R. D. del Congo, no importa cuándo

R. D. del Congo, no importa cuándo

Por Guadi Calvo*

No importa cuándo uno revise la información, cheque su agenda o mire un poco más allá de los grandes titulares: en la República Democrática del Congo (RDC), habrá una guerra, una vieja o una nueva, no importa, ya que absolutamente siempre será la misma y con un solo motivo: el saqueo de sus infinitos recursos naturales (coltán, casiterita, oro y otros minerales estratégicos). Por lo que, en las guerras de la RDC, los mapas geológicos se han superpuesto con los mapas militares con exasperante precisión.

Montadas unas sobre otras, en el este del país, un sinnúmero de grupos armados, con financiación extranjera, desde hace décadas, con mayor o menor intensidad reclamaban porciones de su geografía; reaparecieron “sorpresivamente” las brigadas de una extinta guerrilla conocida como el Movimiento 23 de Marzo (M-23) para reclamar una nueva oportunidad. Y como se sabe, siempre es una buena ocasión para una nueva guerra en el este del Congo.

Bajo esta premisa es que, desde enero del año pasado, un nuevo conflicto estalló en la provincia de Kivu del Norte, en la frontera con Ruanda, cuando el M-23, articulados y financiados desde Kigali, lanzaron una ofensiva contra Goma, la capital de Kivu del Norte, desplazando a miles de civiles y centenares de efectivos. Las Fuerzas Armadas de la RDC (FARDC), apoyadas por milicias Wazalendo (patriotas en suajili) y contingentes regionales, han intentado recuperar terreno mediante diversas operaciones. Sin embargo, los resultados obtenidos hasta ahora son limitados, generando desde entonces un minué de avances y retrocesos, tomas y retomas de localidades, e incluso de ciudades importantes incluidas capitales de provincia del Este, y desde entonces el conflicto no se ha detenido. (Ver: R.D. Congo. Todos los caminos conducen a Goma).

Si bien en aquel momento todos volvieron la mirada hacia la RDC, más frente a la posibilidad de un enfrentamiento directo entre Kinshasa y Kigali, aunque superada esa posibilidad, por lo menos en el campo formal, todo volvió a la normalidad; en el Este de la RDC, se libraba una guerra sin importancia. (Ver: R. D. del Congo, la guerra discreta).

Importante o no, la característica esencial de cualquier guerra es que produce muertos. Y esta, sin ser el plus ultra de la guerra, también cumple con lo suyo.

Por lo que se acaba de conocer, desde principios de año son cerca de quinientos los civiles muertos en ataques de las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF por sus siglas en inglés), un engendro financiado por los Emiratos Árabes Unidos (EAU), que desde 2029 se proclaman signatarios del Daesh y operan en las provincias de Ituri y Kivu del Norte.

Su última operación se ejecutó entre el 30 y 31 de mayo, contra una aldea de la etnia Mbuti de la comuna de Ruwenzori, próxima a la ciudad de Beni (Kivu del Norte), en la que fueron asesinados al menos siete miembros, mientras que desde entonces continúan desaparecidos varios integrantes de esa comunidad. Como es de fórmula, Naciones Unidas emitió varios comunicados al respecto, donde exige el esclarecimiento de los hechos y reclama mayor protección para estas comunicaciones, olvidando que, en octubre de 2023, ha comenzado la última etapa del largo genocidio sionista contra el pueblo palestino y ellos como si tal cosa.

Las ADF (no confundir con las IDF (Fuerzas de Defensa de Israel), que tienen la misma metodología, pero al menos en la superficie no son lo mismo) han asesinado a lo largo del año pasado cerca de 1300 personas, además de haber liquidado las economías locales y destruido infraestructura crítica: escuelas y centros sanitarios, usinas eléctricas y plantas potabilizadoras. Lo que precipita una vez más a la RDC a una de las mayores crisis humanitarias del mundo ha provocado el desplazamiento masivo de miles de personas.

Que además del hambre y las masacres, escapan del trabajo forzado, esclavitud sexual y reclutamiento de niños a sus fuerzas.

Los muyahidines de las ADF suelen utilizar diferentes tácticas antes de atacar poblaciones como la de vestirse de civil y mezclarse con la gente horas antes de iniciar la operación, para no despertar sospechas; incluso se han detectado casos de que llegaron con atados de leña para las hogueras rituales en algún funeral. Llegado el momento apropiado, comienzan con disparos al aire, para avisar a los grupos de atacantes que esperan a las afueras de las poblaciones, comenzando el ritual de muertes, muchas veces utilizando martillos, hachas, machetes, cuando las armas de fuego no les parecen lo suficientemente crueles.

