Castilla y León 2026: la inercia reaccionaria que devora esta comunidad autónoma
Por Acacio Puig*
El fenómeno tiene profundas raíces y se consolida como una seria enfermedad desde hace décadas, una enfermedad agravada por el despoblamiento, el envejecimiento poblacional, la emigración juvenil, la nueva colonización “verde” y la desidia vindicativa en tierras el que el amo ordena y manda… y sus barbaridades no le pasan factura.
Porque no ha tenido costes ni la contrarreforma sanitaria, ni los incendios reiterados durante los últimos años, ni la clamorosa ausencia de medidas sociales el defensa del sector público, ni la diáspora de jóvenes forzados a emigrar buscando oportunidades… cuando no son “hijos de papá”.
Los datos del 15 de marzo están ampliamente disponibles (no los repasaremos) porque lo fundamental es subrayar que bastante más del 55 % del sufragio está en manos de electores del partidos neofranquistas que aplican estrategias neoliberales a una población mayoritariamente dócil y fiel “por la gracia de dios” y que muchos de los apoyos de PP, Vox y de “los de la fiesta” proceden de pueblos de menos de 100 habitantes. Los fenómenos apuntados en 2022 se agravan hoy para un censo de “votantes-practicantes” (los que votaron) que ha crecido muy poco en toda la comunidad autónoma, a pesar del crecimiento porcentual de la participación.

Y el disparate se completa al constatar que a ese millón doscientos treinta y cinco mil votantes (y a un millón novecientos cinco mil y pico electores potenciales) se les ofertaron veintiséis candidaturas diferentes (es difícil superar tanta afluencia de pesebreros, ansiosos por probar suerte y vivir de “la política”) en una comunidad que se extiende por casi el 20% del territorio del estado, aunque la habite menos del 5% de la población del país. Un desierto que concentra en capitales de provincia y algunos pueblos grandes, población, polígonos industriales y servicios en un disperso archipiélago de PYMES en crisis, pero hipnotizadas con promesas de bajada de impuestos para que recurran a sanidad privada y… seguros de defunción.
Las raíces de semejante deriva tienen antecedentes que se vislumbraron desde los años 20 y 30 del pasado siglo. Territorio en manos de terratenientes que frenaron cualquier proceso de industrialización y desarrollo acorde con los tiempos, geografía políticamente dominada por “agrarios” y “monárquicos” con apoyo de los caciques y de la iglesia –ese partido nacional católico con sedes en cada aldea- , tierra surcada por pequeños enclaves mineros y con una base social de jornaleros, modestos arrendatarios y campesinos pobres. El territorio destacó por la producción de curas y monjas, conventos, funcionarios medios, militares y fuerzas armadas de todo tipo. Leva para las guerras coloniales en Marruecos, cuerpos represivos y braceros que emigraban a los centros urbanos en busca de algún futuro.

El escaso despertar durante la Segunda República fue pronto cercenado por la represión golpista que estrenó asesinatos desde el primer día de ocupación de Castilla la Vieja en abril de 1936, porque aquí la dictadura franco fascista se adelantó tres años y sin encontrar resistencia social se dedicó a sembrar el terror mediante una salvaje represión selectiva de cargos municipales, sindicalistas, maestros, periodistas y toda suerte de personal “desafecto” al golpismo. Un terror que impregnó miles de familias. Todo quedaba así “bien atado” para muchos años.
El poso de miedo se transmitió de generación en generación, con sufrimiento y apenas alterado por la resistencia de “los del monte” (en versión guerrilleros o huidos)… de modo que mucho más tarde, ni siquiera durante el tardofranquismo, despertaron luchas excepto en algunos enclaves universitarios como Valladolid y el sordo runruneo de malestar social.
Muchos de los que emigraban malvendieron sus tierras y los compradores ampliaron una clase de campesinos medios, austeros y ahorradores, que aprovechando las sucesivas concentraciones parcelarias salieron de la miseria y en cierto sentido prosperaron. Clases medias agrarias que en su mayoría constituyeron sectores políticamente muy conservadoras, resignados o afines a la dictadura y después del 78, a sus herederos.

