El porvenir de los libros de papel (Oda no lírica)
Por Iñaki Alrui*
El pasado 19 de junio, el Centro Obrero y Popular Antonio Gades de Vallecas acogió el acto de precierre de temporada de El Garaje Ediciones. Fue una ocasión especial para presentar Hazañas bélicas, uno de los últimos títulos de la editorial, firmado por Manuel Blanco Chivite. La velada contó con la intervención de numerosas voces amigas, convocadas por Ana Zarandona —organizadora del evento junto al COPAG—, y yo mismo tuve la oportunidad de cerrar el acto. Os dejo aquí mi intervención…
El porvenir de los libros de papel (Oda no lírica)
[Inspirado en un capítulo de ‘El infinito en un junco’, de Irene Vallejo. Editorial Siruela, 2025]
Desde hace años, los agoreros anuncian la muerte del libro. Lo hacen con la solemnidad de quien predice una tormenta definitiva, como si el libro fuera una especie exhausta, condenada a desaparecer bajo la marea insaciable de internet y las nuevas formas de ocio. Según ellos, ya no queda tiempo para la pausa ni para la reflexión; los ritmos del presente avanzan demasiado deprisa para permitir el recogimiento que exige la lectura.
Y nosotras y nosotros, hijos del siglo XX, conocemos bien esa sensación de vértigo. Todo corre. Todo se acelera. Todo parece consumirse en el mismo instante en que nace. Lo que ayer era una novedad deslumbrante hoy descansa en el desván de las reliquias. La moda devora los armarios; el teléfono más reciente sepulta al anterior; las pantallas exigen actualizaciones constantes, como criaturas hambrientas que nunca terminan de saciarse. Vivimos bajo la impresión de que, si dejamos de correr un momento, el mundo seguirá avanzando sin nosotros.
Los medios digitales y las redes sociales alimentan esa fiebre de la inmediatez. Nos enseñan a admirar lo fugaz, a perseguir lo recién llegado, a cabalgar cada novedad como quien intenta mantenerse en equilibrio sobre la cresta de una ola. Pero una ola no es el mar. Esa visión del mundo, aunque dominante, es apenas una de las muchas posibles. Y como toda mirada, es parcial.
Conviene entonces apartarse un poco, ganar distancia. Mirar la historia como quien contempla el fondo de un océano profundo. Porque, bajo la espuma de los acontecimientos cotidianos, los movimientos de la humanidad son extraordinariamente lentos.

Si descendemos por esa corriente del tiempo, la realidad histórica nos puede llevar hasta los libros en rollos de pergamino, las bibliotecas de Alejandría (siglo III a.E.) o de Celso (Efeso) (siglo II), y si reconocemos la escritura y su publicación en tablillas y fragmentos en arcilla, podemos viajar en el tiempo a la Biblioteca Ugarit (Siria) entre el 1400 y el 1200 a.E., o a la Biblioteca Eba (Siria) 2500 y el 2250 a.E… esto son ejemplos de hasta donde podemos remontarnos buceando en la historia de este artilugio que llamamos: libro. Porque la historia del libro no es la historia de un objeto concreto, sino la de una necesidad humana: conservar la memoria, fijar las palabras, vencer al olvido.
Sin embargo, seguimos creyendo que lo nuevo posee más futuro que lo antiguo. Tal vez ocurra justamente lo contrario. Cuanto más tiempo ha acompañado un objeto a la humanidad, más razones existen para pensar que seguirá haciéndolo. El tiempo es el gran examinador de las cosas. Las modas pasan; las tradiciones permanecen. Lo recién nacido aún debe demostrar su valor. Lo antiguo ya ha sobrevivido a innumerables pruebas.
No es casual que, cuando viajamos a un país desconocido, lo que más nos conmueve sea aquello que ha resistido el paso de los siglos: sus edificios, sus ceremonias, sus costumbres, sus relatos. Reconocemos en ellos una forma de permanencia que inspira confianza.
Imaginemos por un momento que un hombre del siglo XV pudiera aparecer en medio de nuestro mundo. Le resultarían incomprensibles los ascensores, las bombillas, los automóviles, los teléfonos móviles o las redes inalámbricas que atraviesan el aire. Apenas entendería nada de nuestra tecnología. Sin embargo, al entrar en una biblioteca encontraría un refugio familiar. Reconocería las estanterías, los lomos alineados, las páginas cubiertas de palabras. Allí descubriría algo que pertenece a su tiempo y al nuestro. Algo que ha sobrevivido seiscientos años casi sin cambiar.
Por eso, frente a las profecías sobre el fin del libro, prefiero escuchar la voz de la historia. No son muchos los objetos que han acompañado a la humanidad durante milenios. La rueda, el clavo, la silla, el arado, la cuchara, el vaso, el martillo, el libro. Todos ellos comparten una misma virtud: han alcanzado una forma tan eficaz, tan sencilla y tan precisa, que apenas admite mejoras esenciales. Son inventos que rozan la perfección de lo útil.
Por esa razón creo que el libro seguirá siendo, durante mucho tiempo, el soporte privilegiado de la lectura y, con ella, del conocimiento, la imaginación, el entretenimiento y la creación. Seguirá siendo una de las herramientas más poderosas que hemos concebido para guardar el conocimiento, transformar el mundo, conversar con los muertos, dialogar con los vivos e imaginar mundos que todavía no existen.
Y hay algo más. Los objetos antiguos no solo sobreviven: también modelan el futuro.
Los primeros ordenadores personales nacieron, en cierto modo, a imagen y semejanza de los libros. En la década de 1960, los ordenadores ocupaban habitaciones enteras y parecían máquinas inaccesibles, destinadas únicamente a especialistas. Pero informático estadounidense, Alan Kay, conocido por sus trabajos pioneros en la programación orientada a objetos, imaginó otra posibilidad. Soñó con una máquina personal, ligera, portátil y cercana; un objeto que pudiera acompañar a cada persona del mismo modo que lo hacía un libro. Para explicarlo construyó maquetas de cartón y dibujó dispositivos que aún no existían. Comprendió que aquel artefacto milenario encerraba una lección de diseño que seguía siendo válida.
El tiempo le dio la razón.
Quizá por eso el libro no sea una reliquia del pasado, sino una de esas raras invenciones que pertenecen a todas las épocas. Un objeto tan antiguo que parece eterno. Tan humilde que pasa desapercibido. Tan perfecto en su función que resulta difícil imaginar su desaparición.
Larga vida al libro.
* Miembro de la Asamblea de Redacción de LQSomos.
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