La danza, cultura de calidad frente al disfraz del entretenimiento

La danza, cultura de calidad frente al disfraz del entretenimiento

Por Tania Pasca Parrilla

En tiempos donde el entretenimiento se disfraza de cultura y lo efímero ocupa titulares, conviene recordar que la verdadera cultura es la que nos forma, nos eleva y nos conecta con nuestra historia. Entre esas artes fundamentales, a menudo olvidadas, se encuentra la danza, disciplina que me ha acompañado toda la vida, fuente de la que bebí intensamente en la infancia, adolescencia y bien entrada la edad adulta, y que a día de hoy con algo más de medio siglo cumplido, sigue presente tanto física como culturalmente en mi día a día, a pesar de no estar en activo y no bailar -salvo alguna pieza de folklor en mi escuela de toda la vida- desde hace más de quince años.

En las sociedades capitalistas se ha denostado y desvirtuado el espacio que le corresponde al arte de la danza, dando paso a al mercantilismo de los “musicales”, que no digo yo que no tengan su encanto, pero no pueden sustituir a la robusta arquitectura que contiene la danza clásica o el flamenco. En la era de los efectos especiales, los ritmos fáciles y desgastados, los concursos televisados de talentos patrocinados por el Banco Santander, por ejemplo, se da un contenido que traslada al público una visión de lo artístico bastante alejada del Arte en sí, dando lugar a unos productos musicales que luego se trasladan a las radios, presupuestos municipales y fiestas patronales. Todo ello puede estar muy bien y ser divertido, pero las responsabilidad para contrarrestar ese fenómeno con obras y artistas de calidad que emanan del esfuerzo de la clase trabajadora que invierte sus recursos económicos, de logística entre niñas, madres, chicos y chicas, empleos, colegios y sacrificio corporal por desarrollar al mejor nivel el arte de bailar, depende de la voluntad de las instituciones culturales que nos gobiernan, que mucho me temo, van cuesta abajo de la mano de aquello que llamamos “entretenimiento”.

Quien ha pasado por una escuela de flamenco, de ballet o de danza contemporánea sabe que allí no solo se aprende a mover el cuerpo. Se aprende disciplina, respeto, trabajo en grupo, responsabilidad, amor por la música y por el legado cultural que cada estilo transmite. Se aprende a habitar el espacio, a cuidar la postura, a vivir con más consciencia del propio cuerpo y del mundo que nos rodea.

Las maestras y maestros de danza han sido durante generaciones mucho más que transmisores de técnicas. En cada barrio, en cada academia humilde donde se enseña un plié o un zapateado, se forjan valores: la perseverancia frente a la frustración, la sensibilidad ante la belleza, la capacidad de escuchar y compartir. Aunque se deje de bailar, la danza nunca abandona: permanece en la higiene postural, en la sensibilidad musical, en la mirada estética hacia la vida.

Frente a la cultura del consumo rápido, la danza representa arraigo, esfuerzo y continuidad. Es patrimonio vivo, legado compartido y herramienta de formación integral desde la infancia hasta la adultez. No es un adorno ni un lujo: es una necesidad.

Porque el ser humano no solo produce ni consume: también siente, crea… y baila. Y en cada movimiento late la diferencia entre entretenimiento y cultura.

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