Relato corto: Desnudos integrales

Relato corto: Desnudos integrales

Por Sotiris Dimitríu*
Traducción de Yanis Merinakis

El contador

«¡Joderos, perros de mierda!»

Se precipitaron cuatro o cinco desde el barrizal y le ladraban. Les tenía miedo y le daban asco, pero sabía por otras veces que también ellos le tenían miedo. Se lanzaban directamente adonde pillasen, miraban con furor, gruñían amenazantes, pero se mantenían a distancia.

Se puso a caminar de lado, se zafó, y más alborotado incluso, olisqueaba un burdel; pero en vano, porque la ciudad era pequeña.

Un polo de su vida. Los puticlubs.

Representante de la SINGER, en esa época viajaba por Macedonia. O sea, una semana Cosani y luego a otra parte.

De día giraba por las tiendas de artículos de electricidad y por las noches por los burdeles. Rara vez preguntaba dónde estaban. Se orientaba gracias a una pericia singular, adquirida.

Para contrarrestar esa pasión, que la desmesura de la miseria le realzaba, declaró la guerra a la necesidad. Dos trajes baratos. Uno en la lavandería, otro lo llevaba puesto.
Cigarrillo, bebida, cafés, barberías.

Gestos, escasos; palabras, las indispensables.

Absurdo en un viajante, dirá. De todos modos, se las arreglaba. Un tendero apreciaba su aspecto formal, otro tomaba su silencio por aplomo, a otro le daba pena.

Por mucho que procurase, con locura se diría, desviarse lo mínimo del comportamiento habitual y de parecer respetable, sin embargo, provocaba en los hombres una especie de lástima, mezclada con repulsión.

También contribuían a eso sus rasgos cambiantes. Unas veces bajaba las comisuras de los labios, otras se le hinchaban los ojos, otras la nariz tremolaba.

Creía que su alma era la imagen de su rostro. La fuente permanente de su desgracia.
Esto le servía de apoyo en sus peregrinaciones nocturnas. «Con esta cara de mierda…», pensaba.

Una manera suya de contrarrestarlo era la regularidad y cierta obsesión con los números, si puede decirse así. Contaba los peldaños que subía, las baldosas de las aceras, los árboles de las hileras, los coches que adelantaban, los autobuses interurbanos en que viajaba.

Cuando no tenía a mano cosas de la misma especie, hacía crujir cada dedo a hurtadillas y contaba.

Por las noches, después de darse la vuelta y pese a persignarse con cuidado –tocaba invariablemente los puntos del cuerpo vuelto a oriente–, contaba mil antes de relajarse un poco.

Su apartamento, invierno y verano, a medianoche o por la mañana, tenía siempre la misma escena ordenada, los mismos mueblecitos corrientes, justo los indispensables.

Aparte de su conversación profesional, no intercambiaba palabra con nadie, salvo las raras veces que sus sentidos le engañaban y preguntaba a un tipo con mala pinta por los puticlubs o a alguna viejecita por la iglesia de la ciudad.

Su otro polo. No se trataba solamente de la exageración de los trucos para equilibrar su permanente lascivia. Tenía un sentimiento profundamente religioso.
Hasta hacía nada se las arreglaba más o menos.

Por la noche los puticlubs y por la mañana las iglesias, donde, con un cirio blanco caro, un muy sincero arrepentimiento en sus propósitos y una decisión irrevocable de que era la última vez, respiraba de nuevo más o menos serenamente. Hasta hace poco, pues, lo llevaba bien.

Pero últimamente, a pesar de que el resto de su vida había sido un reloj, se había producido una curiosa ósmosis entre los dos centros de su existencia.

A los burdeles entraba como a un santuario consagrado. Todos aquellos soldados de avanzada pensativos, con esa tristeza en expectativa del gozo pagado, le parecían santos, transustanciados.

El aroma del puticlub, esa mezcla de secreciones masculinas y femeninas, orines y ‘rojo’ como incienso.

Las pulsaciones se le desordenaban, su temperamento se arrugaba, le temblaban las piernas y le daban ganas de desmayarse.

Se apoderaba de él un desasosiego terrible ante ese capricho de su alma, mucho más porque le asustaban las reacciones que seguirían.

Notaba que su alma y su cuerpo eran independientes de su voluntad. Los dedos se le entumecían, le daban ganas de vomitar.

