Relato corto: «Go, go, Johnny»

Relato corto: «Go, go, Johnny»

Por Sotiris Dimitríu*

Un barrendero municipal se enfrenta a su encargado y a su pasado.

Se alimentaba de recuerdos.
Años inolvidables. Primavera, parques de atracciones.
Enfermedad, calamidad, muerte, a miles de millas de él.

Arrasaba como un potrillo en los locales de la época.
Hasta mediodía en el torno, después una siesta de niño, abundante, al atardecer un baño, ponerse guapo, perfumarse y salía por la noche, se- guro de su amor.

Llaves Doradas, Gato Negro, Catacumba. Muy solicittado en todas partes.

¿Cómo se lió? ¿Cómo se pusieron patas arriba las cosas? ¿Cómo se quedó clavada en sus ojos la tristeza? Él, el despreocupado. Cuando recordaba su despreocupación, se moría de rabia. Él, el niño flaco con la mirada luminosa y el bonito cabello rubio, volverse diabético, un canoso barrendero municipal gordinflón.

No bastaba con eso, mediante un matrimonio concertado le cargaron con una cónyuge para que se ocupase de él. Puro contrato. Él ponía el casamiento, ella la insulina y la dieta. Además vinieron los niños, se acabó, le comieron el aliento y el futuro principalmente.

A quién, a aquél por quien las chicas guapas se tiraban de los pelos para bailar. Se quedó clavado en el pasado. ¿Y a quién se lo iba a contar?

A los que no tienen ni idea y a los infelices. A los barrenderos.

Cada mañana en el bosquecillo, tras Evanguelismós, donde se juntaban, lo recibían con gri- tos y alegría.

«Bienvenido, Yoni».

Entraba bailando chac, chac, chac, rockeando, con su fláccido cuerpo de ciento y pico kilos.

«Guz mornin, meeeen», arrastraba su voz cantando.

«Muy bien, machote. Dalo todo».

Sacudía la cabeza constantemente para mostrarles la única prueba, mínima, de su antiguo esplendor. Unos pocos pelos ralos, entre rubios y canosos, una pizca que dejaba cubrir las orejas, caer por la nuca.

«Gou, gou, Yoni. Yoni, bi guz».

Bailaba justo en el límite del equilibrio entre la guasa y la fanfarronería. Volvía en sí a tiempo y se reía él también con ellos.

Lo habrían tomado por el hazmerreír, si no se hubiese preocupado de guardar las pruebas.

Tres grandes fotografías, de cuerpo entero de las pistas en las que bailaba. Un diploma que había protegido con gelatina gruesa, de un campeonato de rock and roll del club Elvis, de la zona de Patisíon. Tres álbumes con fotografías, en diversas fases del baile. Como si allá donde fuese tuviese su fotógrafo personal. Se las enseñaba habitualmente a los obre- ros, narrando al mismo tiempo, y ellos le daban golpes en la espalda,

«Ahí va, Yoni, figura».

Yoni se lo habían puesto por la canción que tarareaba incesantemente.

«Gou, gou, Yoni. Yoni, bi guz».

Más no recordaba, pero decía a ritmo palabras extranjeras inconexas, para achantarlos.

«Gou, Yoni, nait la, la américan laif beibi, propeision chac, chac, chac bi, Yoni, guz yíar».

Pero se cansaba enseguida, resoplaba, los espectadores le hacían un sitio, se sentaba.

«Yoni, amarra los kilos, no puedes».

«Ah, pobres, no habéis vivido, no sabéis. Lu- ces y perfumes, tío. Las almas cándidas deshaciéndose por mi menda. La culpa es de la enfermedad. Yo no era para casarme y tener hijos.

Pero ya verás. Los americanos encontrarán el remedio y adelgazaré. Mi cuerpo se soltará de nuevo. Eh, lo que os merecéis».

«Ahora adónde vas, manzanas traigo, compañero. ¿Con dos churumbeles? Se te revienta la tripa, hermano».
De hecho siempre que lo veías estaba masticando algo. Sándwiches, galletas.
Muchas veces el encargado le daba voces. Los entretenía. Incluso cuando barría y lo veía desde lejos algún compañero suyo, le gritaba.

«Gou, Yoni» y él hacía poses de rock and roll con la escoba.

