Europa ante las elecciones húngaras

Europa ante las elecciones húngaras

Por Paco Audije*

Las encuestas aventuran que el llamado iliberal (léase autoritario o antidemócrata) Viktor Orbán puede dejar de ser primer ministro de Hungría, tras las elecciones de hoy, 12 de abril. De suceder así, perdería el puesto a manos de Péter Magyar, disidente tardío del partido orbanista FIDESZ (Fiatal Demokraták Szövetsége, Alianza de Jóvenes Demócratas), luego reconvertido en FIDESZ-MPS (FIDESZ-Magyar Polgári Szövetség).

Pero tras toda la literatura previa del enredo que esconde ese nombre tan largo, hay que aclarar que la disidencia de Magyar denuncia, sí, la corrupción interna, pero no cuestiona tajantemente el conjunto de la trayectoria política exterior de Hungría de los últimos años. Atentos.

Péter Magyar se despertó como disidente del sistema FIDESZ/Orbán en 2024. Fue a raíz de un escándalo mayúsculo por el indulto oficial al director de un hogar infantil, que terminó provocando la dimisión de la presidenta de Hungría (cargo ceremonial) Katalin Novak, y también de la ministra de Justicia, Judit Varga (exesposa de Péter Magyar).

Desde el punto de vista ideológico, Magyar es una especie de Orbán un tanto deshilachado. Unos pocos matices. Quizá nada más. En todo caso, una vez reconvertido a la oposición ha denunciado la acumulación de grandes riquezas (sobrevenidas) por parte de los responsables del gobierno y otros fieles al primer ministro.

Incluso si gana la oposición a Viktor Orbán, hay que tener en cuenta que Budapest, la capital, no siempre ha representado bien al conjunto de la sociedad húngara, que ha sufrido un prolongado proceso de derechización inducida desde hace más de dos décadas. Un proceso profundo.

En Hungría, el político favorito de Donald Trump en la Unión Europea se ha ido asegurando –a lo largo del tiempo– de que el Estado y la administración de su país se llenaban de fieles y partidarios suyos.

En estas mismas páginas, ya dimos cuenta hace años de cómo sucedió eso. Recupero algunas líneas que escribí en 2014: https://periodistas-es.com/hungria-la-democracia-fragilizada-32699

–Hay que recordar que Viktor Orban ya fue primer ministro entre 1998 y 2002. Su vuelta al poder, tras su victoria aplastante en 2010, pudo considerarse “normal” dentro del ámbito de la crisis generalizada. Desde 2010, Orban ha girado hacia la imposición de elementos autoritarios sin parar: retorció el brazo del poder judicial mediante varios cambios; creó un nuevo modelo que desnaturaliza la radiotelevisión pública, donde los despidos colectivos del plan de recortes afectaron, sobre todo, a los periodistas incómodos; modeló una nueva forma de administrar el sistema audiovisual público, donde todos los gestores son del FIDESZ. Participé en una misión de la Federación Europea de Periodistas para debatir el asunto en Budapest (2011). Tuvimos un recibimiento cálido hasta que nos negamos a darles la razón a esos administradores de la radiotelevisión pública. El ambiente giró hacia los pequeños gestos hostiles o el silencio glacial.

Orban ha impulsado un recorte de los poderes del Tribunal Constitucional; ha trazado un nuevo dibujo de las circunscripciones electorales para debilitar a la oposición; ha concedido el voto a las minorías históricas húngaras de otros países, al menos medio millón de votantes de remoto origen húngaro que viven en Rumanía, Serbia, República Checa, Eslovaquia, etcétera, desde la ruptura del antiguo Imperio Austro-Húngaro. Tienen, si lo desean, un pasaporte húngaro y han incrementado el censo electoral de Hungría.

La máquina legislativa acelerada de Orban ha producido cientos de nuevas leyes y una Constitución a su medida.

Días después en otro artículo, referido sobre todo a las protestas por la brutal captura política de la radiotelevisión pública de Hungría (Magyar Televízió, MTVA), escribí lo siguiente:

–Además del diseño de las circunscripciones electorales a su medida, otros factores han reforzado a Orbán. Algunas críticas internacionales han sido utilizadas por el primer ministro húngaro para mostrarse como defensor de la Hungría “auténtica” y “patriótica”. Esa posición ilustra un parecido voluntario con la Rusia de Putin: “Orbán podría pasar por un comunista si estuviéramos atentos sólo a ciertos detalles de sus políticas contra los bancos y las multinacionales; por su acercamiento con Rusia, impensable hasta hace poco. Pero para Orbán, lo de menos es la ideología; lo principal es mantenerse en el poder”.

Nos lo dijo entonces, en Budapest, Balázs Nagy Navarro, quien hasta su despido había sido jefe de información internacional en la MTVA. Desde diciembre de 2011, y durante un largo período, él y otros cientos de trabajadores de la radiotelevisión pública protestaron días y días ante la sede de la institución, para denunciar el secuestro del sistema audiovisual público húngaro. Nagy Navarro recibió varios premios internacionales por su resistencia cívica tenaz, aunque eso no lograra evitar que fuera procesado, multado y detenido varias veces. Por entonces, en 2011, las autoridades llegaron a situar un muro de vidrio delante de la entrada principal de la MTVA para que los participantes en aquellas protestas no pudieran citarse en aquel punto preciso.

Eso sucedía ya hace 16 años, nada menos. Después, el santo europeo de la devoción del universo trumpista –que precedió al propio Trump– podría resistirse a desaparecer del todo ante un rival, Magyar, surgido de su mismo partido y con el mismo origen ideológico. El conservadurismo iliberal podría seguir orientando la brújula húngara, gane o pierda las elecciones Orbán. Habrá que ver qué mayoría o qué tipo de gobierno se impone en Budapest.

