Chico Mendes y la guerra del caucho

Chico Mendes y la guerra del caucho

Por Daniel Alberto Chiarenza

22 de diciembre de 1988: asesinato de Chico Mendes

Los monopolios internacionales manifestaron un desesperante interés por el caucho.
Brasil es el punto de la mira de la voracidad extranjera.
Una multitud de nordestinos con hambre -por la sequía y el abandono estatal- fueron reclutados por lo que la historia llamó “la guerra del caucho”.
En aisladas casillas, con poco menos de lo elemental para la vida, fueron abandonadas miles de personas en un entorno hostil y desconocido.

La tenebrosa selva amazónica escondía el árbol del que se sangraba la leche del caucho.

Las enfermedades tropicales, los desacuerdos con algunos pobladores originarios y otras cosas, ralearon la tropa obrera, que por sencilla adaptación al medio sobrevivía con una dieta similar con la que azarosamente lo hacía un soldado en la guerra.

Para estas “venas abiertas de América Latina” –parafraseando a Eduardo Galeano-, estas penurias tienen su precio heroico que apareció con el liderazgo de “Chico Mendes” (Francisco Alves Mendes Filho). Chico nació en Xapuri el 15 de diciembre de 1944. Su forma de presión sobre los factores de superexplotación sobre hombres y medio ambiente fue pacífica.

Cuando terminó la guerra y la hegemonía del cultivo intensivo del caucho en el sudeste asiático decreció, necesariamente la voracidad implacable de los fríos intereses capitalistas cayó sobre la región y sobre el nuevo poblador amazónico donde en su medio ambiente abundaba ese oscuro objeto del deseo: el caucho.

El mapa latinoamericano se desplegaba en las ubérrimas tierras –que cuando las agotaban en otras partes- que daban frutos, carnes y medicinas, allí en la selva amazónica sobrevolaba la irrefrenable audacia y egoísmo del salvajismo capitalista.
Y el pueblo vivía bien entre la frondosa maraña, mientras los niños nadaban entre peces de acuario.

El modelo de desarrollo para la región lo iban a imponer desde afuera.
La otra cara -contradictoria- del supercapitalismo internacional, la deforestación de la región amazónica, en la búsqueda de rapiñar al máximo los recursos madereros; pero el desmonte ocasiona la tala del árbol de caucho también y el consiguiente impacto ambiental.

Y el hipotético progreso llegó. Talando y quemando para radicar hacienda vacuna, la que luego habría de ceder espacio a los cultivos subtropicales.
El facendeiro escrituró a su gusto la tierra antes de acercarse a preguntar, y así millones de hectáreas de selvas húmedas dejaron su lugar al progresismo ajeno, a la exclusión del poblador auténtico y al exterminio de su cultura selvática, aunque bucólica.

Consecuencias trágicas para todos los que no pongan una pizca de racionalidad, se corre el riesgo de perder dos explotaciones, la cauchera y la de instalación de ganado en los lugares deforestados por los façendeiros. Toda una locura del capitalismo voraz que no es capaz de asesorarse por ecologistas y ambientalistas, allí donde priman los intereses individuales.

Los seringueiros (recolectores de caucho), fueron los que más defendieron su nueva patria, apelaron a toda forma de resistencia.

Chico Mendes demostraría claramente que es mucho más rentable la selva en su estado virginal que cualquier forma de explotación agropecuaria.
Chico Mendes en su lucha, ya política, por los beneficios de los seringueiros, la ecología, el ambientalismo, la biodiversidad y la condición humana, entre 1987 y 1988, fue premiado por su activismo, recibiendo el Global 500 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en Inglaterra, y la Medalla del Medio Ambiente de la Better World Society, en Estados Unidos.

Chico declara que, cada metro de selva húmeda está perfectamente en condiciones de pagar su precio inmobiliario, con el excedente en frutos de un solo año.
Pero no les interesaba apreciar lo sustentable que era la vida del poblador, pero sí que fuera sustentable el esquema de expoliación de occidente.
Se consolidaron los monocultivos y la hacienda exótica, objetivos prioritarios de los “desarrollistas” brasileños.

Cotidianamente se perdían centenares de tesoros naturales. Los científicos alertaron a las organizaciones sobre una Amazonía en llamas. El humo llega a ser de tal magnitud como para interrumpir la navegación aérea y los focos tantos y de tal extensión que desde los satélites se obtienen fotografías que alertan al mundo entero.
Sin embargo, la alerta llega tarde, el 22 de diciembre de 1988, Chico cae asesinado y su gente atemorizada, posterga sin fecha los sueños de aquel naciente sindicato de trabajadores rurales de Xapuri, en el Estado de Acre.

Las causas que sentenciaron a aquel gremialista a la muerte, continuaron silenciosamente vigentes, anteponiendo el valor económico a cualquier intento de salvaguarda del medio ambiente. La retención del carbono, la devolución de aire puro, la infinita generación de oxígeno y agua que da el correcto proceso de fotosíntesis.

Una razón cultural tan memorable como elemental, establece el más irrefutable argumento a favor del derecho a la diversidad cultural, tan irrestricta y original como cada medio geográfico lo permita.

El asesinato de Chico Mendes por parte de los rancheros, no alcanzó a truncar su legado de lucha. Posteriormente, nadie podría soslayar la postura de la “gente de la tierra”, ni pasar por alto el dignísimo esfuerzo que, en el poblamiento de esas ásperas regiones, pusieron quienes entretejieron los destinos de sus familias por entre la mata amazónica.

Pronto los ambientalistas comprenderían la urgencia que tenía apoyar a quienes interpretaban mejor el uso de la biodiversidad que ellos propugnaban defender.
El FUNAI (organismo indigenista brasileño que significa, puntualmente, Fundação Nacional dos Povos Indígenas) interpretó rápidamente que el modelo favorecía sus metas de integración con los pueblos originarios.

Cada nueva traza vial, cada proyecto hidroeléctrico, cada explotación minera y por supuesto todo el asesoramiento agropecuario, quedaron en entredicho.

El alcance del nuevo concepto ya abarcaba temas de enorme magnitud tales como el efecto invernadero, el calentamiento global, la existencia de excesos de carbono en la atmósfera, la capa de ozono, la escasez mundial de agua potable y la extinción masiva de especies. Todos diagnósticos que pasaron repentinamente a tener que ver directa o tangencialmente con este criterio acuñado por Chico Mendes y sus seringueiros de la Amazonía, hoy conocido como el extractivismo sustentable.

No se puede pasar por alto que Luiz Inacio Lula da Silva, el dos veces presidente de Brasil, fue cofundador junto con Chico, del Partido Traballista (PT), entonces, con toda una concepción socialista humanista. De modo que su legado social se acrecienta día a día e, inclusive, se crearon premios, parques, institutos y memoriales para dar a conocer su lucha y honrar al líder de los recolectores del caucho.

Lo poco que supo el mundo sobre esta serie de asesinatos en la zona nordestina de Brasil, del que Chico no fue la única víctima, fue, en parte, por la película producida por HBO “The Burning Season”, en 1994, protagonizada por Raúl Juliá; y un documental de la cadena Discovery Channel Latinoamérica, titulado “Chico Mendes: Defensor del Amazonas”, del 2008.

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