Israel es la gran factoría actual de antisemitismo

Israel es la gran factoría actual de antisemitismo

Por Luis Suárez-Carreño*

En respuesta a las justas -aunque aún insuficientes-medidas adoptadas por el gobierno español respecto al Estado israelí por el genocidio en Gaza, el ministro de exteriores de ese país, Gideon Sa’ar, no ha tenido otra salida más original que volver a agitar el espantajo del antisemitismo, remontándose, de paso, en la búsqueda de agravios, nada menos que quinientos años. Viene a decirnos: no tenéis autoridad moral para criticarnos porque nos expulsasteis y perseguisteis con la Inquisición en el siglo XVI…

Más allá de lo absurdo del argumento, y de la comprobación una vez más de cómo un Estado en particular -y, de hecho, un gobierno concreto- se apropia de la representación exclusiva del conjunto de una etnia y una cultura, así como de su historia, la pregunta sería ¿qué culpa tiene el pueblo palestino de esas -o de otras más recientes- persecuciones sufridas por el pueblo judío para tener que expiarlas con su cotidiana aniquilación?

En realidad, la acusación, tan falsa como pueril en la mayoría de los casos, de antisemitismo hacia toda posición crítica con la política del Estado de Israel, debería darse la vuelta apuntando precisamente a este último. Israel está consumando hoy simultáneamente un implacable genocidio en Gaza, la limpieza étnica en Cisjordania y Jerusalén mediante el robo de tierras a las poblaciones palestinas y beduinas, junto con otros crímenes contra el derecho internacional como es la utilización del hambre como arma de guerra y el asesinato -consciente- de periodistas y representantes de organizaciones humanitarias y organismos internacionales. El Estado de Israel representa hoy, sin circunloquios, el mal en su más descarnada expresión y sea cual sea el ideario en el que cada persona sustente esa noción. Porque no importa la raza, la religión o la ideología a la hora de calificar la violencia cruel y cobarde que desde un enorme poder militar se ejerce contra una población desarmada y hambrienta, por motivos sectarios y expansionistas, es decir, por puro designio supremacista.

Nadie, desde ningún rincón geográfico o cultural del planeta, que conserve un mínimo de humanidad -lo que, obviamente, excluye a muchos políticos y políticas de la derecha española que, de hecho, se apresuran a autoexcluirse- puede sentir más que espanto y cólera ante el espectáculo que desde hace ya casi dos años nos viene ofreciendo el Estado de Israel en Gaza.

¿Qué se entiende exactamente por el Estado de Israel?

Es triste constatarlo, pero hasta ahora, según encuestas y votaciones, la mayoría de la población israelí sigue respaldando las políticas expansionistas y discriminatorias que sus gobiernos han venido aplicando desde la propia fundación del Estado israelí (1948). Si bien son numerosas y masivas las protestas que se vienen produciendo desde hace meses en las ciudades israelíes, exigiendo, por una parte, negociaciones para la liberación de los rehenes que aún permanecen en poder de Hamás, y por otra en rechazo hacia Netanyahu por corrupto y totalitario, no parece que exista aun una parte significativa de su ciudadanía que reconozca que, por una parte, las acciones desesperadas de la resistencia palestina no son sino una pequeña y comprensible reacción a de decenios de opresión y expolio; y que, por otra parte, más allá de la situación de los rehenes, la (mal) llamada guerra de Gaza no es sino una masacre injustificable en la que se violan diariamente, por parte de su ejército, todos los principios del derecho internacional.

En definitiva, si bien Netanyahu, sus ministros, los partidos abiertamente xenófobos y belicistas, junto al ejército israelí (el IDF), son los principales responsables de este genocidio, la sociedad israelí en su conjunto es de momento su colaboradora y cómplice necesaria. Y, como se viene señalando, si parte de la sociedad alemana intentó eximirse a posteriori de los crímenes del nazismo arguyendo ignorancia o desinformación, en este caso nadie, a nivel planetario, podrá utilizar esa excusa, mucho menos la ciudadanía israelí, que no sólo recibe la información mediática, sino que vive cotidianamente expresiones sangrantes de xenofobia y matonismo por parte de algunos de sus políticos y de la misma tropa ufanándose en redes desde las montañas gazatíes de escombros y cadáveres.

