Relato corto: Diálic’ im, Jristaki
Por Sotiris Dimitriu*
Un relato en el que se mezclan migración, racismo, xenofobia y malos tratos…
La consiguió a base de pertinacia.
No le importaba mucho, pero los suyos se pusieron como fieras.
«Bueno, ¿has perdido la cabeza? ¿Meter en nuestra casa a esa, a esa fulana, a esa cualquiera?»
Especialmente tajantes eran sus hermanas: «En nuestra casa no entra la albanesa de mierda».
Claro que mucho más que su peculiaridad racial les fastidiaba que, cuando entraba en el horno, como si fuese algo más hermosa.
Así que en el horno la conoció.
Sana, guapetona; era pobre de solemnidad, eh, pero también él había pasado ya los treinta y cinco.
La muchacha no entró en una familia, se metió en un nido de serpientes. Morros, medias palabras, desfallecimiento en las tareas y el hombre hizo de la pertinacia indiferencia. Se acomodó. Punto.
«Deja ese mir mir. Aquí no hay albaneses. Has entrado en una casa de postín. ¿Has oído? Te hemos convertido en ser humano». Tanto la asustaron que, cuando le venía inopinadamente una palabra del alma a la punta de la lengua, le faltaba tiempo para darse un puñetazo fuerte en la boca.
A su madre tenía solamente. Las hermanas encontraron la manera de separarlas.
«Erde prape, madre», decían y se desternillaban cuando la veían.
Con su esposo el contacto era solamente cuando se echaba sobre ella con la cabeza fija encima de la suya clavándole el mentón. Se quedó embarazada y la situación, la misma. Se la llevaba al horno a las tres de la mañana. Luego a casa a servirles a todos. Abortó.
Entonces fue cuando ya no sabían lo que decían: «Adrede, la puta, ¡vete a saber qué habrá hecho!» y «¡Desde cuándo te lo decíamos nosotras!».
Por dónde iba a escapar él; le levantó la mano y lo convirtió en costumbre. Se llevaba el pan, con su cuerpo lo pagaba.
Volvió a quedarse embarazada y pedía a Dios día y noche que naciese bien para aplacarlos.
Limpió un lugar en su corazón y allí dentro se quedó, lo más lejos posible de hornos y hermanas. Limpió el lugar y puso a la Virgen dentro para que le ayudase. No conocía otra manera ni tenía otro marido.
Su madre venía con poca frecuencia, se sentaba en silencio y se iba enseguida.
Una vez estuvo a punto de contarle, pero le cortó.
«Calla, tienes marido, estás harta de comida».
Nació, pero ni su corazón ni la Virgen vencieron al horno y a la humillación.
Nació un niño enfermo. Mongólico.
Entonces comenzaron las hostilidades. ¡Ni una palabra ya, ni siquiera la más corriente!
Solo la miraban, vete a saber cómo, porque notaba que su cuerpo se asustaba y se ponía a la defensiva.
Llegaba la noche, hora de acostarse, y temblaba cuando también se acostaba él. No le dijo palabra del niño y creía que la iba a cortar en mil pedazos. Eso esperaba cada noche.
Finalmente la echó de su cama.
Les dieron un cuarto, a ella y al niño, y de vez en cuando venía y la cubría rápidamente.
Si no hubiese tenido esa criatura enferma, se habría vuelto loca, se habría matado. El niño como si lo notase, la apretujaba con fuerza de hombre, desde el tercer día.
En ese abrazo halló consuelo.
Inseparables.
Pero el miedo estaba en su interior. Cuando estaban solos en casa, rara vez, iba y le cantaba en albanés y siempre se deslizaba un hocico por la puerta y clavaba los ojos en ella.
Se las vio y se las deseó, lo enterró todo dentro de sí: sus años de infancia, el amor, las amigas. Enterró los retozos, los pretiles, los almendros. Enterró miradas dolientes, sonrientes; miradas, miradas y labios.
Enterró la lengua.
Quedó solamente una fiera asustada que quería a su hijo.
Crecía y no se alejaba un paso de ella. Lo sacaba fuera a ocultas, por caminos oscuros, pero los chicos los olían y venían en grupo por detrás, con piedras y burlas.
Jristakis era de cintura para abajo gordo contra natura. ‘Yegua ’lo bautizaron y, como tartamudeaba con un tono muy agudo, día y noche oía voces de niño afectadas y alguna vez también de mayores: «yegua, yegua».
Y también él manifestó, cuando creció, nervios y comportamientos extraños. Veía chicas y se bajaba los pantalones. Incluso su abrazo con ella cambió. Se restregaba presionando los genitales contra el cuerpo de ella.
Luchaba y luchaba.
Recordaba siempre que, cuando nació, los médicos dijeron que moriría en una especie de ‘postadolescencia’. Lo esperaba, unas veces como la mayor amenaza que la haría desaparecer y otras con la mayor expectativa de salvarse de él.
De hecho, cayó enfermo, y todo ese bulto, la ‘yegua’, se quedó enseguida como una astilla.
Murió. No dijo ni mu hasta que lo llevaron al cementerio.
A su mente solo le venía continuamente que, cuando nació el enfermo, se alegró en parte por el cabrón de mierda que le había arruinado la vida. Recordaba que alguna vez pedía morir y recordaba también de continuo que nunca le había cantado en su lengua, que no había llenado un ápice su alma con las cosas que podían, en cierta medida, llenarla.
En el cementerio estalló.
Cayó sobre la tumba vociferando en albanés, palabras de amor, maldiciones, nanas.
Diálicim, Jristaki, diálicim
lule e stupís, mi desamparado, lule
u e zeza con los granujas.
¡Ah! juna ime, me spove spirtin de la pobre.
Las palabras chapaleaban en sus entrañas como olas rojas y subían a la garganta y la ahogaban.
Praderas, margaritas, noches y guiños, sueños de juventud, inviernos sombríos, penas pasadas, soles perdidos, campanillas y primeras lluvias, delicadas, como consuelo, las imágenes, las palabras le trituraban las entrañas.
En aquella negrura de dolor, por vez primera, después de años muertos, humillantes, sentía que vivía.
Respiraba profundamente y empezaba otra vez. Hablaba y hablaba. Un torrente. Su cuerpo se soltó. Daba palmas, unas veces con una cólera inefable y otras con una alegría loca.
Zumur, paloma mía, lule e stupís
u e zeza, que nunca me harté de besarte.
He vivido eskreta entre lobos.
Diálicim, mi valedor, me has dejado sola.
Cogía tierra y piedras de la tumba y se las arrojaba a las hermanas, a la gente, a su marido.
Y los demás días seguía hablando.
Se le fue el miedo del todo y la anegaron otras cosas.
Encontraron la manera de llevarla a una institución.
* Traducción de Yanis Merinakis. Publicado en la revista AlTajo 77 (noviembre 2025)
Comparte este artículo, tus amig@s lo agradecerán…
Mastodon: @LQSomos@nobigtech.es Telegram: LoQueSomosWeb
Bluesky: LQSomos; Twitter: @LQSomos Facebook: LoQueSomos
Instagram: LoQueSomos WhatsApp: LoQueSomos;