Mal punto de partida para la recomposición partidaria, social y sindical que siempre adoleció de aquellas lagunas (de experiencias, derrotas en el combate y victorias). De modo que desde la Transición la izquierda no socialdemócrata encontró escasa proyección institucional en ayuntamientos, diputaciones y la Junta que sería el gobierno de Castilla y León. Aunque nada de eso justifica la situación actual, ni la determina fatalmente, esa dura génesis ayuda a entenderla.
De modo que el desarrollo de estructuras organizativas de la izquierda ha sido pobre y rutinario, impregnado de cierto fatalismo que lo dio por inevitable (“así es Castilla”) un lento declive hasta medir la bancarrota este mes de marzo de 2026, bancarrota de la que solo se salva el centro socialdemócrata (tardíamente liderado por Carlos Martínez el alcalde de Soria) una opción que ha operado como polo de agrupamiento “por descarte” de otras opciones raquíticas y sin perspectiva.
No deja de ser curioso que las nuevas propuestas políticas (las que han tenido cierto desarrollo e impacto en esta comunidad) hayan enfatizado la idea de “ni de derechas ni de izquierdas” algo que compartió Ciudadanos, el primer Podemos y los partidos regionalistas hasta los adscritos desde 2022 a las llamadas candidaturas de la España Vaciada, como Soria Ya que se encuentra en declive por el escaso desempeño de los tres procuradores que obtuvo en 2022.
Un eslogan neutro ese de ni de izquierdas ni de derechas, probablemente expresión de autodefensa en tierras de histórica persecución y represión de corrientes políticas de izquierda y cuya falta de beligerancia y excesiva moderación ha marcado el crecimiento y actividad de sindicatos como CCOO y UGT en un contexto de congelación de cualquier avance sustancial del sindicalismo alternativo (CGT y CNT) y de desarrollo de corrientes de izquierda dentro de los mayoritarios. Una movilización esporádica y minoritaria que persiste… pero estancada y poco proyectada hacia delante.
Pero volviendo al 15 M de 2026, diremos que una izquierda capaz, con el cerebro bien amueblado, debiera saber medir su suelo electoral más allá de diatribas (que las hubo) o de la “coba mediática” (cuando se produce) y evidentemente en esta comunidad en la que “la izquierda transformadora” lo tiene todo por hacer no es serio el “jugar a la lotería electoral” ignorando la propia fragilidad estratégica y organizativa que puede medirse día a día.
Porque mientras se construye desde abajo y paso a paso (que es la tarea), siempre existe la opción de hacer campaña en períodos electorales, lanzar debate y propuestas… pero Desistir el voto (es decir no pedirlo o delegarlo a quien esté mejor posicionado) cuando no hay oportunidades de pesar en la situación institucional.

Precisamente es esa actitud de responsabilidad la que debiera haber orientado la “Defensa de lo Común” (Iu-Sumar-Equo) y “La fuerza de la Valentía” (Podemos-Alianza Verde) pero no ha sido así. A eso se añade el agravante de concurrir por separado y en descarnada competencia entre ambas coaliciones, luchando por una mísera hegemonía en el “grupo de los pequeños”.
Cuando el suelo es pantanoso (por la historia local reseñada arriba) y sopla “mar de fondo” fascistizante en toda Europa, lo serio es tentarse la ropa y no embarcarse en aventuras que además de desacreditar un proyecto de transformación retrasan el levantar acta de situación y rectificar el rumbo, para construir pacientemente organización, fuerza territorial y acción social, mirando más lejos, sin pausa pero sin prisa. La casa se construye desde los cimientos.
Y mientras tanto sigue la colonización de tierras de Castilla y León por grandes explotaciones de eólicas y fotovoltaicas que completan la depredadora tradicional extensión de macrogranjas. El sector primario se lamina, la soberanía alimentaria se convierte en una quimera, los agricultores arriendan tierras porque no tienen relevo generacional… y quedan los que quedan. ¿ Soñando con emular a los antiguos terratenientes?… porque la clave del interés de las empresas colonizadoras es que aquí la tierra no se defiende, no hay contestación social. Sin embargo, los ayuntamientos de aldeas y pueblos infectados de eólicas y fotovoltaicas engordan la caja (otros gestionan recursos escasos y cofinancian las desiguales condiciones determinadas por la Diputación de turno) con esos impuestos que permiten gastar más en las fiestas tradicionales y alegrar las vacaciones de quienes vuelven a los pueblos para celebrar romerías y otros eventos veraniegos.
* Artista plástico, activista desde la España Vacía y miembro de la asamblea de redacción de LoQueSomos.
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