2026: Isla Verde, P.R.

2026: Isla Verde, P.R.

Por Francisco Cabanillas

Yo, por ejemplo, me compro un libro,
me tiro en la playa con una cerveza
y me pongo a leer. Las bibliotecas
no son para el Caribe.
Tenemos que pensar la cultura de
otra forma, sin teñirla de occidentalismos.
Mayra Santos-Febres

Isla Verde (El Chevy Azul) (1999)
Manuel Martínez-Maldonado

I
Sí, para escribir sobre el litoral de Isla Verde, compuesto de dos playas, la de El Alambique (a la derecha) y la de El Balneario (a la izquierda), es necesario, antes de empezar, saldar cuentas con la crónica, “Para llegar a Isla Verde” (1989), y la novela, Sol de medianoche (1995), de Edgardo Rodríguez Juliá.

Sobre la novela, el autor le comenta a El Nacional de Venezuela en 2018:

“Es una novela sobre la gente que acude a la playa, personas golpeadas por la vida que van a sanar sus heridas a la orilla del mar. Esa es la temática. También reúne elementos de novela policial, de novela existencial y tiene muchos elementos urbanos de San Juan. Hay un recorrido por los barrios. La novela está centrada en el ambiente de una playa que se llama Isla Verde.”

De la crónica, dice:

“Recorrer ambas playas es atravesar las clases sociales de la ciudad, sus clanes, sectores y submundos, su extranjería y marginalidad, también sus modas, sin olvidar esos lugares preferidos de donde parte y a donde llega toda travesía: la imaginación y la memoria.”

Una vez establecida la soberanía literaria del litoral, se puede volver a escribir, a mediados de febrero, sobre la mejor playa citadina de Puerto Rico, para lo cual hay que empezar por el clima.

II
Aunque nos hallamos en el Atlántico norte del Caribe boricua, el fresco del invierno se siente, para estas latitudes, frío. ¿Más que en otros inviernos? La brisa sopla con fuerza, lo que hace que uno se lo piense dos veces antes de meterse al agua por la mañana.

Sobre todo, que estamos en las postrimerías del invierno se nota en la marea, cuya fuerza hace que la ola cubra el espacio de orilla con arena firme por el que es mucho más fácil correr sin enterrarse.

En las zonas de la orilla que, del lado de El Alambique, tienen rocas, como la del Condominio Plaza del Mar, la marea las cubre, obligando a caminar por encima de las piedras resbalosas para no mojarse las Adidas.

Lo mejor de este invierno, considerando la situación en otras costas del Caribe, ha sido que la marea no haya inundado la playa con montañas de sargazo verdoso y pestilente.

El 20 de marzo la playa cambió. La noche del 19, último día del invierno, la marea dejó sus huellas en los dos pedazos de acera que, del Condominio Atlantic Beach a Las Gaviotas, reclamó la erosión. Arrastre que, donde los muros de contención han ido cediendo, amenaza con comerse el resto de la acera.

Con la bajamar de primavera, crece el espacio de orilla, siempre maravilloso, con arena firme para correr sin enterrarse. De ahora en adelante, no siempre será necesario caminar por encima de las rocas para no mojarse los tenis: ahora se puede pasar, en el momento preciso, frente a las piedras sin que llegue la ola.

La primavera trae consigo las lluvias que, por la mañana, dejan las playas desnudas, sin gente dispuesta a enfrentarse a la brisa mientras el agua les cae encima a la velocidad del trueno. Por las tardes, nadie se inmuta cuando cae un chubasco; con el sol encima, es posible correr, mojarse y secarse en el mismo recorrido.

En la peor de las lluvias, el Acceso a Punta Las Marías, para algunos el “Callejón de la Muerte,” se inunda, encharcando el cruce que conecta la costa del Atlántico con la acera, alineada de condominios, hoteles y restaurantes, de la Avenida Isla Verde; camino de regreso del correteo mañanero que empieza y termina en el condominio Cecilia’s de la Calle Rosa.

A medida que avanza la primavera, aprieta la ferocidad del sol. Ahora, a mediados de abril, hay días en que pica. Ergo: toda vez que sea posible, el correteo, de aproximadamente una hora y quince minutos, se lleva a cabo bajo la sombra de las palmeras por la playa y de los árboles por la acera mayormente rectilínea y con losetas de la avenida.

