Aznar, franquista como papá
Por Luis Suárez-Carreño*
«Nuestro estado colectivo de vulnerabilidad ideológica frente a los virus del fascismo en cualquiera de sus cepas o versiones, es la resultante de casi 50 años de silencio e impunidad respecto a los crímenes del franquismo impuestos por una Transición que arrojó una inmensa cortina de humo sobre el pasado reciente…»
Qué emotiva la lección de apego filial la que nos ha proporcionado recientemente el expresidente Aznar, familiarmente Josemari. En una entrevista radiofónica explicó que no podía condenar el franquismo puesto que era ‘algo en lo que participó mi padre’.
A ver, Josemari, creo que a nadie le sorprende que te niegues a condenar el franquismo, o, lo que viene siendo lo mismo, que te sientas bastante identificado con aquel régimen, pero este argumento… Así dicho, como un axioma indiscutible, en tu habitual estilo de simpleza categórica sin resquicio para aquello tan humano de la duda -el estilo de ‘hay armas de destrucción masiva, háganme caso, palurdos, sé de lo que hablo’- resulta preocupante. ¿Debe el hijo de un asesino, por ejemplo, negarse a condenar los crímenes paternos por ser ‘algo en lo que participó’ su padre?
Mira, Josemari, no hace falta invocar el metafórico principio de ‘matar al padre’, tan sano y conveniente para el progreso humano, para entender que el amor filial no implica condonar todo lo que han hecho tus mayores. Por circunscribirnos a las generaciones post-franquistas, somos muchas las personas que hemos abjurado del legado ideológico familiar sin por ello quebrar el vínculo emocional con nuestros progenitores. Fenómeno común, por otra parte, a lo ancho y largo del mundo en las transiciones generacionales atravesadas por traumas históricos mayúsculos como nazismo, estalinismo, fascismo, descolonizaciones, etc.
Pero no ha sido esta, por desgracia, la única expresión reciente de filial añoranza neofranquista en una figura política relevante: Ahí están las loas del emérito al dictador-padrino en su biografía ‘Reconciliación’, publicada en Francia. «Le respetaba enormemente, apreciaba su inteligencia y su sentido político (…) Nunca he dejado que nadie le criticara ante mí», dice entre otras cosas, ninguna por cierto para condenar ni el golpe militar ni la dictadura encabezadas por su padre político.

No sabemos si estos pronunciamientos responden a una campaña de revival franquista coordinada o a la casualidad, pero en todo caso dibujan una tendencia a recuperar la dictadura, no ya por parte de los franquistas declarados de la extrema derecha, sino de personajes de máximo relieve supuestamente comprometidos con el régimen constitucional formalmente democrático nacido en la Transición. Resulta curiosa la maleabilidad política de estos camaleones, que tan pronto son demócratas de toda la vida y fieros constitucionalistas del 78, como retoños agradecidos del ancien régime y apenas disimuladamente sus admiradores. Y, al parecer, no son conscientes de la incompatibilidad entre ambas actitudes.
La intervención de Aznar citada al principio acababa con un recadito sobre la memoria histórica, concretamente la ley de memoria democrática (ley 20/2022 de 19 de octubre), que, dijo, es ‘el mayor atentado contra la convivencia pacífica en España que se ha hecho en estos últimos años’. Casualmente, también el Borbón-bribón muestra su oposición a la memoria histórica y sus leyes en esas memorias -valga la redundancia paradójica- ahora publicadas, porque, según afirma, ‘avivan viejas heridas y el espíritu de venganza’.
