Entrevista con Chimamanda Ngozi Adichie

Entrevista con Chimamanda Ngozi Adichie

Por El Correo de la UNESCO*

La novelista y ensayista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie se impuso como una de las voces más influyentes de su generación. Desde ‘La flor púrpura’ (Purple hibiscus) hasta ‘Americanah’, pasando por su manifiesto feminista ‘Querida Ijeawele’, explora con su pluma afilada las relaciones raciales, el desarraigo, la ambición o el papel de la mujer. Entre la experiencia íntima y una mirada crítica sobre la sociedad, repasa su trayectoria como escritora al tiempo que reafirma el poder de la literatura para interpretar el mundo.

Usted estudió medicina. ¿En qué momento se dio cuenta de que estaba destinada a crear historias?

Siempre lo supe. No recuerdo ni un solo momento en el que no deseara contar cuentos. Empecé a escribir a los cinco años. Luego escogí la carrera de medicina porque era lo que se esperaba de mí. Era buena alumna y en muchas familias nigerianas eso significa que tendrías que ser médico. Pero pronto comprendí que aquello no era lo que me correspondía. En cambio, la facultad de narrar siempre estuvo ahí, como un don. Un don que creo haber recibido de mis antepasados.

Reparte su vida entre Nigeria y Estados Unidos. ¿Hasta qué punto ese doble anclaje influye en su manera de escribir?

En cierto modo, la distancia me proporciona lucidez. Cuando estoy lejos de Nigeria, a menudo tengo la impresión de que veo a mi país con más claridad. Alejarse un poco de un lugar que uno conoce íntimamente permite percibirlo de otra manera. Es como observar dos mundos a través de prismas diferentes. Ese distanciamiento crítico me ayuda a ver las cosas con más sensibilidad.

En su famosa charla TED de 2009 advirtió del riesgo de reducir la complejidad de África a una “historia única”. ¿Cree que esa percepción ha evolucionado desde entonces?

Ha cambiado un poco. Algunas de esas historias se cuentan hoy de otro modo. Eso se debe, en parte, a que quienes hablan de África saben ahora que su audiencia no es únicamente el público de Occidente. También los africanos escuchan, leen y reaccionan. Las redes sociales han contribuido mucho a esa transformación. De hecho, ese es uno de sus mejores aportes al mundo actual. Los jóvenes africanos, ya sean nigerianos, sudafricanos o de Zimbabwe, no dudan en criticar la representación de su país si consideran que es errónea. Pero los occidentales aún no comprenden bien al continente africano. Todavía queda mucho por hacer.

Usted ha escrito poesía, teatro, novela, ensayo… ¿Cuál es el factor determinante que le lleva a escoger un género literario?

No tengo una fórmula. Es una decisión muy intuitiva, casi espiritual. Algunas historias las percibo en forma de relatos, otras necesitan un marco más amplio. Suelo decir que mi espíritu creativo me sugiere la forma que cada texto debe asumir.

En un mundo saturado de información y dominado por la inmediatez, ¿qué papel puede desempeñar todavía la ficción literaria?

La ficción desempeña una función esencial. Nunca ha sido tan importante. Diría incluso que ahora es más urgente, más necesaria, precisamente por la época en que nos ha tocado vivir. Creo que la ficción es el último ámbito colectivo en el que la humanidad todavía puede expresarse con autenticidad.

El periodismo atraviesa hoy una crisis de confianza. Son cada vez más las personas que dudan de la objetividad de los medios de comunicación y se cuestionan los datos. Se trata, sin duda, de una tendencia inquietante, pero es un hecho real. En ese contexto, la ficción inspira aún más confianza, porque puede superar las fracturas políticas y no pretende transmitir una verdad absoluta.

Lo que hace que la ficción sea tan poderosa es su capacidad de resonancia. Si el periodismo transmite hechos, la ficción examina emociones. Y son las emociones las que nos afectan profundamente, las que nos transforman.

La ficción tiene además la rara capacidad de que nos permite acceder a la intimidad del prójimo. Así, nos ayuda a comprender a personas que son muy distintas de nosotros mismos. En un mundo donde la violencia y los conflictos se han convertido en la norma, creo sinceramente que la ficción, cuando se hace bien, puede llegar a ser un factor de solidaridad humana.

Su última novela, Dream Count [Unos cuantos sueños], sigue la trayectoria vital de cuatro mujeres condicionadas por el amor, la pérdida, la identidad y la resiliencia. ¿Qué la motivó a volver a escribir un relato de ficción largo como esta novela?

La novela es sin duda el género literario en el que me siento más cómoda. Siempre quise volver a ella. Unos cuantos sueños es un libro que tenía en mente desde hace años, pero durante un tiempo padecí lo que en la profesión se denomina “el síndrome de la página en blanco”.

¿Hasta qué punto los hechos reales influyeron en los personajes y en su forma de narrar?

Mis relatos están profundamente anclados en la realidad. Observo, escucho, tomo notas, a veces sobre vidas ajenas y otras veces sobre mi propia experiencia. Mis personajes surgen de todas esas vivencias.

