África: el “Continente del Futuro” o el futuro que ya fue…

África: el “Continente del Futuro” o el futuro que ya fue…

Femmes africaines. Huile sur toile. Michael Rauscher

Por Marco Reyes*

A través de un “Muy largo siglo XX” de poco más de 500 años, el continente africano ha sido africanizado, convertido en un “yacimiento” de fantasías de todo estilo. Un territorio cuya voz ha sido habitualmente articulada de manera prestada, ventrílocua, sometido a los intereses del marionetista que hábilmente ha ocultado su lugar de enunciación de cara a establecer un fundamentalismo epistémico.

Por ende, en la filosofía y las ciencias occidentales, el sujeto que habla siempre se halla agazapado, disfrazado. Se trata de una “ego-política del conocimiento” a través de la cual la ubicación epistémica, étnica, racial, de género del sujeto que habla siempre está desconectada. Es la “visión del ojo de dios” que se oculta para hacer posible la abstracta pretensión de universalismo. Esta desvinculación permite maquilar la producción del mito del conocimiento universal y fidedigno. Mediante esta estrategia, el hombre occidental y sus súbditos epistémicamente occidentalizados, han confeccionado una matriz de poder-saber colonial capaz de subordinar aquellos conocimientos no occidentales y presentar su conocimiento como el único capaz de alcanzar la universalidad para, en consecuencia, construir jerarquías de conocimiento.

De este modo, la matriz de poder-saber colonial ha producido discursos de dominación que no sólo desacreditan ontológicamente todo lo no europeo sino que, paralelamente, le permiten colonizarlo teleológicamente, imponerle un telos hacia el cual debe dirigirse si desea huir de ese tiempo inmóvil, ese tiempo anterior, que los colocó por fuera de la historia, de esa fase pre-moderna, anterior pero necesaria para el despliegue de la modernidad. Ante esta “imposibilidad ontológica”, destituidos de sí mismos, lo(a)s africano(a)s se untaban de la representación colonial que, en su ausencia, se había hecho de ellos mismos y la interiorizaban como representación propia. He ahí la magia del sistema mundo moderno capitalista y de su matriz de poder-saber colonial, a saber: crear sujetos que, no obstante estar ubicados en el lado oprimido de la diferencia colonial, son capaces de pensar como si estuviesen ubicados en posiciones dominantes e inspirando sus protestas o luchas colonialmente (la colonialidad de la protesta)

Así por ejemplo, durante el segundo tercio del siglo XX –y ante una ralentización de la economía mundial que apertura una larga fase crisis estructural como corolario a la fase más expansiva de la Era del Capital (1945-1970)– los líderes nacionalistas africanos concebían optimistamente (afro-optimismo) que el colonialismo había terminado y que era posible llegar al final del arcoíris mediante la toma del Estado y la puesta en marcha de los proyectos de desarrollo (urbanización, comercialización, industrialización). El brillo del progreso y la modernidad, sumados a las ideologías nacionalistas que acompañaban a las luchas anticolonialistas africanas oscurecían la presencia de la colonialidad. Deslumbrados por el telos u horizonte de emancipación impuesto por el ethos moderno y colonial, los líderes nacionalistas no lograban ver la diferencia colonial. De tal modo, treinta años más tarde, al optimismo inaugural propio de los movimientos de liberación nacional, sobrevino una época de afro-pesimismo en donde los colapsos estatales y la violencia emanada de aquéllos hicieron posible que el mercado y la democracia multipartidista se convirtieran en leit motiv. ¡Africa se democratizaba y se liberalizaba económicamente! A final del siglo XX y mediante las políticas de ajuste estructural de las instituciones financieras internacionales, el optimismo resurgía en tierras africanas. El cambio de mantras aparentemente recuperaba el optimismo perdido que tanto había prometido y tan poco había cumplido.

Huile sur toile – Défilé. Michael Rauscher

¿Luego entonces, cómo es representada África en el discurso occidental de las primeras décadas del XXI? ¿Habla y danza el continente a ritmo de sus propios tambores? ¿Están sus objetivos de emancipación, sus ritmos de lucha, dictados por partituras propias, hechas desde lugares/términos de enunciación africanos? Para resolver lo anterior, debemos entonces interrogarnos sobre las maneras mediante las cuales África es dominada mediante su integración en una determinada “geometría del espacio” y, paralelamente, es excluida de la construcción del tiempo presente como futuro en potencia. ¿Cuál es el rédito que se logra desde los regímenes de poder-saber colocando en las cartografías del presente a aquellos lugares y personas que históricamente han estado confinados colonialmente a lo pretérito (aquello dejado atrás), destinados a una situación de pre-existencia/no existencia?

En los prolegómenos del siglo XXI –y ante el periodo más álgido de esa larga fase de crisis estructural del capitalismo– el discurso del afro-optimismo ha sido relanzado señalando que estamos entrando al “Siglo Africano” en el cual 6 de las diez economías a nivel mundial con mayores índices de crecimiento económico se hallan concentradas en tierras africanas. El ascenso del “Siglo Africano” se dibujaba desde los primeros años del siglo XXI, fecha en la cual se produjo una reubicación geográfica de los procesos de valorización del capital. El surgimiento de los así llamados países o economías emergentes conocidas como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). No sólo se trataba de un reordenamiento al interior del desarrollo del Sistema Mundo Moderno Capitalista sino una evidencia de que el sistema aún tenía espacio para nuevas configuraciones. En este mismo sentido, el diario New York Times aseguraba que “Africa es el Continente del Futuro”, el continente cuya juventud cambiará el futuro del mundo.

