Novelas drogocéntricas
Por Francisco Cabanillas
La riqueza del continente americano en
fármacos de tipo visionario no es inferior
a la de sus estimulantes, que siguen siendo
los más apreciados en buena parte del planeta.
Manuel Escohotado
Mi tecato favorito (2011)
Rima Brusi-Gil de Lamadrid
(¡Estáis fumaos!, sermonea Lagartijín, quien parece
latinoamericano, pero habla el castellano peninsular
de sus padres y es norteamericano […]).
Luis Othoniel Rosa
Para abordar las novelas más drogocéntricas de la literatura puertorriqueña contemporánea, se puede entrar al tema por una de sus ramificaciones de mediados del siglo XX (finales de los sesenta hasta los setenta): la poesía nuyorican emblemática.
Desde la ciudad de Nueva York, en plena efervescencia contracultural de los sesenta, los poetas nuyoricans (por ejemplo, Pedro Pietri, Miguel Piñero, Miguel Algarín) tematizan la experiencia sicotrópica como una parte auténtica de la realidad en las calles de la ciudad y en los vecindarios de la comunidad. En un poemario como Snaps (1969), Victor Hernández Cruz esboza la subjetividad del poeta nuyorican que, a los diecinueve años, pone en una misma ecuación el furor de lo poético con la euforia de la música y el éxtasis de las drogas (sobre todo, la marihuana).

Desde la poesía nuyorican, marcada por el “mafú” (marihuana) de El Reverendo Pedro Pietri y manchada por la heroína de Miguel Piñero, se busca en la novela contemporánea puertorriqueña una presencia de las drogas que marque y que manche la subjetividad de los personajes.
A las tres novelas sugeridas por una búsqueda simple de Google, Sirena Selena vestida de pena (2000) de Mayra Santos-Febres, El Killer (2007) de Josué Montijo, Los días hábiles (2020) de Sergio Gutiérrez Negrón, añadimos dos novelas de Edgardo Rodríguez Juliá, Cartagena (1997) y Sol de medianoche (1999), y sobre todo esta de Rafael Franco Steeves, El peor de mis amigos (2007).
A diferencia de Sirena Selena, cuya adicción a las drogas la marca como una víctima sociocultural, los personajes de Cartagena y Sol de medianoche no son victimizados por el consumo de “pasto y coca.” Desde una masculinidad clasemediera androcéntrica, el consumo de marihuana y cocaína de Alejandro y Manolo se presenta como otra faceta más de su cotidianeidad, matizada siempre por el alcohol, para nada épica, sino vivida con la determinación del que lucha por sus errores y excesos (y hasta por su mediocridad).
A diferencia de El Killer y Los días hábiles, la violencia del narcotráfico no llega a la playa de Isla Verde, Carolina, Puerto Rico, donde merodean Alejandro y Manolo:
Recostado en la arena, ante el mar de Isla Verde, Alejandro repasaba las pocas verdades de su obsesión. Hacía un calor húmedo, pegajoso, y el sol brillaba en la playa, aunque mar afuera el bajo cielo se mostrara barruntoso.
De esa playa, dice Manolo:
El canal entre Punta Grande y el Islote de Isla Negra me revela sus azules oscuros. Son las ocho menos cuarto, o quizás antes; emprendo el nado hacia el islote. El agua está fría, quieta, y, sobre todo, muy pesada; hay poca brisa, justo a esta hora, durante esta época del año. El detalle que persiste, que no me abandona fácilmente, es ese azul tan oscuro; es un azul añil; el agua está viscosa, sigue pesada, lame contra el cuerpo con esa intención que brota del silencio que me rodea. El chapaleteo del agua contra mi cuerpo es como el de un fantasma que nada al lado mío, justo ahí donde apenas se alza la cresta, o donde súbitamente se cruzan dos olas, formando espumaje.
Como en The Killer, en El peor de mis amigos se explora de cerca la adicción a la heroína, aunque desde una clase media diaspórica que le evita al personaje, Sergio, experimentar la violencia del narcotráfico del bajo mundo expuesto en The Killer, experimentada también en Los días hábiles y en la novela de Rafael Acevedo, Guaya, Guaya (2016).
Más individual que social, el drama de la adicción a la heroína en El peor de mis amigos empieza y termina en Sergio:
Sus diatribas se centran en una yoidad que no se proyecta desde ningún nacionalismo ni se enlaza a un colectivo, más bien se identifica como parte de una masa anónima y su máxima es el placer o al menos «la cura» para cuando tiene síntomas de abstinencia (Alexandra Pagán Vélez, 2022).