Si regresar parece siempre más corto que ir, en este caso resulta, además, más fácil.

III
Aunque el panorama de El Alambique haya cambiado desde que Rodríguez Juliá escribió su crónica en 1989, la playa como escenario de los cuerpos que él propuso al comparar Ipanema con Isla Verde, se mantiene; aunque con una variación.

Ahora, por supuesto, la presencia de teléfonos celulares y la pasión por los selfis protagonizan muchas de las escenas playeras. No se trata tanto de exhibir la potencia del cuerpo casi desnudo, sino de posar, siguiendo, en los casos en que los selfis se eroticen, una gramática corporal frente a la cámara. Afición que seduce, casi exclusivamente, a las mujeres, cuyas poses parecerían seguir —aunque está claro que el recipiendario no tiene que ser necesariamente un varón— un guion establecido por la mirada heterosexual dominante. ¡Sexy! Las poses serían las mismas para él o para ella.

IV
Antiguos y nuevos personajes; no los que retrató Rodríguez Juliá sino los que, a partir de los 90, han marcado la orilla del El Alambique; del lado de El Balneario, mucho más heterogéneo, se podría decir algo de los surfers, sobre todo, del quiosquito criollo en el que dejan, sin que se las roben de noche, las tablas de surfear que alquilan, con las que, además, enseñan a deslizarse sobre la ola a los turistas.

De los tres personajes que han dominado la escena de El Alambique desde los años 90 hasta 2024, uno, el “lector de la esquina,” murió hace dos años.

Desde entonces, la esquina donde se sentaba todos los días con sus libros a leer y a charlar con los que pasaban, justo donde la pared del estacionamiento del condominio Playamar toca la Calle Amapola, permanece en vacía, pero no muda, ya que su ausencia le habla al que se acostumbró a verlo tantos años desde temprano en la mañana hasta por la tarde ocupando ese espacio, como si fuera un grafiti pintado en la pared. Imagen de sí mismo que él propagaba: “estoy pintado en esta esquina.”

Otro personaje, el señor que, en traje de baño y sin camisa, le hacía señales al Atlántico todas las tardes como si fuera un marinero que dirige el tráfico de una embarcación imaginaria; ese personaje, siempre absorto en su tarea marítima, desapareció durante varios años y reapareció un día a finales de abril frente al condominio Playamar. Desde entonces, no ha vuelto a aparecer.

Finalmente, está la mujer —pantalones de licra largos, tenis, sudadera con capucha y auriculares para la música— que todas las mañanas se paraba en la playa del condominio ESJ (East San Juan) a bailar frente al mar para ejercitarse.

¿Solipsista?

Aunque sigue siendo una presencia activa, no viene, como antes, todos los días; en ocasiones, aparece en una arena diferente, frente al condominio Playamar. Nunca ha permitido que la retraten.

De los nuevos personajes que pululan la zona, está el afroamericano —¿turista? — que camina por la playa con dos perros sueltos, uno marrón y otro negro, que lo siguen a lo largo del periplo. Cuando el negro se aleja bastante del amo, este lo llama para que se le acerque y lo siga de cerca, cosa que hace hasta que vuelve a separase.

Está también la presencia del errante local, sin casa, sin nada, quien, con un pantalón corto y, cuando no anda descalzo, unas chancletas de goma, sucio y barbudo, ajeno a todo lo que le rodea —no habla ni siquiera consigo mismo—, camina a toda hora por la playa y por la acera de la avenida, donde también duerme de día.

Una mañana, la policía lo vio durmiendo en la entrada del restaurante mexicano clausurado; lo contempló durante un tiempo, reflexionó y lo dejó dormir. Aunque pocas veces se le ve comiendo (a veces de la basura), es claro que alguien lo alimenta; quizás la misma persona que, cuando se le rompe el pantalón corto, que es lo único que lleva puesto, le provee otro para que no salga desnudo.

Finalmente, está la presencia contundente de “El pirata del Caribe,” un gringo uniformado que todos los días se viste y se maquilla los ojos de negro —¿dónde? — para caminar de un lado al otro de la avenida. Nunca se lo ve en la playa. Hace poco pasaba frente al Club Gallístico de Puerto Rico caminando hacia al oeste.

