Entre la luna y la guerra

Entre la luna y la guerra

Foto: “Hola, mundo”, la Tierra fotografiada por la misión Artemis II (NASA, 2026)

Por Pepe Moral Jiménez*

Desde la luna, una humanidad unida; en la tierra, un mundo que se arma

El 7 de abril, a más de 400.000 kilómetros de distancia, el piloto de Artemis II, Victor Glover, describió la Tierra como «un oasis frágil», «un salvavidas en la inmensidad del espacio». Desde allí arriba, dijo, no hay fronteras. Ni bloqueos. Ni enemigos. Solo una esfera vulnerable compartida por todos. Ese mismo día, el presidente estadounidense Donald Trump advirtió al mundo que «una civilización entera podría morir esta noche», en el último episodio de una escalada destructiva y retórica dirigida contra Irán. Dos discursos simultáneos. Dos maneras de ver el mismo planeta: una que lo reconoce como un hogar común y otra que lo convierte en un objetivo. Esto no es una contradicción menor, sino el síntoma de una era. Mientras la exploración espacial nos obliga a pensar en nosotros mismos como una especie, la política internacional dominante insiste en organizarnos como enemigos. Mientras la tecnología nos permite ampliar los horizontes humanos, el poder de la élite la utiliza para perfeccionar la destrucción. No hay paradoja: hay una coherencia interna. El mismo sistema que financia la conquista de la Luna sustenta la economía de guerra en la Tierra. Ya sabemos que la guerra no es un accidente, sino un negocio. Un negocio lucrativo que requiere más que armas: requiere narrativa, miedo y una opinión pública dispuesta a aceptar que el conflicto permanente es inevitable. Y aquí es donde entra en juego una arquitectura de poder cada vez más visible: la alianza entre la industria militar, las corporaciones tecnológicas y los principales medios de comunicación. No es solo una teoría, es una estructura real. El llamado Complejo Militar-Industrial-Mediático opera como un sistema integrado, especialmente en Estados Unidos. La industria de defensa no solo produce armas: financia indirectamente a los principales conglomerados mediáticos a través de publicidad, patrocinios y redes de influencia. Al mismo tiempo, Silicon Valley —el epicentro mundial de las empresas de innovación y alta tecnología más influyentes del mundo— ha pasado de ser un actor neutral a convertirse en un proveedor estratégico de infraestructura militar. Empresas como Palantir trabajan con datos de guerra. Microsoft y Amazon operan sistemas críticos del Pentágono y de inteligencia. Google y Meta desarrollan algoritmos que sirven tanto para vender publicidad como para identificar objetivos o vigilar poblaciones. La frontera entre la tecnología civil y la militar ha desaparecido casi sin debate público.

En el centro de esta red se encuentran importantes fondos de inversión —BlackRock, Vanguard y State Street— que invierten simultáneamente en empresas de defensa, tecnología y medios de comunicación. En otras palabras, los mismos intereses financieros se entrelazan con la producción de armas, la infraestructura digital y la construcción de narrativas informativas. El resultado no es una conspiración, sino algo más inquietante: una normalidad en la que los conflictos siempre se explican según la lógica de la amenaza. Y en la que el aumento del gasto militar se presenta como una necesidad técnica , no como una decisión política. Los expertos que analizan las guerras en televisión suelen provenir de las mismas organizaciones que se benefician de ellas. Las «puertas giratorias» no son una anomalía, sino parte del mecanismo. Generales retirados comentan conflictos en cadenas como CNN o la BBC mientras asesoran a empresas de defensa. Centros de estudios financiados por contratistas militares elaboran informes que luego son utilizados como fuentes primarias por periodistas. Un circuito cerrado en el que la información no se inventa, sino que se dirige. Europa aplica la misma lógica, aunque la gestione con códigos diferentes. Aquí, el vínculo entre la industria de defensa y el poder político es más explícito. Empresas como Airbus, Rheinmetall y Leonardo están profundamente vinculadas a sus respectivos estados, que promueven el rearme con el argumento de la autonomía estratégica. El argumento es bien conocido: mayor gasto militar equivale a mayor seguridad y mayor crecimiento económico. Pero incluso en el Mediterráneo, esta narrativa necesita refuerzos. En Francia, Dassault Aviation —fabricante de los cazas Rafale— está vinculada al grupo propietario de Le Figaro. En España , Indra Sistemas tiene conexiones con el grupo Prisa, editor de El País y Cadena SER. En Italia , el modelo adquiere una forma casi estructural: el grupo Leonardo, con una fuerte participación estatal, coexiste con conglomerados mediáticos vinculados a grandes familias industriales. Esto no es censura directa . Es algo más efectivo: un marco mental compartido. Invertir en defensa se presenta como sinónimo de innovación, empleo y modernización. El debate ético desaparece. La guerra se convierte en una cuestión técnica , casi administrativa. Y cualquier crítica se relega al ámbito de los ingenuos o los irresponsables.

A todo esto se suma un elemento clave: la construcción de legitimidad.

Foros, conferencias, publicaciones especializadas y expertos recurrentes —antiguos militares o exministros— que, gracias a su constante rotación, llenan los programas de noticias y debates. Muchos de estos espacios están financiados por las mismas corporaciones industriales. Si bien no dictan explícitamente el discurso, delimitan el ámbito de lo que se considera concebible. Y esto basta para dominar el «sentido común». En el eje Grecia-Turquía, esta dinámica se combina con el nacionalismo. El gobierno de Recep Tayyip Erdoğan ha promovido empresas como Baykar, fabricante de drones utilizados en diversos conflictos, en una estrecha relación entre poder político, industria y el discurso del orgullo nacional. En este caso, la guerra no solo se justifica, sino que se celebra como una demostración de capacidad.

Todo encaja a la perfección

Un sistema que necesita el conflicto para mantener su rentabilidad. Un ecosistema mediático que lo hace inevitable. Una infraestructura tecnológica que lo hace más eficiente. Y una ciudadanía expuesta a un flujo constante de información y a un uso sistemático de eufemismos que normalizan lo excepcional. Mientras tanto, desde la Luna, la Tierra sigue siendo lo que siempre ha sido: una esfera frágil sin fronteras visibles. Pero aquí abajo, seguimos trazándolas con precisión quirúrgica. Seguimos necesitando dividir para gobernar, clasificar para intervenir, informar para destruir. Y lo hacemos con herramientas cada vez más sofisticadas y narrativas cada vez más refinadas. Quizás el problema no sea la distancia desde la que vemos el mundo, sino los intereses que dictan cómo lo vemos. Porque el verdadero salto tecnológico puede no consistir en viajar más lejos, sino en cambiar nuestra perspectiva. Y esto, a diferencia de los cohetes, no parece estar en la agenda.

* Publicado en Comité Permanente de la Asociación Euromediterránea de Autoridades Locales y Regionales – COPPEM

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Un comentario en «Entre la luna y la guerra»

  1. Exposición muy necesaria. Es una manera de reparación. Muy recomendable atraves del arte. Como dijo en la presentación de la misma en Murcia, Alfonso uno de los dos pintores de los cuadros. Muy recomendable.

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