A propósito de Jürgen Habermas y su legado

A propósito de Jürgen Habermas y su legado

Por Javier Maestro*

Sobre la esfera pública de la comunicación interactiva

Nada resulta más decepcionante que leer la mayoría de los escritos y opiniones publicados en España sobre el legado de Jürgen Habermas, recientemente fallecido. Baste leer la amalgama de tópicos que se agolpan en un descontextualizado ideario como ocurre, entre otros demasiados casos, con la socorrida Wikipedia.

Al tratar de escribir algo, muy introductorio, sobre las ideas de Habermas en torno a lo que él y la Escuela Crítica de Frankfurt denominarían el todavía incumplido legado de la Ilustración, entre cuyos parámetros figuraba la relación entre la esfera pública y la democracia deliberativa, una teoría del conocimiento anclada en la acción comunicativa, la manera de abordar la acción colectiva desde los supuestos de la teoría crítica, todo ello nos permite concluir que, en general, sus aportaciones no son tan pesimistas como las de sus mentores de la Escuela de Frankfurt. Me refiero en particular a Horkheimer y Adorno cuyos idearios estuvieron muy apegados, como los de Habermas, al Instituto de Investigación Social de Frankfurt, con enfoques más circunscritos a la razón teórica que a la razón práctica o instrumental. Parecían dar inicialmente una respuesta, más bien retrospectiva, a la pregunta de fondo. A saber ¿cómo podía un pueblo tan culto como el alemán caer presa del nacionalsocialismo? Como se sabe, ambos, además de Herbert Marcuse, se vieron obligados a vivir en el exilio en EEUU cuando el régimen nazi ordenó clausurar dicha institución en una fecha tan temprana como 1933. Desde el exilio empezaron analizando el efecto determinante que había ejercido la propaganda nazi manipulando a la opinión pública alemana –influida ya entonces por los medios de comunicación social de masas (la teoría de la aguja hipodérmica)– para explicar el ascenso arrollador del fascismo. Quiero subrayar este aspecto, el carácter de “masas”, porque determinaría no sólo la incorporación de nuevas áreas de conocimiento al análisis sociológico, como fueron la psicología social, la semiótica, la anomia, la alienación, la irrupción de ideologías de nuevo cuño, los movimientos sociales y un largo etcétera de nuevos saberes, sino también porque el nuevo siglo XX inauguró lo que hoy conocemos como “sociedad de masas”. Este campo nuevo de observación daría lugar al nacimiento tan importante, hoy y entonces, como es el de las Ciencias de la Comunicación.

Jürgen Habermas en el auditorio de la facultad de filosofía, Frankfurt. Enero de 1969. Foto: Max Scheler

Pues bien, tanto Horkheimer como Adorno –Habermas también– incorporaron una pléyade de influencias sobre aspectos de la comunicación provenientes de ámbitos tan dispares como los de Sigmund Freud, Emile Durkheim, Max Weber, Eric Fromm, Carl Schmitt, Herbert Marcuse o John Dewey. También se los adscribe a una corriente neomarxista occidental (Nueva Izquierda) provista de fuertes ribetes neohegelianos y neokantianos. Quiero detenerme algo más en esta última constatación porque todos los miembros de la Escuela Crítica eran conscientes, quizás por la influencia decisiva de Georg Lukács, de lo poco que se había desplegado el marxismo en el período de entreguerras, quizás por lo poco que el propio Marx había clarificado su concepto de superestructura y, en consecuencia, cómo entender el materialismo histórico en su devenir histórico. Ese escaso desarrollo explica en buena medida el consiguiente estancamiento dogmático del marxismo y la aparición de escritos tan penetrantes como los de Hannah Arendt sobre las raíces del totalitarismo y la emergencia de la personalidad autoritaria.

El rechazo tanto del nazismo como del estalinismo cuajaría bajo el asfixiante anticomunismo represivo de la República Federal alemana de los años 50. Habermas, en ese contexto de guerra fría, quedó embargado por una deseada paz perpetua kantiana y una dialéctica presente en la modernización donde el individuo quedaba atrapado en la persecución de una creciente autorrealización y autonomía para alcanzar horizontes más amplios de libertad, no siempre acoplados a colectividades interactuantes volcadas también a mayores espacios públicos de igualdad. Esto supuso en el fondo una clara reivindicación a favor de una democracia deliberativa, generalmente descalificada como utopismo posmoderno. Habermas aborda particularmente este aspecto primordial de la acción comunicativa para sustanciar una democracia deliberativa capaz de enfocar racionalmente el devenir de la humanidad, precisamente cuando la denominada contracultura irrumpía con fuerza en el llamado mundo occidental. Después, tras reiteradas victorias del neoliberalismo y de la evidente capacidad del capitalismo tardío de sobrevivir, al adaptarse a reestructuraciones sistémicas, el pensamiento de Habermas se distancia de salidas revolucionarias refugiándose en planteamientos reformistas y en la idea de una Europa federativa asentada en torno a las conquistas del estado del bienestar. Es entonces cuando el pensamiento de Habermas quedó enquistado en una defensa del estado de Derecho constitucional, autoimpuesto, garante de las libertades y de una democracia representativa siempre en estado de sitio por sus adversarios, particularmente los populismos de extrema derecha. El propio Habermas puntualizaría que nunca fue un defensor conservador de la democracia representativa sino más bien un firme defensor del libre desenvolvimiento de la razón comunicativa localizada en estructuras de comunicación lingüística interpersonal. Para Habermas el racionalismo moral de la Ilustración seguiría desplegando sus alas.

* Activista de La Comuna. Asociación de presxs y represaliadxs por la dictadura franquista.

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Un comentario en «A propósito de Jürgen Habermas y su legado»

  1. Interesante apunte de Javier. Recuerdo que hace unos años, la librería madrileña El Buscón, organizó talleres de éxito reflexivo sobre el pensamiento de J. Habermas, en su local y yo ilustre el balance en la publicación que editaban. Buenos tiempos aquellos!

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