Cuando el dinero público financia la tortura: crónica de la manifestación antitaurina de Galapagar
Por Agencia LQS
El pasado domingo, las calles de Galapagar vivieron dos caras opuestas de una misma realidad: vecin@s alzando la voz por quienes no tienen palabra, frente a insultos, ruido y hasta agresiones de quienes defienden que la tortura es cultura.
Un parque, dos visiones
El objetivo de la convocatoria era claro y concreto: rechazar la construcción de un Museo Taurino en el Parque El Toril, un espacio público de 28.000 metros cuadrados que el Ayuntamiento pretende convertir en un supuesto «museo al aire libre» dedicado a la tauromaquia. El proyecto no es menor: contempla una inversión de más de un millón de euros de dinero público, incluyendo 40 totems inteligentes con tecnología QR y NFC, esculturas vegetales que recrean suertes del toreo y homenajes al torero local José Tomás y al ganadero Victorino Martín. Lo más llamativo es que, para financiarlo, el Consistorio ha solicitado un préstamo bancario: es decir, la ciudadanía de Galapagar pagará con sus impuestos —y con deuda— un espacio que glorifica el maltrato animal.

Pero esto no es solo un debate entre «tradición» y «modernidad». En 2022, Galapagar ya celebró una consulta ciudadana en la que la mayoría de los participantes se pronunció en contra de destinar fondos públicos a la tauromaquia. El Ayuntamiento, sin embargo, ha decidido ignorar esa expresión democrática. Como señala una petición que ya supera las cuatro mil mil firmas, ese dinero podría destinarse a mejorar instalaciones para la infancia y las personas mayores, en lugar de embellecer una práctica basada en el sufrimiento y la muerte de animales.
De la protesta al ruido
La cara positiva de la jornada fue incontestable: una participación masiva, reivindicativa y digna. Mucha gente salió a la calle para mostrar su rechazo y defender otra forma de entender las fiestas. Sin embargo, al llegar a la Plaza de la Constitución, se topó con la otra cara. Según relatan las personas asistentes, una charanga comenzó a tocar pasodobles taurinos mientras desde el escenario del Ayuntamiento se elevaba la música a un volumen ensordecedor, justo en el momento en que se intentaban leer los manifiestos. Los insultos fueron constantes y la situación derivó en una agresión física a una joven manifestante.
Estas imágenes resultan estremecedoras. Cuando la «cultura» necesita ruido para ahogar el disenso y puños para responder a una expresión pacífica, lo que revela es precisamente su debilidad intrínseca. Quienes defendían el museo pudieron ganar ese instante de ruido en la plaza, pero perdieron cualquier legitimidad moral. Como escribió una de las participantes tras la marcha en una red social: «Cualquier gesto o provocación que hayamos tenido que soportar no es nada en comparación con la crueldad e injusticia que sufren los toros».

Un contexto más amplio
La manifestación de Galapagar no es un hecho aislado. Se enmarca en un contexto más amplio de tensión política: cada vez más ayuntamientos intentan «institucionalizar» la tauromaquia como patrimonio cultural para frenar el avance de la sensibilidad animalista. Convertir el toreo de una actividad festiva temporal en museos y monumentos permanentes es una estrategia clásica de «congelación cultural»: fabricar la apariencia de que siempre ha existido y siempre debe existir.
Frente a ello, la sociedad civil de Galapagar ha dado una respuesta contundente. La Asociación Galapagar Antitaurina (AGA), organizadora de la protesta, no solo rechaza el museo, sino que advierte de lo que puede venir después: una plaza de toros permanente. Su lucha tiene, por tanto, un doble sentido: resistir el uso indebido de fondos públicos hoy y prevenir un retroceso mayor mañana.
La lucha continúa
«No nos van a parar.» Ese es el mensaje central que dejó la organización tras la jornada. Frente a los insultos, el ruido y los intentos de silencio, la respuesta es más unión, más respeto y más gente defendiendo a los animales. No se trata solo de un parque o de un museo. Se trata de representación política, de ética en el gasto público y de qué valores elige una sociedad para definir su «cultura».
En Galapagar, la respuesta se está escribiendo en la calle. Y pase lo que pase con las excavadoras del Ayuntamiento, la manifestación del domingo ya ha demostrado algo: quienes creen que la tortura puede llamarse cultura no representan a todo el mundo. Otra sensibilidad no solo es posible: ya existe, se organiza y no piensa callar.
#LaTorturaNOesCultura #TauromaquiaAbolición
#NoMuseoTorosGalapagar
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