En Guatemala, una ciudad maya rescatada del olvido

En Guatemala, una ciudad maya rescatada del olvido

Por Ana Lucía Mendizabal Ruíz*

Oculto bajo la selva tropical durante cientos de años, el sitio maya de La Blanca, en el norte del país, ha sido objeto de una amplia campaña de investigación que ha permitido sensibilizar a los habitantes acerca del enorme valor de este patrimonio histórico

Imaginemos una pequeña aldea enclavada en un valle fértil irrigado por las aguas del río Mopan, en el departamento guatemalteco de Petén, cerca de la frontera con México y Belice. En sus momentos de máximo esplendor, entre los años 600 y 900 de nuestra era, La Blanca era una ciudad viva, organizada alrededor de un palacio erigido sobre una acrópolis, una gran plaza, templos y un gran depósito de agua. De aquel glorioso pasado maya, hoy apenas quedan algunas ruinas que han permanecido ocultas bajo la selva virgen durante años. A falta de un hallazgo que permita conocer el nombre maya exacto de aquella civilización, el lugar lleva el nombre del pueblo más próximo, situado a dos kilómetros.

Hubo que esperar hasta 2004 para que una primera campaña de excavaciones arqueológicas empezara a rescatar aquel pasado sepultado. Otras la siguieron, hasta 2019. Este trabajo de investigación y de conservación se inscribe en un proyecto en el terreno mucho más amplio destinado a documentar la arqueología y la arquitectura maya en América Central. En el sitio de La Blanca, las excavaciones han permitido poner al día la única pintura maya que se conoce realizada con la técnica al fresco, que consiste en pintar sobre una pared recién enlucida y húmeda antes de que se seque.

Una acogida discreta

La idea no era solamente rescatar los vestigios para documentar la historia de aquella poderosa civilización maya. Los arqueólogos españoles a cargo del proyecto, Cristina Vidal y Gaspar Muñoz, junto a la Universidad San Carlos de Guatemala, centraron sus acciones desde el primer momento, tanto en la dimensión científica e histórica del sitio, como en la salvaguarda del patrimonio cultural, el impulso del desarrollo socioeconómico de la región y la implicación de los locales. Selvin Alexander Aceituno Berón, de 41 años, fue uno de ellos. Natural de La Blanca, siempre se había sentido atraído por la intensa actividad arqueológica de su región y por el descubrimiento progresivo de yacimientos mayas.

Cuando el proyecto La Blanca empezó, Selvin trabajaba como dibujante para el Instituto de Arqueología e Historia y, dos años más tarde, cumplía su sueño de incorporarse al proyecto. “Fue una bendición” recuerda. En la actualidad, Aceituno mantiene a su familia formada por su esposa y tres hijos gracias a los conocimientos adquiridos en los cursos que hizo de guía de turismo y panadero gracias al proyecto. Además, se ha convertido en un agente multiplicador de las enseñanzas adquiridas con los programas, e imparte formaciones en otras aldeas.

Sin embargo, no todos los habitantes mostraron el mismo entusiasmo que él. Las primeras incursiones de los arqueólogos fueron recibidas con indiferencia y, en ocasiones, hasta con cierta hostilidad. “Uno de los aspectos que más nos sorprendió en nuestras primeras visitas a la aldea fue la falta de relación de la comunidad con el sitio arqueológico”, refieren Vidal y Muñoz. “No era percibido como un bien patrimonial propio que hubiera que conservar, sino como un espacio molesto donde no se podía cultivar ni llevar el ganado a pastar. Algunos edificios habían sido saqueados y varios muros mostraban pintadas y estaban rayados”.

Implicar a los habitantes

Para Ramon Pinelo, consultor de la Asociación Balam, una de las contrapartes locales del proyecto, este desinterés se explica ante todo por razones históricas, ya que esta población llegó atraída por lo accesibles que eran las tierras a mediados del siglo XX. “La comunidad fue fundada por personas que vinieron procedentes de distintas partes de Guatemala para trabajar la tierra y la ganadería”, explica.

Se llevaron a cabo importantes esfuerzos para implicar a los habitantes

En este contexto, se llevaron a cabo varios esfuerzos destinados a implicar a los locales. En un primer momento, el proyecto contrató a hombres y mujeres para limpiar y restaurar el sitio y, además, se impartieron talleres de concienciación sobre la protección del patrimonio cultural a niños y adultos, así como formaciones en el área de turismo con el objetivo de poder recibir visitas más adelante.

A medida que iba avanzando el proyecto científico – en 15 años los investigadores reconstruyeron, pusieron en valor las ruinas mayas de La Blanca y sacaron a la luz otros sitios arqueológicos cercanos como Chilonché -, también iba avanzando la dimensión comunitaria. Comprender la misión de los arqueólogos permitió la aparición entre los locales de un sentimiento de pertenencia de este patrimonio, y la llegada de los primeros visitantes al sitio comenzó a crear una nueva dinámica económica.

La llegada de los primeros visitantes al sitio creó una nueva dinámica económica

Antes de la conclusión del proyecto, en 2019, Cristina Vidal y su equipo alentaron a sus habitantes a organizarse para optimizar sus beneficios. En este contexto, en 2022 se creó una asociación para el desarrollo comunitario de La Blanca, y una panadería abrió sus puertas.

“Buscamos que el patrimonio arqueológico no se perciba como un elemento aislado, explica Cristina Vidal, sino como un motor capaz de generar nuevas oportunidades económicas, sociales y culturales para la comunidad, favoreciendo al mismo tiempo la creación de un sentido de pertenencia, el fortalecimiento del tejido social y la consolidación de un modelo de desarrollo sostenible vinculado a la identidad local y a la protección del patrimonio”.

* Periodista en Mixco, Guatemala. Artículo publicado en El Correo de la UNESCO.
Imagen de portada: Al norte de Guatemala, los habitantes trabajan junto a los arqueólogos en la conservación del sitio maya de La Blanca. © Gaspar Muñoz / Proyecto La Blanca 2009

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