Pero entonces, si los neofranquistas despotrican contra las políticas de memoria democrática, habrá que deducir que, por una parte, esa ley, con todas sus deficiencias, es, globalmente acertada y positiva, pues enfurece a los antidemócratas; y, por otra parte, que sus reproches -que vienen a coincidir con el discurso habitual de la derecha, esto es, que la memoria histórica divide a los españoles- muestran que esas leyes molestan por establecer una parteaguas entre los valores democráticos y los no democráticos, y, lógicamente, entre quienes defienden unos y otros. Dicho de otra forma, acusan a las políticas de memoria de dividir a las personas entre demócratas y antidemócratas. Nada de lo que sorprenderse, pues, en definitiva, eso es lo que pasa con la mayoría de las políticas públicas y leyes, que diferencian a la población que cumple de la que no; ya sea la legislación contra la violencia de género, de la que también puede muy bien decirse que divide a los acosadores y maltratadores de los que no lo son; o la legislación contra el fraude fiscal entre cumplidores y defraudadores; o contra la pederastia, que señala y ‘segrega’ a quienes abusan de menores… por poner algunos ejemplos.
Curiosamente, siendo la legislación de memoria democrática hasta la fecha un bálsamo bienintencionado sin filo -sin instrumental para aplicar justicia a los crímenes franquistas-, es decir, un conjunto de medidas blandas o higienistas para erradicar algunas impurezas ambientales heredadas del franquismo, ambos jerarcas de la derecha coinciden también en la belicosidad de su reacción cuando dicen que altera nada menos que la convivencia pacífica o que aviva el espíritu de venganza… prácticamente un casus belli que muestra lo frágil o epidérmico que para algunos es el cacareado espíritu de la transición.
Vuelvo al inicio, al, digamos, ‘argumento’ de Aznar para eludir la condena de la larga y criminal dictadura de Franco. Su grado de aberración queda patente si se aplicara en otros casos, no ya el de descendientes de asesinos masivos, nazis o estalinistas, por citar ejemplos manidos, sino el de terroristas de distinta ideología, que, a Aznar, Ayuso, etc. les gusta tanto traer a colación, venga o no a cuento: Dinos, Josemari, ¿deben los hijos e hijas de los terroristas, llevados por tu misma lealtad filial, rechazar también la condena de los crímenes de sus padres? ¿O será que esa lealtad solo puede considerarse legítima en relación a un padre fascista? Por cierto, que también en cuestión de memoria, el terrorismo es una excepción para esa derecha: Por ejemplo, ETA y sus víctimas son materia permanente para la demagogia; esa memoria al parecer no divide ni reabre heridas. ¿Será que hay crímenes políticos de primera y de segunda, y que sólo los por ellos considerados de primera categoría son dignos de recordarse? Tranquilo, Josemari, no hace falta que contestes.
En realidad, sobran las preguntas retóricas: el neofranquismo apenas disimulado de Aznar, del Emérito y de buena parte de la derecha, ya sea política, mediática, judicial o de cualquier otra condición, es un hecho bien sabido y forma parte del mismo paisaje ideológico, cultural o mítico en el que medran por una parte los grupos y grupúsculos racistas e incluso directamente pronazis, y por otra el desconocimiento y mixtificación de la historia del pasado siglo entre muchas personas jóvenes en este país.
Nuestro estado colectivo de vulnerabilidad ideológica frente a los virus del fascismo en cualquiera de sus cepas o versiones, es la resultante de casi 50 años de silencio e impunidad respecto a los crímenes del franquismo impuestos por una Transición que arrojó una inmensa cortina de humo sobre el pasado reciente, aprovechada ahora por la derecha nostálgica -como Aznar y el Emérito- para reescribir la historia recurriendo si hace falta a ñoñerías como el apego filial.
A la izquierda, y, en general, a las personas demócratas, sólo nos cabe redoblar frente a ello la exigencia de verdad, justicia y reparación para todos los crímenes políticos, sin discriminar entre criminales ni víctimas de primera y segunda.
– Imagen de cabecera: Cartel electoral, José María Aznar presentándose a diputado en 1982 por la circunscripción de Ávila con Alianza Popular.
* Miembro de la Plataforma por el Centro de Memoria de la cárcel de Carabanchel. Activista social.
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