Así que por todo le llamaba la atención el en- cargado, porque influía disruptivamente en el trabajo. Todo eran risotadas, bromas, corrillos, recuerdos, conversaciones sobre baile y chicas guapas.
Y había excusa, porque tampoco era muy aplicado en su trabajo.

Nunca se hubo resignado a la idea de ser barrendero, aunque llevase en la profesión cerca de quince años. Siempre estaba esperando que cambiasen las circunstancias.

Además su médico le había dicho muy recientemente que quizá saliese al mercado una inyección de insulina que ajustaría su organismo durante un año.
Dio alas a sus esperanzas.

Un día había dejado sin barrer dos o tres callejuelas.

A mediodía, que se juntaron para firmar, el encargado se cagó en él.

«Yoni, capullo, ¿cuándo vas a dejar de una vez las gilipolleces?

¿Te las das de Rudéyev? Déjate de gilipolleces que te corto los huevos».

Se le subió la sangre a la cabeza.
Raramente contestaba y siempre hallaba el modo de calmarse, habitualmente con alguna pose, pero esta vez no se aguantó.

¿Había bailado alguna vez ese moho podrido con cuerpazos? ¿Había entrado alguna vez ese madero de mierda en un club?

«¡Ya está bien, desgraciado! ¿Qué vas a hacerme? Vas a reclamarme el préstamo y no voy a tener para devolvértelo o me vas a degradar a ayudante de barrendero.
A mí qué cojones me importa. A fin de cuentas quién eres tú. Míster follador o el hijo del barra libre ebribadi. Eres un soplón, un parásito».

Los demás obreros se alarmaron, se aturdieron, se sobresaltaron.
Algunos intervinieron intercediendo, a favor del encargado.
«Yoni, tienes hijos. Te has pasado y el jefe qué te ha dicho, vamos a ver. Del trabajo te ha hablado. Él tiene la responsabilidad».

Otro alzó su pulgar recto y le dijo con sonrisa taimada.
«Pórtate bien ya, Yoni. Ya la has montado. Gou, gou, gou, mi amor».

Temblaba de rabia.
Con qué cabrones se había liado, Dios mío.

Él, ese… Me cago en su dios, los fracasados. Con éstos qué quiere. Se acabó.
De pronto todo fue una pista.

Miradas con luces rítmicas, sorprendidas, sonidos que te partían y te enternecían el corazón. Da una patada a la carretilla y la vuelca. Tira el recogedor, chasca la escoba y empieza a bailar desenfrenada- mente, como antaño. Los obreros batían palmas entusiasmados.

El encargado se puso furioso.
«Gamberro, yo te voy a dar una lección. Te vas a acordar de mí».

«Me lo paso por el forro. Eh, o sea…».
Y de pronto Yoni vaciló. ¿Se le había pasado el enfado? ¿Tuvo miedo?

Gou, Yoni, gou, bastardo. Que bajen a barrer los putos ciudadanos ellos solos, que quieren esclavos para sus vómitos y sus cortezas de sandía. Go, pringaos.

Mejor que pongáis el culo en Omonia, en vez de este desbarajuste. Que os metan las monedas de cincuenta y sus saludos por el culo. Lárgate, amigo. Escríbelo en la nieve. Una oportunidad».

Y entonces sucedió. Se me heló el alma. Escupió en el suelo despectivamente y se piró. Se lanzó por la calle Alexandras bailando entre los coches.

Hubo confusión de bocinas, hubo embotellamiento y entonces despegó.

Delgado, hermoso, guapísimo.

Traspasó el hormigón, las bocinas, los insultos, el follón, la polución. Da un paso fuerte y traspasa el sucio muro de Elefsina y se ve en Sayada.

Allí estaba todo el día vagando por la orilla, con la polla fuera, desnudo, se zambullía en el mar, comía melones, dormía como un bebé en la arena y en la hierba. Por las noches merodeaba por las discotecas y, como lo daba todo, cubría jacas rubias del norte.
Ahora, cómo se encontró al día siguiente cuidadosamente afeitado, con ropa limpia, yendo a primera hora de la mañana como perro apaleado a buscar al encargado, es un misterio.

* Publicado en “Al Tajo”, órgano de expresión de la CNT y de la FAL de Aranjuez Número 82 / Abril 2026. Traducción de Yanis Merinakis.

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