El CSIC y la memoria de la JAE: avances y asignaturas pendientes
Por Cristina Calandre Hoenigsfeld
El 1 de julio, el CSIC «lanzó» un archivo digital sobre la represión al personal de la JAE, al que no fui invitada, como ya es costumbre.
Dado que dicha web es amplísima —más de 500 personas—, me voy a centrar en los que mejor conozco, que son mi abuelo, Luis Calandre Ibáñez, Tomás Navarro Tomás e Ignacio Bolívar. Los tengo estudiados desde hace años; los dos últimos, por haber sido secretario y presidente de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas durante la guerra de España.
La biografía del doctor Calandre no aporta especiales sorpresas, ya que, si bien dice que fue subdelegado de la JAE durante la guerra, no cita ninguna fuente (que podrían ser las actas de las sesiones de octubre y noviembre de 1938 en Barcelona, en el Institut d’Estudis Catalans). Del Hospital de Carabineros, situado en la Residencia (1937-39), cuenta poca cosa, sin explicar que se ocupaba de controlar a los enfermos de una epidemia de malaria, y que la II República hizo construir un refugio antiaéreo debajo, por eso de la cantidad de bombas que caían en Madrid. Sí cita al Hospital de Joaquín Costa, que tanto les molesta a las monjas misioneras, que son sus propietarias, y que se llama San Francisco de Asís.
Respecto a Ignacio Bolívar, sí hay novedades, como que fue nombrado y confirmado en su puesto como presidente de la JAE en la Gaceta de Madrid en 1936, y también presidente del Instituto de Cultura en 1937, que supuestamente disolvía a las Academias (ya sin Reales), y en 1938, integrante del Consejo Superior de Cultura de la República, nombrado a través de la Gaceta de la República, en donde se estructuraba todo un proyecto alternativo.
Finalmente, me fijo en el gran filólogo Tomás Navarro Tomás, donde se le reconoce su nombramiento por la Gaceta de Madrid, en agosto de 1936, como secretario de la JAE, y como vocal del Consejo Superior de Cultura de la República en 1938. Durante la GCE, Tomás Navarro Tomás tuvo una actividad frenética y muy valiosa, como se puede leer. No sé qué opinará la Real Academia Española (RAE), que en la biografía de Tomás Navarro Tomás, académico de número, no pone su papel como secretario de la JAE.
Hay un ciclo en TV, actualmente, sobre «La gran aventura de la lengua española», y tengo curiosidad por cómo tratará el tema de la disolución, por el presidente de la República, Manuel Azaña, de las Reales Academias en 1936, teniendo en cuenta que dichas instituciones se encuentran en la Constitución bajo el alto patronazgo de la Corona. Igual ni lo nombra.

Un apunte final sobre el gran químico Enrique Moles: pone que fue académico de la Real Academia de Ciencias Exactas, pero cuando Moles ingresó en la institución, en 1934, ya no llevaba lo de «real» delante, como se ve en la publicación de su discurso, contestado por Blas Cabrera; la II República, nada más ganar las elecciones, suprimió lo de «Reales» de todas las instituciones por un decreto del presidente Niceto Alcalá Zamora.
Pero vamos avanzando; por lo menos queda plasmada la brutal represión del franquismo hacia los de la JAE y quienes se quedaron a defender la legalidad republicana, como los personajes anteriormente comentados, y los que se fueron, temerosos.
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