¿Estas declaraciones anticipan un porvenir en el cual África finalmente hallará esa cazuela de oro al final del arcoíris que tanto ha ambicionado, o nos hallamos ante una sofisticada recolonización del futuro, que paradójicamente estrecha o achica la agencia histórica africana, que sea capaz de construir futuros que no surjan de la colonialidad o de la repetición infinita del presente colonial sino de la disputa por un presente descolonizado? ¿Nos hallamos ante una nueva asignación onto y teleológica impuesta de modo extrovertido, un ritmo histórico impuesto para los tambores africanos? ¿Cuáles son las apuestas políticas que subyacen al hecho de colocar en el tiempo presente y futuro a quienes han estado históricamente confinados a lo pretérito (aquello dejado atrás), destinados colonialmente a una situación de pre-existencia histórica.

Pareciera que, mediante las narrativas futuristas de África, Occidente se niega a abandonar sus privilegios epistémicos. De tal modo, para el ojo del dios occidental, África es recuperado en momentos críticos (1970 y 2008) como una región que aún puede dar una bocanada de aliento al sistema capitalista. Dentro de la narrativa hegemónica, el continente africano es entonces admitido, integrado, aceptado dentro de una geometría del espacio propia del siglo XXI pero excluida en la confección y configuración de su presente. Sus acciones en el presente son condicionadas a lo que dicta la matriz de poder colonial, su agencia histórica y sus posibilidades ontológicas en el tiempo presente son decomisadas colonialmente. Así, el “Continente del Futuro”, es colonizado en su presente y futuro en potencia por la arrogante razón occidental para la cual una de las partes determina la existencia y ubicación epistémica del resto: la fracción europea explicando y dando vida a los demás componentes. De acuerdo con las narrativas hegemónicas de los primeros decenios del siglo actual, África resulta importante para alcanzar la permanente reproducción del valor que engrasa al moderno sistema mundo colonial, si y sólo si mantiene su estatus de subordinación epistémica, si obedece cabalmente los compromisos ontológicos y la teleología que conviene al imaginario moderno y contemporáneo. El “Mago que viene del Norte” artificiosamente hace descender el futuro desde el cielo norteño mediante una pócima que pretende hacer olvidar que el futuro se construye desde el presente mediante la agencia social, mediante las disputas por el presente. Si el pasado del presente africano es la memoria de los ancestros, el presente del futuro es la utopía de los vivos supervisada por los muertos que vivos están. De tal manera, si bien la maquinaria de poder-saber colonial opera como un dispositivo de producción de verdad, el hecho de que África aún pueda representar un espacio hacia el cual todavía el capital puede dirigirse en busca de su propia valorización, también implica que la modernidad colonial no ha podido subordinar la experiencia histórica al orden del tiempo lineal, ni tampoco ha podido subsumir otras formas de temporalidad existentes y subyacentes a otros proyectos de mundo y vida.

La idea de un tiempo absoluto, universal y lineal es una ficción productiva que, si bien se impone globalmente en el orden instaurado por la civilización europea con su maquinaria de producción de verdad mediante instituciones, burocracias y tecnologías de poder, no ha capturado múltiples afueras que se le enfrentan y resisten, así como tampoco la totalidad de los imaginarios, narrativas, subjetividades y modos de hacer y de vivir de pueblos que han quedado en la frontera entre el mundo integrado y aquellos que aún no lo han sido en su totalidad.

En efecto, recorrido desde abajo y con pies descalzos, África es probablemente un espacio en el cual los modos de hacer y vivir desde los márgenes han resistido a través de esa larga noche de 500 años. Pese a lo anterior, en medio de la crisis estructural del sistema capitalista, el análisis de las resistencias africanas, sus coloridos ropajes de emancipación deben ser revisados doblemente con el objetivo de conocer no sólo su potencia emancipatoria, su grado de crítica al sistema sino también los peligros de aprehenderlos colonialmente so pena de sobre o sub-representarlos, de endilgarles obligaciones emancipatorias que no necesariamente dichas resistencias se autoasignan. No sólo se trata de recuperar el pasado africano como si hubiese estado guardado de manera “pura”, “prístina”, de extraerlo de aquellas catacumbas a donde fue relegado por el historicismo propio de la modernidad sino de excavar en el presente africano aquellos utensilios o repertorios de lucha que, desobedeciendo la remisión colonial a lo “pretérito”, se hallan presentes, vigentes y activando o potenciando futuros otros de una modernidad cuyos efectos ya se conocen: ese futuro que el ethos moderno capitalista prometió ya llegó y muestra sus más crudos efectos globofágicos. Desafiando esa noción futura de África como un ente perfectamente alineado a los ritmos, tiempos y puertos de llegada de la modernidad capitalista, las mujeres mayores del pueblo Luo en el norte de Uganda se ponen en marcha en contra de proyectos multinacionales que les han arrebatado sus tierras. “Lobowa” (nuestra tierra) en lengua Luo es la principal demanda que las mujeres presentan con sus torsos desnudos. Una política corporal que no sólo desvanece las obligaciones coloniales del cuerpo pasivo y recatado de las mujeres sino que lanza una maldición: que el peso de los ancestros caiga sobre quienes nos han arrebatado nuestras tierras y nos han despojado de la dignidad. Que las acciones de los muertos aún vivos recaigan sobre el presente y futuro de quienes nos han despojado de la dignidad.

* Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 560

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