De Carabanchel a Cuelgamuros: De la piqueta a la maqueta

De Carabanchel a Cuelgamuros: De la piqueta a la maqueta

Por Luis Suárez-Carreño*

Es bien sabido que la cárcel de Carabanchel, emblema de la represión franquista, fue demolida inclementemente en 2008, considerando material fungible aquella imponente obra… así como su historia

Lo que es menos conocido es un mensaje críptico contenido en la planta de la prisión, más allá de las lecturas foucaultianas evidentes sobre el panóptico y otras formalizaciones de la arquitectura punitiva. La planta del edificio principal de la cárcel se vertebra mediante un eje de simetría que lo recorre en sentido noroeste-sudeste desde la entrada principal, por el centro de control y las galerías 1ª y 5ª. Eje que, si se prolonga idealmente hacia el noroeste unos 44 kilómetros, llega, oh casualidad, al risco de Cuelgamuros y la arrogante cruz de los vencedores; una geometría invisible que nos susurra: prisioneros, parias, postraros humildes ante el poder que irradia el símbolo de mi fuerza esculpido en granito y regado en sangre.

La dictadura era un panóptico pan-represivo

Puedo atestiguar que los presos entonces no éramos conscientes de esta alineación simbólica, pero la intención estaba ahí al igual que lo estuvo en la reconstrucción de la actual Plaza de la Moncloa en torno al solar de la cárcel Modelo, con similar alineación astral del que iba a ser monumento a los Caídos (actuales oficinas de la Junta de Distrito) con el Arco de la Victoria, renombrado púdicamente, que no resignificado, como Arco de Moncloa.

La reconstrucción de Madrid en la posguerra mostraba así un marcado énfasis vindicativo y despótico sin pretensión de ilustración alguna, simple y orgullosamente represivo. El totalitarismo aldeano, como el franquismo, es cenital y radial, su idea de país es un inmenso panóptico. El diseño de la cárcel de Carabanchel revela el sueño húmedo de un país bajo vigilancia perpetua que llevó a Franco a la sierra de Guadarrama en la búsqueda de su santo grial, su monumento omnipotente y omnipresente; su lugar en una eternidad más allá de la historia emanando de la mayor fosa común del universo –sus caídos– bajo la advocación divina negociada por una iglesia servil y cuartelera.

Detalle del cepillo de la Basílica del Valle de los Caídos

Separados (y unidos) al nacer

La cárcel de Carabanchel y el Valle de Los Caídos han estado hermanados desde su mismo origen: los dos principales mamotretos creados por la dictadura en la inmediata posguerra en Madrid, levantados ambos por la mano de obra esclavizada de prisioneros antifranquistas, han conectado en la distancia como deformes colosos hijos de un mismo vientre y separados al nacer; sin embargo, tanto su significado histórico y memorial como su destino en democracia han sido dispares, muy dispares.

En cuanto a su significado, por una parte, el megalómano mausoleo de un dictador y monumento al holocausto por él conducido, involuntariamente legitimado por unos 34.000 restos humanos, más de un tercio de ellos sin identificar, extraídos de algunas de las miles de fosas comunes en que se depositaban los represaliados y represaliadas por el franquismo durante la guerra y posguerra; un esperpento, a todas luces ofensivo para la conciencia humana, que sólo una muy exquisita doctrina patrimonial justifica salvar de una voladura controlada.

Por otra parte, la cárcel, un edificio también emblemático en su paisaje, pero escenario este de 50 años de represión y resistencias tanto dentro como fuera de sus muros. El principal nodo del sistema penitenciario franquista, un espacio de enorme relevancia para la historia del siglo XX, habitado por el recuerdo de miles de gestas en defensa de la libertad y dignidad.

Pues bien, los dispares destinos de ambos espacios ejemplifican los tortuosos caminos de la construcción de la memoria democrática en este país; caminos en este caso diferentes pero que han acabado encontrándose en un mismo paraje presidido por la deuda con la historia y en particular con las víctimas de la dictadura. Para ilustrarlo podemos fijarnos en dos momentos que abren y cierran un arco temporal de casi 20 años.

El derribo de la vergüenza ¡Nuestra memoria!. Metáfora visual, Ángel Hernández

De octubre 2008…

En esa fecha, un gobierno socialista (o, más exactamente, del PSOE), decide demoler la cárcel de Carabanchel salvando únicamente el hospital penitenciario, hoy CIE, aun en pie -que sólo supone algo menos del 8% del total de los casi 100.000 m2 edificados del conjunto- y llevar adelante un vulgar plan urbanístico en sus 16 hectáreas de suelo, propiedad del ministerio del Interior.