En Unos cuantos sueños solo el personaje de Kadiatou está inspirado directamente en una persona real. Los otros tres están compuestos por una mezcla de observaciones, encuentros y experiencias vividas o compartidas.

Uno de los mejores comentarios que escucho por parte de mis lectores es que, en ocasiones, se reconocen a sí mismos en mis personajes, y creo que eso se debe a que están enraizados en la realidad de las vidas de las personas.

El volumen Querida Ijeawele, publicado en 2017, es una carta-manifiesto en la que usted asesora a una amiga acerca de la educación feminista de su hija. ¿Cómo deberíamos inculcar el feminismo a las chicas, pero también a los muchachos de hoy?

Yo no cambiaría mucho los consejos que figuran en ese libro. Sigo pensando que es preciso decir a las niñas, desde muy temprano, que no tienen que disculparse por ser quienes son. Las chicas tienen derecho a ocupar un espacio y a tener opiniones. No tienen que cambiar para complacer a los demás. Merecen ser amadas tal como son.

Pero si yo tuviera que escribir un manifiesto dirigido a los chicos, empezaría por la importancia de enseñarles a expresar sus emociones. Con demasiada frecuencia, no se les alienta a hacerlo. Por ejemplo, creo que es fundamental decirles que el miedo es una emoción humana normal y que la masculinidad no consiste en fingir que nunca se siente miedo. Ser hombre no debería ser sinónimo de ser incapaz de expresar su vulnerabilidad. Sin embargo, en muchas culturas del mundo se perpetúa esta idea y creo que esto es muy perjudicial.

También es preciso enseñarles que las chicas son sus iguales. Que no tienen derecho alguno sobre ellas, ni sobre sus cuerpos ni sobre sus emociones. La responsabilidad de impartir esa enseñanza corresponde a los adultos. A veces pienso que hubiéramos podido hacerlo mejor.

Nigeria es célebre por una actividad literaria particularmente dinámica, con autores como Chinua Achebe o el premio Nobel de Literatura Wole Soyinka. ¿Según usted, qué explica esa fecundidad literaria?

Es muy sencillo: tenemos un brebaje mágico que nos vuelve maravillosos (risas).

Ahora en serio: creo que todo eso procede de una larga tradición de cultivo del relato en muchas culturas africanas. Y como Nigeria es el país más poblado de África, no resulta sorprendente que allí surjan tantos escritores competentes. Pero más allá de este factor, creo sinceramente que esa riqueza procede de un patrimonio africano muy antiguo, el de la narración en todas sus formas.

En todas las culturas se narran historias, sin duda. Es un modo de transmitir valores a las generaciones venideras, pero creo que hay algo especialmente poderoso en la tradición narrativa africana. Y nosotros, los escritores nigerianos, somos beneficiarios de ese patrimonio.

Hace poco pronunció un discurso en Enegu, su ciudad natal en el marco del festival Things Fall Apart, dedicado al importante libro homónimo de Chinua Achebe (Todo se desmorona, 1997). ¿Qué significa para usted hablar de identidad y tradición en la tierra que le vio crecer, en la estela de este legado literario?

Fue un momento muy emocionante, tanto en el plano personal como en el creativo. Regresar al lugar donde crecí me hizo recordar hasta qué punto esa tierra ha moldeado a la persona que soy. Los valores fundamentales que me conforman proceden de ese lugar.

El festival, coordinado por el Centro para la Memoria, fue magnífico. Lo que me pareció especialmente conmovedor fue que no se trataba únicamente de ensalzar la novela, sino también de reproducir su universo: reconstruyeron la aldea, los guerreros e incluso los personajes del libro. Fue muy fuerte y muy emocionante.

Todo se desmorona es una novela fundamental, no solo para los nigerianos, no solo para los igbos, sino también para todos los africanos. Al poner en tela de juicio la imagen de los africanos en el mundo, ha ejecutado un acto poderoso, cuya resonancia se percibe todavía en la actualidad.

Mi discurso versó sobre los igbos y la necesidad de renovación: hay que volver a las raíces para construir un futuro mejor. En la actualidad nos enfrentamos a múltiples desafíos y creo que, sin esa renovación, el futuro resultaría arriesgado.

Veo con lucidez la situación actual del mundo, pero no quiero renunciar al optimismo. Para mí, era importante transmitir la idea de que podemos y debemos hacerlo mejor.

¿Cree usted que ese mensaje de esperanza resuena también en su obra literaria?

Creo que sí. No suelo analizar a menudo mis propios textos, pero pienso que hay en ellos cierta continuidad. También creo que la parte de mí misma que escribe literatura es diferente de la que pronuncia discursos, la que habla de feminismo o la que hace uso de la palabra en actos públicos. Pero todas esas facetas comparten una base común.

Diría que, en el fondo, mi literatura refleja mi manera de estar en el mundo: una visión en la cual la justicia ocupa un lugar preeminente. Creo profundamente en la posibilidad de un mundo más justo, más equitativo. Trato de expresarme con honradez. Creo en las virtudes del multiculturalismo, en la posibilidad de que los seres diferentes puedan coexistir en paz. Son convicciones profundas que, en mi opinión, se traslucen en mis libros.

* El Correo de la UNESCO

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