Pero en Washington se preocupan por el tejido ultrareaccionario de Europa y por la pérdida que representaría la derrota del ‘ejemplar’ Orbán. J. D. Vance, vicepresidente de Estados Unidos, está viajando ya a Budapest para apoyarlo en el último tramo de su campaña electoral, contra el –supuesta o deseadamente– europeísta Péter Magyar, que se enfrenta a Orbán desde la órbita del Partido Popular Europeo, con una fuerza política llamada Respeto y Libertad (TISZA). Magyar es un cierto cambio, desde luego, aunque está muy lejos –lejísimo–de ser un revolucionario progresista.

Porque en el continente europeo, el movimiento MAGA, y su vuelta a los valores más reaccionarios, están ya tan bien estructurados, que los demócratas tendremos que pensar en recuperar camino desde lo insignificante (una posible victoria del rival tardío del autoritarismo liberal). No olvidemos tampoco que Viktor Orbán ha sido (y es) el gran valedor de Donald Trump, y a la vez, de Vladimir Putin, en la Unión Europea. Ambos adoran a su hombre en Budapest, que es una especie de submarino espía común.

El ministro espía en Bruselas

El 21 de marzo, The Washington Post, reveló que el ministro de Asuntos Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, ha venido contando al detalle las deliberaciones más sensibles del Consejo de la Unión Europea a su colega ruso, Serguéi Lavrov.

Siempre que ha podido, Hungría ha bloqueado la ayuda y el apoyo a Ucrania, desde que ese país fuera invadido por las tropas del zar Vladimir Putin. En la UE, Budapest se ha opuesto tenazmente a las sanciones económicas contra la Federación Rusa.

Claro que Hungría sigue importando desde territorio ruso más del 80 por ciento de su consumo de petróleo y alrededor del 60 por ciento del gas.

Por otro lado, el mantenimiento del bloqueo del dañado oleoducto que atraviesa Ucrania hacia territorio húngaro, por parte de Ucrania, le sirve a Orbán para acusar de sabotaje –quizá con razón, quién sabe– al país vecino en guerra defensiva contra Rusia. El primer ministro húngaro ha ordenado desplegar al ejército para proteger el gasoducto Balkan Stream (una extensión del Turkstream que transporta gas desde Rusia a través de Turquía, Bulgaria y Serbia hasta Hungría).

En cualquier caso, Viktor Orbán parece haberse convertido también en una especie de agente comercial de los productos energéticos provenientes del país de su admirado amigo Putin. Ahora ambos acusan a los ucranianos de sabotaje por el misterioso ataque contra el oleoducto que lleva el crudo ruso hacia territorio húngaro.

Nadie duda de que la propaganda digital rusa está esforzándose al máximo para que Viktor Orbán vuelva a ganar las elecciones; con su apoyo sin matices al que ya le ofrecen los Estados Unidos y los aparatos mediáticos de propaganda institucional propios de Hungría.

Una campaña turbia

Los golpes bajos mediáticos se suceden en esta campaña electoral internacionalizada: el mismo diario The Washington Post indicó que Orbán había rechazado someterse a un falso atentado que habrían organizado –presuntamente– los servicios de desinformación rusos. Orbán dice siempre que se considera un combatiente “por el alma de Occidente”. En realidad, para él eso significa asumir el gobierno de su país para eliminar la pluralidad social, además de expandir después hacia los demás países europeos su iliberalismo y las políticas económicas neoliberales.

Entre otras razones, Hungría no ha sido expulsada de la UE porque los tratados prevén que un socio (como el Reino Unido) se marche, prevén la suspensión de su derecho al voto en las instituciones de Bruselas; pero no hay un mecanismo establecido para la posibilidad de expulsión de un Estado que hace el juego a los enemigos de Europa.

Mientras, en uno y otro lado del Atlántico, la lucha por la hegemonía política va acompañada de una batalla constante por la hegemonía cultural (e ideológica), poniendo todos los medios públicos y privados a favor de ese combate cultural, al mismo tiempo que acusan a sus críticos de someterse a los burócratas de Bruselas. Religión, familia tradicional y prácticas neoliberales (privatización de servicios púbicos) son sus arietes principales, junto al rechazo radical a los inmigrantes. En esas líneas esenciales de Viktor Orbán, se reconocen en serie otros como Javier Milei, Santiago Abascal y Marine Le Pen. Todos los subyugados por Donald Trump que son (o aspiran) a convertirse en virreyes del trumpismo.

Están dispuestos a seguir las líneas de la Estrategia Nacional de Seguridad diseñadas por la Casa Blanca para debilitar al máximo sus patrias queridas y, de paso, el conjunto y la idea misma de la Unión Europea. Eso no valida todo lo que se le ocurra a Ursula von der Leyen, ni mucho menos; pero nos sugiere que cualquier cambio en Budapest –por mínimo que sea– puede significar un freno al modelo de la internacional ultraderechista que ha estado avanzando sin parar.

No obstante, las elecciones no significan que el régimen de Orbán vaya a evaporarse de la noche a la mañana. Porque sus instituciones sometidas, las circunscripciones electorales reajustadas a su medida, la judicatura y la inmensa mayoría de los medios húngaros seguirán ahí el lunes. Su inercia es clara: intentarán frenar cualquier alternativa que pueda despertarnos de esa pesadilla antieuropea llamada Viktor Orbán. No en vano éste se ha dedicado a socavar la democracia en su país, y de algún modo, también en otros estados europeos, de una manera muy meticulosa.

De modo que la resistencia contra esa ola (europea y planetaria) tendrá que continuar también, más allá de las instituciones, en la sociedad civil húngara y europea en su conjunto.

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* En Periodistas en Español.

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