Independientemente de la tiranía del sol, su larga capa negra, el sombrero y las botas lo cubren de calor.

Tanto en la mañana como en la noche, es fácil encontrarlo sentado en el banco de la parada de guaguas empezando o terminando una botella, sea ron con Coca Cola o cerveza. Aunque se lo ve en la calle en cualquier momento, habría que concluir que tiene techo para dormir, bañarse y disfrazarse de pirata; a esto se suma la vez que cruzaba la avenida con una bolsa del supermercado llena de víveres.

Lo que queda claro de “El pirata del Caribe” es que, primero, está muy consciente de su performance, prueba de lo cual se testimonia cuando se lo ve mirándose, como frente a un espejo, en el reflejo de los cristales de las plantas bajas de los edificios. ¿Vanidoso?

Además, y sobre todo, está clarísimo que le gusta que lo retraten. Sin duda. En el momento en que se da cuenta de que lo pueden fotografiar, se detiene, posa y gesticula para que el que tenga la cámara en la mano le dispare. Una vez satisfecho, sigue su camino, ¿hacia dónde?

V
Temprano en la mañana, frente a la ventana, se impone frecuentemente el sol. Si no llueve, el primer tramo del correteo, en dirección este, empieza en la Calle Rosa, pasa por la sinagoga Chabad de Puerto Rico, atraviesa Casa Cuba y sigue hasta la primera caseta del salvavidas de El Balneario.

Tramo más bien solitario, en el que, a pesar de la gente que se pueda encontrar alrededor del Marriott Courtyard, prevalece la materialidad muda del cuerpo que, al inicio del correteo, lucha por vencer la gravedad que lo imanta hacia la arena.

Segundo tramo. De El Balneario, hacia el oeste, hasta Casa Cuba por la arena mayormente firme; de Casa Cuba, por la Calle Amapola, hasta la esquina del condominio Playamar donde se sentaba “el lector”; desde la cual, ahora sobre arena firme, se corre gustosamente quince minutos hasta el comienzo del Cementerio Puerto Rico Memorial, cuya arena, por lo general gruesa y con mucho declive, dificulta el trote.

Por la manera en que la marea y los vientos han creado una montaña de arena que llega al tope del muro del cementerio, esta parte de la orilla sería, paradójicamente, la más activa (por no decir viva). Desde esa montaña de arena, lo primero que se ve del cementerio es la tumba vacía y derruida que, por partida doble, emblematiza la muerte.

Del cementerio al Acceso a Punta las Marías, o el “Callejón de la Muerte,” hay que pasar por los caminitos cubiertos de verde —mayormente palmas, uveros playeros, pinos y almendros— que dan la sensación de estar en otro mundo. Al final del acceso, la Avenida Isla Verde traza, hacia el este, una línea que, al pasar frente al cementerio, se arquea brevemente hacia la izquierda hasta llegar, casi sin volver a curvear, más de veinte minutos después, a la heladería Piu Bello en la Calle Rosa, donde, en principio —no siempre en la práctica—, termina el recorrido de regreso.

VI
Después de casi dos meses de correteo matutino por la costa y la avenida, el momento de la epifanía ante lo evidente que ha pasado desapercibido acontece frente a la panadería Sobao: ¡el litoral de Isla Verde carece de malecón!

Presa de los grandes intereses inmobiliarios urbanísticos, para los que un inmueble frente al mar multiplica su valor, Isla Verde se quedó sin poder ver desde la avenida el horizonte azul del Atlántico. La arquitectura, incluido el cementerio, ha sido y será su impedimento visible.

Tanto es así que, en términos generales, el vocablo “malecón,” a diferencia de lo que ocurre en Cuba y la República Dominicana, no se usa comúnmente en Puerto Rico.

VII
Cuando llega el momento de finalizar el correteo matutino para partir, como sujeto diaspórico, de Puerto Rico, ¿diluvia por eso con sol?, la memoria se contrae.

El pensamiento se afinca al espacio más inmediato. Las cuatro calles que encuadran la Urbanización Biascoechea (Rosa, Gardenia, Violeta y Blascochea) donde empieza y termina el periplo mañanero (Calle Rosa), resuenan, incrementando la duda poética (nunca cartesiana) de la consonancia: ¿la calle Blascochea de la Urbanización Biascoechea?

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