Pérez Reverte quiere contarnos la guerra
Sí, la foto esta puesta al revés
Por Luis Suárez-Carreño*
La semántica permite hacer trampa, basta a veces con cambiar de término para limpiar de humo los debates: ¿por qué en lugar de ganar/vencer no hablamos de ganar/beneficiarse?…
Permítanme compartir algunas ingenuas dudas y reflexiones que me ha suscitado el revuelo alrededor de la convocatoria de las jornadas ‘1936: la guerra que perdimos todos’ organizadas por el escritor A. Pérez Reverte y Cajasol, posteriormente suspendidas.
Para empezar, ¿era realmente necesario, tras lo que se ha investigado y escrito -y se sigue investigando y escribiendo- por parte de historiadores/as y en general personas cualificadas científica y profesionalmente para hacerlo, sobre ese periodo de nuestra historia, que se reúna un grupo de personalidades sin particular cualificación o conocimientos para pontificar y sobre todo especular sobre el tema? ¿Es que ahora la historia se va a reescribir por aclamación entre personalidades, en su mayor parte sin autoridad intelectual o académica conocida, elegidas por escritores mediáticos y entidades bancarias?
¿Qué resultado se esperaba del cónclave? ¿una votación final declaratoria de vencedores y perdedores? Votación, cuyo resultado era ya obvio desde la convocatoria (título, cartel, promotores, etc.): la guerra se perdió por ambos bandos, único resultado coherente con la premisa del negacionismo neofranquista que parece iluminar la idea, de que la guerra fue una confrontación cainita provocada por los malos instintos del pueblo y sus políticos, o, lo que es lo mismo, y expresado en un modismo local: ¡to er mundo é güeno… y malo a la vez! Y, si la guerra la perdieron -o perdimos- todos, se podría decir que no fue culpa de nadie… o de todos.
En lugar de manipular la realidad con conceptos ambiguos como vencedores y vencidos -que mezclan efectos materiales, morales y sentimentales en plan de ‘en la guerra todo el mundo sufre’, ‘todo el mundo comete arbitrariedades’, etc.- y dando por hecho que el golpe fascista, la guerra y dictadura subsiguientes hundieron a nuestro país de forma colectiva, global y catastrófica por decenios ¿no es más pertinente, ya puestos a revisionismos históricos, preguntarse por qué y por quién se inició la guerra? Y, ya metidos en harina, ¿por qué y por quién se prolongó la guerra innecesariamente? Bueno, el porqué de esto último lo sabemos: para conseguir la aniquilación total del enemigo, no sólo su derrota militar. Así se lo trasmitió Franco a los emisarios aliados que, a la altura del otoño del 38, vista ya prácticamente irreversible la derrota republicana, y con el aval de las autoridades republicanas, le instaron en sus discretos pero permanentes contactos a negociar la paz. Así lo han revelado, entre otros, Paul Preston, alguien que no opina mucho sino que ofrece datos y testimonios y que por lo tanto no sería elegible para un conclave revisionista como el que nos ocupa. Esa decisión de Franco costó decenas de miles de muertes adicionales innecesarias; de hecho, el estado de guerra se prolongó oficialmente nada menos que hasta el 7 de abril de 1947 (y en las provincias en que actuaba el maquis hasta mediados de los 50); sus víctimas sumarísimas a lo largo de esos años podrían testimoniarlo (aunque no puedan por razones obvias).
La semántica permite hacer trampa, basta a veces con cambiar de término para limpiar de humo los debates: ¿por qué en lugar de ganar/vencer no hablamos de ganar/beneficiarse? Algo menos tramposo o emocional, más prosaico y tangible; sin ir más lejos ¿qué tal les vino la guerra a las empresas de la construcción de los amiguetes del régimen que hicieron todas las obras públicas de la posguerra con trabajo esclavo presidiario? ¿o qué tal les fue a las entidades financieras de las que deriva la actual Cajasol, entidad promotora del encuentro causante del embrollo? En relación a esto último, muy ilustrativo un reciente artículo de Pablo Batalla y Esher López Barceló en Público. Y, no sigo con otras castas de oligarcas, enchufados, paniaguados, terratenientes, cardenales y obispos, militares, denunciantes y chivatos… todas beneficiadas, o, en lenguaje de la cruzada, bendecidas, por el franquismo. Frente a quienes la guerra les proporcionó o bien una fosa común, o la cárcel, un campo de concentración en Francia, un barco con destino desconocido, o bien patronatos y escarnio en el caso de muchas mujeres… o, en el mejor de los casos, la depuración y estigmatización.
A ver, revisionistas históricos, se trata del poder, ese simple y al tiempo vasto concepto, que, como el de hegemonía -económica, pero también ideológica-, explica mejor que otros (odios, cainismos) los conflictos y las guerras. En concreto, ¿quién recuperó, afianzó e incrementó su poder gracias a la guerra? ¿O es que también todos perdimos -o ganamos- el poder?
En realidad, todo esto son perogrulladas, todo el mundo lo sabe, incluidas seguramente las personas promotoras del coloquio de Sevilla; entonces ¿por qué organizar ese encuentro? Pues, precisamente, para ocultar o desdibujar tras una pantalla de retórica y confusión la realidad histórica. Las bombas de humo dialécticas son consustanciales al negacionismo neofranquista; no se pueden cambiar los hechos, pero sí introducir altas dosis de ruido y desviar la atención hacia cuestiones irrelevantes o metafísicas; las víctimas son sobre todo las generaciones más jóvenes, las más alejadas y desconocedoras de nuestra historia del siglo XX.
Para acabar, un comentario sobre el curioso fenómeno que otorga el protagonismo en los debates históricos a literatos y literatas, expertísima élite historiográfica de ocasión; protagonismo que ha recaído en este caso, en primer lugar, en Pérez Reverte y David Uclés, y seguidamente en otras como Ana Iris Simón. Esta ha terciado con más vehemencia que argumentos desde El País para, con su característica infalibilidad, llamar nada menos que fascista a este último (y, de paso a los antifascistas en general, amparándose, eso sí, en cita culta traída por los pelos), por haber decidido, con toda legitimidad y razón, retirarse del cónclave de marras. Y aprovechando la ocasión para lanzar a Uclés otros recaditos, muy rastreros, por cierto; la manipulación de la historia es al parecer también ocasión propicia para ventilar mezquinos rencores, y, por qué no, para ofrecerse como tertuliana-historiadora de recambio Toma nota, Pérez Reverte, para el próximo cónclave negacionista.
* Miembro de la Plataforma por el Centro de Memoria de la cárcel de Carabanchel y del COT. Activista social.
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– Nota relacionada: La guerra entre hermanos que no lo eran y que perdimos todos, pero ganaron unos cuantos.
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