M-23 y Ébola

Con la reaparición del ébola en el este de la R.D. del Congo, se agrega un nuevo factor, particularmente peligroso, al escenario que se ha configurado en el este de este país.

Sumado a los continuos avances del M-23, junto a lo que parece la reactivación a pleno de las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF), la crisis sanitaria puede ser considerada un nuevo frente en la guerra a múltiples bandas que debe librar el gobierno del presidente Félix Tshisekedi.

La epidemia ya no solo se trata de una emergencia sanitaria más, la que se podría “resolver” con un plan acorde a la gravedad de la crisis, sino que la epidemia está enmarañada en la intimidad de la misma guerra, por lo que los equipos médicos, los insumos y hasta los encargados de los enterramientos masivos han pasado a ser blancos de los insurgentes.

Por lo que los factores que pueden profundizar la anarquía en todos los planos que vive la región desde hace más de treinta años se encuentran más activos y mejor conjugados que nunca. Ya que el epicentro de la crisis sanitaria se encuentra en el mismo teatro de operaciones. Donde la presencia del Estado es prácticamente inexistente o está gravemente debilitada por el conflicto armado.

En vastas regiones de Kivu Norte e Ituri, donde operan el M23, las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF) y un sinnúmero de milicias locales, los equipos médicos enviados a combatir la epidemia se enfrentan a situaciones de extrema violencia y en muchos casos han sido un objetivo más de una guerra que jamás ha tenido códigos.

El control en el terreno pasa de mano en mano de manera constante, sin que se sepa nunca con quién hay que negociar para que una caravana con insumos médicos y sus equipos pueda desplazarse hasta el lugar indicado, para continuar el rastreo de la enfermedad y articular los medios para enfrentarla. La experiencia congoleña demuestra que el ébola no prospera únicamente por razones biológicas. Las epidemias anteriores, en especial las de 2018 y 2020, ya habían revelado que la violencia armada articula como un aliado de la enfermedad.
Mientras es cada vez más difícil el levantamiento de hospitales de campaña, centros de aislamiento para los infectados, almacenes para el mantenimiento requerido de los insumos, son atacados junto a las dotaciones de profesionales, constantemente.

Al tiempo que el desplazamiento constante de miles de personas muchas veces victimas del fuego cruzado, sirve también para que la propagación de la enfermedad continúe incontrolable.

Desde el comienzo en enero del año pasado de este nuevo capítulo en la guerra permanente de la RDC, millones de personas han debido abandonar sus lugares en Kivu Norte y Kivu Sur e Ituri, para armas campamentos en torno a la ciudad de Goma, Bukavu, la capital de Kivu del Sur, donde al inicio de la contienda se libraron intensos combates.

Estos campamentos carecen de todo tipo de servicio, empezando por agua potable, tratamiento de residuos e infraestructura médica, vectores claves para la transmisión de enfermedades, en cualquier contexto, mucho más en uno tan grave como el que allí se está viviendo, donde la epidemia se ha declarado a mediados del mes pasado.

El manejo de la enfermedad ha dejado de tener entidad médica para conformarse en un instrumento político, dado que quien puede asegurar atención sanitaria se gana de inmediato la voluntad de la población.

Específicamente en las áreas controladas por el M-23, la provisión de servicios médicos está fortaleciendo la imagen de los insurgentes. Mientras que la incapacidad para controlarla pone en duda esa posibilidad, aumentando tensiones que podrían acelerar la posibilidad de que casi espontáneamente surja un nuevo foco de violencia armada Ya que, en esta región atravesada por décadas de guerra, acceder a armas, en muchos casos, es más sencillo que hacerlo a una fruta o un trago de agua potable.

Mientras en las extrañas de la RDC se libra la guerra de siempre, en este caso, para muchos observadores, como nunca antes existe la posibilidad de que se expanda más allá de sus fronteras para expandirse a Ruanda, Uganda y Burundi, no solo por la porosidad de esos márgenes, sino por el involucramiento en este conflicto de esas naciones vecinas, a donde, además de la violencia armada, podría llegar el ébola, tan mortal como los drones y las baterías, que alimenta una guerra que no importa cuándo estará allí, siempre vigente.

* En Linea Internacional. Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

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