¿Qué pasa en NEPAL? (Anticipando el futuro)
Por Joan Martí
Pasa lo mismo que en cualquier democracia capitalista: crisis profunda de las instituciones políticas. Aviso de navegantes para la UE, sus estados y sus políticos.
Lo de Nepal no es fenómeno aislado, sino expresión de una fractura estructural que atraviesa las democracias capitalistas contemporáneas: la creciente desconexión entre una clase política privilegiada y una ciudadanía cada vez más empobrecida y sin oportunidades. Ilustra una realidad que se replica globalmente: mientras los jóvenes luchan contra el desempleo masivo y la falta de perspectivas, los «Nepo Kids» exhiben en redes sociales lujos financiados por la corrupción sistémica. Esta obscena desigualdad es el resultado lógico de un sistema donde la clase política (en general y salvo excepciones) se ha convertido en casta parasitaria que vive de espaldas a los problemas reales de la población.
En la UE, los políticos disfrutan de exenciones fiscales que les permiten ahorrar entre el 20% y 30% de sus salarios, pensiones vitalicias, coches oficiales, dietas exentas de tributación y una impunidad práctica que los blinda ante la justicia ordinaria. Mientras, el desempleo juvenil supera índices escandalosos y una generación entera ve frustradas sus expectativas de movilidad social.
La democracia representativa se ha convertido en una pseudodemocracia mercantilizada donde los verdaderos representados no son los ciudadanos, sino los intereses del capital. La confianza en las instituciones democráticas se ha desplomado: en España, el porcentaje de personas que desconfían del Parlamento se duplicó entre 2004 y 2012, pasando del 30% al 60%.
Esta desconfianza no es irracional. Los ciudadanos perciben que sus gobiernos favorecen sistemáticamente los intereses de las élites económicas antes que los de la población común. El secuestro del ámbito político por parte de las élites económicas se articula a través de departamentos de relaciones institucionales, lobbies, puertas giratorias y la creación de «información conocimiento» que defiende sus intereses.
La juventud emerge como el sector más vulnerable de esta crisis sistémica. En Europa, los jóvenes enfrentan un sinsentido radical: mientras se les exige mayor preparación académica, se les ofrecen trabajos más precarios y mal pagados que a generaciones anteriores. Esta precarización estructural no es un efecto colateral, sino una característica intrínseca del capitalismo neoliberal que necesita una masa de trabajadores desesperados para mantener los salarios bajos.
El estancamiento salarial, la apropiación de los incrementos de productividad por parte del capital y la precarización laboral han roto definitivamente la promesa democrática del ascensor social. La vía educativa y laboral ya no corrige las desigualdades de origen y la democracia resulta ser una máscara que oculta la reproducción de privilegios hereditarios.
La desigualdad económica deteriora el capital social y erosiona las bases de la cohesión comunitaria. Cuando los ciudadanos perciben que las reglas del juego están amañadas a favor de una minoría privilegiada, la confianza en las instituciones se esfuma y emerge la polarización y la confrontación. Entonces, los gobiernos oponen policía, gases lacrimógenos y detenciones…
Los datos son contundentes: la participación política está sesgada hacia las clases profesionales y empresariales, mientras que los sectores populares se ven sistemáticamente excluidos de los procesos de toma de decisiones. Esta exclusión no es accidental, sino funcional a un sistema que necesita mantener a las mayorías alejadas del poder real.
Los sucesos de Nepal son el anticipo de lo que puede suceder en cualquier democracia que confunda gobierno con privilegios hereditarios de sus élites. La juventud nepalí ha demostrado que, si la paciencia se agota, la violencia emerge como recurso de los excluidos.
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