciosamente los programas de radio, los podcasts, los textos humorísticos, las viñetas y las portadas. ¡Hasta los textos de ficción se someten al fact-checking!
¿Cómo es un día típico en la vida de un fact-checker?
Fergus McIntosh: Es muy variado. Emprendemos muchas búsquedas por nuestra propia iniciativa, pero también trabajamos sobre documentos que los autores nos aportan con el fin de garantizar que las informaciones son correctas y suficientemente precisas. También nos aseguramos de que la argumentación es coherente y que el enfoque general del artículo está justificado.
A veces pasamos semanas enteras trabajando en una investigación importante, comprobando cada elemento con el autor o autora, o llamando a las fuentes para confirmar las declaraciones que han formulado. En algunos casos, también podemos consultar otras fuentes. A veces, por ejemplo, es necesario invertir el día entero en comprobar los hallazgos científicos mencionados en un texto. Esos grandes trabajos de investigación pueden asumir diversas formas, pero en el fondo el método sigue siendo el mismo: creación del reportaje, investigaciones complementarias y edición.

La verificación de los artículos que figuran en la sección de noticias requiere menos tiempo; un texto recibido por la mañana suele estar revisado hacia el final de la jornada. Las críticas musicales, sin embargo, muchas veces exigen que les dediquemos algunas horas del día de forma que podamos escuchar un nuevo disco y, así, tener la seguridad de que las letras de las canciones se han transcrito correctamente y las referencias a las distintas secciones son apropiadas.
Mi tarea favorita del trabajo de fact-checker es cerrar un gran artículo. Cuando, tras haber pasado a veces tres semanas revisando un reportaje de 10.000 palabras, nos sentamos con el autor, el redactor, el corrector y los fact-checkers, lo releemos todos juntos por última vez y, aunque tenemos la impresión de que el texto está perfecto, siempre descubrimos algo que no funciona. Esa operación es altamente satisfactoria.
¿Si no existiera esa labor ‘invisible’ que se realiza entre bastidores, cómo serían las publicaciones del tipo The New Yorker?
Fergus McIntosh: En realidad, ese trabajo no es invisible; queda contenido en el artículo. Simplemente, no se menciona de modo explícito. De hecho, adquiere visibilidad sobre todo cuando fracasa, es decir, cuando el texto contiene errores, algo que todo el mundo detesta. Ese es un principio importante para nosotros: corregimos los errores con total transparencia y todos los que detectan algún error tendrían que hacer lo mismo.
El fact-checking es parte integral del trabajo editorial ya que garantiza su calidad. Queremos que los textos publicados reflejen el mundo tal como es. Pero, si algunos detalles contienen errores, entonces se cuestiona todo el artículo. Todo texto se construye a partir de los detalles, y son esos detalles los que permiten forjar puntos de vista e ideas que confieren fuerza a los artículos y, a menudo, a la sociedad misma.

Si los artículos no se sometieran a fact-checking, esa carencia afectaría a su calidad, profundidad y repercusión. Al ser menos interesante, menos atractivo y menos influyente, el contenido de la prensa perdería también valor en el plano comercial; por no mencionar los problemas jurídicos que esa situación podría acarrear. En el caso de los periódicos, los medios audiovisuales públicos y la prensa local, faltaríamos a nuestro deber de proporcionar a los ciudadanos la información esencial que les permita alumbrar sus decisiones importantes.
Si pensamos en la prensa como “el cuarto poder”, es decir, si creemos que sirve de contrapeso a los grandes centros de poder, esa función perdería eficacia si los datos presentados son erróneos. El poder de los periodistas reside en su The New Yorker ¿por qué los lectores iban a confiar en nosotros ? Y si nadie confía en nosotros, ¿cómo vamos a exigir al poder que rinda cuentas de sus actos ?
En un contexto informativo en el que los contenidos se moldean y difunden cada vez más a través de algoritmos e inteligencia artificial generativa (IA), ¿cómo han evolucionado los métodos de fact-checking del New Yorker?
Fergus McIntosh: En nuestra labor de verificación de datos ya se nota la influencia de la IA y estoy seguro de que, aunque seguramente nos ayude a mejorar, no creo que vaya a reemplazar al trabajo de fact-checking.
Por suerte, nuestro proceso se basa en recursos humanos: cuando un artículo menciona a alguien, por ejemplo, nos ponemos en contacto con esa persona. Mis colaboradores pasan buena parte de la jornada hablando por teléfono, una labor que nos ha protegido mucho los últimos años. Espero que esa tarea esencial de dialogar directamente con los interesados y remontarnos a las fuentes primarias se mantenga en el futuro.
Sin duda, es posible imitar una voz mediante la IA. Hemos de estar atentos y adaptarnos a los cambios tecnológicos. Otro gran desafío reside en los contenidos generados mediante el uso de la IA que luego se difunden por Internet. Para garantizar la veracidad de lo publicado no basta con apoyarse en una caja negra, sin poner en tela de juicio sus enunciados, sino que es preciso buscar las fuentes y acceder a los enlaces originales. Como los contenidos generados mediante la IA son cada vez más abundantes, esa situación crea un juego de espejos en el que resulta difícil orientarse.
Una verificación de datos rigurosa sigue siendo uno de los mejores medios de detectar si un contenido ha sido generado mediante IA
Por suerte, los verificadores de datos estamos bien posicionados para hacer frente a este desafío, ya que nuestro oficio consiste precisamente en evaluar la calidad de las fuentes. También creo que un fact-checking riguroso sigue siendo uno de los mejores medios de detectar si un contenido presentado por un autor ha sido generado mediante IA.
Vivimos en una época interesante, porque todo esto plantea al público ciertas preguntas a las que los fact-checkers y reporteros nos hemos enfrentado desde hace mucho tiempo. En la actualidad, estamos más expuestos que antes al uso de fuentes cuestionables. Ante esta situación, es posible caer en una especie de cinismo y llegar a la conclusión de que “ya no podemos saber nada” y que hemos entrado en una “era de post verdad”. Pero existe otro escenario más optimista, en el que las personas van a aprender a aceptar sus responsabilidades, y a comprender que tienen que decidir activamente sobre dónde depositar su confianza. Yo me inclino más bien por esta segunda opción y espero que mi trabajo contribuya a hacerla realidad.
En ese contexto, considero más interesante la tendencia actual, que consiste en presentar a los verdaderos periodistas que están detrás de sus trabajos. Este enfoque prometedor puede servir también de contrapeso a la era de la IA; después de todo, la confianza es un rasgo humano. En The New Yorker, a los autores de los grandes reportajes se les suele invitar al estudio para que hablen de sus artículos. No se trata únicamente de promoverlos, sino también de mostrar al público quién es la persona que está detrás del texto y cuál es su forma de hacer periodismo.
* Entrevista realizada para El Correo de la UNESCO.
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