Además de drogocéntricas, las tres novelas, Cartagena, Sol de medianoche y El peor de mis amigos —esta última, sin dudas, la más centrada en el vicio— comparten la afición metanovelística: esa dimensión autorreflexiva —la novela dentro de la novela— que transforma la novela que está escribiendo el protagonista en la novela que lee el lector. Transformación que, siguiendo el análisis de Ivette N. Hernández-Torres, se podría argumentar que Sol de medianoche desarrolla mucho más que las otras dos novelas:
La duplicidad de Manolo consiste en ser ley y a la vez trasgresión. Su representación evidencia un fracaso repetido de los imperativos éticos asociados a los distintos posicionamientos de sujeto que asume en su vida (hijo, hermano,
universitario, militar, detective o novelista). La traición garantiza una y otra vez su sobrevivencia. En este sentido su “confesión” lo fortalece, pues logra negociar a través de la escritura una distancia que le permite aceptar el simulacro que es su existencia y encontrar una felicidad suficiente, la del cínico (2009).
Tres protagonistas, Alejandro, Manolo y Sergio, que inciden, además de en el placer psicotrópico, en la voluntad metaliteraria de escribir la novela que el lector lee —como si la novela, marcada por el arrobo químico del personaje, no pudiera resistir la tentación de sumarse al éxtasis autorreflexivo de mirarse a sí misma en el proceso de escribirse—.
Tres escritores que inscriben la novela en el contexto confesional de una masculinidad viciosa: drogas, sexo y literatura:
Sintió [Alejandro], bajo la oscuridad del antifaz, la misma agudeza para el juego de palabras que le proveía la marihuana.
Manolo, el detective-novelista, confirma el vínculo:
Anoche soñé que Aurora venía subiendo por la avenida Puerto Rico de Villa Palmera. No sé; quizás fue una evocación de esas veces que la he visto al atardecer […] Esta vez, en el sueño, caminaba muy temprano en la mañana […] Venía con esa mirada perdida y acuosa de quien no ha podido dormir, no disimulaba la premura de quien busca a Dios o la droga […] Es la hora en que sentimos esas pisadas que nos alcanzan; ya no podríamos postergar los malestares de la resaca, tampoco la búsqueda de cierta cura para los nervios, porque, en verdad, estuvimos hartándonos de droga o alcohol hasta el culo […]
Sobre el argumento de la novela de Franco Steeves, dice Alexandra Pagán Vélez en su artículo citado anteriormente, “El peor de mis amigos: el viaje como metáfora de una identidad en conflicto”:
Sergio lleva aguardando por Marina, su pareja consensual, varias semanas en su apartamento, en Denver, Colorado. En esa espera, Sergio cavila en torno a su vida y examina, sobre todo, su drogadicción, y sus romances con Marina y otras mujeres (2022).
En breve, Pagán Vélez ata el círculo metanovelístico:
La escritura como proceso de inscripción de la memoria en una práctica liberadora y revolucionaria del ser, es un indicio de la belleza y de la voluntad humana al servicio del arte. La metáfora del viaje trasciende la literatura misma. Así, la jeringuilla trasmuta a ser la pluma y el cuerpo pasa a ser el cuaderno, espacio en el que se reafirma el ser y en el que se inscribe una subjetividad igual de inestable, pero con el aliciente de entrar en una dialéctica racional que no anula al sujeto.
Entre la metaficción y la ficción sobre las drogas (en este orden de intensidad: El peor de mis amigos, Sol de medianoche y Cartagena) se entrecruza una relación clave que cabe plantear bajo esta pregunta: ¿es, de las tes novelas, la más drogocéntrica también la más metanovelística? En otras palabras, ¿se impone El peor de mis amigos en las dos agencias?
Por un lado, sí, se impone en términos de la complejidad textual: una novela con notas al pie de página que articula esos dos niveles narrativos, el del texto central y el de sus notas, en el contexto de la reflexión metanovelística. Por otro lado, no, en términos del desarrollo de la figura del escritor en la novela, no se impone; gesta que, como se mencionó antes, le correspondería a Sol de medianoche.
Desde la novela drogada (heroína, marihuana, cocaína) a la metaficción: la literatura alucina mirándose a sí misma en el proceso de hacerse novela. Fruición.
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