Y, además, a la nómina criminal hay que añadir a los poderosos tentáculos internacionales del sionismo, una gran red que colabora en términos económicos, pero también publicitarios y de intoxicación informativa con aquel Estado, difamando y construyendo falsas narrativas para enmascarar sus crímenes. Son los lobbies judíos y los innumerables grupos mediáticos y seudo-académicos a lo largo del mundo que el aparato propagandístico de Israel coordina.

¿Por qué cruel y cobarde?

Desde mucho antes de octubre de 2023, la política represiva del Estado de Israel contra el pueblo palestino ha incluido ejecuciones extrajudiciales y detenciones indefinidas sin cargos, pero desde aquella fecha, en Gaza se ha instalado la práctica de tierra quemada según la cual la supuesta presencia de militantes o instalaciones de Hamas -y grupos afines- justifica el bombardeo masivo e indiscriminado de edificación y población civil. Una estrategia ‘antiterrorista’ cobarde y sanguinaria para evitar cualquier riesgo a las propias fuerzas represoras, a costa de decenas de miles de víctimas inocentes y de la destrucción masiva de infraestructuras vitales. A lo que se añade la utilización del hambre y el bloqueo de suministros sanitarios, así como el desplazamiento masivo, forzado y arbitrario, de civiles, es decir, la aplicación de una extrema crueldad, innecesaria bajo una visión estrictamente militar que no esté guiada por la voluntad de limpieza étnica, es decir, de perpetrar un genocidio. Suele afirmarse que en las guerras también hay ciertas normas a respetar -aunque el término guerra resulte del todo inadecuado para definir la actual masacre.

Son en todo caso crímenes contra la humanidad que están sentando un precedente jurídico y ético, elevando el listón de lo que la humanidad está dispuesta a tolerar como política exterior de un Estado. Algunas acciones recientes como la destrucción de una embarcación y el asesinato de sus ocupantes, supuestamente transportando drogas desde Venezuela, ejecutada también desde una conveniente y aséptica distancia ‘tecnológica’, por parte del ejército norteamericano sin necesidad de mayores pruebas ni evidencias, es sólo una muestra pequeña pero significativa de este nuevo orden mundial del todo vale.

Sionismo y antisemitismo

Pero no es mi intención reiterar aquí lo que venimos denunciando tanta gente desde tantos lugares día sí y día también sobre el genocidio en Gaza, lamentablemente sin resultado significativo por el momento al menos en lo que se refiere a la voluntad criminal de Israel. Quiero en cambio referirme a algo que quizás no se subraya lo suficiente, uno de los efectos colaterales del genocidio israelí en Gaza y es la enorme responsabilidad histórica que el Estado de Israel está asumiendo, no únicamente frente al pueblo palestino, sino también al propio pueblo judío.

Sin pretender bucear en honduras histórico-ideológicas, es obvio que tanto la propia idea fundacional del sionismo como la creación de un estado teocrático en 1948 contenían los gérmenes del supremacismo, maniqueísmo y mesianismo que se han demostrado letales para la posibilidad de una sociedad abierta y plural, en definitiva, democrática en aquel territorio. En su libro ganador del Pulitzer 2022 ‘Los Netanyahus’, el escritor Joshua Cohen describe bien esa amalgama mítica-paranoica de interpretación de la historia que hace el sionismo, a través de una ficción alrededor de la figura real de Ben Zion Netanyahu, padre del actual primer ministro israelí, que fuera un exponente de la versión más extremista y fanática de aquel movimiento tras la IIª Guerra Mundial.

Pero aún con esos antecedentes, la realidad está superando en mucho los peores augurios. La imagen feroz e inhumana que Israel parece empeñado en instalar en la opinión mundial, así como su apoyo incondicional por parte de los poderosos lobbies judíos, en especial norteamericanos, no beneficiará precisamente al imaginario popular respecto no solamente al Estado israelí sino también al pueblo judío, pues, aunque sea profundamente injusto asociar a todo este con las políticas de aquel, será inevitable que muchas personas, tanto por incultura como por prejuicios racistas, lo hagan.

Por muchos falsos antisemitismos que quiera agitar, el Estado israelí no podrá eludir su responsabilidad en la expansión real de un antisemitismo tan injusto como previsible. Esto es algo sobre lo que la sociedad israelí, así como las organizaciones judías de todo el mundo, deberían reflexionar, dado que al parecer el simple humanitarismo ante el genocidio en Gaza no les hace reaccionar.

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