La entonces reciente ley denominada de Memoria Histórica (aprobada en diciembre de 2007) no servirá para evitar la demolición de la cárcel ni contempla medida alguna para preservar lugares relevantes para la historia y la memoria como esta, pero en cambio incluye un artículo y una disposición adicional dedicados a la salvaguarda del Valle de los Caídos.

Representación fascista: mosaico en la cúpula de la basílica del Valle de Cuelgamuros

…a octubre 2025

Por una parte, el gobierno decide declarar Lugar de Memoria Democrática la cárcel de Carabanchel, incorporando algunas propuestas de la Plataforma por el Centro de Memoria de la cárcel incluyendo la creación de un ‘centro memorial’ sobre la represión y los derechos humanos. Primera vez que el memoricidio oficial de la cárcel es compensado por un gesto institucional, aunque, de momento, no pase de las buenas intenciones.

Hay que decir que esta declaración, si bien en principio sólo tiene un valor simbólico, en el caso de la cárcel de Carabanchel su importancia es mayor pues viene a dar la razón oficial a quienes en su día nos opusimos a su demolición como acto de barbarie y de desprecio a nuestra historia; y, recíprocamente, deja en evidencia a quienes perpetraron el acto vandálico, en particular a quienes lo hicieron desde una supuesta razón progresista o modernizante. Llamadme ingenuo, pero quiero pensar que este hecho demuestra que algo hemos avanzado en materia de sensibilidad memorialista -y patrimonialista- en este país; hoy probablemente sería más difícil demoler aquel monumento.

Por otra parte, se falla en la mismas fechas el concurso internacional de ideas para la resignificación del valle de Los Caídos (ahora pudorosamente denominado de Cuelgamuros), un concurso que partía de varios pies forzados, en particular la permanencia del carácter religioso del monumento incluyendo su ocupación por una congregación de monjes que han fomentado la apología franquista además de disfrutado de subvenciones públicas nunca justificadas; permanencia contraria, por cierto, a las recomendaciones del informe de expertos de 2011. El proyecto persigue la creación de un centro de interpretación a modo de vestíbulo anterior a la basílica, así como la conversión del sitio en un ‘lugar de diálogo y pluralidad’. Con independencia de la calidad de esa intervención arquitectónica, se puede dudar de su oportunidad y coste en contraste con la carencia de otros espacios y recursos de memoria pendientes en la región madrileña como son, además del relativo a la cárcel de Carabanchel, un imprescindible centro de interpretación de la guerra, entre otros.

Además, el sentido general de la propuesta es muy discutible: resulta tan inútil como absurdo pretender que un monumento cuya siniestra carga ideológica e histórica no puede (ni debe) disimularse bajo maquillaje alguno -como su pretendida renaturalización- sea transformado en un espacio de diálogo. Así lo piensa el investigador y experto en patrimonio y memoria, Alfredo González Ruibal: ‘A mí, personalmente, no me apetece ir a dialogar al Valle de los Caídos. No tengo interés en departir amigablemente con quienes defienden o quitan hierro a una dictadura. En el Valle que se escuche la voz de las víctimas de Franco y de los historiadores. El resto sobra’(1) .

Queda mucho por hacer

Los destinos de estos monumentos muestran el llamativo contraste de criterios aplicados por las autoridades ante el patrimonio heredado y la incoherencia de sus políticas de memoria, pero lo que establece un nuevo vínculo entre ambos es la común ignorancia, de momento, de la dignidad de las víctimas. Si en Cuelgamuros la intervención arquitectónica ‘resignificante’ ha sido decidida por un jurado en el que no había ningún representante de las familias de las personas cuyos restos se trasladaron a esa fosa masiva sin permiso y se sigue procrastinando la intervención realmente urgente, como es la exhumación e identificación de los miles de restos humanos que yacen en un limbo intolerable bajo la tutela de una secta religiosa neofranquista, en Carabanchel, más allá de la declaración de lugar de memoria, aun esperamos que el gobierno de algún paso concreto para reparar el monumental memoricidio cometido.

Va siendo ya hora de que la prepotente huella de la dictadura sobre el paisaje de esta región madrileña, incluidos sus mensajes geométrico-telúricos, sea contrarrestada por una política pública decidida de recuperación de la memoria y de reparación para las víctimas.

Notas:
-.- Imagen de cabecera: Exposición improvisada en el 17 aniversario del derribo de la cárcel de Carabanchel. Agencia LQS.
1.- Periódico Público, 13 de noviembre 2025.
* Miembro de la Plataforma por el Centro de Memoria de la cárcel de Carabanchel
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