El ocaso de los sentidos, la languidez de la noche, se invertían de modo disparatado en las iglesias.

Los melancólicos personajes planos de las imágenes se convertían en concupiscentes cruentos y depredadores cuyas miradas contumazmente depravadas pesaban en los humildes fieles.

Ocupaba un estalo retirado, se agarraba fuertemente y unas veces repetía para sus adentros con tono suplicante «dios mío, dios mío», otras, imaginaba sangre, vómitos, excrementos en la hendidura de las mujeres y en sus rostros, en sus labios, flemas, mocos y granos purulentos.

¡En vano! Su cuerpo rebelde creaba la visión, que ahora cada vez veía con claridad mucho más que real.

Todas esas mujeres atormentadas, desnudas, con grandes pechos trémulos, gruesos labios codiciosos, con densas cabelleras hasta el ombligo, con ojos pálidos de lascivia, se abrazaban entre sí.

Los hombres y los sacerdotes, mudos, absolutamente incapaces de oponer resistencia, entraban a la refriega con falos vibrantes y ante sus ojos y ante sus oídos empezaba un divertimento de infierno y paraíso, con sonidos e imágenes insólitos.

Gemidos y alaridos, insultos, tiernos murmullos y maldiciones, sangre y resplandores de vello brillante y pezones erectos, insaciables.
Carnes libres, que humillaban y alzaban a los cielos a todos esos hombres enfermos, desazonados, que tenían aquella hornacina como último refugio y consuelo.

Todo eso se convertía en su interior en aturdimiento y fino zumbido: sirena de desesperanza que se había quedado bloqueada en el caos.

Pues bien, ese día llegó –cuerda tensada al máximo– en una aldea de la Calcídica.

En el autobús, su bajo vientre correspondía perezosamente a las sacudidas y su mente se quedó atascada ahí, en los muslos ávidos, en la agradable suciedad de la herida abierta.

Atardecía y encontraron lluvia. Estuvo vagando mucho tiempo por los barrizales, huraño y macilento. Sabía que allí no encontraría una puta, el lugar era pequeño, pero vagaba y vagaba, sin descanso.

Cayó sobre unas alambradas de espino y, mientras las pasaba, se le echaron encima los perros. Se escabulló de ellos y vio cerca una luz tenue de candil. Se aproximó. Era como una pequeña iglesia, de las que celebran en las grandes festividades.

Entró. Lo envolvió el olor del cirio, del aceite quemado.

Temblaba. Estaba empapado y lleno de barro.

Quería calor. Quería olvidar. Quería detener a aquél que se había instalado en sus adentros y le aguijoneaba y se burlaba de él.

Empezó a acariciarse abajo, en el vientre.

Se desató el pantalón y empezó a manosear, a frotar su aparato jadeando.

Sacar el pus, escupir de sus adentros un instante a ese loco socarrón.

De dónde salió ese anciano que merodeaba a su alrededor, lo miraba asustado, lo empujaba tímidamente e inmediatamente se alejaba de nuevo.

No podía detenerse. Tenía que arrojar al loco dueño de sus entrañas.

Empezó a pelarse frenéticamente el sexo.

El viejo sostenía ahora una lámpara grande y lo golpeaba blandamente, a distancia.

«Perro de mierda, perro de mierda», gruñía.

Él se la pelaba, se retorcía, gemía, se le entornaron los ojos, se le quedaron en blanco, se le llenó la boca, el rostro, de espesa saliva negra.

El viejo ahora se persignaba temblando y decía el padrenuestro.

En sus adentros el loco como si hubiese echado raíces. Su rostro se vertió en un molde horroroso.

Se precipitó fuera y empezó a aullar espantado, con un grito nunca oído de ser humano «uno, dos, tres, cuatro…». Así se estuvo oyendo hasta que se alejó.

* Publicado en «AlTajo» (Nº 75. Septiembre 2025). Órgano de expresión de la CNT y de la FAL de Aranjuez.

Comparte este artículo, tus amig@s lo agradecerán…
Mastodon: @LQSomos@nobigtech.es Telegram: LoQueSomosWeb
Bluesky: LQSomos; Twitter: @LQSomos Facebook: LoQueSomos
Instagram: LoQueSomos WhatsApp: LoQueSomos;

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.