Monseñor Romero: “dar voz a los que no tienen voz”

Monseñor Romero: “dar voz a los que no tienen voz”

Por Daniel Alberto Chiarenza

24 de marzo de 1980: asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo romero en El Salvador

El 25 de marzo de 1980 la capital salvadoreña amaneció rodeada por una impresionante manifestación de duelo. En la tarde anterior habían asesinado a su arzobispo, Monseñor Romero, baleado por paramilitares de derecha mientras oficiaba misa en el Hospital de la Divina Providencia. Infausto día para la Iglesia Latinoamericana y para el Cristianismo y el Humanismo Universal.

Óscar Arnulfo Romero y Galdámez había nacido en Ciudad Barrios, Municipio de El Salvador, el 15 de agosto de 1917. Cursó estudios con los padres claretianos y luego con los jesuitas en el Seminario Central de San Salvador hasta 1937.

De 1937 a 1943 estudió en la Universidad Gregoriana, obteniendo el título de licenciado en teología después de ordenarse como sacerdote en Roma en 1942.

Cura párroco de Anamorós, secretario episcopal, capellán de la iglesia de San Francisco, rector de la catedral, párroco de la Parroquia Central, director del Seminario Chaparrastique, rector del Seminario Interdiocesano de San Salvador, secretario general de la Conferencia Episcopal de América Central y Panamá, camarero secretario de Su Santidad el Papa y en abril de 1967 nombrado obispo titular de Tambee. Presidente general de la comisión de Medios de Comunicación y director nacional de las Obras Misionales.

En octubre de 1974 fue nombrado obispo auxiliar titular de la diócesis de Santiago de María y en febrero de 1977 arzobispo de San Salvador. En esa oportunidad afirmó “La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres, así la Iglesia encuentra su salvación”.

Por su defensa de los Derechos Humanos, recibió títulos de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Georgetown en 1978, y de la Universidad de Lovaina, en febrero de 1980.

Candidato al premio Nobel de la Paz en 1979 –pero en ese año fue laureada Teresa de Calcuta- y la Acción Ecuménica Sueca le otorgó el premio Paz 1980.
Siendo Arzobispo de San Salvador la oligarquía local quiso tomarlo como escudo protector de sus privilegios. Pero “Monseñor” –como pasó a llamarlo cariñosamente el pueblo- se colocó con convicción del lado de los oprimidos. Desde allí abordó temas trascendentales como la reforma agraria, afirmando que ella “es una necesidad teológica”, pero siempre recordando el principio bíblico de que “la tierra ensangrentada no es fecunda”.

Sus homilías dominicales se transformaron en actos de denuncia. Domingo a domingo llegaban a sus manos datos, cifras, detalles de masacres campesinas y él asumía su tarea de “dar voz a los que no tienen voz”.

El 17 de febrero de 1980, Monseñor Romero pidió al presidente estadounidense Jimmy Carter que detuviera la ayuda militar a la Junta salvadoreña, alegando que “si esos millones forman parte de una intervención estadounidense contra nuestro pueblo no la queremos”.

El domingo 23 de marzo dedicó casi toda la misa a un análisis detallado de la situación política a la que llevaba al país la Junta gobernante de militares y políticos democristianos; tituló a la homilía “La Iglesia, un servicio de liberación personal, comunitaria, trascendente”, más tarde se la conoció como “Homilía de Fuego”. «Sin las raíces del pueblo –dijo- ningún gobierno puede tener eficacia, mucho menos cuando quieres implantarlas a fuerza de sangre y dolor. Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército, y en concreto a la base de la guardia nacional, de la policía, de los cuarteles”.

“Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: NO MATAR… Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios… Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. […] Queremos que el gobierno tome en serio de que nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre… En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo […], les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”.

El lunes 24 de marzo, el comandante Marco Aurelio González, vocero del estado mayor del ejército declaró a los medios que “con esa invocación por el cumplimiento de la ley divina, Monseñor Romero había cometido el delito que lo colocaba al margen de la ley” dictada por lo militares, con lo que indirectamente estaba sentenciado a muerte. En ese día, por la tarde a las 18:30 fue asesinado mientras celebraba una misa en la capilla del Hospital Divina Providencia en la colonia Miramonte de San Salvador. Un disparo hecho por un francotirador desde un auto con capota de color rojo impactó en su corazón momentos antes de la consagración. Tenía 62 años.

“[…] Ayer, domingo, el arzobispo exhortó a los policías y a los soldados a desobedecer la orden de matar a sus hermanos campesinos. En nombre de Cristo, Romero dijo al pueblo salvadoreño: Levántate y anda.

Hoy, lunes, el asesino llega a la iglesia escoltado por dos patrulleros policiales. Entra y espera, escondido detrás de una columna. Romero está celebrando misa. Cuando abre los brazos y ofrece el pan y el vino, cuerpo y sangre del pueblo, el asesino aprieta el gatillo”.
Eduardo Galeano: Memoria del fuego 3. El siglo del viento. CABA, Catálogos, 2001.

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